Capítulo 10 — El nombre que no vuelve

706 Words
Luego de ese día, Dante no llamó. Eso fue lo primero que supo Isla: que esta vez era distinto. Cuando su teléfono vibró, no fue su número. Fue un mensaje cifrado, una ubicación, una hora. Nada más. Isla llegó sola. Un viejo estacionamiento subterráneo cerca del puerto, húmedo, con olor a sal, óxido y gasolina vieja. El eco de sus pasos era demasiado fuerte en el espacio vacío. Dante estaba apoyado contra una columna de concreto, las manos en los bolsillos, el rostro más pálido de lo habitual. —No deberías estar aquí —dijo él. —Eso ya lo sé —respondió Isla. —Entonces por fin estamos de acuerdo en algo. Se miraron sin acercarse. —Habla —dijo ella. Dante respiró hondo. —Hay una red. —Eso no es nuevo. —No una criminal. Una respetable. Isla lo observó. —Políticos. —También. —Empresarios. —También. —Jueces. Dante asintió. Isla sintió un peso en el pecho. —¿Quién? Dante tardó. —Se llama Fundación Helios. El nombre sonó limpio. Eso lo hacía peligroso. —Filantropía —susurró Isla. —Es una pantalla. —corrigió Dante—. Lavado. Tráfico de influencias. Personas. Isla levantó la mirada. No queriendo creer en lo que se estaba metiendo. —¿Personas? —Menores. Migrantes. Mujeres sin papeles. Gente que no existe en el sistema. Isla sintió frío. Haciendo que su piel se erizara. —¿Y el hombre que murió? —Quería salir. Isla apretó los labios. No queriendo seguir, pero sabía que ya no podía dar un paso atrás. —¿Y tú? Dante le sostuvo la mirada. —Yo estaba dentro. Eso fue lo irreversible. —¿Estabas? —Sí. Isla sintió que algo se rompía por dentro. —¿Cuánto? —Suficiente para no poder fingir que no sé. —¿Suficiente para haber hecho cosas? Silencio. Eso también era respuesta. —Entonces eres culpable. —Sí. No se defendió. No trato de nergarlo o sentirse arrepentido. —Pero no de eso. —Eso no te limpia.- le dijo ella levantando la voz. —No intento hacerlo. Isla respiró hondo. Necesitaba calmarse. —¿Por qué sales ahora? —Porque hay un nombre nuevo en la lista. —¿Quién? Dante miró el suelo un segundo. —Camila. El mundo de Isla se inclinó. —Eso es mentira. – dijo con pánico en su voz. —No. —¿Por qué ella? ¿Por qué? —Porque tú. – mirándola directo a los ojos. Isla cerró los ojos con fuerza. —No. —Ellos presionan donde duele. —¿Qué lista? —Las personas que pueden ser usadas. Como mensaje. Como ejemplo. Isla sintió náuseas. Isla le agarro la mano. Suplicante. Devastada. —Sácala de ahí. – dejando ver todo el dolor que sentía de nada más pensar en el daño que podía sufrir Camila, y todo era su culpa. Algo en la mirada de Dante, se suavizó. Al verla así. —No puedo solo. —Entonces dime quién. Por favor. – suplicaba Isla. Dante levantó la vista de sus manos juntas. —El rostro público es Esteban Calderón. Isla frunció el ceño. Sorpresa. Ella sabía de quien hablaba. —¿El senador? —El presidente de Helios. -confirmó Dante. Isla respiró con dificultad. —Eso es guerra. —No —dijo Dante—. Eso es exposición. Isla dio un paso atrás. —¿Por qué yo? —Porque tú todavía crees que la verdad salva. Isla negó. —A veces mata. —Sí —dijo Dante—. Pero lo hace mirando a la cara. Silencio. —¿Esto no se puede deshacer? —susurró Isla. —No. —¿Entonces por qué me lo dices? —Porque prefiero que me odies a que seas ciega. Isla lo miró por un largo tiempo. —Esto te va a matar. —Probablemente. – Confirmó Dante, tranquilo con esa verdad. —¿Y a mí? Dante no pudo evitar mirarla profundamente. —Eso depende de ti. Isla respiró hondo. —¿Dónde está Camila ahora? Dante apretó los labios. —En ningún lugar seguro. Isla cerró los ojos. —Entonces ya empezó. Dante asintió. —Y ya no vuelve.
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