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La Venganza De Una Mujer Destrozada

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Blurb

Ligaya es la hija de un trabajador de la caña de azúcar, vestida con harapos y condenada a una vida de pobreza en la extensa hacienda de Fuentebella. Cuando Avelino Fuentebella regresa tras pasar una década en Estados Unidos, una sola mirada la deja completamente deshecha y, a pesar del abismo que separa sus mundos, un amor secreto florece en momentos robados entre los campos de caña.Pero Ligaya nunca estuvo destinada a conservarlo. Clarita, la prometida que la familia de Avel ha elegido para él, le deja brutalmente claro su desprecio. Don Román no tiene intención alguna de permitir que su hijo se case con la hija de una sirvienta. Y Antón, el amigo de la infancia que lleva años enamorado de Ligaya, deja que sus celos se conviertan en violencia, lo que destroza la vida de ella en una sola tarde. Avel la encuentra tras la tragedia y, sin pensárselo dos veces, cree lo peor. Se aleja, dejándola deshonrada y sola. Rechazada por todos aquellos a quienes amaba, Ligaya reconstruye su mundo en torno a la única persona por la que vale la pena vivir: su hija, Smile. Entierra su dolor y deja atrás a Avel. Pero eso no dura mucho. Don Román esconde un secreto lo suficientemente letal como para derrumbar su imperio, y cuando el padre de Ligaya lo descubre, le cuesta la vida. Perseguida por las montañas con Smile en brazos y la única prueba contra Don Roman escondida en el colgante de su hija, Ligaya se ve obligada a tomar una decisión imposible: se lanza por un barranco. Sobrevive. Su hija no permanece en sus brazos. Días más tarde, abandonada en medio de la carretera como si estuviera muerta, la historia de Ligaya debería terminar ahí. Pero no es así. Porque la mujer que se abre camino a duras penas entre los escombros de todo lo que Don Roman destruyó no volverá pobre. No volverá débil. No volverá mendigando. Volverá rica. Poderosa. Intocable. Y todas las personas que la dejaron morir responderán por ello.

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PRÓLOGO
"¡TEN PIEDAD DE NOSOTRAS, DE MI HIJA, DON ROMÁN!" Ligaya llevaba un buen rato aterrada, entre el miedo y la angustia, viajando en el auto de Don Román. Iba sentada en el asiento trasero, con su bebé en brazos, que lloraba y sollozaba sin parar. "¿A dónde nos lleva, Don Román? Por favor, tenga piedad de nosotras, de mi hija." Ya no sabía hacia dónde las llevaban. El sol se estaba poniendo y el mundo afuera se oscurecía poco a poco. El Don, sentado adelante, no le prestaba atención alguna; miraba fijo hacia el frente. No podía hacer nada más que llorar, abrazando a su bebé, que no tenía idea de lo que estaba pasando. A su lado iba uno de los hombres de Don Román, jugando distraídamente con su arma. "Don Román, por favor, tenga piedad. ¡Déjenos ir!" El Don no le respondió. En cambio, le hizo una señal al chofer para que se detuviera. El corazón de Ligaya empezó a latir con fuerza cuando vio lo que había afuera. Estaban en medio de un bosque. No había casas por ningún lado, solo árboles en todas direcciones. Un momento después, el Don y sus hombres bajaron del auto. Ella se sobresaltó cuando uno de los hombres abrió la puerta a su lado. "Baje." La agarró bruscamente del brazo y la jaló fuera del auto. Ella volvió a llorar, sujetando fuerte a su hija. "¿A dónde me llevan?" gritó mientras dos de los hombres la arrastraban hacia el bosque. "¡Tengan piedad!" Miró hacia atrás, al Don, que caminaba detrás de ellos. Él solo fumaba su cigarrillo en silencio. "¡Don Román! ¡Déjenos ir! ¡Tenga piedad de mi hija!" "Si me hubieras dado lo que quería antes, no estaríamos aquí ahora." Su voz sonó seria, y eso la dejó helada. Ella no pudo hacer más que tragar saliva y apartar la mirada. En su mente, no podía entregar la tarjeta SD; le había hecho una promesa a su padre, el hombre que esa gente había asesinado. Ella tenía en su poder una