— ¿A dónde vamos? —le pregunté casi sin aliento.
Para este momento mi pecho subía y bajaba de forma acelerada.
Todo a nuestro alrededor estaba vuelto un caos horrible.
Gritos.
Desesperación.
Desastre.
¿Por qué no había visto las señales?
¿Por qué antes no había asociado mis sueños al Armagedón?
La respuesta era clara.
Me había parecido improbable.
Una locura absurda que no tenía ni pies ni cabeza… Ahora me daba cuenta lo equivocada que estaba.
—Buscaremos un lugar seguro y nos esconderemos en este —dijo él con convicción.
Pero yo sabía la verdad.
Nadie huye de la ira de Dios.
—No tema señorita Rodríguez, conozco la zona, encontraremos un lugar.
—No seas tan formal, llámame por mi nombre, soy Adiari.
Enseguida él me dirigió una mirada intensa ante la que casi me sentí temblar sin embargo no agregó nada más.
La carreras exhaustiva, sentía como si llevara corriendo más de una hora, estaba sin aliento sintiendo mi corazón retumbar en mi garganta mientras trataba de inhalar y llevarme ese precioso aire a mis pulmones.
Por un tiempo ninguno de los dos dijo nada, gracias a Dios el camino estaba desierto y no nos habíamos encontrado con ninguna de esas cosas del súper.
—Ven —ayudante llamándome una vez más sacándome de mis pensamientos.
No tardé en tomar su mano sintiéndome extrañamente segura y protegida.
Las mariposas revolotearon en mi vientre sin poder contenerlas e inevitablemente me sonrojé al sentir el contraste de su piel caliente sobre la mía.
Su mano tiró de la mía y comenzamos a descender por una colina inclinada.
No parecía haber nada a nuestro alrededor más que maleza y verdor pero Dante me sorprendió poniendo una rodilla en la tierra antes de jalar algo.
Para mi sorpresa la tierra cubierta de maleza se levantó dejando un perfecto cuadrado en el suelo.
Mi boca se abrió ligeramente de sorpresa tratando de procesar lo que veía.
Mis ojos lo buscaron rápidamente y percibí su continuo gesto serio sin embargo sus ojos me quemaban con intensidad acelerando mi corazón en el proceso.
— ¿Qué es esto? —me las arreglé para susurrar.
Él no apartó sus pupilas de las mías, como respuesta mi corazón latió más a prisa.
—Una cueva —fue su única respuesta y fue suficiente—. Hay que entrar —me dijo y yo asentí apenas.
— ¡Espérenme chicos! —gritó una voz detrás de nosotros y vimos a Agnes Alfaro bajando a duras penas en nuestra dirección.
¿Sinceramente?
Nos habíamos olvidado de ella.
Dante siendo un caballero de prisa fue en su ayuda tomándola de la mano para hacerla bajar.
Pero Agnes no fue la única que se hizo notar. Sino también la pelirroja con las armas mortales.
Estaba justo ahí.
—Tienen que esconderme —dijo Agnes pero no como una petición.
Ella daba por hecho que lo merecía.
— ¿Es seguro? —preguntó la pelirroja asomándose por el agujero de la entrada de la cueva, pero tal y como yo no pudo ver nada.
—Tan seguro como necesitamos ahora —le respondió Dante llegando a mi lado—. Tenemos que ser rápido sino queremos que nos rastreen.
»Voy a lanzarme primero para ayudarlas —agregó para hacer exactamente lo que había dicho.
Todos nos quedamos en silencio al cabo de unos segundos cuando un sonido sordo sonó dentro del oscuro lugar.
Una vez más tuve miedo.
El aliento quedó atrapado en mi boca, entonces no me contuve, tenía que llamarlo para saber que estaba bien.
—Dante —pregunté casi sin aliento y como respuesta el agujero se iluminó mostrándome su rostro impasible.
El sosiego me golpeó y suspiré aliviada.
—Estoy bien, necesitaba encender la luz, entonces ¿Quién va primero? —preguntó y antes de que pudiera responder la pelirroja dio un paso hacia delante sonriéndole con coquetería.
—Más te vale que me sostengas bien vaquero, allá voy —soltó ella y tan rápido como lo dijo se lanzó cayendo súbitamente en los brazos de Dante.
Algo dolió en mi pecho cuando sus pupilas se encontraron y el malestar me tomó como rehén.
Apreté la mandíbula apartando la mirada buscando algo a mi alrededor que me distrajera de como me estaba sintiendo en estos momentos.
Por suerte Agnes habló llamando mi atención una vez más y pude respirar más tranquila cuando vi a la pelirroja a un lado de Dante y ya no más entre sus brazos.
—Voy yo —añadió Agnes y con algo de temor también se dejó caer en los brazos de él.
Mi pulso se descontroló al pensar en que sería yo la siguiente y él pareció pensar lo mismo pues me envió una mirada indecifrable la cual hizo que me estremeciera.
—Vamos Adiari.
Por alguna razón mi nombre en sus labios resultó la cosa más erótica que había escuchado en mi vida.
No tenía idea de porqué sentía esta atracción fatal por él pero no era irresistible incluso cuando no debo pensar en nada más que salvar mi vida en estos momentos.
Asentí a duras penas y temblé ligeramente.
Esta vez no por temor.
Ya me había atrapado una vez, de un abismo mucho más peligroso y lejano que esto.
Se trataba del pecaminoso deseo que sentía por él pero no se trata de algo s****l como tal. Había algo más.
Algo que no tenía idea de cómo clasificar.
Sin tardarme apreté mis párpados conteniendo la respiración y me lancé a sus brazos abiertos con la seguridad plena de que él me sostendría.
Así fue.
No tardé demasiado en el aire, una vez más, por segunda vez en el día Dante me sostenía contra su cuerpo de forma protectora.
Y que Dios me ayudara porque se sentía condenadamente bien.
A mis fosas nasales llegó su aroma masculino encendiendo todas las alarmas en mi cabeza que me advertían de un peligro inminente.
—Demonios, cuánta tensión s****l chicos.
Las palabras de la pelirroja y los refunfuños de Agnes sobre el pecado me despertaron ocasionando que otra vez volviera a sentir mis mejillas arreboladas.
Me removí de su agarre y él pareció entenderlo por lo que me colocó sobre el suelo en silencio.
—Hora de cerrar —dijo él pero antes de que llevara a cabo su cometido alguien más se lanzó al interior de la cueva subterránea, no se trataba de otra persona sino de Elías Alfaro.
Quien cerró la entrada de la cueva.
— ¡Mi nieto querido que bueno que estés aquí! —exclamó Agnes abrazando al recién llegado.
— ¿Hay alguien más cerca? —preguntó Dante a Elías con su voz masculina pero este último apenas lo miró con desdén después de abrazar a su abuela.
—No me hables, fenómeno, dedícate a cerrar bien.
La forma grosera me puso furiosa y miré a Dante para ver qué harías.
Él solo apretó su mandíbula indudablemente molestó sin embargo hizo exactamente lo que Elías dijo y de no ser por la linterna que había encendido nos habríamos quedado en absoluta oscuridad.
— ¿Qué mierda está pasando? —preguntó la pelirroja al fin y hubo un silencio compartido pues estoy segura de que nadie sabía qué pasaba.
Excepto yo.
Algo me lo decía.