Narrador:
Shane se había arrastrado fuera del cementerio en las primeras luces del día, su cuerpo entumecido, su alma un campo helado. Regresó a la casa antes de que Elvira despertara. Se duchó, se puso su traje de negocios, y el hombre frío y hermético volvió a la superficie, cubriendo al viudo destrozado.
Ignoró deliberadamente el ala este. No había oído la risa de Lía esa mañana, y asumió que su escapada nocturna había restaurado el silencio que tanto anhelaba.
—Voy a la oficina —anunció a Elvira, con voz áspera, mientras ella regaba una planta de Pascua en el vestíbulo.
—Bien, querido. Yo llevo a Sofía y a Lía a la ciudad. Necesitamos provisiones y quiero que Sofía abra una cuenta bancaria local.
Shane se encogió de hombros.
—Mientras no traigan adornos a la casa, por mí bien.
Salió. La conducción por las calles nevadas de la ciudad era un ejercicio de rutina. Se hundió en su trabajo, una avalancha de números y logística, el único lugar donde no existían las emociones.
Mientras tanto, en el corazón del pequeño pueblo, la vida fluía con la dulzura artificial de diciembre. Sofía caminaba por la plaza central, tomada de la mano de Lía, con la Abuela Elvira a su lado. La plaza estaba engalanada con luces y un gigantesco árbol de Navidad. El contraste con la mansión de Shane era chocante.
Lía miraba los escaparates con los ojos redondos de fascinación.
—¡Mira, mamá! ¡Es Papá Noel!
—Es hermoso, cariño —dijo Sofía, forzando una sonrisa. Por dentro, su estómago era un nido de alfileres. La llamada de su abogada el día anterior resonaba en su cabeza.
Elvira, viendo la tensión de Sofía, se detuvo.
—Vamos, hija. Relájate. Estás con la familia Vans ahora. Nadie se atreverá a separarte de tu hija.
Pero el destino, o la desesperación de Marco, no entendía de apellidos poderosos.
Fue instantáneo. Una sombra. Un olor familiar a colonia barata y sudor. Marco se materializó detrás de una columna de piedra, su rostro duro y amargo.
—Vaya, vaya. Miren a quién tenemos aquí. La esposa fugitiva.
Sofía sintió un escalofrío de terror. Agarró la mano de Lía con tanta fuerza que la niña se quejó.
—Vete, Marco. No te acerques a ella.
—¿Alejarme? ¿Por qué? Lía es mi hija.
—Marco avanzó, obligándolas a retroceder contra la pared de una tienda. Era un hombre grande, con una presencia intimidante.
Elvira intervino, su voz, a pesar de su edad, era firme y autoritaria.
—Joven, váyase de aquí. Está acosando a mi nuera y a mi bisnieta.
Marco soltó una carcajada áspera.
—¿Nuera? ¿Bisnieta? ¿Y quién es usted, señora? Esta mujer es una cualquiera. No tiene donde caerse muerta y no voy a dejar que arrastre a mi hija a esa miseria.
La gente en la plaza comenzó a mirar. Sofía sintió el calor de la vergüenza y el pánico. Sacó su teléfono.
—Si no te vas, llamaré a la policía.
—¡Adelante! —Marco, con una velocidad sorprendente, se abalanzó.
Con una mano fuerte, arrebató a Lía del agarre de Sofía.
Lía gritó. No un llanto, sino un grito visceral de terror absoluto.
Sofía se lanzó hacia él, suplicando.
—¡Suéltala, Marco! ¡Por favor, suéltala!
Marco sostuvo a la niña en alto. Lía pataleaba, sollozando histéricamente, llamando a su madre, sus pequeños brazos extendidos con desesperación.
Elvira se puso pálida. Su rostro, generalmente lleno de vida, estaba lívido. Rápidamente, marcó el número de Shane.
—¡Contesta, maldita sea! —murmuró.
En su oficina, a pocos minutos de allí, Shane se disponía a enviar un correo electrónico. El teléfono vibró, el nombre de Elvira en la pantalla. Contestó con impaciencia.
—¿Qué pasa, Abuela? Estoy ocu—
Su voz se cortó. A través de la línea, la voz de Elvira sonaba histérica, casi irreconocible.
