La lluvia había vuelto a San Aurelio como si la ciudad necesitara lavarse de algo que no podía nombrar.
Caía fina, persistente, dibujando líneas irregulares en los ventanales del apartamento de Isla. Desde el piso diecisiete, las luces de la costa parecían borrosas, distorsionadas, como recuerdos mal enfocados.
Isla estaba descalza, con una copa de vino intacta en la mano y el expediente de Dante abierto sobre la mesa baja. Había subrayado tanto que el papel parecía herido.
Golpes en la puerta.
Esta vez no fueron suaves.
Tres. Secos. Autoritarios.
Isla no se sobresaltó. Ya estaba tensa.
Miró el reloj. Pasadas las diez.
Dejó la copa, caminó hacia la puerta y la abrió.
Inspector Ramírez.
Solo.
El pasillo olía a humedad y a limpiador industrial. La luz amarilla hacía que su rostro se viera más cansado que por la mañana.
—Buenas noches, doctora Navarro.
—Inspector —respondió ella—. Esto no es una hora razonable.
—No —admitió—. Tampoco lo es el caso que está a punto de aceptar.
Isla no se movió para dejarlo pasar.
—¿Tiene una orden?
—No.
—Entonces…
Ramírez alzó una mano.
—No vengo a interrogarla. Vengo a advertirla.
Isla sostuvo la puerta abierta.
—Eso ya lo hizo.
—No así.
El silencio se alargó. La lluvia golpeaba las ventanas detrás de ella.
—Dante Vega no es solo un acusado —continuó Ramírez—. Es un nodo.
—¿Un qué?
—Un punto donde convergen cosas que no quieren ser vistas.
Isla cruzó los brazos.
—Eso sigue siendo vago.
—Porque si fuera preciso, usted no podría dormir nunca más.
Isla lo miró fijo.
—Demasiado tarde para eso.
Ramírez la observó un segundo más.
—Si toma el caso, no solo va a defender a un hombre. Va a interponerse entre gente que no pierde.
—¿Gente como quién?
Ramírez negó con la cabeza.
—Todavía no.
Se giró para irse, pero se detuvo.
—Una cosa más.
Isla levantó la barbilla.
—Cuide a los suyos.
La puerta se cerró. El eco quedó.
El teléfono vibró casi de inmediato.
—Están empezando a apretarte.
Isla apretó los labios.
—¿Mandaste a la policía?
—No tengo ese poder.
—No suena a una negación.
—Es una verdad parcial.
Isla caminó hasta el ventanal.
—Ramírez dice que eres un nodo.
—No está equivocado.
—¿De qué?
—De decisiones mal tomadas.
Isla respiró hondo.
—Eso no es una confesión.
—No —dijo Dante—. Es un mapa.
—¿Y yo dónde estoy?
Hubo un largo silencio entre ellos.
—Más cerca de lo que debería.
Isla cerró los ojos.
—No juegues conmigo.
—No lo hago.
—Eso dices.
—Eso temo.
Esta vez el silencio fue distinto. Más cargado.
—¿Por qué me elegiste? —preguntó ella al fin.
—Porque no miras hacia otro lado cuando algo te duele.
—Eso no es una virtud. Es una condena.
—Lo sé.
Isla tragó saliva.
—Ramírez dijo que cuidara a los míos.
La respuesta tardó.
—Hazle caso.
El pulso se le aceleró.
—¿Sabes algo?
—Sé demasiado —dijo Dante—. Y no lo suficiente para detenerlo.
—¿Detener qué?
—Lo que viene. Dijo Dante terminado la llamada.
Esto dejo a Isla con la piel de gallina.
Luego de la llamada, Isla no pudo quitarse la sensación de peligro de la piel. Decidió quedarse en casa.
Camila llamó más tarde.
—Soñé contigo —dijo sin saludo.
—Eso no suena bien.
—No lo fue. Estabas corriendo y no mirabas atrás.
Isla sonrió sin humor.
—Eso suena preciso.
—¿Qué está pasando, Isla?
Isla miró su reflejo en el vidrio.
—Estoy entrando en algo que no entiendo del todo.
—¿Y por qué no paras?
Isla tardó.
—Porque si paro, alguien más cae.
Camila suspiró.
—Siempre eliges cargarlo todo tú.
—Alguien tiene que hacerlo.
—No sola.
Isla cerró los ojos.
—Prométeme algo.
—Depende.
—Si te digo que te alejes… hazlo.
Silencio.
—Eso no me gusta.
—Hazlo igual.
Camila no respondió enseguida.
—Está bien —dijo al fin—. Pero tú también prométeme algo.
—¿Qué?
—Que no te pierdas por alguien que no sabes si te va a salvar o a hundir.
Isla colgó sin responder.
Esa noche, Isla abrió el expediente una última vez.
Miró la foto de Dante.
No esposado. No vencido. Observando. Como si supiera. Tomó una hoja en blanco. Escribió un nombre. Luego otro. Luego una fecha del pasado que nunca decía en voz alta.
La culpa le cerró el pecho.
—Esto es por tu culpa —susurró.
El teléfono vibró. Ella salto del miedo.
—¿Sigues ahí? – Pregunto él.
Isla escribió:
—Sí.
—Entonces no te vayas.
Isla apoyó la frente contra el vidrio frío.
—Ya no sé si estoy yendo o quedándome.
—Eso significa que ya entraste.
Isla cerró los ojos.
Y por primera vez desde que todo empezó, no negó esa verdad.