Manson me levanta en un solo movimiento, como si no pesara nada, y me lleva hacia la escalera que serpentea hacia la oscuridad del piso superior. Intento luchar, protestar, pero mi cuerpo traiciona cada palabra de resistencia que intento articular. Sus manos firmes me sostienen, y su mirada fija en la mía me deja sin aliento. —No puedes seguir huyendo de esto, Emma —dice, su voz baja, áspera, como un golpe directo al corazón—. Sé lo que sientes. —No sabes nada de mí —escupo, aunque mis palabras no llevan el peso que quiero. Manson se detiene en seco, en medio de la escalera. Me baja lentamente, pero no me suelta. Estamos cara a cara, su cuerpo tan cerca que siento el calor que emana de él, esa energía peligrosa que siempre lo rodea como una segunda piel. —Entonces, dímelo —murmura, su

