CAPÍTULO 40: Quiero lamerlos...

1235 Words
DUKE Ella me afecta. Su engaño pesa en mí más de lo que jamás admitiré. ¿Cómo no lo vi antes? Maldita sea. Una imagen me golpea: ella inclinándose sobre mi hijo, dándole aquel beso que parecía tan real… tan jodidamente sincero. ¿Y si me equivoco? ¿Y si no me ha engañado? ¿Y si su silencio no se debe al dinero, como dice Leonora, sino al miedo? ¿Y si, además, no le ha contado nada sobre Enzo… tal como ella afirma? Pero entonces me golpea otra verdad: Duke, tú también la amenazaste. Fuisteis tras su amiga, ordenaste que la secuestraran… A sus ojos, todos somos enemigos. Todos hemos intentado aprovecharnos de ella—de alguna manera—, todos la hemos amenazado… No debería dolerme que, frente a la amenaza del Consigliere, no pensara en mí como alguien capaz de protegerla. Aunque no quiera aceptarlo, eso es lo que me está afectando. Tiempo después, me incorporo en la cama y las imágenes de las cámaras aparecen en tiempo real. En la casa no hay casi nadie. Pongo las imágines del sótano y ahí está ella, sentada en la cama, inmóvil, con la mirada un poco triste. ¿En qué estará pensando? De pronto, algo cambia en su expresión. Fija su mirada en la puerta de la celda. —¿Qué demonios…? —susurro, intentando incorporarme—.Yo no he ordenado que alguien entre… La puerta de la celda se abre lentamente y un hombre entra. No puedo verle bien por el ángulo de la cámara. Mis ojos se clavan en la pantalla, helados. Ella se pone de pie, rígida como una estatua, y da un paso atrás con evidente tensión. De pronto, las pantallas parpadean… y, en un suspiro, todas las cámaras del sótano se apagan, tragadas por un n***o absoluto. Me levanto del escritorio de golpe. El cuerpo me pesa, las heridas arden y la medicación me nubla los sentidos, pero aún así corro tan rápido como puedo con pasos torpes, tambaleantes. El silencio de la casa me golpea con fuerza. Aprieto los dientes al recordar que no llevo una pistola. Tengo que llegar al sótano antes de que sea demasiado tarde. Cuando llego, entro sigilosamente y veo que un hombre, que no reconozco, la sujeta con fuerza e intenta dominarla. —Quería divertirme un poco antes de matarte…¿no te vas a dejar, verdad zorra? El hombre mete la mano en el bolsillo, saca un cuchillo y lo apunta directamente al pecho de Isabel. En un impulso, me coloco detrás de ella, cuya espalda queda contra mi pecho, y atravieso la trayectoria del arma con mi antebrazo. El movimiento es tan brusco que sorprende tanto al hombre como a ella. —¡Duke! —grita Isabel, con los ojos desorbitados. Un dolor ardiente me atraviesa y un rugido ahogado escapa de mi garganta. —¡Mierda! —escupe el hombre con un acento marcado, forcejeando para liberar el arma. Con la otra mano empujo a Isabel, obligándola a apartarse; su cuerpo cae al suelo mientras yo recibo el peso de un nuevo ataque: el agresor arranca el cuchillo frenéticamente de mi brazo y lo apunta directo a mi garganta. Lo agarro con las manos desnudas, atrapando el filo entre la empuñadura y la hoja. La cuchilla me desgarra la piel, la sangre me chorrea entre los dedos, pero cierro con más fuerza atrayendo la hoja hacía el. —¿Crees que puedes dañar a mi mujer…en mi propia casa? ¡Escoria! El dolor es tan insoportable que me arranca un gruñido salvaje, pero no cedo. Intenta golpearme pero lo esquivo a duras penas. Por el rabillo del ojo alcanzo a ver a Isabel moverse, como si buscara algo para defenderse. Le doy una patada en la rodilla, el hombre se tambalea con un gruñido y aprovecho la abertura para hundir el cuchillo contra él, pero su fuerza es brutal, muy superior a la mía ahora que estoy convaleciente. Empuja con todo su peso y logra avanzar, el filo cada vez más cerca de mi cara. De repente, un golpe seco resuena en la penumbra. Isabel está de pie, jadeante, con un macetero roto en las manos. Su acción me da justo la oportunidad que necesito: el atacante se tambalea, desorientado, su agarre se debilita, y aprovecho para arrebatarle el cuchillo. Con un movimiento rápido y preciso, lo clavo en su cuello. Lo hago de nuevo: Dos. Tres. Cuatro veces. Pierdo la cuenta. —Duke…—susurra Isabel. La sangre brota a borbotones, me salpica la cara y me cubre las manos. El hombre se ahoga en su propia sangre y cae muerto a nuestros pies. Me quedo ahí mirando el cadáver del atacante fijamente odiando la idea que alguien haya podido entrar a mi casa a amenazar a mi familia. Isabel no se mueve. Solo me mira, con el pecho agitado, sin poder emitir palabra, atrapada entre el horror y el alivio. Me acerco a ella con las manos temblorosas y le rozo suavemente los brazos, recorriéndolos con torpeza con las palmas de mis manos, como si necesitara asegurarme de que está intacta. Mis ojos buscan su rostro, y entonces, mi cuerpo actúa solo: la rodeo con los brazos y la atraigo contra mí. La abrazo con desesperación, apretándola fuerte contra mi pecho, como si así pudiera borrar de su mente todo lo que acaba de pasar. Ella se queda rígida al principio, sorprendida por mi gesto. Hasta yo estoy sorprendido. —¿Estás bien, Isabel? ¿Te duele algo? —pregunto con la voz rota. Noto como se relaja en mis brazos. —No… —responde apenas en un susurro, temblando—.Duke…tu brazo y la mano… —No te preocupes, no es nada. —¿Nada? Pero si acabas de… Clavo mi mirada en la suya y descubro un destello de preocupación en sus ojos. Ella intenta zafarse de mi abrazo, para revisarme, pero no la dejo. —Duke… déjame verte—dice con firmeza. La dejo apartarse un poco, pero no permito que rompa el contacto del todo cuando agarro su cintura con mi mano buena. Por un segundo ella titubea ante mi actitud inusual, pero toma la mano con la herida abierta y acaricia mi muñeca apenas un segundo para examinarla. —Esto tiene muy mala pinta…Deberíamos llamar al Doctor rápidamente… Mi respiración se agita por su contacto. Quiero más. La atraigo más por la cintura. Aparta los ojos y mira hacia un lado, nerviosa, incapaz de encontrar palabras bajo el peso de mi mirada que se clava en ella firme como un clavo en una madera. —Duke…—murmura.—Deberías descansar… Le aparto un mechón de pelo que tenía en la cara y me fijo en sus ojos. Sus ojos son preciosos, un delicado cruce entre marrón y verde, enmarcados por pestañas largas y curvas que les dan aún más profundidad a su mirada. Luego, mi atención se desliza hacia su boca: la veo humedecerse los labios agrietados con la lengua, un gesto que para ella es inocente… pero que a mí me enciende. Quiero lamerlos. Ella se da cuenta de que le estoy mirando sus labios y se sonroja. Se aclara la garganta en un gesto inútil de romper el momento y, movido por el impulso, la agarro de la nuca, acerco mi rostro al suyo y la beso.
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