PVO Christine Carson.
10 años atrás.
Hoy se supone que sería mi feliz día de liberación de mi familia. Libre de ellos, mudándose a una mejor casa y con el estatus que siempre han añorado pero no. Ahora yo estoy metida en medio de toda esta mierda. Aquí, entrando del brazo de mi padre, Eloy Carson, quien sonríe como si estuviera encantado por lo que pasa.
Él y Eva quizás tengan la vida de alta sociedad que siempre han soñado. Aunque, claro, en estos momentos hay murmullos por el repentino cambio de novia que los pueden meter en problemas, lo que inventen me tiene sin cuidado.
Al llegar, mi padre me entrega al estúpido que aceptó esta locura. No sé con qué lo habrán convencido, pero debe ser algo grande y que lo beneficie bastante si aceptó el cambio. O quizás solo no quiso ser la vergüenza del año.
“El prestigioso Emilien Kingston es abandonado por la novia en el día de su boda”.
Sí, sería muy vergonzoso.
—Deja de murmurar, el padre está hablando.
Hasta que por fin se digna a hablarme.
Obedezco, pero no porque él me lo ordene, sino porque trato de ser optimista y no deprimirme en el peor momento de mi vida.
Recuerdo todos los planes que ya tenía en mente: viajar, comer por fin en un comedor junto a las empleadas que queden en casa, invitar a mis amigas de la universidad y hacer esas pijamadas con los chicos, esas de las que tanto hablan mis compañeras.
¡Iba a porfin disfrutar de mi juventud y tener mi primer novio!
Ahora voy a tener que replantear mi futuro un poco.
—Oye, el padre te está preguntando, niña. ¿O es que acaso eres sorda y no me lo informaron?
Este cretino.
El padre vuelve a repetir la pregunta. La escucho y mantengo silencio. Sé que las miradas de mis padres están sobre mí. Si me niego, me botarán como a un perro, sin comida, sin nada,pero aún peor, perderé mis estudios.
—Acepto.
Mi voz sonó como una puñalada a mí misma. Cerré los ojos y recé para que él se negara. Así no sería mi culpa y no me echarían de la casa.
—Acepto.
Diablos.
—Entonces los declaro marido y mujer, ya puede besar a la novia.
¿Besar?
Mis piernas tambalearon y mi cuerpo se quedó más tieso que cemento seco.
—No voy a besar a mi esposa, padre. Tiene una imperfección en su rostro y no quiero que nadie lo vea. Así que, si nos permiten… —siento su mano en la mía— me llevo a mi esposa conmigo.
Buena excusa, aunque estuvo de más decir que tenía una imperfección.
Después de la boda y excusarse por no pasar la fiesta de nuestra boda con los invitados, Emilien me llevó a una enorme casa, donde apenas puse un pie sentí el frío helado golpearme.
—Por fin… —susurré, quitándome el velo y viendo por primera vez a mi esposo, que se aflojaba la corbata.
Emilien era un hombre alto, de espalda ancha y porte perfecto. Sus cabellos castaños caían con naturalidad, pero fueron sus ojos los que me hicieron dar un brinco.
—Bienvenido de vuelta, Sr. Kingston. Pensé que llegaría tarde debido a su boda —apareció una mujer mayor, vestida como sirvienta.
—No tengo tiempo que perder en estupideces, Sara. Por cierto, ella es mi nueva esposa, Christine Carson. Te harás cargo de lo que necesite.
—Como ordene, señor.
Lo veo subir las escaleras, dejándome sola, sin siquiera darme una explicación de lo que acaba de pasar.
—¡Espera! —mi voz lo detiene a media escalera—. Debemos hablar, Sr. Kingston.
—Lo siento —gira a verme—, tengo un viaje en unas horas y no pienso perder el tiempo contigo.
—¿Qué? ¿Viaje? ¿Luna de miel?
Pero mis palabras le parecieron el chiste del año, porque soltó una risa hermosa que me hizo sentir como una completa idiota.
—¿Luna de miel? ¿Bromeas, verdad? —bajó las escaleras. Antes de que me diera cuenta, Sara ya se había marchado—. ¿Acaso el estúpido de tu padre no te dijo lo que ha hecho tu familia conmigo? ¿De la burla en la que me he convertido?
—¿T-te refieres a Sofía? —retrocedí al ver sus ojos cargados de odio—. O-oye, yo no tengo la culpa, no te desquites conmigo. Yo también fui obligada.
—Escucha bien, niña. Yo no quería esta boda. Jamás me hubiese casado con nadie que no fuera Sofía, menos con alguien como tú. Y si lo hice, fue porque no tenía salida.
—Entonces no hubieses aceptado, ¿no te parece? —le increpé, pero él seguía hundiendo su mirada oscura en mis ojos.
—Iba a hacerlo. Solo debía negarme a ese estúpido cambio y tu padre me hubiese pagado la indemnización de 10 millones. Y creo que ahí estaban incluidos los pagos de tus estudios, ¿Te hubiese parecido bien?
