Palacio Real de Bellevue.
Berlín-Alemania.
4 de enero de 2018.
Cómo es posible que esa estúpida perdiera la memoria. Justamente ahora que estaba en Alemania y podía decirnos con facilidad donde estaba lo que la reina buscaba con desespero. La bastarda supo j***r la situación. Ella es la única que sabe dónde se encuentra lo que queremos y con su pérdida de memoria, jode todo lo que habíamos avanzado.
Si te fueras muerto todo hubiese sido más fácil y así el trono de Suecia pasaba a manos de la reina también.
—¡¿Dónde demonios están las cosas que estaban aquí?! —le grito a la nana de Amaya.
—Lo siento, cuando llegué todo estaba así como lo ve —se excusa nerviosa.
—¡Lárgate de aquí antes de que te mate! ¡No sirves para nada! —le vuelvo a gritar, esta sale casi corriendo de la oficina del palacio.
Mierda, ahora sí que estoy frita sin todo eso.
Los vídeos, fotos, audios y alguna de las cosas con que lastimábamos a Amaya desaparecieron.
—¿Por qué una mujer tan guapa está frunciendo el ceño? —la voz del ruso me hace sobresaltar.
—¿Quién te dejó entrar? ¿Por qué estás aquí? —pregunto nerviosa.
—Te faltan más clase de protocolo —se burla—. Tratas fatal a tus invitados.
—Vete de aquí, por favor —me acerco a la puerta abriéndola, seis hombres pasan armados a la oficina y me obligan a sentarme en un sillón.
—Solo vine a decirte hola —le entregan algunas cosas y me ve—. Hola, guapa —se burla.
Empiezan a sudarme las manos y el ruso me entrega las cosas que se habían perdido.
—¿Por qué las tienes tú? —lo miro confundida.
—Porque ya las copie y no las necesito —me ve con fingida vergüenza—. No pude traerte el bate, las botas, la soga, las esposas, las cadenas y alguna que otra cosa interesante que tenías.
Lo veo suplicante.
—Regrésamelo, si no lo tengo la reina me va a matar —pido casi en un ruego.
Se acerca de forma amenazante y me levanta de la silla jalando de mi cabello.
—No tuvieron compasión por mi chica —me toma de la mano haciéndome daño—. Tú eres una perra que no merece clemencia.
Me suelta con tanta fuerza haciéndome caer al suelo.
—Dile a la reina que Dmitry Bogdánov le manda saludos —abro mi boca sorprendida—. Que gracias a ella su amada nieta fue secuestrada por los italianos y aún no la encuentra.
—Ayúdame, habla con esos mafiosos y diles que no me hagan daño —suplico poniéndome de pie.
—¿Quieres que te mate mi abuelo o yo? —pregunta con diversión—. Qué vergüenza das. Una asesina o el intento de una, jamás piden ayuda.
—¡Yo no quiero morir! —grito sollozando.
—Me sabe a mierda tus lloriqueos —le dice algo en ruso a su gente y me ve—. Tienes dos segundos para arrepentirte de lo que hiciste y yo no entregarle la evidencia a Alaric.
Bastardo infeliz.
—Me arrepiento de lo que hice, por favor no entregues nada, prometo no volver a ayudar a la reina —respondo, desesperada y rápidamente.
La carcajada tétrica de los hombres en el lugar suena en todo el lugar. La mirada de odio de Sasha me hace temblar.
—Mierda eres y mierda serás aunque pidas mil veces perdón —envía algo en su celular y me ve con malicia.
Se abre la puerta de la oficina y por ella entran Liam y Alaric sonriente.
—Que grata sorpresa tenerte por aquí —Alaric me da dos besos en la mejilla—. Gracias por facilitarme todas las evidencias. Me siento amado por semejante regalo.
Liam le dice algo al ruso y este asiente, le entrega una de las armas de sus matones y los tres me ven con odio.
—Si el príncipe mata a alguien su guardaespaldas toma la responsabilidad del acto —sonríe Liam al verme.
—Si el guardaespaldas de un mafioso mata a alguien a nadie le importa —afirma Sasha.
—Pero si el príncipe mata a alguien con el arma de un mafioso —la risa sádica de Alaric, me hace estremecer—, quedará enterrado como asuntos confidenciales.
Liam le entrega el arma y me ve con frialdad.
—No lo hagas, no valgo la pena para que te ensucies las manos con mi sangre —empiezo a llorar.
—No lo vales, en eso tienes razón, pero eres la pupila de la reina —carga el arma—. Al parecer se le olvido que yo también soy alemán —fingió tristeza—. Me caías tan bien cuando creí quererte.
Sin esperar más me dispara sin temblarle la mano. Caigo al suelo con dos heridas en el pecho, una en el estómago, una en la pierna y una bala rozó mi mejilla. La risa al fondo se les escuchó y los aplausos en modo de celebración.
Empiezo a quejarme y llorar del dolor. Sasha se agacha y toma mi pulso.
—Quiero que se desangre un poco antes de llamar a los paramédicos del palacio —me señala mientras habla con normalidad con Alaric.
—No será atendida en ningún hospital importante del país. Métela en un matadero o una c********a —se sienta Alaric en el suelo, haciendo presión en mis heridas.
—Por favor, basta —ruego llorando—. Ayúdenme, me estoy desangrando.
—Estamos hablando, muérete más lento —Liam me interrumpe, mientras se acerca, toso con dificultad y los veo incrédula de que estos hombres sean humanos—. Llamaré a la familia después que vaya a ver a Amaya al hospital.
«Ayúdenme», pienso, mientras busco respirar.
—Creo que se está muriendo —dicen al unísono, Liam y Sasha.
Alaric besa mis mejillas y se levanta.
—Si no te mueres dale mi mensaje a la reina —me ve con diversión—. Que no olvide que también soy alemán y sé jugar al ladrón.
El silencio se hace presente y escucho a lo lejos voces burlándose de mí.
—Si se muere debo llorar en su funeral —se queja Liam—. Ya sabes, por trabajar juntos y ser casi mi jefa.
—Si se muere me sabe a mierda —se burla Sasha—. No la conocía tan bien ni era mi persona favorita.
Entran más personas aceleradas y alteradas a la oficina. Eran los paramédicos del palacio y me ven con preocupación dándome oxígeno.
—Sálvenla, por favor. Es mi amiga y no sabría que hacer sin ella —finge preocupación Liam.
—Yo soy médico, pero no puedo operar en este país —les informa Sasha—. Sálvenla, esa chica es importante en mi vida.
Hijos de puta. Si salgo de esto juro que los mato a todos.
*****
Ya en la camilla de la ambulancia y camino hacer trasladada a un hospital, Sasha vuelve a hablarme.
—No tenemos nada en tu contra, pero el mensaje debe ser claro para la reina —susurra en mi oído mientras ve las vías que tenía—. Lamentablemente te metiste con rusos y alemanes —me ve con desprecio—. Bienvenida a los juegos de la venganza, linda.
Continúa hablando con el paramédico y yo caigo en un sueño profundo.