ISABEL
Apenas cruzo la puerta del gimnasio, el ambiente me abruma: denso, saturado de sudor y testosterona.
Pero necesito desesperadamente agotar mis energías; no dejo de pensar en las conversaciones con Duke en la cocina y bueno, para que mentir, en esa puñetera tarjeta. A veces siento que nos estamos acercando demasiado… y no debería.
Él es mi captor.
Tras un buen rato en la cinta de correr intentando compensar, sin éxito, los excesos de pasta y vino, Leonora aparece con su sonrisa impecable, dibujada con bisturí.
Viste un conjunto deportivo ajustado—que debe de costar más que todo mi armario— como si estuviera posando para una revista. Sus ojos se clavan en mí con un brillo travieso.
—Hola, Isabel —dice, dejando caer la toalla sobre un banco como si le perteneciera todo el lugar—. No esperaba verte en el gimnasio.
Su voz está bañada en veneno. Paro la cinta y ralentizo el ritmo para enfrentarme a ella, porque es evidente que es lo que quiere.
—No sé a qué te refieres —respondo secamente. Por supuesto que sé a qué se refiere.
Da un paso más cerca, inclinándose como quien comparte un secreto prohibido.
—Oh, ¿acaso no eres una rehén?
Aprieto los dientes, pero me niego a darle el placer de verme arder de ira.
—Sí, lo soy. Pero también soy la esposa de Duke.
Leonora suelta una carcajada suave, casi musical, pero hay algo cruel en ella.
—Pero solo en el papel… y créeme, me alegra más de lo que imaginas.
Esa mujer suspira por Duke, lo mira como si fuera un helado derritiéndose en pleno verano de Arizona.
—Te aviso que voy a ir a por él. Es el hombre qué deseo y necesito, y no voy a permitir que una forastera se lleve a uno de los mejores hombres de la mafia. —continúa la mujer, al ver que la estoy ignorando.
—Te deseo buena suerte.—murmuro con ironía.
Ella frunce el ceño y su expresión se endurece hasta convertirse en un gesto de puro enfado.
Vaya, la hice enfadar.... Qué pena.
—Estoy segura de que te crees muy importante solo porque el niño te tiene ‘algo’ de cariño… pero créeme, cuando dejes de ser útil, te echarán de aquí en el mejor de los casos. ¿Sabes a lo que me refiero, verdad?
Respiro hondo y fijo la mirada al frente, esforzándome en mantener la expresión de hielo. Tenía razón, lo sabía, pero no le daría el gusto de ver que sus palabras me habían tocado.
—¿Terminaste? —pregunto con calma fingida, aunque siento la piel erizarse bajo sus palabras.
Leonora sonríe satisfecha, como un gato que juega con su presa.
—Por ahora sí, querida. Solo quería recordarte tu lugar.
La ignoro. Me niego a seguir hablando con ella.
Se marcha con pasos elegantes, dejando tras de sí un perfume caro y una carcajada que aún me taladra los oídos.
***
Después de hablar con esa mujer, siento que me hierve la sangre y le pido a Sebas que me lleve de compras.
Voy a gastar una fortuna. ¿Soy reemplazable? Pues entonces voy a aprovechar todo lo que me ofrecen mientras dure.
Me he matado a trabajar desde los dieciocho; ganaba bien, sí, pero nunca podía darme un capricho (por la deuda): un vestido, un bolso de diseñador… Ahora, me voy a comprar zapatos, ropa deportiva de esas que usan las chicas guapas en i********:,¡de todo! Y ya que estoy voy a comprarle ropa a Enzo. Vamos a ir conjuntados y todo.
Quiero ver la cara de Duke cuando vea la gran cantidad de dinero que voy a gastarme.
Me lo merezco. Por soportar amenazas constantes, un encierro sofocante y la presión de vivir entre asesinos, más que nadie merezco un pequeño placer… o un gran gasto, que es lo que va a ser.
Estoy llegando a casa y observo como Sebas mira el espejo retrovisor y dice:
—Fratello—creo que es hermano en italiano.
Miro en dirección de su mirada y aparece en mi campo de visión un hombre en una moto bastante grande y estéticamente muy bonita detrás de nosotros.
Me fijo en el cuerpo de ese hombre embutido en una camiseta negra ajustada, de manga larga, realmente sexy y unos pantalones verde militar, amarrados por un cinturón n***o, que le quedan—la verdad sea dicha—como un guante.
El coche y la moto se paran en la entrada y salgo del coche. Sebas empieza a sacar bolsas de compras. Duke se quita el casco y se acerca a nosotros.
—Parece que te has ido de compras…—agarra su móvil y seguramente chequea el dinero que me he gastado.
Su cara no expresa molestia.
No me dice nada, lo cual me enfada bastante. Yo esperaba que se molestara con la cifra, solo para poder soltarle: ‘¿No eras tú el que quería que me comprara todo con tu dinero?’
—Mañana seguramente compraré más, esto es más que un aperitivo…
—Por supuesto, mi esposa no merece menos…—dice con retintín provocándome.
Sebas reprime una carcajada.
Mi ego no me deja cerrar la conversación, así que digo, señalando la moto:
—Quiero una de estas también.
—¿Ah, sí? ¿Te gustan las motos? —se acerca, clavando en mí su mirada, examinando cada detalle de mi expresión.
—Sí.—digo más confiada de lo que me siento realmente.
—¿Sabes conducirla?
—Sí, claro —respondo, levantando la cabeza hacia él con aire seguro.—La verdad: solo he manejado la scooter pequeña de Betty… y solo unas cuantas veces.
—No te voy a comprar una.
—Pero dijiste que podía comprarme lo que quisiera… ¿no?—mi tono desafiante no falla.
—Es por tu seguridad, nena —desvía la mirada, y un extraño calor me recorre el pecho porque a mi cuerpo le gusta cuando me llama así—. Pero si quieres, puedo darte una vuelta…
—No hace falta —responde mi ego por mí, antes de que pueda pensar otra cosa.
Me dispongo a entrar en casa, pero entonces Leonora aparece corriendo hacia Duke, toda sonrisa y diversión, y le dice con voz de niña pequeña:
—Duke, me encantan las motos. —La chica se acerca a la moto y la acaricia pasando su manos por los asientos de cuero. La rodea completamente y mira a Duke con ojos anhelantes. ¿Me das una vuelta?
El no contesta de inmediato. Sigo mi camino hacia la puerta principal porque no me apetece saber si le ha dado la vuelta o no.