Capítulo 7 — La deuda

569 Words
Isla no recordaba exactamente cuándo había empezado a llamarlo error. Al principio había sido una decisión. Después una omisión. Mucho después, una deuda. El recuerdo no venía como imágenes completas, sino como fragmentos: el olor a desinfectante viejo, una luz blanca demasiado fuerte, el sonido de una máquina marcando un pulso que no era el suyo. Hospital Central de San Aurelio. Ala norte. Cuarto 314. Había pasado frente a ese edificio mil veces desde entonces sin mirarlo. Esa noche, sin embargo, el nombre volvió solo. Abrió el cajón inferior del escritorio. Sacó un sobre amarillento. Dentro había una foto doblada, una pulsera hospitalaria y un papel con una firma que nunca debería haber estado allí. La suya. —No —susurró. Se sentó en el borde de la cama con el sobre en las manos. Lo había hecho por las razones correctas. Eso era lo peor. El teléfono vibró. Era él. —No estás durmiendo. Isla cerró los ojos. —Hay cosas que no te dejan. —Lo sé. Isla apretó la pulsera entre los dedos. —¿Alguna vez hiciste algo bueno que destruyó a alguien? Pausa. —Sí. —¿Y lo volverías a hacer? Otra pausa. —No. Isla tragó saliva. —Yo sí. El silencio al otro lado se volvió más denso. —Entonces todavía no terminaste de pagar. Isla cerró los ojos. —No. —Cuéntame. Isla respiró hondo. —Hace seis años defendí a un hombre. —Siempre haces eso. —No así. Isla se levantó y caminó hacia la ventana. —Se llamaba Esteban Ríos. —¿Qué hizo? —Nada que pudiera probarse. Pausa. —Eso no es una respuesta. —Eso fue el problema. Isla apoyó la frente contra el vidrio. —Tenía dinero. Contactos. Una sonrisa impecable. Y una hija. El aire se le quedó atrapado en el pecho. —Dieciséis años. El silencio fue inmediato. —La había estado tocando. Isla cerró los ojos con fuerza. —Ella habló. Nadie la escuchó. Yo vi el expediente. Las contradicciones. Los vacíos. Los errores de procedimiento. —Y los usaste. —Sí. La palabra cayó pesada. —Lo liberé. Silencio. —¿Y la chica? Isla apretó la pulsera. —Se suicidó tres meses después. El mundo pareció inclinarse un poco. —Eso no fue tu culpa —dijo Dante. Isla rió sin humor. —Firmé el papel que le devolvió el poder. —Firmaste dentro de la ley. —Firmé dentro del sistema —corrigió—. No es lo mismo. El teléfono vibró suavemente. —¿Por qué me lo cuentas? Isla miró la pulsera. —Porque tú eres otro hombre culpable dentro de la ley. Silencio. —¿Y si esta vez eliges distinto? —Eso estoy intentando. —¿Salvándome? —No —dijo Isla—. No repitiéndome. La voz de Dante bajó. —¿Y si para no repetirte tienes que perderme? Isla cerró los ojos. —Eso todavía no lo sé. —Entonces estás siendo honesta. Isla dejó la pulsera sobre la mesa. —Eso no me consuela. —No está hecho para hacerlo. Isla respiró hondo. —Esto es lo que te debía. —No. —¿No? —Esto es lo que te estás empezando a deber a ti. Isla no respondió. Pero algo dentro de ella se movió. No alivio. No perdón. Responsabilidad. Y era más pesada que la culpa.
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