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1966 Words
Frontera Norte El viento helado golpeaba con fuerza, silbando entre las montañas que rodeaban el paso montañoso. El terreno era árido, cubierto de nieve sucia que parecía eterna y las pocas estructuras visibles estaban marcadas por el desgaste de los inviernos interminables. Kaelion se detuvo en su montura, observando el paisaje desolado que se extendía frente a él mientras sus caballeros lo alcanzaban en fila. El norte del Imperio era una región conocida por su dureza, tanto en su clima como en su gente. Los inviernos eran largos y crueles y los veranos, breves y apenas suficientes para permitir que las aldeas cultivaran lo necesario para sobrevivir. La tierra misma parecía resistirse a la vida; los árboles eran escasos y nudosos, sus ramas desprovistas de hojas y el suelo estaba cubierto de una capa de hielo que se negaba a derretirse incluso en los días más cálidos. Los aldeanos, al ver al grupo de caballeros dorados, se reunieron cerca de la entrada de la aldea principal. Sus rostros estaban marcados por el hambre y la desconfianza, sus ropas remendadas una y otra vez para soportar el clima implacable. Algunos llevaban herramientas rudimentarias, como si aún estuvieran trabajando en los campos congelados, intentando arañar algo de vida de una tierra que parecía haberse rendido. Kaelion observó todo esto con atención, su mirada fría como el paisaje, pero no indiferente. Era imposible no notar el sufrimiento de estas personas. Aunque había visto la desolación antes, en otras regiones del imperio, el norte tenía una crudeza única que parecía arrancar la esperanza de quienes vivían allí. - Majestad, hemos llegado a la aldea central. - dijo Edward, que estaba montado a su lado, rompiendo el silencio. Su tono tenía una mezcla de respeto y reticencia, consciente de la mirada vigilante de los otros escoltas. Kaelion asintió, ajustando las riendas de su caballo. - Reúnan a los líderes locales, - ordenó con voz firme. - Quiero saber exactamente qué está ocurriendo aquí antes de decidir el próximo paso. Edward asintió y se alejó, mientras Darek se acercaba al emperador. - Es peor de lo que esperaba, - murmuró el caballero, sus ojos recorriendo las casas de madera que apenas se mantenían en pie. Las chimeneas humeaban débilmente, como si la leña fuera tan escasa como la comida. - Estas personas están al borde del colapso. Si hay enemigos aquí, no necesitan atacar. Solo tienen que esperar a que esta gente sucumba al hambre y al frío. Kaelion apretó los labios, sintiendo la ira arder en su interior. El imperio podía ser vasto, pero eso no era excusa para dejar que una región cayera en tal miseria. - Esto no es solo culpa del clima, Darek. Es negligencia, y eso no lo toleraré. Ningun informe detallaba la realidad de lo que estamos viendo. Mientras avanzaban hacia el centro de la aldea, Kaelion notó los detalles que hablaban de la lucha constante por la supervivencia. Las ventanas estaban cubiertas con trozos de tela en lugar de vidrio y las puertas estaban reforzadas con tablones de madera vieja, probablemente reutilizada de otros edificios. Los niños miraban desde las esquinas con ojos grandes y hambrientos, mientras los adultos los mantenían cerca, como si el peligro estuviera siempre al acecho. Cuando finalmente llegó al centro de la aldea, desmontó de su caballo con un movimiento fluido. Los aldeanos retrocedieron ligeramente, impresionados por la imponente figura del emperador en su armadura negra y dorada. Pero Kaelion no los miró con desprecio ni arrogancia. Su expresión era firme, con una chispa de comprensión en sus ojos. - Soy Kaelion Verithar, emperador del Imperio Celeste - declaró, su voz resonando en el aire frío. - He venido para resolver los problemas de esta región y no nos iremos hasta que lo haya hecho. El silencio que siguió fue pesado, pero algunos aldeanos comenzaron a inclinarse