—Qué bueno que aceptaste el cambio… —fue lo único que se me ocurrió en ese momento tan tenso. Si esto seguía así, él iba a ahorcarme.
—Escucha, Christine. Voy a dejarte las cosas claras, tú solo eres un maldito reemplazo, una ficha de emergencia que usaré hasta que a mí se me dé la gana —me acorraló contra la pared y ahora sí estaba atrapada—. ¿Entendiste?
—No es necesario que lo diga, Sr. Kingston. Esperaré hasta que Sofía aparezca y yo pueda volver a mi casa. De la anulación del matrimonio, encárguese usted.
Y de nuevo, esa sonrisa perversa.
—Bien, sigue creyendo eso.—Su dedo se posa en mi mentón de una manera que me eriza la piel y me hace sentir extraña.—Ahora me voy, pero no esperes por mí, chiquita. El viaje que haré me va a tomar tiempo y no sé cuándo regrese.
—Bien, tómate todo el tiempo que quieras. Desde ya, te voy advirtiendo que soy estudiante de medicina, y no voy a dejarlo. Mi padre lo prometió.
—¿Doctora, eh? Mi mujer, una doctora… suena interesante.
—¿T-tu mujer?
No estará pensando en…
—Disfruta de este tiempo, Christine, porque muy pronto voy a hacer de tu vida un infierno.—Su dedo roza mis labios y la mirada que me da es tan escalofriante como su advertencia.
Después de eso, el estúpido de mi ahora marido se largó por largas semanas al extranjero, y fui feliz, o al menos hasta que alguien inesperado llegó y entró a la casa como si fuera la reina y señora. Era Sofía, y parecía más fresca que una lechuga, con una inesperada noticia para mí.
-----C&E-----
Tiempo actual.
Sigue mirándome, como buscando algo en mi rostro que le resulte familiar o quizá tengo algo en la cara y no me he dado cuenta.
—¿Quién demonios eres?—De nuevo esa pregunta. Se levanta de su silla y mantiene su mirada firme sobre mí, o creo que sobre mi vestido. Definitivamente fue una mala idea.
—Deja de hacerte el tonto, Emilian. No creo haber cambiado tanto en tan poco tiempo.
Se da la vuelta sobre su escritorio, se acerca a paso lento, intentando recordar, creo.
—Christine…—susurra, y por fin.—¿Por qué rayos estás vestida de esa manera?
—¿Disculpa?
No puedo creer que, después de diez años, lo primero que me diga sea eso.
—Mira, Emilian, dejémonos de ser idiotas.—Tomo el folder del escritorio y se lo dejo en el pecho.—Firma de una vez por todas algo que debiste firmar apenas terminó el plazo de los diez años.
Emilian sigue mirándome con esa dureza de siempre, solo que hay algo diferente en esos ojos verdes. Toma el folder antes de que lo suelte y lo abre. Enseguida frunce el ceño y lanza las hojas de regreso al escritorio.
—Te desapareces por diez años sin dejar ninguna nota, me haces buscarte como un loco por todo el país ¿y ahora regresas solo para recordarme los malditos papeles del divorcio?
Incluso molesto, sigue siendo tan sexy.
—Mira, Emilian, yo no iba a regresar porque soy una mujer muy ocupada, pero ya que estaba de pasada en Nueva York, aproveché la oportunidad de venir a recordarte lo que estaba estipulado en tu absurdo contrato prenupcial.—Le señalo las hojas.—Y para que veas que soy considerada, mi abogada se encargó de redactarlo para que no te molestes. Tú solo firma, y esa absurda boda de hace años nunca habrá pasado.
Sonrío, feliz, ansiosa pero nerviosa a la vez, pues hay algo de lo que recién caigo en cuenta: no sabe que tenemos dos niños preciosos.
Mercedes, más vale que hayas puesto algo como “Renuncio a todo lo que nos une” o algo así. Si Emilian se entera, temo que, por joderme la vida, me los quite.
—¿Divorcio? ¿Acaso tanto deseas liberarte de mí?
—Es lo normal. Yo hago mi vida sin ataduras, y tú sigues con el amor de tu vida. Todos felices y contentos.—De nuevo esa sonrisa oscura.
—Es lo que más deseo en la vida.—Eso dolió, lo admito, y no sé por qué.—Pero me temo que te estás equivocando, querida esposa.—Su voz suena tan divertida, casi una burla.—Aunque deseara librarme de ti, me temo que no se podrá.
—¿Q-qué quieres decir?
—Nuestro acuerdo vence todavía en cinco meses.
—¿Qué dijiste?—Tomo las hojas y busco la fecha. ¡Mercedes Salazar, yo te mato!
—Como puedes notar, el contrato prenupcial aún no vence.—Se acerca por detrás, dejando que su perfume me invada al acercarse a mi cuello.—Por lo tanto, sigues siendo mi esposa, Christine Kingston.
Aprieto el papel pensando que es el cuello de mi abogada. ¡Cómo pudo llegar a ser la mejor de su clase!
—Creo que entiendo lo que pretendes. Huir de mí, esperar a que cumpla el tiempo del acuerdo prenupcial y librarte de ser mi esposa.