prueba contundente contra el Don, y era su única forma de hacer justicia por la muerte de su padre, viéndolo tras las rejas. Pero en ese momento, parecía que estaba a punto de correr la misma suerte que su padre. Ni siquiera se había dado cuenta de que ya estaban muy adentro del bosque. Solo sabía que se encontraban en algún punto alto de la montaña, porque desde donde estaba podía ver la tierra muy abajo. Si algo les pasaba ahí, nadie se enteraría jamás. Ese solo pensamiento la aterró mientras la obligaban a colocarse frente al Don. "¿Dónde está la memoria, Ligaya?" La voz de Don Román era tranquila, pero por debajo se sentía pura autoridad. Ella negó con la cabeza, sollozando. "N-No sé de qué me habla..." Apretó a su bebé, silenciosa, contra su pecho. El Don solo sonrió con desdén. Su expresión dejaba claro que no le creía. "No te hagas la inocente conmigo, Ligaya. Sé que tienes lo que busco. Entrégamelo ahora mismo, tengo muchas otras cosas que hacer." Ella mantuvo la boca cerrada. La tarjeta SD no podía caer en manos del Don. El Don soltó un suspiro pesado y luego chasqueó la lengua mirando hacia el cielo. "¿Ves ese cielo, Ligaya? Puede ponerse a llover en cualquier momento. Así que si yo fuera tú, te daría lo que quiero para terminar con esto de una vez." Recién ahí empezó a asomarse su enojo. "¿Y después? ¿Nos va a matar a mí y a mi hija?" dijo ella, furiosa y entre lágrimas. Escuchó a su bebé quejarse. El Don volvió a sonreír con desprecio. "Vamos, vamos, no te adelantes. Solo necesito la memoria. En cuanto la tenga, tú y tu hija son libres de irse..." Ella lo consideró, estudiando su rostro. Después negó con la cabeza. "¡N-No le creo!" La sonrisa del Don se borró. "¡Sé que en el momento en que consiga lo que quiere, va a matarme!" El miedo se apoderó de ella cuando la expresión del Don se oscureció. Se asustó todavía más cuando él les hizo una señal a sus hombres. Solo pudo gritar impotente cuando trataron de arrancarle a su hija de los brazos. "¡N-No!" gritó entre lágrimas, luchando por no soltar a su hija, que ahora lloraba con la misma fuerza. "¡Mi bebé no!" No pudo hacer nada cuando un segundo hombre se sumó; entre los dos lograron quitarle a la niña. "¡No!" sollozó, todavía estirando los brazos hacia su hija. Uno de los hombres le sujetó el brazo con fuerza. Mientras tanto, el hombre que cargaba a su bebé se alejó caminando. Ella se quedó paralizada cuando él se detuvo y agarró a la bebé de una pierna, dejándola colgando cabeza abajo. Sus ojos se abrieron como platos. Recién entonces se dio cuenta de que estaban al borde de un barranco. No era una caída vertical, bajaba en pendiente, pero las rocas de abajo podían matar fácilmente a cualquiera que cayera. Podía ver el rostro de su bebé enrojecido de tanto llorar. "¡N-No!" gritó, cayendo de rodillas, sollozando. "¡Tenga piedad de mi hija!" "Y bien," dijo el Don. "¿Vas a seguir siendo terca, Ligaya? Voy a contar hasta tres. Dame la memoria, o tu hija cae por el barranco y muere." Ella temblaba de miedo, mirando a su bebé llorar, mientras el hombre estaba listo para soltarla. "Uno..." empezó el Don. "No..." "Dos..." "¡Tenga piedad, Don Román!" dijo, negando con la cabeza desesperadamente. "¡Tres!" El hombre estaba a punto de soltarla. "¡Se la doy! ¡Se la doy!" Se soltó de un tirón del hombre que la sujetaba y corrió hacia el que tenía a su bebé. "¡Devuélvame a mi hija!" "Primero dame lo que necesito, después recibes a tu hija," dijo Don Román. Ella se giró hacia él, furiosa. "¡Lo que busca está en mi bebé!" El Don carraspeó y le hizo una seña a su hombre para que le devolviera la niña. Ella le lanzó una mirada oscura al hombre mientras recuperaba a su bebé entre los brazos. "Shh..." Primero calmó a su hija, que gimoteaba, meciéndola suavemente hasta que se tranquilizó. Un momento después, dejó al descubierto el collar escondido bajo la ropa de la bebé. Abrió el dije en forma de corazón. Adentro había una microSD. El Don avanzó de inmediato para tomarla, antes de que ella siquiera se la ofreciera. Ella soltó el aire. "Ya tiene lo que quería. Ahora déjenos ir," dijo, tratando de sonar valiente. Pero el Don solo sonrió con desdén, mirando la tarjeta en su mano. "N-Nos vamos ya..." Reunió coraje, les dio la espalda y se internó entre los árboles, con su bebé en brazos. Eligió ir por un camino distinto al del auto del Don; él podía mandar a que la siguieran. Su corazón latía cada vez más fuerte mientras más se alejaba de ellos. Sintió movimiento detrás y se dio vuelta. El terror volvió a golpearla cuando vio a los dos hombres caminando tras ella. Apuró el paso, con la esperanza de salir pronto del bosque. Pero sus ojos se abrieron de espanto cuando miró hacia atrás y los vio corriendo hacia ella. Salió disparada sin mirar atrás. No fue fácil; los árboles le bloqueaban el paso una y otra vez, y la luz se apagaba rápido. Gritó y se agachó cuando los hombres dispararon de pronto sus armas, y eso la detuvo en seco por un instante. Después volvió a llorar mientras se obligaba a seguir corriendo. Estaba aterrada, enferma de miedo de que la alcanzaran. Volvió a gritar cuando sonó otro disparo. Siguió corriendo, aunque no era fácil con una bebé en brazos. Sollozaba y rezaba en silencio, ignorando lo agitada y exhausta que estaba. No miró atrás. Solo pensaba: corre, sigue corriendo. Pero soltó un grito ahogado y frenó en seco; casi se precipitan directo al borde de un barranco. Retrocedió tambaleándose, mirando la caída debajo. Después tuvo que darse vuelta al escuchar un ruido entre la maleza detrás de ella. Ya era tarde para escapar; los dos hombres ya estaban frente a ella. Tragó saliva cuando uno de ellos levantó su arma y apuntó hacia ella. Retrocedió, después se detuvo de nuevo, mirando hacia atrás. El barranco no era una pared vertical; bajaba en diagonal, cubierto de maleza y algunos árboles dispersos, pero la caída era profunda. Había quizás un uno por ciento de probabilidad de sobrevivir si saltaban. Pero las probabilidades de morir contra las rocas de abajo eran mucho mayores. Se volvió otra vez hacia los dos hombres. El del arma ya estaba listo para disparar. "Lamento esto. Hay que silenciarla, para siempre," dijo con una sonrisa torcida. Ella bajó la mirada hacia su hija y la abrazó fuerte. "Adiós..." Antes de que pudiera sonar el disparo, respiró hondo, cerró los ojos y, con todas sus fuerzas, saltó al vacío. Abrazó a su bebé todavía más fuerte mientras rodaban juntas por la ladera de la montaña. Parecían rodar sin fin, hasta que un árbol frenó su caída, golpeándola con fuerza en el cuerpo y estrellándose contra su cabeza. Aturdida, perdió el agarre de su bebé, que siguió rodando sola montaña abajo. Su visión se nubló y no pudo moverse. Mientras empezaba a caer la lluvia, gota a gota, se sumió en la inconsciencia. Mi bebé... LIGAYA despertó al oír el canto de los pájaros y el susurro de las hojas. Abrió los ojos lentamente, recibida por el brillo cegador del sol. Le dolía todo el cuerpo mientras se obligaba a incorporarse. Miró a su alrededor. Estaba tendida en medio del barranco. Un dolor repentino le atravesó la cabeza. Cuando se tocó, el dolor se agudizó y ella hizo una mueca. Se quedó paralizada al ver la sangre en su mano. Tenía una herida en la cabeza por el golpe contra el árbol. Después se congeló por completo al recordar a su hija. "¡M-Mi bebé!" Recorrió el lugar con la mirada frenéticamente, buscando, pero su hija no estaba ahí. "¡Sonrisa! ¿Dónde estás?" Rompió en llanto en el instante en que se dio cuenta de que la había soltado. Miró hacia la base de la montaña, y sus ojos se abrieron de par en par cuando distinguió, muy abajo, la tela blanca en la que había envuelto a su bebé. "¡Mi bebé! ¡Dios mío!" Gritó, corriendo para bajar, pero la pendiente era demasiado empinada desde donde estaba. Resbaló en el barro y rodó cuesta abajo. "¡Ah!" gritó al golpear el suelo. Gracias a Dios ahí no había rocas. Se obligó a levantarse y avanzó a gatas hacia la tela. "¡Sonrisa!" llamaba, llorando, aferrada a la tela mientras buscaba. "¡Mi bebé!" Pero volvió a paralizarse al ver a un perro cerca, aparentemente absorto comiendo algo. Se forzó a ponerse de pie y se acercó. Se llevó la mano a la boca, horrorizada, al ver la sangre en el suelo, la sangre que el perro estaba lamiendo. "¡N-No!" Agarró una piedra y se la arrojó al perro, que salió corriendo. Corrió hacia la mancha de sangre y cayó de rodillas frente a ella. "N-No..." Sollozó, negando con la cabeza mientras la miraba fijo. "¡¡Sonrisa!!" Todo su cuerpo temblaba mientras apretaba contra sí la tela de la bebé, llorando histéricamente. "¡No puede ser! ¡Mi bebé!" Se hundió en la desesperación, convencida de que animales salvajes habían devorado a su hija. "M-Mi pobre bebé..." Lloraba, abrazando la tela contra su pecho. "¡Perdóname, mi amor!" Su cuerpo cedió bajo el peso del dolor. Se dejó caer sobre el suelo embarrado. Ahí lloró sin parar, hasta que ya no le quedaron lágrimas. PASARON varios días. Ahí estaba Ligaya, caminando y caminando, sin detenerse. Aturdida. Ajena a todo lo que la rodeaba. La sangre de su cabeza se había vuelto negra, mezclada con barro seco. Su cabello era una maraña de nudos, el barro sobre su piel llevaba tiempo seco, y el vestido que llevaba puesto había quedado reducido a poco más que un trapo. Nadie la reconocía; tenía la cara cubierta de barro y mugre. Le rugía el estómago, y se lo apretó con la mano. Hacía días que no comía como corresponde. Las únicas veces que comía era cuando encontraba algo en la basura. Buscó un cesto de basura y por fin encontró uno junto a la carretera. Hurgó rápido, buscando algo comestible. Encontró una hamburguesa, ya mordida a la mitad. Sin pensarlo dos veces, la tomó y la devoró, impulsada por el hambre. Pero se detuvo a medio bocado al ver una muñeca tirada cerca, sin manos, sin pelo. Su rostro se iluminó al instante. "¡Bebé!" dijo con alegría, levantándola del suelo. "Mi pobre bebé..." Sacó rápido de su bolsillo la tela sucia y la envolvió alrededor de la muñeca. "Listo, ya no vas a tener frío, mi amor..." Meció a la muñeca en el aire, cantándole mientras bailaba. La besó una y otra vez mientras caminaba por la carretera. La gente que pasaba se reía de ella, pero no les prestó atención. Sonreía y reía, como si estuviera feliz de tener a su bebé otra vez en brazos. Después se detuvo al ver a una mujer que llevaba a una niña en brazos. Frunció el ceño. "¿M-Mi bebé?..." susurró, soltando la muñeca y acercándose a la mujer. La mujer no tenía idea de que Ligaya se acercaba por detrás. "Mi bebé..." Le arrebató a la niña y la envolvió en un abrazo. "¡Oiga! ¡Devuélvame a mi hija!" La mujer intentó recuperar a su niña, pero Ligaya la sujetaba tan fuerte que la pequeña empezó a llorar. "¡Está loca! ¡Esa es mi hija!" "¡Esta es mi hija! ¡Este es mi bebé! ¡No se atreva a quitármela!" gritó Ligaya, furiosa y entre lágrimas. "¡Ayuda! ¡Una loca tiene a mi hija!" La gente corrió de inmediato a ayudar a la mujer. Entre todos, lograron arrancarle a la niña de los brazos. "¡No!" gritó entre lágrimas cuando por fin lo lograron. "¡Sonrisa! ¡Mi bebé!" La madre, con su hija de vuelta en brazos, se dio vuelta hacia Ligaya furiosa y le agarró un mechón de pelo. "¡Sinvergüenza, loca de remate! ¡Váyase de aquí! ¡Apesta!" La abofeteó una y otra vez, y otros en la multitud se sumaron. "¡Ay!" gritó Ligaya cuando la gente también empezó a arrojarle cosas, golpeándola en la cabeza lo bastante fuerte como para hacerla sangrar. Huyó del lugar, corriendo, y cruzó la calle sin mirar. Nunca vio el auto que venía hasta que fue demasiado tarde. El conductor frenó de golpe, pero aun así la alcanzó, mandándola a estrellarse contra el pavimento. Abrió los ojos, con una mueca de dolor, pero su vista ya se estaba nublando. "Señorita, ¿está bien?" Nunca llegó a ver el rostro de quien le hablaba; sus párpados se volvieron insoportablemente pesados, y todo se volvió oscuro.

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