El beso se siente como un estallido, una descarga eléctrica que recorre todo mi cuerpo. Manson me sujeta con una mezcla de urgencia y necesidad, como si no pudiera permitirse soltarme, como si yo fuera su ancla en medio de este torbellino. Cuando se separa, sus ojos me buscan con una intensidad que me deja sin aliento. —No vuelvas a hacer eso —dice, su voz grave y firme, pero sus manos todavía están en mis mejillas, como si temiera que desapareciera. —¿Qué parte? —respondo, mi tono desafiante mientras intento calmar mi respiración—. ¿Salvarte o besarte? Manson cierra los ojos, frustrado, pero una sombra de una sonrisa tira de la comisura de sus labios. —Ambas cosas. Un ruido detrás de nosotros lo pone en alerta de inmediato. Su expresión cambia, endureciéndose mientras gira hacia los