—Uy, pero qué inteligente, señor Kingston.
Giro a verlo y está tan cerca.
Esos ojos, esa nariz, esa boca… Ya entiendo por qué mientras más tiempo pasaba con él, más me llegó a gustar.
—Tú vas a seguir siendo mi esposa, Chris, te guste o no.
—Esposa.—Murmuro con un tono cargado de burla.—¿Y qué hay de tu amante? ¿No se molestará?
Su expresión cambia, pero me importa un carajo. En estos momentos estoy muy molesta con Mercedes.
—¿O quizás ya te casaste con ella para formar una familia y no lo sé?
—Deja de decir tonterías, Christine.—Me sujeta del brazo.—Escucha bien, tú eres aún mi esposa hasta que yo lo decida, y Sofía solo es una amante que, cuando me aburra de ti, la haré mi esposa a ella.
¡Cómo puede ser que diga eso! ¿Acaso qué cree que somos las mujeres? ¿Juguetes?
—Así que ahora mismo vienes conmigo y te quitas ese horrible vestido, a menos que quieras que te lo quite yo mismo.
—¿Qué? ¿Y-y eso por qué? Yo me veo fantástica.—Me miro y sí, es ridículo venir a ver a tu esposo después de muchos años, a pedir el divorcio y encima con un vestido provocativo.
—Se te ve todo, Christine, y mi mujer no va a exhibirse de esa manera tan vulgar.—Uy, si viera la sección Femme Fatale que tengo en mi armario de Maryland, le daría una convulsión.
—Mira, Emilian.—Me zafo de su agarre.—Seguiré siendo tu esposa, pero no tu juguete, y yo me visto como me dé la gana.
Avanzo hacia la puerta, decidida a huir de aquí y ahorcar a cierta amiga dizque abogada, pero al abrir la puerta, me detengo. Dogan está hablando con Mercedes, pero al notarme se dirige hacia aquí.
—Cierra esa maldita puerta.—Emilian me jala hacia atrás y cierra de un portazo.
—¿Pero qué demonios te pasa a ti? ¡Iba a irme!
—Pues me temo que estás equivocada, chiquita. Tu deber es estar a mi lado, viviendo en mi casa y…
—Y fingiendo ser tu perfecta esposa. Eso ya lo jugué hace tiempo, me lo sé de memoria.
Ese año en que vivíamos bajo el mismo techo, yo debía pretender frente a la sociedad ser su adorada y dedicada esposa. Algo que no leí en el acuerdo prenupcial y todo por la emoción de que pagaría mi colegiatura.
—La verdad no entiendo a dónde quieres llegar con este absurdo, Emilian. Nos odiamos, tú tienes una amante y encima un hijo, y ahora…
—Espera, ¿de dónde sacas eso? ¿Cómo sabes eso, Christine?—Vuelve a sujetarme del brazo.—¡Responde!
—¿Qué? ¿Creías que nunca sabría del fruto de tu gran amor con Sofía, eh, Emilian?
Nuestras miradas luchan por mantenerse. Es tan intensa que podría jurar me quema, pero resisto. Yo tengo la razón de mi lado: es un maldito infiel que sé que siempre amó a Sofía, y a pesar de que ella lo abandonó, apenas volvió, la aceptó como su amante, se veían juntos, a escondidas de mí, obviamente.
—Fue un error, pero eso no va a impedir que sigas siendo mi esposa, Christine.
¿Un hijo un error? Imbécil.
—¿Qué? ¿A qué te…? ¡Ahhhhh! ¡¿Qué haces?! ¡Emilian, bájame! ¡Bájame!
El muy idiota, acaba de alzarme como una muñeca y ahora me lleva hacia… ¿a dónde me lleva?
—¡Emilian Kingston! ¡O me bajas o vas a pasarla mal, te lo juro!
—Claro, muy mal.
—¡Emilian!
—Cállate.—Una palmada en mi trasero me calla. Es la primera vez que él hace esto.
Cierro la boca, pero porque me siento muy avergonzada, y dejo que me lleve a un… ¿ascensor? ¡¿Tiene un ascensor dentro de su propio despacho?!
—¿A-a dónde vamos?
—A donde perteneces, a nuestra casa. De la que nunca debiste haber salido.
—¿Qué? ¡No! Yo tengo que ir a…
No puedo decirle que trabajo, al menos aún no. Es capaz de hacer que me corran. Aunque no, Max podría defender mis intereses, pero pensando bien, mejor no, él es capaz de mandarle a volar la cabeza.
—Raquel, cancela todas mis citas, reuniones y lo que tenga que ver. Voy a estar muy ocupado todo el día y no quiero ser interrumpido por nadie, ¿me entendiste?
¿Ocupado? ¿Todo el día? Espero que conmigo no sea.
—Mi esposa y yo vamos a recordar íntimos y viejos tiempos. Eso dile al idiota de Dogan, que sé que está ahí, escuchando.—Cuelga, y yo siento que se me sube la presión, la temperatura, todo.
¿Íntimos? ¿Qué quiso decir con eso?