La carretera nos lleva de vuelta a la ciudad, donde las luces nocturnas parecen burlarse de nuestra complicidad recién descubierta. Manson sigue al volante, su mirada fija hacia adelante, pero hay algo diferente en él ahora. Es como si el muro que siempre había mantenido levantado se estuviera desmoronando, ladrillo por ladrillo, dejándome ver un poco más de lo que guarda detrás. A pesar de todo lo que ha pasado esta noche, me siento extrañamente tranquila. Estoy hundida en el asiento, mis dedos jugueteando con el anillo que llevo en la mano derecha, un tic nervioso que suelo tener cuando mi mente está ocupada. Pero esta vez no estoy pensando en lo que podría salir mal, sino en lo que acaba de suceder. El beso. Cierro los ojos y todavía puedo sentir el calor de sus labios, la manera en

