Capítulo 1
Amaba su rutina. Cada día despertaba a las siete en punto, así hubiera dormido menos de tres horas. Preparaba el desayuno, despertaba a su hijo de cinco años. Lo bañaba y vestía para el jardín de niños, desayunaban juntos, luego él se preparaba para ir al bufete de abogados que había logrado construir después de años de duro trabajo. Salían de casa a las nueve en punto, y el mundo comenzaba para ambos.
—Dile a tu maestra que no podré ir a la junta de padres hoy a mediodía —dijo a su hijo.
El niño jugaba con una pelota que destellaba luces de colores.
— ¿Franco? La hoja firmada está dentro de tu mochila, no olvides darle a tu maestra.
El pequeño Franco asintió sin perder su atención de las luces que para él resultaban insoportables. De hecho estaba considerando deshacerse de esa cosa, a ese paso le provocaría un ataque epiléptico a su hijo.
— ¿Puedes responderme por favor? —pidió en voz tenue.
Franco levantó la vista, viendo la expresión de su padre por el retrovisor.
—Le entregaré la nota a la señorita Luisa, Leonard —aclaró frunciendo el ceño.
— ¿Cuándo dejarás de llamarme así? —inquirió, herido— ¿Podrías decirme papá?
— ¿Por qué? —preguntó con curiosidad— ¿No puedo llamarte por tu nombre?
Leo suspiró, tenía meses que de un día para otro, dejó de llamarlo papá, y cuando le preguntó, le dijo que en la clase les habían dejado claro que a todas las personas debían llamarlas por su nombre. Al principio le pareció inofensivo y hasta cierto punto gracioso, pero su hijo se lo tomó demasiado en serio, y estaba quedándose sin paciencia.
Era su padre maldita sea, había luchado y sacrificado demasiado para poder tenerlo a él, necesitaba estar seguro de que su hijo lo respetaba, ya había sido suficiente.
—Ya hablamos de esto, Franco, soy tu padre, y la regla que te enseñaron no aplica conmigo, ¿o piensas llamar a mamá, Carmen? —preguntó, su tono estaba cargado de frustración.
Franco apretó los labios.
—No es lo mismo —aclaró— Ella es mi mamá.
Eso lo hirió más de lo que pensó. Se detuvo en un semáforo rojo, sus manos se tensaron, sujetando el volante con todas sus fuerzas, contó hasta diez, el dolor disminuyó pero se quedó ahí en su pecho.
—Por favor, hijo —pidió— No me gusta que me llames así aunque sea mi nombre, ¿podrías decirme papá como antes?
El pequeño lo miró con sus ojos negros iguales a los de su progenitor, parecía estar pensándolo demasiado para el gusto de Leonard.
—No —dijo— Ya no te diré así, papi.
Él sintió ganas de llorar.
—Pero si me enojo contigo te diré Leonard, ¿está bien? —sentenció muy serio.
Leo asintió, comenzando a reír. Su hijo era una caja de sorpresas, a veces creía que ambos eran dos gotas de agua, pero otras, como ese momento, actuaba exactamente igual a su madre.
—Gracias —sonrió, siguiendo su camino hasta llegar al jardín de niños.
Detuvo el coche, bajó del mismo y ayudó a Franco a salir de la silla especial en la que siempre viajaba, el niño lo abrazó para que lo cargara. Leo tomó la mochila de Batman que su hijo adoraba, y se dio la vuelta, caminando a la entrada principal.
Saludó a la guardia que anotaba a los niños que entraban al edificio, era una mujer de unos cincuenta años, entrada en canas, mirada amable y sonrisa contagiosa, aunque tenía su carácter. Él sonrió al verla usar su silbato cuando dos pequeños corrieron a su lado.
—Buen día, señora Flores —saludó dejando a su hijo en el suelo— Franco Gabiati listo y puntual como siempre.
—Buen día, señor Gabiati —respondió, palomeando el nombre del niño— Sin duda lo suyo es llegar a tiempo, agradezco eso.
