Capítulo 15

2405 Words
Ivette. Las piernas me tiemblan, el frío cala en mi piel, congelándome, demostrando una vez más la soledad siendo la compañía en este oscuro momento. Perdí la cuenta de los días que llevo encerrada. El primer día fue sencillo de sobrellevar, grité con todas mis fuerzas hasta quedar sin voz, de nada sirvió, la respuesta ante mis gritos fue un silencio sepulcral. Los días siguientes bajaban a darme el almuerzo, mas no el desayuno y cena. El espacio es cerrado, casi asfixiante, pareciera el polo norte, supongo que el invierno se acerca. Traigo la misma ropa usada en el día del cumpleaños, el día que mi plan se fue a la mierda por culpa de mi impulsividad, si tan solo hubiese esperado nada de esto estaría pasando. Tiemblo bajo la asquerosa frazada, tengo un aspecto horrible y el olor se torna peor, al menos me sacan para ir al baño, cuando no hay nadie y me dan ganas debo aguantarme. Un irritante sonido resuena desde afuera. Alguien está bajando y se acerca hacia la puerta, abren la ventanilla enseñando el rostro de quien menos esperaba. —El tóxico vino a verme— tartamudeo bajo sus atentos ojos felinos—. Te invitaría a pasar pero bueno, no estoy en posiciones de… Se agacha pasando un sobre debajo de la puerta metálica. —Te ayudará, luces terrible— dice adelantándose a mi interrogatorio—, no te lo mereces, nos drogaste. Salgo de la cama como puedo aferrada a mis brazos, sigo temblando y como puedo agarro el sobre con el polvo blanco. —¿Quieres drogarme?— pregunto totalmente seria. —Lo puedes probar si quieres, estar aquí es un infierno. Créeme, me ha tocado. —Joep, estoy congelada, puedes decirme que quieres y largarte, por favor. Suspira irritado, no entiendo que le molesta si ni siquiera esperaba su visita. —Ania estaba preocupada y preferí bajar yo mismo antes que ella. —Bueno, ya disfrutaste mi sufrimiento, ahora puedes irte— volteo y me siento en la asquerosa cama, cubro mi cuerpo con la frazada sucia siendo mi única opción ante el frío. Joep sigue parado atento a mis movimientos, me fastidia lo imbécil que puede ser. —Voy a suerte sincero— revela sus verdaderas intenciones al fin—. Quiero escapar con Ania y al parecer tú sabes como, o tienes un contacto para ayudarte. —¿Me estuviste espiando? Además de tóxico, psicópata. La verdad, que él sepa un poco sobre mis intentos estropea mis planes y eso no es para nada bueno. —Te guste o no, no tienes alternativa. Si quieres que guarde silencio cada que intentes algo debes ayudarme a salir con Ania— ante tal amenaza me incorporo rápido y corro hasta la puerta dando un golpe que lo hace retroceder. —A mi no me jodas, tóxico— el frío deja de ser importante con la ira que cargo—. Yo que tú no amenazo, quien sabe si despiertas al día siguiente. Traga saliva antes de volver a acercarse a la puerta y recobrar su mirada despreocupada. —No te tengo miedo, lunática— nuestras miradas se mantienen gélidas, cada uno sabemos la certeza de nuestras palabras. Finalmente, suspira rendido y abre la ventanilla—, si cooperamos todo será más sencillo. No respondo, aunque tenga razón. —Piénsalo— se larga por donde vino y retomo la soledad . ¡Que lo piense su abuela! No voy a arriesgarme por otros, mis prioridades son lo primero y si se ven entrelazadas con sentimientos todo acabaría mal. Recostada, soportando el frío, pienso en el sobre que me ha dejado. Serviría para despejar mi mente y quizás un medio para salir de estas cuatro paredes. La cocaína puede ser buena al principio, pero letal al final de los efectos. Da igual, ¿Qué puedo perder? Vacío el sobre en mi muslo dejando caer el polvo, respiro profundo hasta decidirme en acercar mi nariz y aspirar toda la cocaína. Tarda unos minutos en hacer efecto, hasta que empiezo a sentirme feliz de la nada. Ya no siento frío ni soledad. Las paredes se tiñen de un rosa chicle, veo muebles aniñados de colores pasteles y unos aperitivos dulces. Un conejo me hace compañía y me cuenta chistes, haciéndome reír a carcajadas. Siento la necesidad de perseguirlo cuando se pone de pie y me roba un trozo de pastel que es de mi sabor favorito; chocolate. Lo persigo pero nunca lo atrapo. Mi corazón se acelera por la adrenalina, río como una maniática gracias al conejo parlanchín. —¡Soy Alicia en el país de las maravillas!