De nada servían mis llamados, ninguno era contestado, ni siquiera eran detenidos, sólo eran ignorados deliberadamente. Eso me ponía de peor humor. De nada servían tampoco mis mensajes. ¿Los leería, si quiera? Bufé, como muchas otras veces. Me rompía la cabeza preguntándome a cada momento exactamente lo mismo. ¿Qué demonios había hecho que ella cambiara su actitud tan rápido y tan radicalmente? Bostecé. Me había dado mil y un vueltas en la cama durante toda la noche, al igual que las largas y terribles noches anteriores. Estaba cansado, no podía dormir bien ni dejar de pensar en ella. Mi cabeza procesaba a toda hora, sin excepción, sin dejarme descanso alguno. Era algo de todo el maldito día. Me miré frente al espejo y observé mi rostro demacrado. Me veía pálido y tenía ojeras, además d

