Un vuelo a Europa

1612 Words
Arthur me entregó el expediente y le di una hojeada un poco más a fondo haciendo que algo llamara mi atención. —Déjamelo, me pondré al tanto más tarde. Ahora quiero descansar un poco, el vuelo fue agotador. —Está bien, te dejo, Lauren. Si necesitas algo, solo dímelo. Sin esperar respuesta, se marchó. Aproveché el silencio del penthouse para relajarme y decidí ir a la piscina interior, similar a la que tenía en Toronto. Iba a abrir una botella de vino y cambiarme de ropa, pero recordé que aún no habían traído mis maletas. Suspiré con fastidio. Sin más remedio, salí del penthouse y me dirigí al ascensor para bajar a recepción. En el camino, mi atención se desvió involuntariamente hacia la figura de un hombre. De espaldas, su cabello n***o y corto contrastaba con su piel blanca. Pero lo que realmente captó mi atención fue la estructura de su espalda y… bueno, su parte trasera bastante interesante. Lauren, concéntrate. No es momento para esto. Sacudí la cabeza y seguí mi camino. Cuando llegué a la planta baja, me dirigí directamente al botones. —Necesito mis maletas ahora mismo. Apresúrate y no me hagas perder el tiempo, es demasiado valioso. El botones frunció el ceño con molestia, pero no se atrevió a decir nada. Se limitó a asentir y, poco después, llevó mis maletas hasta el penthouse. Por supuesto, no le di propina. En Europa, eso se consideraba un insulto, y además, el servicio había sido pésimo. Finalmente, me cambié. Me puse una camisa blanca de tela fina y un short, serví una copa de vino y sumergí los pies en la piscina. El agua templada relajó mis músculos cansados. Después de un rato, decidí irme a dormir. Al día siguiente Desperté a la misma hora de siempre. Esta vez, en lugar de entrenar en el gimnasio, decidí salir a correr. Me puse un short corto, un top color piel y mis zapatillas negras. Tomé una botella de agua y salí del edificio. Mientras corría, mis ojos se cruzaron con los del hombre que había visto la noche anterior. Esta vez tenía el cabello algo revuelto sobre el rostro, pero aun así pude notar que, al verme, abrió los ojos como platos. Sonreí con ironía. Ya estoy acostumbrada a ese tipo de miradas. Ignorándolo, seguí con mi carrera. Después de un rato, regresé al penthouse y, para mi sorpresa, Arthur ya estaba allí. —Hola, Arthur. ¿Qué haces aquí tan temprano? —Quiero que conozcas tu oficina hoy, además de reunirte con tu cliente. Resoplé, estirando mis brazos. —Está bien, pero la próxima vez avisa. Aún es demasiado temprano para trabajar. Arthur cruzó los brazos. —¿Y qué más tienes que hacer? —Mi rutina de ejercicio. Todavía tengo que nadar. Por cierto, necesito máquinas para entrenar. —Eso lo arreglaremos después. Rodé los ojos y entré al apartamento. Me cambié de ropa y me sumergí en la piscina, disfrutando de la sensación del agua fría contra mi piel. Arthur se apoyó en una pared, observándome con una mezcla de incredulidad y resignación. —En serio, eres demasiado estricta con tu rutina de ejercicios. Me apoyé en el borde de la piscina y lo miré con burla. —Tengo que serlo. ¿O acaso crees que este físico se mantiene solo? Él negó con la cabeza y suspiró. Después de una hora y media, salí de la piscina y tomé una toalla para secar mi cabello y cubrirme. —Bien, me iré a vestir para que nos marchemos. Fui a ducharme y, al salir, elegí mi atuendo con precisión. Me puse una falda tubo negra, una camisa blanca y un blazer n***o. Recogí mi cabello en una media cola y elegí tacones rojos altos. Cuando salí del vestidor, Arthur me miró con sorpresa. —Vámonos ya —dije con total naturalidad, pasando a su lado. Él solo chasqueó la lengua y me siguió. Mi primer día en Europa estaba a punto de comenzar. Los dos nos fuimos entonces un carro nos estaba esperando afuera NARRA LAUREN —Ahorita conocerás tu oficina y después nos reuniremos con Raphael. —Perfecto. Tras unos minutos de recorrido, llegamos al bufete. Era un lugar grande y elegante, pero nada comparado con el despacho de alto nivel donde trabajaba en Toronto. Arthur me guió hasta el último piso y abrió la puerta de una oficina espaciosa. No estaba mal. Un escritorio redondo ocupaba el centro de la habitación, y la vista desde el ventanal era agradable. No tenía la misma majestuosidad de la ciudad canadiense, pero el horizonte coreano tenía su propio encanto. —¿A qué hora vendrá mi cliente? —pregunté, analizando cada rincón del lugar. —Dentro de una hora —respondió Arthur—. Así que podemos ir a comer algo mientras tanto. —Muy