No fue una amenaza. No fue un ataque. Fue una elección. Y por eso dolió más.
A la mañana siguiente, Isla se enteró por Camila.
—Isla… —dijo por teléfono, sin su tono habitual—. Salió una cosa.
—¿Qué cosa?
—Sobre ti.
El pulso de Isla se aceleró.
—¿Dónde?
—En un foro jurídico primero. Ahora en dos portales más.
Isla abrió el portátil con manos que no parecían del todo suyas.
Ahí estaba.
Un artículo breve. Preciso. Sin insultos.
Solo hechos.
“Abogada defensora Isla Navarro, conocida por su ética inflexible, fue responsable de la absolución de Esteban Ríos en 2019, posteriormente vinculado con abuso s****l a menor y el s******o de su hija. La causa fue cerrada por falta de pruebas.”
No decía que fuera culpable.
Decía algo peor:
Que había sido necesaria.
Isla sintió náuseas.
—¿Quién filtró esto? —preguntó.
Camila tragó saliva.
—No lo sé.
Isla sí. No porque lo supiera. Sino porque lo entendía. Cortó la llamada.
Marcó el número de Dante.
—Fuiste tú.
No fue una pregunta.
—Sí.
Isla se quedó de pie, inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque necesitabas verlo desde afuera.
—Eso no era tu decisión.
—No —dijo Dante—. Era tu negación.
Isla apretó el teléfono con fuerza.
—Me estás destruyendo.
—No —dijo él—. Te estoy quitando la máscara que te deja seguir igual.
Isla respiraba rápido.
—No tenías derecho.
—Nadie lo tiene cuando se trata de verdades.
Isla cerró los ojos.
—Usaste mi herida como herramienta.
—Tú la usas como excusa.
Eso fue el golpe.
Isla se apoyó contra la pared.
—Eso es cruel.
—No —respondió Dante—. Cruel fue dejar que ella muriera para que tú siguieras intacta.
Isla sintió que el aire le faltaba.
—Eso no es justo.
—No —dijo él—. Es simétrico.
Silencio.
—¿Por qué? —preguntó ella más bajo.
—Porque si vas a decidir quién merece ser salvado ahora, no puedes seguir creyendo que tú quedas fuera del juicio.
Isla cerró los ojos.
Lágrimas cayeron sin permiso.
—Te odio.
—No.
—¿No?
—Me necesitas como enemigo ahora. Porque si soy otra cosa, no te sostienes.
Isla no respondió.
—¿Quieres que lo quite? —preguntó él.
—No.
La palabra salió firme.
—No lo quites.
Silencio.
—Entonces lo entendiste.
Isla tragó saliva.
—Me obligaste a mirarme.
—Ese era el trato que no firmamos.
Isla apoyó la frente contra la pared.
—Esto cambia todo.
—Sí.
—¿Eso querías?
—No —dijo Dante—. Quería que dejaras de huir de ti mientras corres hacia mí.
Isla cerró los ojos.
—Eso es peor.
—Lo sé.
Y por primera vez, la voz de Dante sonó cansada. No peligrosa. No seductora. Solo humana.
—Lo siento.
Isla dejó que el silencio existiera.
—No lo hiciste por mí —dijo al fin.
—No.
—¿Entonces?
—Porque si te rompes ahora, no lo harás cuando importe más.
Isla respiró hondo.
—Eso es una forma muy retorcida de cuidarme.
—Nunca dije que fuera sano.
Isla dejó caer el teléfono sobre la mesa. Miró el reflejo de su rostro en la pantalla negra. No era la mujer impecable. No era la culpable. Era alguien en proceso. Y eso era más insoportable que cualquier etiqueta.
El teléfono vibró una última vez.
—Todavía estoy aquí.
Isla no respondió. Pero no bloqueó el número. Y eso seguía siendo una elección.