—¡Shane, ven aquí! ¡Ahora mismo! Estamos en la plaza. ¡Un hombre está atacando a Sofía! ¡Le arrancó a Lía de los brazos!
Pero no fue la voz de Elvira la que hizo explotar a Shane. Fue el sonido en el fondo. El grito desgarrador de Lía. Un llanto que no era solo miedo, sino desamparo.
El sonido le golpeó el oído como una bala. El mundo se invirtió.
El aire olía a anticongelante. Su esposa atrapada. El suplicando qué no lo dejará, suplicándole que luchará. Y él, Shane, incapaz de detener la pérdida, incapaz de detener el dolor, tuvo que verla partir.
Se levantó de su asiento. No fue una decisión, fue un reflejo instintivo, visceral. Dejó caer el teléfono sobre el escritorio, escuchando aún el eco del grito desesperado.
Corrió. No sintió el frío al salir del edificio, ni la gente que esquivaba. El pánico era una niebla. Tenía que llegar. Tenía que evitar que se repitiera el fracaso. Tenía que proteger a la niña que gritaba.
Llegó a la plaza, sin aliento, su abrigo desabrochado. La escena lo golpeó; Marco, grande y amenazante, sosteniendo a una Lía sollozante, y Sofía arrodillada en la nieve, suplicando con los ojos llenos de terror puro. El mismo terror que él había visto en los ojos de Elena.
El déjà vu fue brutal y total. Él estaba de vuelta en el asfalto helado, suplicando a la muerte que se llevará a otro.
El pánico se convirtió en una furia fría.
—¡Suéltala! —La voz de Shane no era la de un hombre de negocios. Era la de un depredador.
Marco se giró, sorprendido por la aparición de un extraño bien vestido. Shane no le dio tiempo a reaccionar. Avanzó como una fuerza de la naturaleza, su altura y su rabia contenida eran suficientes para congelar a Marco por un segundo.
—Suelta a la niña. —repitió Shane, cada palabra como una estaca.
Marco, instintivamente, aflojó el agarre, confundido por la repentina autoridad. Lía, en un chorro de lágrimas y movimientos frenéticos, se soltó y corrió hacia Sofía.
Sofía la abrazó, aferrándose a ella con una fuerza desesperada, sus cuerpos temblando juntos en un único nudo de alivio y terror.
Shane se interpuso entre Sofía y Marco, una pared de carne y hueso qué parecía indestructible.
—Escúchame bien, basura —siseó Shane, usando un lenguaje que no usaba desde la universidad—. Esta mujer y esta niña están bajo mi protección. Si te acercas a ellas de nuevo, si vuelves a poner un dedo sobre la niña o sobre su madre, te aseguro que haré que tu vida sea un infierno legal y financiero. No tienes idea de con quién te estás metiendo.
Marco, dándose cuenta de la gravedad de la amenaza, midió a Shane. Vio el traje caro, la ira controlada y el dominio innato. Asumió que Sofía ya se había enredado con otro hombre.
Marco sonrió con desprecio.
—De acuerdo. Disfruten su jodida vida. Pero te lo advierto, antes de Navidad, Lia ya no será suya. Le quitaré a la niña. Y la llevaré tan lejos que ni tu dinero podrá encontrarla. Es una promesa.
Marco se dio la vuelta y se alejó rápidamente, engullido por la multitud.
Shane se quedó inmóvil. Se giró y vio a Sofía, todavía arrodillada en la nieve, abrazando a Lía, susurrando consuelo, sus cuerpos temblando por el miedo y la adrenalina. La sentencia de Marco resonó en el aire: antes de Navidad, ella ya no será suya.
Shane sintió una ola de náuseas. No por el miedo de Marco, sino por la confusión de las emociones que se desataban en su interior. La rabia pura había sido un disfraz; debajo, estaba el pánico de revivir su propio fracaso y el instinto visceral de proteger lo que creía haber matado.
Se había jurado a sí mismo no volver a preocuparse. Se había jurado al vacío.
Pero en este momento, en medio de la plaza, con la risa de Lía convertida en sollozos entre los brazos de su madre, Shane se dio cuenta de que su corazón congelado acababa de sentir algo. Un atisbo de calor, una fisura en el hielo. Y eso era lo más aterrador de todo.