Capítulo 11 — Cruzar el fuego

624 Words
Isla no volvió a casa. No llamó a nadie. No pidió permiso. El miedo ya no servía para protegerla, así que lo usó como combustible. Comenzó una investigación exhaustiva. El nombre Fundación Helios aparecía limpio en todas partes: donaciones a hospitales, programas educativos, fotos de sonrisas blancas y manos estrechadas. Isla no buscaba eso. Buscaba los bordes. Lo que no se mostraba. Un registro secundario de propiedades llevó a un edificio que no tenía nombre en la fachada. Una antigua residencia remodelada cerca del río, fuera del circuito elegante, demasiado discreta para ser inocente. Isla estacionó a dos cuadras. La noche estaba fría, húmeda, con olor a agua estancada y hojas podridas. Caminó con el corazón golpeándole las costillas. No llevaba arma. Solo su teléfono. Y su culpa. El edificio tenía cámaras. Las contó. Dos visibles. Probablemente más. Una luz encendida en el segundo piso. Una silueta detrás de una cortina. Isla respiró hondo. Entró. La puerta no estaba cerrada con llave. Eso fue peor. El interior olía a limpieza reciente. Demasiado reciente. Pasillos blancos. Sin cuadros. Sin personalidad. Como un hospital sin enfermos. Subió las escaleras despacio. Cada escalón crujía demasiado fuerte. El pasillo del segundo piso estaba en penumbra. Una puerta al fondo. De ahí venía la luz. Y una voz. Camila. Isla sintió que el aire se le iba de los pulmones. Se acercó. La puerta estaba entreabierta. Camila estaba sentada en una silla, las manos atadas con cinta gris, el cabello revuelto, el rostro pálido. Frente a ella, un hombre de espaldas. Traje oscuro. Postura relajada. —…no es personal —decía él—. Es pedagógico. Isla entró. —Suéltala. - le gritó al hombre, sus manos temblando de rabia y miedo. El hombre se giró. No parecía sorprendido. Tenía un rostro común. Eso era lo que daba miedo. —Doctora Navarro —dijo—. Esperábamos que viniera. —¿Quién es usted? - preguntó tratando que su voz no le fallara. —Un empleado.- dijo el hombre, mirándola con calma. —¿De Calderón? El hombre sonrió apenas. —De la idea de Calderón. Isla avanzó un paso. —Déjela ir. —Eso no depende de usted. – contesto el hombre. Isla sacó el teléfono. —Ya transmití esta ubicación. Si no sale viva de aquí, esto se hace público. El hombre la miró con interés. —¿Eso es una amenaza? —Eso es una consecuencia. El hombre inclinó la cabeza. Con una media sonrisa en su boca. —Usted es más peligrosa de lo que parece. —Y usted es más cobarde de lo que quiere creer. Silencio. Camila respiraba rápido. El hombre la observó. —Soltarla no borra lo que ya empezó. —No —dijo Isla—. Pero define quiénes somos cuando empieza. El hombre dudó. Isla lo vio. Era pequeño. Pero era ahí. —Si la tocas, no ganas nada —continuó Isla—. Si la sueltas, quizás sigas existiendo. Eso al parecer lo alcanzó. El hombre miró a Camila y luego a Isla. Como determinando si valía la pena. Suspiró. Sacó una navaja y cortó la cinta. Camila cayó hacia adelante. Isla corrió hacia ella. La sostuvo a tiempo. —Váyanse —dijo el hombre—. Antes de que cambie de idea. Isla no lo pensó. Tomó a Camila y salió. No corrió. No podía tampoco. Caminó rápido. Porque correr era demostrar miedo. Y el miedo era lo que ellos usaban. Cuando llegaron al auto, Camila se quebró. Comenzó a llorar con desesperación. Isla la sostuvo, tratando de calmarla. —Lo siento —susurró, también llorando. —No —dijo Camila—. Gracias. Isla cerró los ojos. El fuego estaba cruzado. Y ya no había vuelta atrás.
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