¿Nunca les ha pasado que quieren saber cómo sería tu novia celosa? ¿No? Bueno, yo siempre quise saberlo, pero por desgracia ni tuve la oportunidad de descubrirlo porque el bruto celoso de la relación soy yo. Aunque mi chica no me recuerde sigue siendo mi novia y aunque me cueste aceptarlo, ella me olvidó y debo vivir con la idea de que soy el extraño guardaespaldas de su hermano mayor.
Hace unos días en el palacio donde vive la reina hubo una especie de atentado. Solo el personal de confianza sabe exactamente que paso y en eso, también estoy incluido yo.
—Necesitamos mantener esto que pasó, en total secreto —la voz de Alaric me hace verlo—. Nadie se puede enterar de nuestra alianza con la mafia rusa.
Estamos en el palacio en nuestra respectiva reunión confidencial.
—Para empezar los únicos que no están implicados en esto es Thomas y Matthew —interviene Liam.
—Buscar un cuchitril y un médico me hace cómplice —habla divertido Thomas.
—Estoy jodido porque el príncipe quiso matar a alguien y el guardaespaldas de él soy yo —suspiro fingiendo indignación.
—Iremos a visitarte a la prisión —dicen los tres al unísono y nos echamos a reír.
Honestamente no me importaría ir a la cárcel. No tengo a nadie a quien le importe y la chica que amo me deja en visto con mi amor.
¡Mierda, estoy hormonal! ¿Será que Amaya está en sus días y es como en los embarazos que le pasa los males al novio?
—Mi hermana regresa mañana del hospital —se levanta de su silla y nos entrega unos documentos—. Ni una palabra de lo que pasó en Londres ni lo que vivió allá.
—Ya entendimos que no existimos para ella —se queja Thomas.
—¿Qué son estos documentos y como ella sabía acerca de las fulanas cartas que le dio el ruso? —pregunto seriamente.
—Yo le conté de las cartas de él —sonríe de lado—. La herencia de mi hermana está en esos documentos —los tres lo vemos extrañados—. Sasha cuando regrese de Chicago les explicara más a fondo, pero lo que deben saber es que me acabo de enterar de que somos herederos al trono de Suecia y Finlandia.
—No entiendo —interviene Liam—. Ustedes son herederos al trono alemán. ¿Qué tiene que ver la línea sucesorial de esos países? Ni siquiera hay reyes en ellos.
—El padre de mi abuelo era el príncipe heredero al trono finlandés y la madre de mi abuelo era la princesa heredera al trono sueco —suspira con cansancio—. No sé cómo es la cosa, pero mi abuelo fue obligado a casarse con mi abuela y el ruso no quiso contarme más —nos mira suplicante esperando que no preguntemos.
Trago grueso y me muerdo la lengua para no abrir la boca. ¿Entonces los futuros reyes de esos países son ellos? No entiendo esto de la nobleza.
¿Amaya será reina?
Nos dice unas cuantas cosas más y nos permite retirarnos de su oficina.
*****
Antes de que Liam regresara al hospital donde pasaría la noche custodiando a Amaya, mi amigo y yo lo detenemos un momento.
—¿Vas a decirnos para quien fue el cuchitril que conseguí hace unos días? —pregunta molesto, Thomas.
—No querrán saberlo será difícil de aceptar. A veces es mejor no descubrir algunas cosas —responde con sinceridad.
—Por si se te olvido mi novia perdió la memoria por culpa de ese hijo de puta secuaz —replico con odio.
—Lo sé, pero quiero sacarle más información antes de involucrarlos a ustedes. Ella no trabaja sola y mientras menos sepan, más seguros por ahora estarán —explica lentamente.
Entonces es mujer...
—Tienes hasta que el ruso regrese para decirnos quien es la ayudante de la reina —lo veo mientras frunce el ceño—. No tendremos la mejor relación de amistad, pero en esta vida ambos nos cuidamos la espalda y eso lo sabes. Tengo el don de perder a la gente que quiero y estoy cansado de eso.
—¿Estás diciendo que me quieres? —Liam aplaude con fingida emoción—. Lo siento, pero no eres mi tipo —me ve de arriba abajo—. Me gustan las v*****s, amigo.
—Si eres imbécil —le digo y nos empezamos a reír.
—Déjame averiguar quién es la segunda ayudante de la reina y les doy la información —nos dice y luego se va.
Ya no se en quien confiar y que pensar, pero por lo menos sé qué lady Katherine en esto no está involucrada.
*****
Desde temprano fuimos llamados a poner el palacio en orden y con una seguridad extrema y exagerada. Si conocen a Alaric, pueden hacerse la idea de que tan cuidado esta. Se abren las puertas del palacio y por ella entra Amaya con Liam y su hermano.
Veo con asombro como todos hacen reverencia y Gabriella, la esposa de Charles, me hala de la mano obligándome hacer lo mismo.
—¡Bienvenida a casa, su alteza! —decimos todos al unísono.