Leonard sonrió ante el elogio.
—Sé que dejo a mi hijo en buenas manos, señora Flores —aclaró— Usted hace un gran trabajo.
La mujer se sonrojó hasta las orejas pero no dijo nada. Leo se arrodilló al nivel de Franco.
—Sé un buen niño como siempre —pidió— Pero si quieres ser alguien diferente por hoy, sé alguien mejor de lo que ya eres.
Franco asintió, agradecido por el permiso que su padre le otorgaba, lo abrazó con fuerza y besó su mejilla antes de salir corriendo hacia el edificio.
—No corras, Franco Gabiati, hablo en serio —la amenaza seguida del agudo silbato de la señora Flores hizo reír a Leonard.
Dio media vuelta, regresando a su auto, ahora que su hijo estaba a salvo, podía comenzar con su trabajo. Esa mañana le esperaba un caso delicado, su cliente había sido acusado de violación, un tema serio que debía manejarse con discreción dada la reputación de su cliente.
Condujo contento hacia el edificio, su hijo al fin aceptó dejar de llamarlo por su nombre, el trabajo que hacía era su pasión. Recordó que no había llamado a Carmen, tenía varios días sin saber de ella. Apretó los labios antes de marcar el número en el altavoz, esperó, el tono se repitió hasta entrar el buzón y colgó. Suspiró, probablemente estaría en medio de una cirugía. Carmen era ginecóloga, y se había mudado a otra ciudad por el trabajo.
Recordó que cuando les dio la noticia, pidiendo que ambos la acompañaran, fue cuando comenzaron las peleas, él no dejaría su trabajo, sus empleados o su vida por ella, así como no permitiría que su hijo se alejara de sus amigos y familia.
Carmen no lo tomó nada bien, y unos días después hizo las maletas y se fue sin avisar.
Honestamente a él no le importó, lo difícil fue explicar a Franco el porqué su madre desapareció de la noche a la mañana. Pero Carmen había dejado una nota en la habitación de su hijo, explicando que debía salvar vidas tal y como Batman lo hacía, y eso fue suficiente para Franco.
Él no estaba... afectado, el que Carmen decidiera hacer su vida en otra ciudad fue como una bocanada de aire fresco. Después de todo, su matrimonio nunca fue de verdad; todo fue para que él tuviera al hijo que tanto deseaba.
Sumergirse en los recuerdos fue imposible de evitar, en especial porque había perdido a alguien muy especial por conseguir su cometido. Su padre enfermó cuando él acababa de graduarse en leyes, pasó por operaciones importantes, su estado mejoraba y empeoraba como si alguien presionara un botón. Y en esos tiempos, él mantenía una relación secreta con su compañero de universidad, un chico castaño de ojos color caoba, Dominic Roa.
Su familia no tenía idea de su homosexualidad, y hubo un tiempo —el primer año que cumplió de novio de Dom— en que quiso gritarles a todos que amaba a ese hombre. Pero su familia era estrictamente religiosa, su padre, un italiano de la escuela antigua, no aceptaba ni el más mínimo cambio a su alrededor, todo debía permanecer igual, lo diferente era repudiado de inmediato, y no ocultaba para nada su asco hacia las parejas del mismo sexo.
Fue muy difícil que lo suyo con Dominic funcionara, pero así fue, ese chico brillante, talentoso y encantador lo amaba con locura y sin restricciones, tanto que no le importó esconderse del mundo a su lado, para poder estar juntos. Pero su padre empeoró, los doctores no podían hacer nada más por él, y el tiempo se vino encima. Leonard no podía estar solo en el hospital, escuchando el llanto de su madre y a sus hermanos menores maldecir a los doctores, necesitaba a Dom a su lado, pero eso no podía pasar.
Al morir su padre, dado que había sido por una enfermedad genética en el corazón, el doctor de la familia les aconsejó a cada uno de ellos que se hicieran un chequeo, solo para estar seguros que ninguno lo hubiera heredado. Su resultado dio positivo.
