El brazo de Dante permaneció frente a mí pecho pese a que yo me había detenido captando el motivo de nuestra abrupta parada.
Todo esto era una completa y absoluta locura.
¿De dónde había aparecido este abismo lleno de lava y fuego?
Aunque dado lo que acababa de suceder allí adentro no debería estar tan shockeada. Sin embargo no podía contener mi agitada respiración o mi corazón latiendo a prisa.
—Vamos a morir —susurré mirando ese vacío lleno de fuego que lucía como el infierno mismo.
Un estremecimiento me recorrió entera y comencé a hiperventilar sin embargo Dante tomó mis hombros tirándome en su dirección ocasionando que nuestras miradas chocaran de repente.
Mis ojos estaban llenos de lágrimas a la vez que mi pecho subía y bajaba con rapidez, a pesar de esto pude verlo tenso.
—No.
»Nadie va a morir señorita Rodríguez, voy a protegerla de todo esto. Solo tiene que calmarse.
— ¡¿Cómo quieres que me calmé cuando no tengo ni la menor idea de qué está pasando?!
—Yo tampoco lo sé pero tengo mi cabeza fría, debemos saltar hasta el otro lado.
Ante esto mis ojos se abrieron con estrépito horrorizada y me aparté de su toque tan rápido como pude. Sin poder contestar vi como más personas llegaron al borde como nosotros pero nadie se atrevía a saltar.
Acto seguido comencé a negar con la cabeza temblando de miedo, mi lengua lamió mi labio inferior a la vez que mi respiración se hacía más acelerada, el miedo me cegaba, no podía luchar contra el.
—No, estás completamente loco. Yo no voy a saltar, no puedo.
»Nunca podría.
Voy a caerme —afirmé presa del pánico sin embargo él no me dejó retroceder.
—No va a caerse, voy a enseñarla ¿Bien? De todas maneras yo estaré al otro lado esperándola.
Sus manos tomaron mi rostro ocasionando que su mirada chocara con la mía, iba a protestar, incluso abrí mi boca para hacerlo pero fui consciente de la fijeza de sus orbes sobre las mías, la cercanía de su boca, su aliento era cálido sobre mis labios, sus manos calientes en mi piel trajeron una revolución de mariposas inoportunas a mi vientre.
—No creo poder —dije por medio de un susurro perdida en sus orbes.
—Lo hará —asintió dándome un poco más de seguridad de la que tenía.
Me soltó de pronto sin dejar de verme.
Dio un paso atrás y sus ojos ardientes se dirigieran a mi boca para después volver a mis pupilas otra vez.
—Haga lo que voy a hacer a continuación señorita Rodríguez.
Entonces para la sorpresa de todos Dante tomó un impulso antes de salir corriendo en dirección del abismo casi pude sentir como mi corazón se detuvo por unos instantes presa del pánico a la vez que un jadeo escapó de mi garganta.
Por mi cabeza cruzaron un montón de esenarios pero al fin cayó al otro lado del abismo en el suelo firme entonces dejé escapar el aire de mis pulmones por medio de una exhalación, más tranquila de que estuviera sano y salvo.
—Gracias a Dios —suspiré cerrando los ojos aliviada.
Y al parecer su atrevido salto inspiró algunas personas las cuales no se habían atrevido a hacerlo y estaban justo en la orilla.
Mi mirada se desvió a ellos que al fin cruzaban desesperados por escapar del infierno desatado detrás de nosotros.
Por mi parte yo tenía miedo.
Estaba completamente aterrada de caerme, de no poder cruzar.
De quemarme viva.
El solo pensamiento me hizo estremecer.
Entonces un grito detrás de mí me alertó haciendo saltar mi pulso una vez más.
Rápidamente me giré a ver de quién se trataba y debí imaginarme que la escena sería desgarradora.
Una de esas cosas perseguía a una mujer pelirroja y vi como la agarraba, de inmediato me giré dándole la espalda cada segundo más horrorizada con todo lo que estaba sucediendo a mi alrededor.
— ¡Vamos! —insitó Dante y yo negué tragando saliva.
Una ves más voltea a ver como otro de esos “hombres” corría en dirección haciéndome a gritar de pavor.
Esta vez no lo pensé.
Solo tomé impulso y salté con todas mis ganas apretando mis párpados con fuerza.
Me sentí volar.
Mi cabello azotó mi cara y mi corazón latió desbocado tan rápido como había saltado comenzaba a caer en cámara lenta y no quise mirar al suelo ante mi inminente caída.
De pronto sentí unos brazos a mi alrededor y me sentí completamente segura. Tanto como para abrir mis ojos y encontrarme con las orbes verdes de mi salvador, Dante Theodorakis.
—Dios —gemí al borde de las lágrimas—. Muchas gracias.
Él abrió su boca para responderme pero se cayó con el grito que escuchamos del otro lado.
Ambos giramos la mirada inevitablemente en esa dirección encontrándonos con la mujer pelirroja pateando a una de esas cosas.
Se trataba de la misma mujer que había visto recientemente.
No sé qué se hizo el que iba atacarme pero me quedé asombrada en cuanto vi a esa desconocida defenderse también del demonio que quería lastimarla.
De repente le dio la espalda y lanzó su pierna hacia atrás encajando su tacón filoso en la boca del estómago del hombre y para nuestra sorpresa esa cosa desapareció.
Ella no pareció demasiado impresionada, casi como si se dedicará a ello y estuviera más que acostumbrada. Rápidamente se quitó los tacones antes de mirarlos con adoración.
—Definitivamente son armas mortales —murmuró ella y sin perder tiempo saltó llegando al otro lado a solo centímetros de nosotros.
— ¿Qué esperan chicos? ¡A correr! —si yo ella y Dante me dejó con suavidad sobre el suelo pero una vez más otro grito nos detuvo en el lugar solo que esta vez alguien gritaba nuestros nombres.
— ¡Salte señora Alfaro! —gritó Dante siendo el primero en reaccionar y la mujer lo obedeció enseguida.
Pero ella se cayó justo antes de llegar a la orilla detenido mi corazón.
Agnes gritó aferrándose al borde y de prisa Dante corrió a donde estaba para ayudarla a subir y yo también fui en su ayuda.
—Gracias a Dios —lloriqueó la mujer al estar sana y salva.
Y yo nunca imaginé verla de esa forma.
—No hay tiempo para nada más que huir, señora.
Agnes abrir su boca pero Dante tomó una vez más mi muñeca y me hizo huir junto con él.
Mi corazón volvió a latir deprisa no obstante esta vez no era por el miedo.
Sino porque esta extraña y loca situación me había hecho terminar huyendo con quien menos pensaba.
Dante.
El hombre que tanto me gustaba y el que nunca imaginé salvándome.