Esta mierda es increíble y me siento extraño. Verla como esta ahora es... raro.
Espalda recta, sus manos están tomadas como si llevara una cartera pequeña. Su rostro sin expresión y fingida sonrisa me hace desconocerla. Antes me veía así, pero no me importaba.
«Este es el mundo al cual pertenece, acéptalo», pienso, tragando grueso.
Nos dan la orden de retirarnos del salón y como yo andaba babeando por ella, no la escuché.
—Bennett, debemos irnos. ¿No escuchaste al príncipe? —me informa burlona, Gabriella.
La veo confundido tratando de regresar a la realidad y asiento. Empezamos a caminar mientras ella se iba burlando de mí. Una voz muy familiar y con bastante carácter nos hace detenernos en seco.
—¿Para donde creen que van? —ambos nos volteamos y vemos a una Amaya bastante molesta, sin entender mucho veo por encima de mi hombro a Gabi ponerse nerviosa—. ¿Ahora son mudos? Qué raro, porque desde hace rato que están de lo más divertidos sin importarles que la princesa llegó.
Es tan sexy cuando se molesta.
—Su alteza, Gabriella y yo nos estábamos retirando como... —intento explicar, pero me interrumpe.
—La llama por su nombre y también la defiende —alza una ceja—. Señorita, ¿acaso usted no habla nuestro idioma que necesita traductor? —la ve seria y frunciendo el ceño.
—Ella está nerviosa, su alteza —vuelvo a interrumpir, ella alza la mano haciéndome callar.
—No quiero oírlo a usted, señor Bennett —me mira mal—. ¡Hable ahora, es una orden, señorita!
Se hace un silencio incomodo en el lugar mientras Alaric y Liam me miran con diversión.
—No piense mal él fue mi compañero en Cobs y solo bromeábamos —nerviosa y con la cabeza abajo, explica Gabriella—. Yo soy la esposa de Charles. No piense mal, su alteza.
—Vaya con un médico —la chica a mi lado alza la cabeza y la ve confundida—, para que le quite esa mala costumbre de andar coqueteando con hombres ajenos ya siendo casada.
La risa de los chicos a fondo me hace querer reír. Gabriella sonrojada asiente y me mira avergonzada.
—¡A mi oficina, Bennett! —me ordena, Liam me hace una seña con su dedo índice cortándose el cuello—. Usted retírese y no ande coqueteando con hombres en mi palacio y menos si es cercano a mí, ¿entendió?
—Sí, su alteza. No volverá a ocurrir lo de hoy —hace una pequeña reverencia con su cabeza y se retira.
—Adiós, popó —susurra con diversión mientras yo me acercaba—. Mujeriego, sonsacador de mujeres casadas, abusivo, pervertido, insensible.
Y así se siguió quejando de mí hasta irnos a su oficina.
Amo a esta chica con mi vida.
*****
Con muchas ganas de reír, mantuve la compostura en la situación. Estoy empezando a creer que mi novia desmemoriada esta celosa.
¡j***r, como quiero besarla y hacerla mía!
Ella se sentó frente a su escritorio y ahora que la veo bien, si pasara por la calle jamás sabría que es una princesa. Lleva su cabellera suelta, un bluejeans, unos botines negros y una camisa del mismo color con algunos adornos extraños.
Si vestida así me parece tan jodidamente sexy, debo estar bien enamorado de ella.
Su oficina es beige con azul cielo, tiene unos ventanales y no sé qué tal la vista porque están tapados con persianas. Tiene dos sofás color beige y dos sillones, un mini bar, una nevera pequeña una mesa de postres vacíos, una cama de perros, y cuatro estantes lleno de muchos libros. Ah, su escritorio es blanco y las sillas de este son beige.
Su color favorito creo que es ese.
—A usted le hace falta una clase de protocolo —acaricia su frente sin verme, se sostiene con su mano en el escritorio—. No debe andar por mi palacio demostrando lo bien que se lleva con una mujer casada.
La veo en silencio y aunque muero por reírme por este mal entendido, me preocupa que le duela la cabeza.
—¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llame a su médico, su alteza? —pregunto preocupado, ignorando lo que me dijo.
—¿Nosotros nos conocemos? —por primera vez me mira y logro ver angustia en sus ojos—. Si no es así entonces porque yo... nada, olvide lo que iba a decir —suspira, cruzándose de brazos.
—No nos conocemos, su alteza —trago grueso, esas palabras son como clavos que raspan mi garganta—. Si se siente mal, dígamelo, por favor.
—¡No me siento mal! —dice tajante viéndome seria—. ¿No le da vergüenza andar de coqueto y mujeriego con una mujer casada? —pregunta indignada.
—Solo nos estábamos riendo —se ríe sin ganas y mi corazón se empieza acelerar—. Gabriella es la esposa de mi amigo.
—¡La llama por su nombre! ¿Acaso no se sabe su apellido? Parecían más que amigos —me mira acusadoramente.