— grito y otros animales aplauden. Tropiezo cuando me abalanzo al conejo vivaz que se escapa comiéndose mi pastel. —Eres un conejo malo— me pongo a llorar presenciando su burla, me saca la lengua y come en frente mío. Justo cuando iba a levantarme, la puerta de galletas se abre y con ella, una figura masculina que me mira desde arriba. —Qué mierda… —¡Culo espectacular!— reconozco a Kael donde sea, su paquete trasero sobresale con cualquier pantalón, sin mencionar su paquete delantero. —¿Por qué estas tirada en el suelo?— frunce el ceño al intentar ponerme de pie. Reniego su tacto y pataleo como una niñata. —¡El conejo se comió mi pastel, castígalo también!— lloriqueo y el profesor de culo espectacular me levanta de sopetón. Abre más mis ojos y río cuando toca mi cuello, revisa mi cuerpo y detalla el lugar. —¿Te drogaste? —No, a ti te drogaron— suelto una carcajada logrando que se toque el puente de su nariz. —Te juro que tu castigo será peor que este por drogarte— aprieta mi muñeca arrastrándome hacia afuera, su fuerza bruta acalora mi cuerpo, mi corazón se acelera y sin querer rozo su trasero, empeorando mi estado. Subimos escaleras arriba y por fin respiro el aire limpio del lugar. Los alumnos murmullan al vernos pasar, somos el centro de atención y entre tantos vislumbro a Joep con una sonrisa. Llegamos a la recamara de Kael. Me empuja hacia adentro y no paro de reír viendo su trasero por toda la pared. —¡Wow! Tu trasero está en todas partes. —Cállate y sígueme en silencio— camina en dirección a lo que supongo es el baño y aprovecho su ausencia para acariciar la pared, pero mi momento es interrumpido cuando el cavernícola me lleva al baño. —Joder, drogada eres peor que cuerda— abre el grifo de la ducha tocando el agua de vez en cuando. No puedo evitar ver su espalda musculosa, aprecio como su camisa blanca casi transparente lo hace lucir más sensual que de costumbre. Su pantalón formal le queda bien, inevitablemente le remarca sus atributos masculinos. Me pilla contemplándolo y lo pasa por alto. —Date una ducha que hueles del asco. —Follemos— propongo con una sonrisa ladina. —Metete a la ducha, no estoy para tus jueguitos. —He dicho que follemos— propongo nuevamente. Al ver que no me muevo, me mete a la fuerza a la bañera y pasa el jabón sobre mi cara sin un poco de delicadeza. —¡Espera!— forcejeo cuando me entra jabón hasta en la boca. Es un bruto, un animal que no sabe tratar a una mujer. —Deja de lloriquear y dúchate como una persona normal— tira el jabón irritado, me pone el shampoo en el cabello y masajea bruscamente. No sé si sea el agua caliente o la figura de este hombre, pero la respiración se torna acelerada, mi cuerpo hormiguea con sus masajes en el cuero cabelludo. Muerdo mis labios y atraigo al hombre empapándolo. Su ropa se estropea pero eso lo hace incluso más sensual. La camisa queda pegada como una segunda piel al igual su pantalón. Siento su respiración a centímetros de mi rostro, nuestros ojos se cruzan y un solo roce en mi vientre revela su erección. Ambos tenemos la ropa puesta y de igual manera nos ponemos así, excitados, con ganas de desahogar el enojo. —Voy a castigarte como no te imaginas— susurra pegado a mí. ¿Esta bien que esa amenaza me ponga cachonda? —Espero su castigo, amo— su cuerpo se pone rígido cuando lo beso sin aviso, metiendo mi lengua a su boca esperando una reacción suya. Tarda, pero finalmente me corresponde demostrando el dominio que dice tenerme, posesivo y animal como me gusta, abre más mi boca devorándome. Sus manos aprietan mi cintura pegándome a su cuerpo. Estoy corriendo un gran riesgo uno que me gusta demasiado. Sus labios son fuego, sus manos una gloria al tocarme en cada parte. Me gusta el peligro, jugar con fuego y desafiarlo. Las ganas de tocar su cabello se intensifican y justo cuando lo pienso hacer, me detiene separando su boca de la mía. —¿Quién manda aquí?— su pregunta pasa a un segundo escenario al desvestirme bajo el agua. Las yemas de sus dedos van recorriendo mi piel desnuda volviendo a centrarse en mí—, te he hecho una pregunta— sujeta mi mentón. La ausencia de su mano sobre mi cuerpo me estresa, necesito el calor que produce al tocarme en cada rincón. —Usted, mi amo— respondo, sus ojos se oscurecen del deseo y palmea mi nalga desnuda. Me sobresalto y él sonríe. —Repítelo. —Usted, mi amo— magrea otra vez, no me hace repetirlo, simplemente voltea mi cuerpo haciendo que mi pecho toque la cerámica baja. Sus dedos tocan mi vientre y trazan un camino lento hasta mi v****a, trago saliva y suelto un leve jadeo cuando se instala en el punto rojo donde más me gusta. Pasa su dedo de forma circular mientras escucho el sonido de su cremallera. Deja las caricias tiernas y me introduce su dedo invadiendo mi interior con fiereza. Lo mete al tope y los mueve dentro vehemente, mis gemidos no tardan en llegar, palmea mi trasero y me folla con sus dedos. Tengo que sostenerme de la pared para no caer debido al placer, toca donde me gusta, abro mis piernas dándole libre acceso, eso mismo quiero, que no quede un lugar sin recorrer. Muevo mi trasero sintiendo su hinchadez, rozando la punta de su maravilla caliente, preparada para mí. El agua provoca que la piel se nos ponga resbaladiza, no distingo mi humedad con el agua, solo disfruto la sensación que provoca, sus dedos son increíbles, todo en él lo es. Recorre mi espalda llegando a mis nalgas las cuales pellizca y magrea hasta dejarlas rojas. —Te voy a romper, pervertida— advierte en mi oreja y lo muerde antes de meter su v***a por detrás. No me gusta esta vez, se siente horrible, duele, duele mucho. —No, no, no— me sofoco, lagrimeo con el dolor y él acaricia mis senos en un intento de calmarme. —Te va a gustar— jadea—, mierda, estas tan… estrecha. Deprimo las ganas de lloriquear peor y soporto el dolor. Todavía ni ha metido la mitad y me duele terriblemente. —Joder… Llega al límite cuando me lo mete todo, suelto un gritito y me acalla con su mano, quedándose quieto. —Cuando estés preparada lo haré. Quiero follar, quiero que me embista salvajemente, ¿para que fingir? —Hazlo— digo tragando el nudo de mi garganta. Posa sus manos en mi v****a y acaricia la zona que me prende e incendia. Mi clítoris aclama su toque, mi cuerpo responde ansioso moviendo mi pelvis, es increíble lo que puede hacer con sus dedos. Abro la boca sorprendida por sus penetraciones, me folla en dos lugares, el placer y el dolor se mezclan, satisfaciéndome como una ninfómana que pide por más. —¡Si!— aumenta la velocidad y sus dedos abandonan mi zona cuando me libero empapando sus manos, los dedos los lleva a mi boca haciéndome probar mi propio sabor, lo hago, permito que me folle la boca haciéndome salivar, doy una imagen vergonzosa y me gusta. Quita de mi boca centrándose en mi cintura para impulsar sus embestidas. Mi pecho choca con la cerámica, se me hace imposible seguirle el ritmo, lo dejo hacer a su gusto, que me rompa si quiere, que me castigue, que haga lo que quiera con mi cuerpo. Soy suya, estoy a su merced lista para él. —Joder— tira de mi cabello al sacar y meter su m*****o con fuerza, llega hasta el tope de mi interior, no hay un lugar que no recorra, soy un manojo de sensaciones, es como si partiera mi cuerpo en dos, tiene el talento de ahogarme en el éxtasis. Todo se torna adictivo, la forma de cogerme, de sus arrebatos salvajes que me convierte en una verdadera pecadora. Me ahogo con el agua, con la calentura del momento. El baño se inunda de nuestros jadeos, del sonido que surge cuando chocamos cuerpo a cuerpo. El vapor se mezcla con el olor a sexo que desprendemos. En un momento dado, nuestros cuerpos se aflojan cuando nos corremos al mismo tiempo, mi interior se mezcla con la esencia de ambos y sale de mí. Se va como de costumbre y quedo agitada en la bañera, procesando lo que acabamos de hacer. Loca, pecadora, ninfómana. Mi lista se alarga por culpa de estos hombres. Respiro hondo y enrollo la toalla a mi cuerpo lista para salir y enfrentarlo. Mis piernas flaquean por la intensidad anterior, quiero repetirlo de nuevo, y planeo cumplir mi deseo. Ha pasado casi una hora desde que me trajo y los efectos de la cocaína se diluyen poco a poco. Mi corazón se acelera, respiro agitada y todo el malestar vuelve a golpearme la realidad.  Mi entorno da vueltas, apenas cruzo la puerta Kael me repara. —Creo que no me siento bien— caigo al suelo por el mareo y él llega a socorrerme desesperado— tengo la presión arterial alta… Toma mi pulso y empiezo a desfallecer en sus brazos. Desde el momento en que Joep me dio el sobre, supe el riesgo que corría. Pero, ¿Qué más da? La vida se trata de correr riesgos y si quiero recuperar la confianza de todos, esta es mi oportunidad, si sobrevivo.
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