Sofía: La amante.

2169 Words
PVO Christine 10 años atrás Acababa de terminar mi último examen y lo único que deseaba era descansar. Nada sonaba más reconfortante que probar los deliciosos postres de Leonor. Aunque, en el fondo, no dejaba de pensar en la fiesta que mis amigas organizarían en la tarde para celebrar el fin de exámenes. ¿Postres o fiesta? No, no puedes ir, ni lo pienses, Christine. Eres una dama.Una Sra casada, distinguida y fiel. Ruedo los ojos ante mis propios pensamientos absurdos. —¿Y el señor? —pregunto, ya que hace una semana regresó de su viaje y aún no lo he visto. Él en su despacho, yo ocupada con mis exámenes; quiero creer que solo es cuestión de tiempo. —Salió temprano, señorita Christine. Pero dejó ordenado que salga con el chófer a comprar un vestido. —Leonor deposita una tarjeta sobre la mesa. —¿Un vestido? ¿Y para qué? —Supongo que tendrá que acompañarlo a algún evento público. Quiere presentarla en sociedad. —¿Un mes después? —ironizo, mordiéndole un pedazo a mi manzana. Emilian, después de nuestra primera y única conversación, ni siquiera se ha dignado a llamarme para saber cómo estoy, y ahora pretende que lo acompañe a una fiesta. Pues no. Me haré la enferma, o inventaré cualquier excusa. Leonor termina de servirme el almuerzo y yo dejo a mi falso esposo en el olvido. Sí, puede ser guapo, trabajador y admirado, pero su actitud deja mucho que desear… hasta que el ruido de bolsas cayendo en la sala me obliga a girar la cabeza. —Llévenlas a la habitación que da a la piscina —ordena una voz que reconozco de inmediato. Sofía. Desde mi inesperado matrimonio —y por su culpa— no había sabido nada de ella. Y ahora aparece aquí de la nada, dando órdenes al chófer que trae varias bolsas de compras. —¿Qué haces tú aquí? Ella gira lentamente al escuchar mi voz. Un vestido rojo corto abraza su cuerpo, su cabello rubio luce impecable y esa sonrisa venenosa adorna su rostro. Sigue igual la arpía. —Vaya, pensé que no estarías, que ya habrías abandonado este lugar. —¿Y por qué habría de hacerlo? —me cruzo de brazos—. ¿Dónde has estado, Sofía? Sabes lo que pasó por tu irresponsabilidad, ¿cierto? Lo sabe. Ya debe saber que soy la esposa de su prometido. —Por supuesto que lo sé. Y te lo agradezco, Chris. Has sido el chivo expiatorio perfecto. —No entiendo. —La observo mientras se sirve una copa del bar, como si estuviera en su propia casa. —¿Qué? ¿Emilian no te lo dijo? —su sarcasmo sigue siendo igual de odioso—. Por tu expresión parece que no. Bueno, déjame contarte. Después de todo, nos hiciste un favor. Se acomoda en el sofá, cruza las piernas y me dedica esa mirada fría que siempre precede a cuando va a lanzar su veneno. —Emilian sabía que yo no llegaría a la boda. —¿Cómo que lo sabía?.-Pregunto intrigada.-¡Papá estaba desesperado porque no aparecías Sofía! Y de repente, se le ocurrió hablar con Emilian para cambiar de novia, salvar nuestro apellido y evitar que los Kingston fueran la burla de la sociedad. —Exacto. Sigo sin comprender del todo. —Eso era lo que tenía que pasar, querida. Emilian tampoco podía caer bajo por un simple capricho mío. —¿Capricho? —su risa es cruel y cínica. —Hermanita, yo soy la heredera legítima de los Carson. Solo yo podía casarme con Emilian. Pero eso significaba convertirme en la esposa perfecta: trabajar, ser la mujer correcta, la imagen empoderada de los Kingston frente la sociedad. Y no, eso no va conmigo. Soy demasiado joven para estar encerrada, renunciando a mis viajes, a las fiestas, a mi libertad. Empiezo a comprender. —Si sabías todo eso, ¿por qué no rechazaste la propuesta de matrimonio, Sofía? ¿Por qué hacerme pasar a mí por esto? —alzo la voz, la rabia creciendo en mi pecho. —¿Rechazar a un Kingston? Ni loca. Si lo hacía, mis padres me hubieran