No estaba enfermo, su corazón era sano, fuerte, pero el riesgo existía, y eso le quedó muy claro. El miedo se incrustó en su espina dorsal: iba a morir, no ahora, pero sí muy pronto. ¿Su vida terminaría, así nada más? Lloró a solas, ocultando su sufrimiento de Dominic, no quería preocuparlo, pero el pánico lo estaba carcomiendo. No había logrado nada con su vida, no podría dejar su huella en el mundo de la abogacía.
Pero sí dejar descendencia. Eso era, un hijo. Siempre había querido ser padre, ¿pero cómo conseguirlo cuando tenía un novio? Hombre y hombre no podrían conseguirlo naturalmente por más amor que se tuvieran. Tendría que conseguir a una chica, ¿pero quién? No pudo dormir pensando que se iría sin dejar nada suyo en este mundo. Pero su respuesta apareció frente a él cuando fue a comer a casa de su madre la semana siguiente, fue donde se encontró con la linda y agradable amiga de la infancia, Carmen Vilati.
Bastó una charla honesta con ella para que aceptara, necesitaba a una mujer que diera luz a su hijo, pero Carmen puso como condición una boda primero, y él, no tuvo opción. Terminar con Dominic fue lo más espantoso que había hecho, doloroso, desgarrador, él era el amor de su vida, la primera persona que lo aceptaba y amaba por lo que era, incondicionalmente. El miedo lo hizo decir lo que dijo, hacer las maletas e irse del departamento que compartían.
Suspiró cuando salió de la nostalgia, habían pasado cinco años desde la última vez que vio a Dominic. Intentó localizarlo después de la boda, cuando Franco nació, pero no pudo dar con él, la herida en su corazón había dejado de sangrar, pero jamás pudo olvidarse de él.
Bajó del auto con la imagen de Dominic en su cabeza, ¿qué habría sido de él? ¿Seguiría en la ciudad? ¿Podría encontrarlo en f*******:? Quiso llamarlo, saber de él, si estaba bien, si se había olvidado de él, o simplemente saber si había cambiado lo suficiente para que no pudiera reconocerlo. Resopló al entrar al ascensor, probablemente Dom no querría saber nada de él después del desenlace que tuvieron.
En esos momentos, admitió que no había sido lo mejor ocultarle la verdad de su decisión, debió ser honesto con él, era lo menos que se merecía. Pero él estaba aterrado, el tiempo se consumía frente a sus ojos, no podía esperar más, debía hacerlo, por su padre, por la familia, por el apellido Gabiati, era su deber como el primogénito.
Volvió al presente al salir del ascensor, su rostro denotaba mal humor, lo que causó que sus colegas se abstuvieran en darle los buenos días. Caminó a grandes zancadas hasta dar con su oficina, ahí dejó su maletín, guardó su celular en el bolsillo de su chaqueta, y salió directo a la sala de juntas donde su cliente esperaba al lado de la puerta. Mandó a volar sus recuerdos y saludó al hombre, Tenía unos cuarenta y tantos, canas en el cabello n***o, sus cejas estaban delgadas y posiblemente depiladas, el mohín que hacía con su boca no le agradó, pero no comentó al respecto.
—Buen día, señor Colt —estrechó la mano del hombre con fuerza— Antes de que comencemos, necesito que sea honesto conmigo, ¿es culpable?
El hombre lo miró como si acabara de preguntar algo estúpido.
—Fue consentido —aclaró— Ese mocoso disfrutó hasta el último segundo, se lo aseguro.
Leo frunció el ceño, ¿mocoso? Vaya, no esperaba eso, sintió celos del señor Colt, él podía ser libre sin que nadie se lo impidiera. Pero el tema que manejaban era grave, lo miró a los ojos, no estando seguro de que dijera la verdad, pero así era el sistema, inocente hasta comprobar lo contrario.
—Bien, en ese caso —señaló la puerta— Entremos, resolvamos este problema.