bien. Por ahora, serás mi medio de transporte. Mi carro llegará en unos días. —No te preocupes por eso. Nos dirigimos a un café cercano. Era pequeño y acogedor, el tipo de lugar donde se podía trabajar con tranquilidad o simplemente disfrutar del silencio. No tenía mucha hambre, así que solo pedí una taza de café. Nada del menú realmente me llamaba la atención. Mientras removía la cucharilla en la taza, volví al tema que más me interesaba. —Por cierto, estuve leyendo el caso. Realmente creo que esto es una tontería. Todo lo que la señorita Sabrina está haciendo me parece una ridiculez. Arthur suspiró. —Lo sé. —Necesito toda la información disponible. Honestamente, Arthur, me decepcionas. Esperaba algo más desafiante. Pensé que sería un caso interesante. Él me miró con una expresión de fastidio. —No es tan fácil como parece. Sonreí con arrogancia. —Déjamelo todo a mí. Solo observa. Después de terminar el café, regresamos al bufete. Fui al baño a refrescarme y, mientras bebía un poco de agua, escuché una voz nueva en la oficina. Mi cliente finalmente había llegado. Me apresuré a salir y, al entrar a la sala, vi a Arthur sentado junto a un hombre de apariencia sofisticada. —Buenos días, señor Harrison. Perspectiva de Raphael Escuché el sonido de tacones aproximándose con paso firme y seguro. La vi antes de que hablara. Era ella. Mis ojos se abrieron ligeramente, sorprendido. —Usted… ¿Quién es? Arthur intervino con naturalidad. —Ella es Lauren, tu nueva abogada. Es una de las mejores. Viene desde Toronto. Lauren se acercó con la misma confianza con la que había entrado. —Leí un poco su caso y, honestamente, no es nada complicado. Así que no se preocupe. Suspiré, frotándome la sien con frustración. —Espero poder salir de esto rápidamente. Créame, no ha sido nada fácil. —Lo imagino —dijo ella con calma—. Y como le repito, esto es sencillo. Lo poco que revisé me indica que esto no tiene mayores dificultades. Su tono era tan seguro que, por primera vez en semanas, sentí que todo realmente se resolvería antes de lo esperado. —Espero salir bien de todo esto. Quiero recuperar mi vida. —Deje todo en mis manos. La forma en la que lo dijo, con una confianza absoluta, hizo que por un momento dejara de preocuparme. Nos reunimos un rato más, repasando algunos detalles del caso. Luego me marché junto a Arthur. Mientras íbamos en el auto, mis pensamientos seguían en Lauren. Arthur notó mi expresión y arqueó una ceja. —¿Raphael, qué ocurre? Me apoyé en el reposabrazos, sin apartar la mirada de la ventana. —Esa abogada… me puso a pensar muchas cosas. Me hizo sentir que todo se resolvería antes de lo esperado. Arthur sonrió con satisfacción. —Te dije que Lauren es excelente en lo que hace. Aunque ha cambiado mucho desde que fue mi aprendiz. Lo miré con curiosidad. —¿Cómo la conociste? —Estudió leyes en Estados Unidos. En uno de mis viajes la conocí cuando aún era estudiante. Era un ratón de biblioteca, no había día en el que no cargara con montones de libros y los leyera uno por uno. Vi su potencial y decidí tomarla como mi aprendiz. Luego de que se graduó, me marché. —¿Ella siempre fue así? Arthur me lanzó una mirada inquisitiva. —¿De qué forma? —Físicamente… y con esa actitud tan segura. Arthur soltó una risa ligera. —Físicamente ha cambiado. Cuando la conocí no era fea, pero ahora está mucho mejor. Aunque ella insiste en que solo ha crecido su cabello, la verdad es que su presencia es otra. —¿Y su actitud? —Siempre fue así, pero ahora lo es mucho más. Asentí lentamente. No pregunté nada más. No quería parecer demasiado interesado. Pero lo cierto era que Lauren no me dejaba indiferente. Perspectiva de la autora. Lauren pasó el resto de la tarde revisando más a fondo el expediente de Raphael. Sin embargo, después de un rato, el hambre comenzó a molestarse. Se puso de pie, se estiró y salió de la oficina. Mientras caminaba, se dirigió a la recepcionista. —Disculpe, ¿hay algún lugar cerca donde pueda comer algo? La recepcionista levantó la mirada de su computadora. —Aquí cerca solo hay un café, pero la comida no es muy llamativa. Si desea, puedo encargarle algo de otro lugar. Lauren asintió con aprobación. —Se lo agradecería. Mi oficina está en el último piso. La recepcionista sonrió y comenzó a hacer la llamada. Lauren regresó a su oficina con las manos en los bolsillos. Definitivamente, este caso no era un reto para ella. Pero algo en esta ciudad le decía que lo interesante estaba por comenzar…
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