matado. Hubiera sido perder la oportunidad de ser parientes de los Kingston, y eso era inadmisible. Además, la madre de Emilian hizo un pedido que lo cambió todo. —¿Qué cosa? —pregunto, sin apartar la mirada de sus ojos venenosos. —Un hijo. —¿Q-qué? —¡Sí! ¡Imagínate!, yo embarazada, Chris. Jamás arruinaría mi cuerpo por un hijo. Aprieto los puños con fuerza. Ya entendía todo este maldito circo. Emilian lo sabía, su adorada Sofía no podía darle un hijo para no arruinar su perfecto cuerpo, ¿y yo sí? —Así que si te casaste con Emilian fue porque yo lo permití. Pero no te confundas, él sigue siendo mi hombre, Christine. Mío. —Se levanta, camina hacia mí con paso seguro—. ¿Quieres saber dónde ha estado todas estas semanas? ¿Dónde ha dormido en lugar de su luna de miel contigo? Tranquila, Chris. No explotes. No lo vale. —Vete, Sofía. —¿Qué? ¿Tú me estás botando?.-Se burla.- Creo que no estás entendiendo, hermanita. —Señorita, disculpe. —Interviene Leonor al ver que estoy a punto de explotar y convertirme en asesina—. La señora de esta casa es la señora Christine, por órdenes expresas del señor Kingston. Y aunque usted sea su hermana, no puede venir a hablarle de esa manera. —¿Y quién te crees tú para hablarme así? ¡Eres solo una criada! Leonor agacha la cabeza; sabe que si se enfrenta a Sofía, Emilian podría tomar represalias, claro, si todo lo que ella dijo es cierto. —Bien, creo que ya entiendes tu lugar. —Pero tú no has entendido el tuyo, por lo visto. —Sin esperar advertencia, la sujeto del cabello y la arrastro hasta la puerta. —¡Suéltame, sucia! ¡¿Qué crees que haces?! —grita y se revuelca hasta que tropieza. Yo la suelto, y ella aprovecha para liberarse de mi agarre.—.¡Eres una maldita bastarda! Ya verás, te acusaré con Emilian y haré que te dé unos buenos golpes por haberme tocado. —Uy, qué miedo me da. Aquí lo espero. —Llena de rabia, le respondo con el mismo descaro con el que me provoca. —¡Ay, Dios, mis extensiones! —Se mira en el espejo y nota que le arranqué un mechón del lado derecho—. ¡Esta me la pagarás, maldita bastarda! —¿Qué? ¿Cómo me dijiste? —¡Bastarda, recogida, eres igual que la zorra de tu madre! Antes de que mi mente procesara semejantes insultos, mi mano voló directo a sus mejillas rojizas, pintadas con exceso de rubor barato. —¿Pero qué está pasando aquí? Vaya, su príncipe al rescate. Qué coincidencia. —¡Emilian, mira lo que me hizo Christine! —Ahora se hace la víctima—. Me golpeó, me arrastró por el piso y rompió mi cabello. —Extensiones. —Aclaro con frialdad. —¡Y también tiró mis compras! ¡Es una salvaje! —Sofía se apoya en el pecho de Emilian como si fuera una pobre víctima, mientras él observa su mejilla enrojecida y luego me mira a mí. Sus ojos serios, intensos, furiosos, como si estuviera juzgándome. Sí, su “comportamiento salvaje”, como siempre lo llamó Sofía. Pero esa era mi única forma de defenderme cuando ella se pasaba de la raya. —Puedes preguntarle a la sirvienta o al chófer, ellos fueron testigos de todo lo que me hizo. —Y ahora llora. ¡Increíble! —Cálmate, Sofía, no llores. —Es que entre las compras estaban los regalos que compré para ti, Emilian, y ahora están… —Que el chófer los haya dejado por donde la arrastré no es mi culpa. —Me defiendo, tratando de mantener la calma. Una cosa es meterse conmigo, otra con mi madre. Si me busca, me encuentra. —Sofía, ve al auto. Enseguida voy. —¿Qué? Pero pensé que viviría aquí, Emilian. —No, lo que me faltaba—. Dijiste que nosotros seríamos… —Te he dicho que vayas al auto. —Su tono me eriza la piel—. Roger, lleva las compras de la señorita al auto de inmediato. —Como ordene. —Y tú, Leonor, regresa a tus deberes. Leonor asiente, Roger recoge las bolsas destrozadas de la amante de su señor y sale. Sofía, renuente, duda en moverse, pero con una