El señor Colt resopló, al parecer fastidiado por tener que perder su valioso tiempo. Leo entró tras él, mordiendo su lengua para no decir algo acerca de esa actitud. Del otro lado de la sala, en la mesa de juntas, estaba un colega suyo que defendía al demandante, hizo un ademán con su cabeza. La otra persona, quien acusaba al señor Colt de violación, le pareció demasiado familiar. El perfil lo hizo dudar, pero jamás podría olvidar esos ojos claros y brillantes, ojos que de inmediato se prendieron en llamas de puro odio al verlo a él.
—Mi cliente, el señor Roa, ha demandado al señor Colt por violación, Leonard —aclaró, con la voz grave— ¿Harás algo más aparte de quedarte ahí parado?
Leonard parpadeó, saliendo de su estupor, era él, Dominic Roa, su ex novio. Todo se detuvo, tanto por el hecho de que verlo después de tantos años su cuerpo se estremeció en un segundo, como por la razón que lo hizo tensarse, ¿lo habían violado? ¿Dominic había sido atacado por el señor Colt? Miró a su cliente con odio, una ira asesina lo invadió, ¿quién demonios se creía que era para atreverse a ponerle un dedo encima a su Dominic?
Fue como si su cabeza hubiera explotado, no sabía qué decir, ¿cómo hablar con alguien que fue el amor de tu vida y que abandonaste para casarte con otra? Su boca se cerró por completo, se sentó frente a los demandantes, esperando que su cliente diera su explicación. El señor Colt farfulló un inútil antes de sentarse a su lado.
Dominic casi sale de la sala, la vergüenza era demasiada para sobrellevar, ¿qué peor humillación existía aparte de ser violado, que el abogado defensor de su violador sea su ex novio? Quiso gritar con todas sus fuerzas y correr hasta que todo desapareciera.
—Leonard —la voz del otro abogado los hizo saltar a ambos— Este es un tema serio, ¿podrías brindarnos tu atención?
Leo asintió sin apartar sus ojos de los de Dominic, había cambiado, su rostro era el de un hombre, la barba sin duda le sentaba bien, lucía apuesto, elegante.
—Mi cliente fue atacado en su residencia hace menos de doce horas —comenzó a explicar el demandante— El señor Roa realizó una fiesta para dar publicidad a un producto de su trabajo, el lugar estaba lleno de invitados y trabajadores de la empresa, el señor Colt se mostró directo en cuanto a las intenciones que tenía hacia mi cliente, y cuando fue rechazado, el señor puso una pastilla en la bebida de mi cliente.
—Eso no es cierto —interrumpió el señor Colt.
—Violó a mi cliente en su propia casa, en su habitación —recalcó el abogado— El estudio médico nos confirmó la sustancia que usó para drogar al señor Roa.
Leonard quedó paralizado.
—Todo fue porque tanto yo como Dominic así lo quisimos —defendió el señor Colt, sonriendo a Dominic— ¿Para qué lo sigues negando, cariño? Me rogabas por más.
Dominic se puso de pie, sus ojos ardían, ¿cómo se atrevía? Era un maldito pervertido, no podía quitarse el asco que sentía solo de recordarlo. Leonard imitó a Dominic, no creía nada de lo que el señor Colt decía, y se estaba cansando de defender las mentiras de ese desgraciado.
—Discúlpenos por un momento, caballeros —pidió, jalando al señor Colt del brazo hasta sacarlo de la oficina. El hombre lo fulminó con la mirada.
— ¿Qué rayos cree que hace? —inquirió— Tiene que defender mi palabra, no estoy para dramas de mocosos que cambian de opinión a la mañana siguiente, será mejor que arregle esto, Gabiati, o me encargaré de arruinar tu carrera.
Leonard contuvo la ira en su interior.
—Dígame la verdad —ordenó— Hágalo.
El hombre sonrió lleno de malicia.
—Sí, lo violé, le di solo una pequeña pastilla para que hiciera las cosas más divertidas.
Su voz excitada y grotesca tensó a Leonard.
