Nico caminaba despreocupado por el campus de la universidad con ese aire altivo que lo acompañaba desde que tenía uso de razón. A su alrededor, un grupo de chicos igual de arrogantes reía a carcajadas, vestidos con ropa de marca, relojes costosos y esa mirada de “nada puede tocarme” que solo tenían los hijos de papi y mami. Sentados en los escalones de la fuente principal, planeaban la carrera callejera de esa noche. —Hoy va a ser épico —dijo uno, con el cabello engominado hacia atrás y gafas de sol incluso a la sombra—. Marco y Luis traerán a sus Lamborghinis. Esto se va a poner serio. —Yo me apunto —dijo Nico, cruzándose de brazos con una sonrisa chulesca—. ¿Quién necesita dormir cuando puede volar? —Eso, Nico. Tienes don para correr, cabrón —le aplaudió otro de sus amigos—. Eres un j

