ISABEL
No puedo sacarme de la cabeza las palabras del Consigliere. Me dan vueltas una y otra vez, como un eco persistente que no me deja respirar.
¿Qué se supone que debo hacer?
Ya es bastante difícil lidiar con Duke, pero si a eso le sumas lo que me dijo el Consigliere... Siento que si no tomo una decisión pronto, me puede ir muy mal. Estoy caminando sobre una cuerda floja, y cada segundo de duda me acercara más al abismo.
Suspiro, resignada, y me cambio para ir al gimnasio. Al menos así libero algo de tensión.
Al ver las luces encendidas, me detengo.
Dudo.
No quiero cruzarme con nadie. Estoy a punto de darme la vuelta cuando, en el reflejo del espejo, lo veo.
Duke.
¿No podía ser otro?
Está acostado haciendo press banca sobre un banco y cubierto de sudor. Lleva una camiseta de tirantes anchos que deja al descubierto sus brazos: musculosos, tatuados, con cicatrices y tensos por el esfuerzo.
Me quedo quieta y me permito observarlo durante unos segundos. No puedo evitar admirar al hombre que tengo delante. Su cuerpo es grande y atlético, imponente, pero lo que realmente llama la atención es su rostro: con unos ojos rasgados que le dan un aire salvaje.
Mentiría si dijera que no es increíblemente atractivo.
Odio que me parezca atractivo. Odio ser una rehén.
Un pensamiento aparece en mi mente: lo que las chicas dijeron en el baño sobre él.
Se nota que es muy codiciado por las mujeres de la organización; todas lo consideran un buen partido. Para mí, es un asesino.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunta Duke de pronto, con un tono burlón que me saca de quicio.
Me ha pillado.
Levanto la mirada, despacio, sintiendo cómo la molestia me sube por el pecho como fuego.
Decido ignorarlo. No voy a dejar que me afecte.
He venido a entrenar, pues voy a entrenar. Si me voy, él ganará, como siempre.
Extiendo la esterilla en el suelo sin mirarlo y comienzo a estirar la espalda sintiento su mirada clavada en mí desde el otro lado del gimnasio.
—¿Eso es… tu forma de entrenar? —pregunta Duke burlón.
No respondo. Cambio de postura. Si hablo, se va a notar que estoy molesta.
Escucho como Duke se pone a saltar a la comba.
Agarro las mancuernas de cinco kilos y empiezo a hacer bíceps, concentrándome en cada repetición. Pero al mirar de reojo el espejo, noto cómo se acerca a mí por detrás.
Isabel, no mires sus piernas, me repito para mí misma.
—Ahora que lo pienso… —dice secándose el sudor con la toalla—. ¿No estarás entrenando para matarme mientras duermo, verdad?
Alzo una ceja, mirandolo directamente a través del espejo.
—Si ese fuera mi plan, ni siquiera te darías cuenta hasta que fuera demasiado tarde —respondo, seca.
Me lanza una sonrisa ladeada, cargada de algo más oscuro, más retorcido.
—Te animo a intentarlo ratoncita…pero si no lo consigues, tendrás que asumir las consecuencias. Mia moglie (esposa mía).
Un escalofrío me recorre la espalda por la insinuación.
Ese c***n gira su cuerpo y se aleja, dejándome con la palabra atorada en la boca.
***
El día de Navidad está siendo cualquier cosa, menos tranquilo. Me he empeñado en preparar algunos platillos mexicanos para la cena, porque, en un día como hoy, lo único que quiero es sentirme un poco más cerca de casa.
Franco, el cocinero que normalmente se encarga de alimentarnos—soldados incluidos—, no se fía de mí y, por si acaso, ha preparado varios entrantes italianos “de respaldo” por si mi experimento termina en desastre.
‘Qué tierno’ , susurro para mí misma.
Ya tengo todo listo. Empezaremos con una ensalada de manzana y tamales, y como plato principal serviré una pierna enchilada —suave, sin mucho picante— y un buen pozole. Mientras cocino, no puedo evitar pensar en mi abuela… la tengo presente siempre cocino comida mexicana y, de eso, hace mucho tiempo.
Estoy preparando la masa de los buñuelos, cuando Enzo me pregunta si me ayuda. Afirmo y le enseño como se hace.
Cuando abro la nevera, exclama:
—Vaya, cuanta comida…
—Si, digo contenta.—He hecho comida mexicana. Espero que os guste…
El pequeño, visiblemente sorprendido, se ruboriza, y creo que es la primera vez que lo veo perder esa seriedad que siempre lleva encima.
—Gracias —murmura. Se queda un momento pensativo, dudando si continuar, hasta que finalmente lo hace—. Hace tiempo que no tenemos una comida de Navidad así…
Intuyo que se refiere a los años después de la muerte de su madre. Un impulso me empuja a querer consolarlo, aunque no sé cómo. No estoy acostumbrada a tratar con niños, y mucho menos con un niño como él...¿tan serio?
Aun así, me armo de valor, le rozo la mejilla con suavidad y le digo:
—Esta noche va a ser muy especial... Y el postre… va a estar buenísimo, sobre todo porque lo estamos preparando juntos.
—Sí…
—¿Qué te parece si hacemos el ponche?
—Sí, madre.
Me detengo a mitad de camino hacia la nevera. Es la primera vez que me llama así, directamente. Sé que cuando habla con su padre se refiere a mí como 'madre' pero a mí nunca me lo ha dicho.
No digo nada, pero siento un nudo apretarse en mi pecho. No sé si me merezco ese título…no soy lo suficientemente buena.
Sacudo esos pensamientos de mi cabeza y regreso a su lado.
No quiero que el niño cargue con mis emociones; aquí, el adulto soy yo.