CAPÍTULO 38: Dejando las cosas claras

1038 Words
DUKE Abrí los ojos apenas un poco, no tenía fuerzas para más. El cansancio me pesaba en cada fibra del cuerpo, era un agotamiento profundo, aplastante. Noté una presencia a mi lado y, al advertir que yo despertaba, sus movimientos se volvieron torpes y nerviosos. Esa persona me dice algo, pero no puedo escucharla, es un murmullo lejano y entonces siento el calor de su mano envolviendo la mía, ese calor que me ancla, que me recuerda que no estoy solo y entonces me relajo. Una imagen borrosa aparece en mi campo de visión: Isabel. ¿Está preocupada por mí? Los ojos se me cierran de nuevo sin poder evitarlo. Me despierto con la respiración agitada como si hubiera estado corriendo el maratón de manhattan. Me pesan los párpados, pero forcejeo por mantenerlos abiertos. Sigo tumbado, esperando que mi cuerpo recuerde cómo recomponerse, aunque cada intento de respirar me arranque el oxígeno en lugar de dármelo. A mi alrededor resuenan voces entrecortadas que pronuncian mi nombre —Duke, jefe—, como si con eso intentaran retenerme aquí. Cuando por fin consigo enfocar la mirada, distingo a Isabel y Enzo a mi lado, y más allá, dentro de mi campo de visión, aparecen Sebas y Pietro acercándose con paso rápido. Sus palabras retumban en mi cabeza. Todos parecen exhalar aliviados al ver que he despertado. Yo, en cambio, carraspeo con desgana, incómodo con tanta atención, aunque lo único que consigo emitir es un débil hilo de voz. Me siento débil y al bajar la mirada hacia mí mismo, descubro mi cuerpo cubierto de vendas y vestido con un pantalón deportivo cómodo. El médico se inclina sobre mí, revisando las vendas de mi pierna con manos firmes y una expresión seria. —Tuvimos que operarte de urgencia, Duke —explica mientras ajusta la sábana sobre mi cuerpo—. Había un trozo de bala alojado en el músculo. Perdiste mucha sangre, por eso te desplomaste en el asfalto. —Necesitas reposo absoluto —añade, mirándome como si adivinara mi intención de discutirle—. Nada de esfuerzos ni de moverte de esta cama. —¿De verdad crees que voy a quedarme aquí sin hacer nada? —suelto con la voz cargada de frustración. Luego gira la cabeza hacia Isabel, que está a mi lado, y la observa con detenimiento. —¿Eres su esposa? —pregunta. Ella duda un instante, sus ojos se mueven de un lado a otro, y al final asiente en silencio. Leonora abre la boca pero, al sentir mi mirada fría clavada en ella, la cierra de inmediato. El médico le entrega un pequeño recetario a Isabel. —Por favor, asegúrate de que tome la medicación —le dice con firmeza—. Duke es un testarudo. En cuanto me dé la vuelta intentará levantarse y ponerse a trabajar como si nada. El sindicato del crimen puede esperar unos días. —Si, señor. El médico de la mafia resopla. —Si tienes que atarlo, hazlo. Es un hombre que está acostumbrado a hacer su voluntad—me echa una mirada seria—. Niña, si ocurre algo, llámame. Isabel aprieta el papel entre los dedos, asintiendo con seriedad, mientras yo cierro los ojos con un resoplido, sabiendo que el maldito doctor tiene razón. Cuando el médico se marcha, recorro la habitación con la mirada y me encuentro con todos observándome en un silencio que pesa más que las palabras. Enzo me mira preocupado pero le hago un gesto con la mano para que se acerque, y el niño se sienta en la cama a mi lado. Seguramente se quedará conmigo todo el tiempo. Esa es su forma de querer. —¡Por fin! No sabes lo preocupada que estaba… He llorado toda la noche pensando que no ibas a despertar—dice Leonora, echando encima de mí prácticamente. —Necesito hablar con Pietro y Sebas. Hay asuntos de trabajo que no pueden esperar—digo con voz áspera. —¿Trabajo? Duke, el médico ha dicho que debes guardar reposo, que no puedes—frunce el ceño. —Vete. —Duke—la chica hace un mohín y me pone ojitos. Parece mentira que no sepa a estas alturas que eso no le funciona conmigo. —No me hagas repetírtelo. Los demás también—miro hacía los soldados que estaban en una esquina del dormitorio. —Me voy Enzo. Si me necesitas llámame—dice Isabel acercándose a mi hijo. ¿Alguien le ha dicho a esta mujer que se vaya? Isabel se inclina y le da un suave beso en la mejilla a Enzo. Ese gesto tan sencillo me sorprende más de lo que debería; sé que al niño le cuesta aceptar cualquier muestra de afecto físico, pero parece ser que con Isabel es diferente. Enzo se sonroja al instante y asiente con timidez. ¿Y yo? ¿No podría ser también beneficiario de un beso así? Estoy enfermo… Me descubro mirando la escena un par de segundos más de lo que debería, con una punzada extraña en el pecho, hasta que aparto la vista como si hubiera presenciado un fantasma. No. No debería desear algo tan puro. Joder… soy un asesino, una mala persona. Solo estoy débil, convaleciente, no pienso con claridad. Leonora se acerca a mi cama, inclinándose lo suficiente como para captar mi atención y con una voz suena suave, casi acariciando cada palabra, dice: —Cuando me necesites, llámame… yo cuidaré de tí. La observo con dureza, sin permitir que su tono me arrastre. Luego, desvío la mirada hacia los soldados presentes en la habitación para que quede bien claro lo que voy a decir a continuación: —Para eso está mi esposa, Leonora. Ahora… fuera. —Mi voz es seca, cortante; primero mis ojos se clavan en ella y luego en los demás, marcando la orden. Si mis hombres creen que Isabel no significa nada para mí y que Leonora es quien manda aquí, nadie la respetará. Todos se retiran, incluso Isabel. Sé que a Leonora no le agrada ser expulsada de mi dormitorio de esta manera, pero ahora tengo asuntos más importantes que perder el tiempo con una mujer que me mira como si quisiera f*llarme.
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