lentamente, mostrando respeto. Los líderes locales, hombres y mujeres de rostros endurecidos por años de lucha, se acercaron con cautela. Uno de ellos, un anciano con el cabello blanco y las manos temblorosas habló con una voz ronca. - Majestad, agradecemos su presencia, pero... no sé qué puede hacer por nosotros. La tierra no nos da nada y si hay enemigos merodeando, estamos indefensos. - ¿Dónde está el noble que protege la frontera? - Murió y su hijo no sabe mucho de la gestión. Es muy joven, tiene diez años. Es por eso por lo que los exiliados han traspasado las fronteras. - ¿Dónde está el niño? - En el pueblo…- le dijo con honestidad – Lo hemos protegido desde que Lord Lunia tomó el castillo de su familia. - ¿Lunia? – repitió. Lunia era el hijo ilegítimo de su tío. Creyó que estaba lejos, pero por lo visto era tan ambicioso como su padre. Kaelion lo miró directamente, dejando que el peso de su promesa quedara claro en sus palabras. - Lo que puedo hacer es darles lo que necesitan: apoyo militar, recursos y una solución a los problemas que los han llevado a este estado, pero necesito su cooperación. Cuéntenme todo lo que saben sobre las amenazas que enfrentan y juntos enfrentaremos lo que venga. Necesito que me informen todo lo que ha pasado desde que comenzaron a cruzar la frontera. El anciano lo miró fijamente durante un momento antes de asentir lentamente. -Por aquí, majestad. Mientras los aldeanos comenzaban a reunirse para darle información y los caballeros se dispersaban para asegurar el área, Kaelion se quedó un momento observando el horizonte. Las montañas se alzaban como gigantes sombríos, el viento seguía soplando y la lucha por la supervivencia era evidente en cada rincón. El jefe del pueblo, Gareth, era un hombre de hombros anchos y mirada cansada. A pesar de su cabello gris y las líneas profundas en su rostro, había una firmeza en su postura que hablaba de años de resistencia en condiciones implacables. Estaba sentado frente a Kaelion en una mesa de madera tosca, iluminada por una lámpara de aceite que proyectaba sombras danzantes en las paredes de la pequeña sala de reuniones. A su alrededor, Darek, Edward y algunos líderes de las otras aldeas permanecían de pie, formando un círculo alrededor de los dos hombres. El ambiente estaba cargado de tensión, el único sonido era el ocasional crujido del fuego en el hogar cercano. Kaelion rompió el silencio, su voz baja, pero cargada de autoridad. - Habla, Gareth. Dime exactamente lo que está ocurriendo aquí. Gareth respiró hondo, sus manos ásperas apretándose sobre la mesa. - Majestad, las cosas han empeorado en los últimos meses. Los exiliados... los mismos que huyeron después de la guerra civil... han comenzado a cruzar la frontera en pequeñas bandas. Kaelion se inclinó ligeramente hacia adelante, su mirada fija en el rostro del hombre. - ¿Qué buscan? Gareth tragó saliva, su tono lleno de amargura. - Comida, principalmente, pero también se llevan mujeres. Y últimamente han empezado a tratar de reclutar a nuestros jóvenes, prometiéndoles protección y comida si se unen a ellos. Algunos lo han hecho. Otros se han resistido, pero hemos pagado el precio por ello. El silencio que siguió fue pesado. Darek apretó los puños a su lado, mientras Edward mantenía una expresión tensa, claramente incómodo con lo que estaba escuchando. - ¿Cuántos hombres han reclutado? - preguntó Kaelion, su tono frío. Gareth negó con la cabeza, su frustración evidente. - No lo sé con certeza. Algunos de los jóvenes que se unieron estaban desesperados, muchachos que no veían otro futuro aquí, pero no se trata solo de los que se han ido. Es el miedo, Majestad. Cada incursión nos debilita más. Y si siguen creciendo, podrían intentar algo peor. Kaelion se recostó en su silla, cruzando los brazos mientras procesaba la información. - ¿Qué tan organizados están? - Demasiado organizados para ser solo bandidos - respondió