—¡Claro que me sé su apellido! —miento, ella achica sus ojos—. Es una conocida de la empresa donde trabajo.
—¿Por qué la conoce? ¿Acaso le gusta? —me ve cada vez más molesta—. Su novia debe sentirse mal por tener a un mujeriego de pareja.
—Yo amo a mi novia aunque ella se haya olvidado de mi —abre su boca sorprendida—, y la conozco porque si —me cruzo de brazos viéndola serio.
—Claro, ahora el niño tiene novia —se levanta del escritorio, da varios pasos hacia mí—. ¿Qué le pasó en la mano? —señala donde tengo mi férula.
—Ella me olvido y aunque la ame sé que eso no será suficiente —me acerco hasta quedar a un sillón de distancia—. Me lastimé hace unos días cuando perdí algo importante. ¿Quiere ver?
—¡No! —contesta molesta, acercándose más—. Enséñeselo a su amiga, Gabriella —suelta con odio, río por lo bajo—. ¿Le parece divertido hablar conmigo?
—No —me acerco hasta reducir la distancia a dos libros gruesos—, pero usted está celosa, su alteza.
Me estudia con la mirada y mi vista viaja de su boca a sus ojos. Su respiración empieza a acelerarse y siento el roce de su mano con la mía lastimada.
—No estoy celosa ni nada parecido —me ve nerviosa—. Solo quiero saber por qué mi corazón late como loco cada vez que estamos cerca —baja la mirada—. Usted hace que mi cabeza y mi pecho duelan cada vez que lo veo.
—Usted también hace lo mismo con el mío —tomo su barbilla y la hago verme, con mi mano libre agarro su mano y la subo a mi pecho para que sienta a mi desbocado corazón—. Solamente su alteza tiene el poder de hacerme sentir así, solamente usted provoca los miles de pensamientos no actos para niños y siempre vas a ser tú, la que me hagas echar todo a la mierda para jugármela por ti.
—¿Fuiste mi novio? —sus ojos brillan—. ¿Tú y yo tuvimos algo más que una relación de jefe empleado? —susurra, término de acercarme haciendo rozar su nariz con la mía.
Sonrío internamente al darme cuenta de que ambos dejamos de tratarnos con formalidades.
—Tú y yo fuimos... —un toque en la puerta nos sobresalta y nos hace alejarnos.
Ella incómoda regresa a su escritorio y yo a una distancia prudencial trato de controlar mis ganas de hacerle el amor aquí mismo. La puerta se abre y una muy eufórica Emm, entra para abrazarme. Algo incómodo la recibo en mis brazos y un carraspeo la hace separarse de mí.
—¡Lo siento, su alteza! —se excusa sorprendida haciendo reverencia—. Soy la guardaespaldas del príncipe Fazza —Amaya alza una ceja, se cruza de brazos—. El príncipe de Emiratos Árabes, Sheikh Hamdan bin Mohammed bin Rashid al Maktoum la está esperando abajo y me enviaron a buscarla.
—Vaya nombre —susurra, río de lado—. ¿Él sabe que usted lo llama Fazza? —la chica niega con la cabeza—. La seguridad en este palacio es una porquería —me mira, si las miradas mataran ya estuviese bien muerto—. Se me largan los dos de mi oficina —se acerca a la puerta—. No, yo me voy y más atrás se vienen ustedes.
Sin más que decir y en silencio empezamos abandonar la oficina. En medio del camino se detiene y una risita de maldad pura está en su hermoso rostro.
—¿Le gusta ese hombre? —le pregunta a Emma, señalándome, esta asiente.
Mierda, esta niña término de cavar mi tumba
—Me parece hermoso cuando una chica no teme decir lo que siente —Amaya me ve con diversión y esa sonrisa estúpida que me hace querer tirármela ahora mismo—. Él parece perro se orina todo lo que ve, no se aguanta nada.
Miro sorprendido a Amaya por las cosas que le estaba diciendo a Emma.
¡Mi reputación, j***r!
—Lo estaba reprendiendo porque no se bañó y su olor a puerquito me llego a mi frágil nariz —Emma me mira asqueada y se aleja.
—Emma, no es... —no me deja terminar cuando dice que se va mientras que me mira con asco y vergüenza.
¡Amaya, eres una Infantil!
—A su enamorada usted le dio asquito —me mira, hablando con inocencia.
—Su alteza, eso fue innecesario e infantil de su parte —le digo, esta se acerca hasta a mí y susurra a mi oído.
—No me importa —me da un beso en la mejilla y vuelve a hablar—. Si no eres mío de ninguna otra chica serás —se aleja, viéndome con soberbia—. ¡Esto es guerra, señor Bennett!
Me guiñó un ojo y se fue caminando con aquel porte de princesa que la caracteriza. Estoy jodido con esta mujer. Con una sonrisa idiota también empiezo a caminar sin saber a dónde me dirigía.
Pero en una sola cosa tienes razón, amada mía.
Esto es guerra.