ISABEL
Ver a Duke malherido me ha abierto los ojos. Tengo que dejar de dudar y contarle que el Consigliere me está amenazando directamente y que quiere que sea una espía.
Respiro hondo y trato de armarme de valor. Espero… de verdad espero que Duke me ayude a proteger a mi familia.
Aun así, los pensamientos intrusivos no me dan tregua: ¿Y si no me ayuda? ¿Y si, en lugar de protegerlos, es él quien los condena? ¿Estoy siendo ingenua al confiar en él?
Y así estoy todo el tiempo: dudando, calculando las opciones, paralizada por las preguntas que no sé responder.
Camino hacia el dormitorio de Duke con una bandeja en las manos, no por cariño sino porque me han encomendado asegurarme de que siga su tratamiento correctamente. No es por preocupación por su salud… o al menos eso me repito una y otra vez para convencerme a mi misma.
Cuando llego a la puerta, un murmullo de voces me llega desde el interior. Mi corazón se acelera un poco al escuchar la frase que sale de Leonora.
—He visto cómo la miras… ¿te gusta?
¿Se refiere a mí?
Mi corazón da un brinco. Me quedo paralizada, escuchando cada palabra. Duke no dice nada, y su silencio solo hace que mi nerviosismo aumente.
—Si es así, no deberías…¡Es una traidora! —sisea Leonora, con un filo venenoso que corta el aire.
—¡Cállate! —gruñe Duke, enfadado, con un tono que resuena como un golpe.
Respiro hondo, intentando calmarme. Miles de pensamientos se cruzan y revuelven en mi cabeza.
¿Leonora sabe algo del asunto del Consigliere? Me siento atrapada; esta situación se me ha ido completamente de las manos.
Mi mano tiembla, pero respiro hondo y doy un paso adelante. Empujo la puerta y entro en la habitación.
Los dos me miran fijamente mientras dejo la bandeja sobre la mesa, como si cada movimiento estuviera cargado de significado. Siento cómo sus ojos pesan sobre mí, y un escalofrío recorre mi espalda.
—Vaya, pero si está aquí la protagonista de la conversación…—dice Leonora que una mueca burlona—.Llegas justo a tiempo, iba decirle a Duke, una cosa muy interesante sobre tí.
—¿Qué cosa?—digo dibutitativa.
Ella me mira como si oliera mi miedo y justo en ese momento,Sebas y Pietro entran a la habitación.
—Chicos, acercaos. Todos creéis que es alguien normal, una niña buena…pero no es así. Os ha estado engañando todo este tiempo.
—Te escuché hablando con tu familia el otro día por teléfono—Mis pulmones se encogen y me falta el aire como si las paredes de la habitación se cerraran a mi alrededor.
—Duke, ¿sabes que alguien ha pagado una deuda que ella y su familia tenían?—mira a Duke directamente—y por la cara que pones no creo que hayas sido tú…¿o me equivoco?
Trago saliva.
Miro a Duke y noto cómo su semblante se tiñe de decepción; no sé por qué ver eso me hace sentir tan pequeña, como si el mundo se abriera bajo mis pies.
—Duke… el Consigliere me está amenazando —digo, con la voz quebrada.
—¿Cómo? —responde, atónito—. ¿Qué quiere de ti?
—Yo… —tartamudeo, buscando coraje—.Aquel día…en la fiesta de acción de gracias…
—Dímelo, mujer —gruñe Duke, y su rabia llena la habitación como un muro que me aplasta.
Trago otra vez, y las palabras salen atropelladas:
—Quería que buscara información sobre ti… y sobre Enzo. Se lo dijera todo, que fuera su espía.
—¿Qué más te dijo? —su voz es punzante.
—Me dijo que si no lo hacía, no dejaría vivo a ningún m*****o de mi familia—me tiembla la voz—. Cuando consiguió burlar tu vigilancia, me amenazó de nuevo —las lágrimas se deslizan por mis mejillas, y no puedo detenerlas.
—Cuando me preguntaste, te di una respuesta vaga porque tenía miedo… Pensaba que si te decía la verdad podrías matarme o que mi familia pagara las consecuencias.
—¿Vas a creerte esta historia? —interviene Leonora, con tono burlón—. Es evidente que lo hizo por dinero.
—Hermana —susurra Pietro, intentando calmar la situación.
Me callo, cruzando los brazos, intentando recomponerme.
—Sigue —ordena Duke, con la mirada fría y penetrante.
—Me asusté… no sabía qué hacer —admito—. He estado todo este tiempo con la cabeza hecha un lío…
—Es mentira, Duke —metió la baza Leonora de nuevo—. No te lo dijo porque juega a dos bandas.
—No… mi abuelo tuvo un accidente… lo amenazaron. Ese hombre me dio una advertencia —insisto, con voz temblorosa.
—¿Le has contado algo? —pregunta Duke, con firmeza.
—No… —susurro.
—Mentira —chilla Leonora, acercándose de golpe y agarrándome la muñeca. Intento zafarme, tirando con fuerza, hasta perder el equilibrio y me caigo.
Cuando me levanto trato de avanzar hacia la cama de Duke, pero él alza un brazo en un gesto claro: “detente”.
—No le he dicho nada a ese hombre… Alguna vez pensé en hacerlo… —confieso, tragando mi miedo—. Pero al final no lo hice. Te juro Duke, no lo hice.
—¿Entonces cómo pagó esa deuda tan grande? —dice Leonora, ladeando la cabeza con esa sonrisa venenosa—. Seguro que Lucciano le dio dinero por la información… Y lo del abuelo, no me lo creo. O simplemente fue una coincidencia. Los viejos siempre tienen accidentes, se rompen la cadera y esas cosas…
Ahora es Duke el que habla:
—Por eso ese malnacido quería meter a una mujer aquí… para vigilarme —gruñe Duke, la rabia contenida temblándole en la voz—. Y no solo a mí, sino a mi hijo. Por eso insistió en que lo mejor era casarme. Ahora lo entiendo todo.
—Duke, no le he contado nada de ti y mucho menos de Enzo… —me apresuro a decir, intentando calmarlo.
—Fratello… —interviene Sebastián, con tono cauteloso, pero se calla al instante al mirar la expresión de Duke. ¿Es decepción?
—Duke, yo… no le daría al Consigliere información de Enzo… sabes que le he cogido cariño —trato de explicarme, pero mis palabras suenan débiles frente a su furia.
—No, si amenaza la vida de los tuyos —dice Duke, apartando la mirada de mí con un gesto duro—. No me lo ibas a decir, ¿verdad? Si no te hubiera pillado Leonora, ibas a darle información. ¡Dime la verdad!
—Iba a contártelo… Me asusté mucho cuando el Consigliere vino a la escuela, pero justo cuando lo iba a hacer, te dispararon y pensé que no era el mejor momento. Así que esperé… —mi voz se quiebra, las palabras salen atropelladas.
—Estás mintiéndome. J*der —ruge, haciendo un movimiento brusco y quejándose de dolor.
—Sebas… encierrala en el sótano, que no salga—su orden es fría, definitiva.
—¿Qué? —respondo, horrorizada—. Otra vez no, Duke. Te estás equivocando…
—Hazlo, Sebastián —dice Duke, y el hombre duda, indeciso—. ¡Ya! —grita Duke, la voz como un martillo—. ¡O te encierro a ti también!
El hombre me agarra suavemente, pero a diferencia de la última vez, no intento huir.
Lo último que veo antes de que me lleven es a Leonora sonreír, esa sonrisa cargada de triunfo, malicia y desafío, que me eriza la piel.