—Vamos, Gabiati, te contraté porque eres bueno en esto —lo miró fijamente, sacando de su chaqueta un fajo de billetes que le estampó en el pecho— Haz tu trabajo.
Eso lo hizo perder todo, su cabeza se nubló, consumido por la ira, sus manos eran ahora un par de puños que rogaban destrozar algo, levantó su mano derecha, estampándola de un puñetazo en la quijada del señor Colt. El desgraciado violador que quiso comprarlo para quedar impune cayó al suelo quedando inconsciente.
Leonard volvió en si al escuchar las voces de las personas que presenciaron la escena, parpadeó, regresando a su control. Aclaró su garganta antes de abrir la puerta de vidrio que realmente no había ocultado su versión de Karma, y pudo verlo en la cara de sorpresa que los dos hombres tenían.
Se acercó a la mesa, juntó los papeles hasta dar con una hoja que extendió hacia su colega.
—El señor Colt se ha quedado sin asesor legal —dijo, aun con el agitamiento en su voz— Me disculpo por haberlos hecho perder su tiempo.
El abogado se puso de pie, un tanto asustado por la respuesta violenta que si colega presentó.
—En ese caso supongo que el señor Roa ha ganado —explicó— Gracias por... gracias, Gabiati.
Leonard asintió, su mano palpitaba y tenía los nudillos rojos pero se sentía increíblemente satisfecho, eufórico. Dominic se puso de pie, nervioso, sorprendido, confundido, ¿por qué hizo eso? ¿Por qué habría de partirle la cara a su cliente? Miró a su abogado que salía, asustado de que Leonard siguiera golpeando personas. Pero él no pensaba igual, sabía que Leonard no era violento. Pero aún así no quería quedarse a solas con él después de lo que le había pasado. Se dio media vuelta, caminando tras su abogado.
—Dominic —su voz llamándolo lo hizo temblar.
Su corazón latía a mil por hora, lo vio de reojo. Leonard se acercaba lentamente y eso lo hizo sentir mareado, Leo tenía el ceño fruncido pero sonreía, lo que lo hizo ver aterrador.
— ¿Estás bien? —preguntó en un tono más alto del que esperaba.
Dominic apretó los labios, sin responder.
—Cambiaste —susurró, recorriendolo con la mirada— Luces muy bien, me costó reconocerte por esa barba —señaló la misma— Me gusta, sin duda va contigo.
Dominic no sabía qué responder, ¿por qué actuaba de esa forma?
—No puedo creer... —siseó— ¿Cómo se atreve a hacerte...? —negó con la cabeza.
Dom seguía en silencio.
—Me lo confesó, a la cara —escupió— No pude dejar que se saliera con la suya, es un desgraciado por haberte lastimado.
Talló su sien, aún enfurecido.
—Lamento que hayas pasado por eso, Dom —lo miró a los ojos, su expresión dolida hizo que Dominic quisiera llorar.
Leonard dio un paso adelante.
—Él ya no volverá a lastimarte —dijo— Te lo prometo.
Dominic lo miró conmovido por sus palabras, quería acercarse, tocarlo, pero no pudo, sus ojos se clavaron en el suelo, miró a su mano herida, sintió ganas de besar cada uno de esos nudillos que habían defendido su honor, pero sus ojos se desviaron hacia el lado izquierdo, y la argolla matrimonial lo detuvo en seco.
—Vuelva con su esposa, señor Gabiati —escupió— Mi vida ya no le incumbe.
Leonard frunció el ceño ante sus palabras. Dominic lo fulminó con la mirada antes de salir de ahí, Leonard no dejó de verlo mientras se alejaba, examinando cada parte de su cuerpo, grabando en su memoria los cambios que Dominic tenía. La sangre pareció acumularse en su entrepierna, y le costó mucho no ir tras él, para así poder volver a sentir su piel contra la suya. Rememorar los mejores años de su vida, la época en la que llevar una relación a escondidas, lo hizo el hombre más feliz de la tierra.