Gareth con firmeza. - No son un ejército, pero tienen líderes. Y esos líderes saben lo que están haciendo. Kaelion intercambió una mirada con Darek, cuyo ceño estaba profundamente fruncido. - Esto no es solo un problema local, - dijo el caballero en voz baja, dirigiéndose a Kaelion. - Si los exiliados logran formar un ejército con los jóvenes que reclutan, podríamos enfrentarnos a una rebelión. Otra guerra civil. Edward, que hasta ese momento había permanecido en silencio, habló con cautela. - Majestad, no podemos permitir que eso ocurra. El norte ya está en un estado crítico. Una rebelión aquí sería devastadora para todo el Imperio. Kaelion asintió lentamente, su mandíbula apretada mientras su mente trabajaba en una solución. - No solo debemos detenerlos, debemos desmantelarlos antes de que tengan la oportunidad de consolidarse, pero también necesitamos proteger a esta gente. Si no sienten que pueden confiar en el Imperio, estarán tentados a unirse a los exiliados por miedo o necesidad. Gareth levantó la vista, sus ojos buscando los de Kaelion. - Majestad, estamos dispuestos a luchar, pero no podemos hacerlo solos. No tenemos armas suficientes, ni comida para sostenernos durante un conflicto prolongado. Kaelion se levantó, su imponente figura proyectando una sombra larga sobre la mesa. - No lucharás solo, Gareth. Mi ejército está aquí y no permitiré que esta tierra caiga en manos de exiliados, pero esto no se trata solo de defender, también se trata de recuperar. A partir de mañana, organizaremos una red de suministro desde las aldeas cercanas para traer alimentos aquí. Y tú, Gareth, trabajarás conmigo para identificar a los líderes de estas incursiones. El jefe del pueblo asintió, su rostro mostrando una mezcla de alivio y determinación. - Haré lo que sea necesario, Majestad. - Necesito hablar con el joven señor. - Lo traeremos mañana… Kaelion miró a los líderes locales reunidos y luego a sus propios hombres. - Los exiliados no son más que una sombra de lo que el Imperio ha enfrentado antes, pero una sombra puede convertirse en un incendio si se deja sin control. No lo permitiré. El fuego en el hogar crujió más fuerte, como si respondiera a sus palabras. Y mientras Kaelion se preparaba para liderar la estrategia, sabía que esta batalla no solo sería contra los exiliados. Sería una lucha por restaurar la esperanza en un lugar donde parecía haberse extinguido. Kaelion pensó en su esposa, iba a trabajar rápido como pudiese para volver a ella. Lunia Un mercenario corría por los pasillos en dirección al despacho del marqués Siren. Los guardias abrieron la puerta para dejarlo pasar y se inclinó con rapidez frente al joven que estaba de pie frente al escritorio vestido con un traje noble. - Mi señor... - ¿Que pasa? - le dijo dejando la copa en la mesa. - El emperador ha llegado a la aldea central. Nuestros espías lo vieron hace algunas horas. - ¿El emperador? Vaya...No creí que mi primo viniera en persona. Escuché que está muy embobado con la nueva emperatriz - dijo Ian Lunia. El joven no tenía más de veinticinco años, pero el parecido familiar con el emperador era innegable. La sangre de la familia imperial corría por sus venas, pero a diferencia de Kaelion, Ian estaba lleno de resentimiento al haber sido rechazado por su padre al ser hijo de una doncella que se embarazó después de que el anterior archiduque la tomó a la fuerza estando borracho. Sus acciones no sólo lo alejaron de lo que el creía como suyo si no que aumentó el resentimiento hacía el imperio Celeste y en especial la familia imperial y la corte. - Preparen las tropas...No tardará en venir a saludar...Lo estaremos esperando. - Si, mi señor... - le dijo saliendo del lugar para coordinar la ejecución de la orden dejando al joven en el despacho con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Tenía preparada una sorpresa para su primo.
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