sola mirada de Emilian basta para que obedezca. —Hablaremos cuando vuelva. —Se ajusta la corbata y gira hacia la salida. —Bien, adelante, ve con tu amante, no me importa. Pero no habrá ninguna conversación para cuando regreses. Se detiene. Quiero creer que lo está pensando mejor, que se quedará, pero no. Da unos pasos más y se marcha con ella en su lujoso Bugatti. Me quedo unos minutos de pie, mirando la puerta. Pensando, meditando en cómo he sido tan estúpida al caer en el juego de esos dos. —¡Son tal para cual! —grito molesta y subo a mi habitación. Busco algo para ponerme. No quería, porque no estoy acostumbrada a las fiestas, y en estos primeros meses debía cuidar mi reputación como la señora Kingston. ¡Pero al diablo! Encuentro una falda negra y un top del mismo color; marcan mi cintura de una manera descarada. No, no puedo salir así. Busco algo más tapado, sensual pero clásico para una fiesta universitaria de fin de exámenes, pero todo lo que encuentro es demasiado formal, demasiado para señoras ¿Quién demonios eligió esta ropa? —¿Señorita Christine? ¿Puedo pasar? —Pasa, Leonor. Me pruebo el top y la falda al mismo tiempo. Me miro en el espejo. —Lo sabía. Con esta ropa atrevida me hace parecer alguien que no soy. —¿Va a salir? —Sí, ya decidí ir a la fiesta de fin de exámenes que han organizado mis amigas en un bar cerca de la universidad. Pero no sé con qué ropa. Esto se ve demasiado expuesto. Leonor me analiza y luego responde: —Si se pone unas botas largas del mismo color y un blazer que le cubra un poco, podría combinar. Le daría un toque más serio y sensual al mismo tiempo. —¡Es cierto! ¿Cómo no lo pensé antes? Voy por las botas y el blazer. Me suelto el cabello, pero mantengo mis lentes. Aunque pensándolo bien… ¿y si me pongo estos de contacto? —Señorita, creo que no debería salir. Mejor espere al señor Kingston. Él estaba realmente molesto, no recuerdo haberlo visto así antes. —¿Molesto? ¡Ja! Encima que trae a su amante a la casa, me insulta y se va con ella haciéndosela víctima, ¿y tú quieres que lo espere otro mes más? No, Leonor. Durante mis dieciocho años de vida, he sido sumisa, callada, aguantando insultos de esa familia. Ya no más. Leonor no insiste. Y yo no voy a hacer nada malo, solo celebrar el fin de los exámenes. Él con su amante, yo con mis amigas. Todos felices y contentos. Pero estaba equivocada. Esa noche solo provoqué que la furia de Emilian estallara, y descubriera un lado suyo que jamás debí conocer. -----*---- Tiempo actual — 10 años después —Bájate ahora. —Su voz resuena firme. Yo sigo inmóvil en el asiento del copiloto, mirando al frente y con el ceño fruncido. Aún estoy molesta por esa nalgada, ¡Ni mis bebés me han hecho eso! —Christine, no me hagas bajarte a la fuerza. Sabes que ese lado mío no te va a gustar. Lo sé. Aún conservo el recuerdo de aquella noche, cuando fui a la fiesta de fin de exámenes. Me bajo sin decir nada. Me quito los zapatos, porque los callos ya no los soporto, y entro en la casa en la que viví apenas un año. —¿Señorita Christine? —¡Leonor! La abrazo con fuerza, casi saltando de emoción. Es una de las personas que más me dolió dejar atrás. —Leonor, déjanos solos, por favor. —Como ordene, señor Kingston. Leonor se va. Y la escena me golpea como un déjà vu cruel, idéntica a la de hace diez años. —¿Dónde has estado todo este tiempo, Christine? —Se acerca, me toma del brazo y me obliga a mirarlo—. ¿Y con quién? —Sus ojos, llenos de rabia, me invaden—. Y más vale que no me mientas, porque sabré si lo haces. Me zafé de su agarre sin bajar la mirada. Lo enfrento directo a los ojos y suelto la peor broma que se me pudo ocurrir en un momento como este. —Con mi nuevo amante… y muy feliz Sr Kingston, muy feliz.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD