Capítulo 3

1652 Words
Entro al salón de clases y trato de olvidarme de la señorita a la que casi atropello hace unos minutos. Empujo la suave curva de su cuerpo al fondo de mis pensamientos y me concentro en dar un discurso acerca de la importancia de la ética en la abogacía y en la vida misma. Paso lista y noto que una alumna no se ha presentado: Samantha Miller. Me sorprende mucho saber que alguien osó faltar a mi clase, pues conozco la reputación que tengo entre las personas y no encuentro justificación para que alguien se saltara mi clase. ¡Mi clase! Al ver su apellido recuerdo que el esposo de Tamara se apellida así y, por lo que recuerdo, la hija que él ya tenía antes de casarse con ella debería tener edad para estar por terminar la universidad. Tamara es, por así decirlo, la hija de la tía de la vecina del amigo de alguien que conocía a mi madre y, aunque es mayor que Gideon, siempre fuimos buenos amigos. Tengo que ir a verla pronto, porque es la única cosa buena que hay en este hoyo llamado California. Sea como sea, estoy más que seguro que su hija debe ser una persona recatada y nada problemática, caso contrario a la mocosa que encontré esta mañana y a la alumna faltista que tengo aquí. Debería dejar de pensar en esa mocosa. “De mocosa, nada” Me contesta mi subconsciente y no puedo negarlo. Ese cuerpo es el de una mujer, una mujer hermosa y sensual. ¡Debo comportarme! No puedo tener la clase de pensamientos que ni siquiera estos universitarios tienen. ¿Por qué mi mente me traiciona cual adolescente calenturiento por esa chica? Como sea, debo enfocarme en lo que vine a hacer. Recito algunas preguntas, bastante básicas a mi parecer, para hacer un examen diagnóstico y saber cómo emparejar a los alumnos. Dada la reputación de la universidad, espero que los resultados sean, si no sorprendentes, al menos algo decente. Sin embargo, conforme me paseo entre los pupitres y veo las respuestas de los alumnos, el alma se me va a los pies al entender la clase de personas que tengo aquí. ¿Qué voy a hacer con este montón de niñitos que sólo están aquí para heredar los trabajos de sus papis? Decido que lo mejor para emparejarlos será no complicarme, así que asigno a los primeros con los últimos y sigo en ese orden hasta que llego a la señorita Kimura, que no parece contenta con eso. -¿Hay algún problema, señorita?- -Es que… Sam… Bueno, ella y yo…- -¿Sam?- -Samantha Miller.- -¿La conoce?- -Sí, ella es mi amiga…- -Muy bien, dígale que la siguiente clase quiero que me traiga un resumen de dos cuartillas acerca de los antecedentes del Derecho procesal fiscal…- -¡Pero profesor!- -De tres cuartilla.- -¡Señor!- -Serán cinco entonces, si sigue discutiendo entonces serán veinte. Dígale que quiero el trabajo a mano.- -Sí, señor.- -Muy bien, se acabó el tiempo, por favor entreguen sus exámenes al salir. – Me acomodo en la puerta y, conforme comienzan a salir, leo sus respuestas y me siento decepcionado de nuevo. Para completar mi desagradable mañana, la chica que atropellé esta de pie frente a mi, peleando por entrar a tomar clase con una pasión que me hace pensar que no todo está perdido, al menos en este grupo. Cuando le digo quién soy yo noto una mirada de decepción que hiere aún más mi ego, cosa que nubla mis sentidos y le notifico que está castigada durante todo este mes. Sé que quizá fui excesivo, pero no puedo permitir que crea que puede tener una nota fácil enseñándome su cuerpo… ¡Y menos frente a todos! ¿Por qué tenía que subirse la ropa? ¿Por qué tenían que mirarla? ¿Por qué tuve que decirle que debo castigarla por intentar seducirme? ¿Por qué tuve que notar el encaje de su ropa interior? ¿Por qué me quedé con ganas de ver más? Aunque su cara fue un verdadero poema, pienso que quizá sí me propasé al decirle eso y no quiero problemas. Además, al parecer sí se lastimó cuando la atropellé, así que debo hacerme responsable y ser más prudente al conducir. Y no contestarle el teléfono a la abarraganada de Mía también ayudará. Es más, debo cambiar de teléfono ya mismo. Aunque dudo que tenga sentido, si Ruby se entera de que he cambiado de número, se lo dará y será lo mismo una y otra vez. ¿Qué debo hacer? Me paso el día entre clases más o menos igual de desalentadoras que la primera, pero sin alumnas conflictivas como Samantha Miller. Sea como sea, mi comportamiento fue de lo peor y decido que debo disculparme por poner su vida en peligro y pagarle al menos los analgésicos. Aunque al parecer no se torción nada, se ve que le dolía mucho la pierna. Sí, es lo mejor. Estoy en mi despacho y cuando dan las 7, un par de golpes en la puerta me visan que está aquí y, por alguna razón, mi corazón late desaforado. -Al menos es puntual.- digo en cuanto la veo. ¿Por qué tuve que hacer eso? ¿Dónde quedó mi lado amable y mis modales? El buen ánimo que demostraba su rostro decae en cuanto cierro la boca y, por alguna razón, me siento como cucaracha por haber dicho eso. ¿Por qué tengo que ser tan zoquete con ella? -Pase, por favor.- -Gracias.- contesta bajito y entra. Veo que se ha cambiado, pues ya no lleva la blusa de la mañana ni el mismo short. Lleva otro igual de corto, que supongo es para más comodidad. Por alguna razón, tengo la imperiosa necesidad de saber cómo es toda la ropa interior que lleva puesta. Debo dejar de pensar como adolescente calenturiento. -Siéntese ahí, por favor.- -Sí, señor.- Luchando con los impulsos lascivos que me provocó escucharla decir esa palabra, miro mis documentos y la lista que hice con los equipos de trabajo. Como suponía, sólo ella se quedó sin pareja. -Muy bien, comencemos con el examen diagnóstico.- -Está bien, señor. – Le doy papel y una pluma y ella me mira sorprendida. -No quiero que haga trampa.- -Entiendo.- contesta, desafiante. -Muy bien, anote …- Disparo al menos 15 preguntas referentes a ese curso y otras respecto a cursos más avanzados, claramente con la intención de hacerla tragarse su actitud tan molesta. Le doy algunos minutos para contestar y luego le arrebato las hojas. -Puede retirarse. – digo en el tono más hosco posible. Un rápido vistazo a sus respuestas me es suficiente para saber que ella no es cualquier novata en esto y eso me molesta aún más. Para mi sorpresa, ella ni siquiera se ha movido. Sólo se limita a mirarme con esos ojos dorados que me han perseguido todo el día. -¿Necesita algo o no sabe dónde está la salida?- -Creo… yo creo que necesitamos hablar sobre algo.- dice nerviosa y no sé qué hacer. Por primera vez en mucho tiempo, me siento cohibido con una mujer. -¿Quiere que le ponga un castigo por intentar seducirme? ¿O está buscando una nota fácil?- pregunto a la defensiva. -¿Cómo se atreve?- Se acerca, con la intención de abofetearme y todo sucede muy rápido. Por alguna razón, levanto las manos y, aunque no quiero empujarla, ella termina cayendo y se golpea con la mesita del café. Su grito de dolor me asusta. Rápidamente la tomo entre mis brazos y su aroma me invade por completo. Huele a noche, a rosas y a peligro. ¿Por qué me seduce tanto? Alejo el impulso de acariciarla y la siento en el sillón, listo para revisar la herida. Sé que está a planeando cómo alejarse de mi cuando me hinco delante de ella y abro sus piernas para colocarme en medio. -Voy a revisar la herida.- digo antes de que alcance la lámpara de la mesita. -¿Duele mucho?- pregunto cuando retiro el vendaje y le miro la pierna espantado. Tiene prácticamente todo el muslo quemado y un corte cerca de la rodilla que quizá se hizo con la defensa de la camioneta. Eso va a dejarle una cicatriz. -No tanto…- -Mentirosa. ¿Cómo es que no le pusieron puntos?- -Bueno, la verdad es que la universidad gasta mucho en los profesores que contrata y en hacer que la fachada de los edificios sea bella, pero la atención que recibimos es una podquedia.- La miro con más atención y noto sus pupilas anormalmente dilatadas, así que asumo que sólo le dieron el analgésico más fuerte que tenían y la enviaron a clase para que no molestara más. Y así fue hasta el salón. Así me encaró. Así estuvo todo el día. Así vino aquí. Todo por mi maldita culpa al perder la cabeza con la abarraganada esa. -¿Qué te dieron en la enfermería?- -No lo sé… creo que Vicodin. Tomé la última pastilla antes de venir aquí. ¿Por?- -Voy a llevarte al hospital. – -No es para tanto… Sólo págame la bicicleta. – dice mientras toma mi cara entre sus manos y mi sangre se calienta. -Te la pagaré después de llevarte al hospital. Ahora vamos.- Sin darle derecho de réplica, la cargo y la llevo hasta el estacionamiento lo más lento que puedo. Quisiera decir que es para que no se mueva y no se lastime, pero realmente es porque quiero alargar lo más posible el tiempo de tenerla entre mis brazos sin que nadie diga nada. Además de que huele delicioso. La subo al asiento del copiloto y cuando acomodo el asiento, escucho algo crujir, pero le resto importancia porque la herida está sangrando de nuevo y no sé si eso pueda llegar a ser peligroso.
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