La consecuencia no llegó como castigo. Llegó como lógica. Isla estaba en el juzgado cuando ocurrió. No había terminado de entrar a la sala cuando sintió el cambio en el aire: demasiadas miradas, demasiados susurros, demasiado silencio cuando ella pasaba.
El mármol del piso estaba frío incluso a través de los zapatos.
—Doctora Navarro. Una secretaria la detuvo.
No la miró a los ojos.
—El juez pidió que pase por su despacho antes de cualquier audiencia.
Eso nunca era buena señal. El despacho olía a madera vieja y a café recalentado. El juez Valdés estaba de pie junto a la ventana. No sonreía.
—Siéntese.
Isla lo hizo.
—¿Está al tanto de lo que está circulando sobre usted?
—Sí.
—¿Es cierto?
Isla sostuvo su mirada.
—Es incompleto.
Valdés respiró hondo.
—Eso es peor.
Le tendió un documento.
Una notificación.
“Suspensión preventiva del ejercicio profesional mientras se evalúa posible conflicto ético grave.”
Isla sintió el golpe sin ruido.
—Esto no es justo.
—No es justicia —dijo Valdés—. Es contención.
—Me están castigando por hacer mi trabajo.
—La están apartando porque su trabajo ahora pone en riesgo al sistema.
Isla apretó el papel.
—¿Por cuánto tiempo?
—Indefinido.
Indefinido. Era una palabra demasiado grande.
El segundo golpe llegó una hora después. Camila no respondió el teléfono.
Isla fue a su departamento. La puerta estaba entreabierta. El interior desordenado. Una taza rota en el piso. A Isla se le oprimió el corazón. Se sentía sin aire mientras observaba el desastre. No podía creerlo.
El teléfono de Camila vibrando sobre la mesa. Tenía un mensaje sin leer. Isla lo abrió.
Número desconocido.
“Dile que se aleje.”
Isla sintió frío. Llamó a Camila.
—¿Dónde estás?
—Aquí —respondió ella con voz temblorosa—. En la comisaría.
—¿Qué pasó?
—Me pararon. Dijeron que tenía drogas en el auto.
Isla cerró los ojos.
—Eso no es verdad.
—Lo sé —susurró Camila—. Pero estaban ahí.
Isla apretó el teléfono.
—No te muevas y no digas nada. Voy para allá.
Condujo lo más rápido que pudo. Con el alma en un hilo. Tan pronto llegó entro corriendo. En la comisaría, el aire olía a desinfectante barato y cansancio. Camila estaba sentada en una silla de plástico, pálida, los ojos demasiado abiertos.
—Esto no es coincidencia —susurró.
Isla se agachó frente a ella.
—No.
—¿Esto es por ti?
Isla no respondió. Eso fue respuesta suficiente. Camila apretó su mano.
—Entonces haz que valga la pena.
Isla tragó saliva. Sintiendo todo el peso de la culpa.
El tercer golpe fue Dante. Isla marcó su número con manos firmes.
—Esto ya no es un juego.
—Nunca lo fue. Dijo Dante, frio como siempre.
—Suspendieron mi licencia. Acaban de detener a mi amiga. – Le dijo Isla sintiéndose frustrada.
Silencio.
—Lo sé.
—¿Lo sabes? – Se sintión furiosa.
—Sí.
—¿Y lo permitiste?
—No pude evitarlo.
—¿De quién me tengo que cuidar?
La respuesta tardó.
—De quien no necesita tocarte para hacerte sangrar.
Isla cerró los ojos.
—Dime el nombre.
—Todavía no.
Isla se sintió cabreada con su reticencia.
—Entonces esto va a empeorar.
—Sí.
Isla respiró hondo. Esto la dejo sin habla por un momento. Sintiéndose rota.
—Entonces vas a empezar a decirme la verdad completa.
—Eso te va a doler más que esto.
—Entonces no te detengas. -Dijo ella con voz cansada.
Silencio.
—Bien —dijo Dante—. Empezamos ahora.
Isla colgó. Miró a Camila. Miró la notificación. Luego miró su reflejo en el vidrio de la comisaría. Su mirada perdida. Entendió que esto ya no era una historia. Era un campo de batalla. Y ella acababa de entrar sin armadura.