Me desperté al sentir un cuerpo que se acostaba a mi lado, mi putita—madre Graciela no quería dejar pasar el tiempo y besó mi cuello diciendo que ya eran pasadas las cinco y media de la tarde y no se aguantaba más. No le contesté, me levanté para ir al baño a hacer mis necesidades, no quería que nada me distrajera de lo que pensaba hacer. Me extrañó no verla a Mariana, pero imaginé que había un acuerdo entre las dos. Salir del baño y ver a mi madre sobre las sábanas, desnuda, parando el culito y mirándome de costado en franca actitud de sensual espera hizo que toda mi libido y morbo se trasladara a mi v***a que pareció reaccionar como si fuera una víbora a la que le pisaban la cola. “No me importa si me duele, pienso gritar a gusto, Mariana ya sabe y no vendrá, eso porque quiero que me hagas la cola primero, ¿podrá ser?”, —preguntó poniendo cara de inocentona—.
Ya la había “embocado” anteriormente y sabía que no le hacía ascos a una penetración un tanto apurada, pero el culo era otra cosa, de todos modos, todo lo anterior a la penetración sería con modos más “amorosos”, pero buscando que se desesperara por sentir mi v***a en su interior. Coloqué un almohadón bajo su vientre me quedó el culo a disposición, primero de mi boca y eso, no por remanido, dejaba de encantarme. El “estiletazo” dado con la punta de la lengua fue un tanto inesperado porque ella esperaba otro tipo de penetración y sirvió para que gimiera y se aflojara completamente. Sólo me faltó masticarlo, aunque lo saboreé como quise escuchando los gemidos casi gritos que la almohada no podía disimular. Sería en base a saliva y dejé su orificio empapado, luego hice lo mismo con mi glande y apoyé la punta del ariete en el ano palpitante.
“Hacele la cola a mami, hijo, lo estoy deseando con ganas”, —decía mi madre moviendo sus caderas y alzando la voz—. Yo trataba de mantenerme incólume y quería cumplir como un “señorito inglés”, pero la vista de su culo expectante y pedigüeño estaba a punto de hacer que se me saliera la cadena. No sé ni cómo me contuve, quizás porque el “culito de mami” y lo que significaba para mi fantasía y para mi placer tantas veces contenido, me llevaban a rendirle una especie de adoración. Como fuere, tampoco era cuestión de dejar pasar ese momento que sería sublime y el glande buscó la penetración de forma lenta, firme y segura.
Se mantuvo en silencio golpeando la almohada con sus puños cuando el tronco ingresó hasta la mitad y la saqué porque me di cuenta que con la saliva no alcanzaba, “dejala ahí adentro, seguí hijo, seguí”, —decía apenas despegando la boca de la almohada—, pero yo iba por más lubricación y su concha anegada me recibió lubricando todo el tronco. La exclamación fue de puro placer, pero la sentí por duplicado, había alguien más allí, volteé la cabeza para verla a mi hermana que desnuda, apoyada en el marco de la puerta, tal como si fuera una costumbre, se estaba “matando a dedos”. El morbo fue tremendo y mis movimientos se incrementaron, el orgasmo de mamá no se hizo esperar, no tardó en expresar su placer con un grito sostenido que se intensificó hasta hacer temblar los vidrios cuando salí de su orificio “natural” y la ensarté por su ano sin que ningún prurito me llevara a detenerme.
Desde mi costado me llegaban los gemidos de mi hermana que se encontraba encorvada con una mano en su teta y otra en su entrepierna y, frente a mí, mis oídos absorbían los gritos de mi madre que fueron amainando para tratar de acoplarse al ritmo que yo le ponía a las entradas y salidas. “¡Madre de Dios hijo!, le rompiste el culo a mami y me encanta pertenecerte”, —decía empujando sus caderas—. No sé lo que hablaba con la voz sollozante mientras apretaba la boca en la almohada, pero no me importaba, yo me había aferrado a sus caderas deseadas y entraba y salía como desencajado, aunque con cierto ritmo. Ver que mi pija entraba y salía de ese culo soñado me generaba un placer superior al experimentado con Mariana, pero absolutamente inferior a otros culos que había conocido y no sé, no sabría describirlo.
Le hice una seña a Mariana para que se sumara y me contestó con una señal negándose, evidentemente habían hablado entre ellas y no me daba el forzarlas. “Dame hijo, dame toda tu leche en el culo”, —pidió mi madre y no estaba para esperar más—. El orgasmo de ella fue violento, sorpresivo, gritado a todo pulmón y se incrementó cuando sus tripas recibieron mi simiente caliente. No salí enseguida, no hubiese podido hacerlo, mis fuerzas no existían y mis pulmones pedían aire en bocanadas. Alcancé a mirar a la puerta y ya no la vi a Mariana, vaya uno a saber cuántos orgasmos se había procurado con la rotura del culo de mami, sólo noté cuando mi madre sacó el almohadón de debajo de su vientre y se dejó caer de bruces llevándome con ella. “No salgas nene, tu v***a sigue estando enorme y me encanta sentirla allí adentro”, —decía apretando su esfínter con sus contracciones que duraban.
El m*****o salió solo y me dejé caer a su contado. No nos daba ni para ir al baño y yo tampoco lo necesitaba, mi madre había tomado sus precauciones con la limpieza de su ano y sólo me quedó taparnos con la sabana para que el sueño se hiciera dueño de la situación. Fue una especie de desmayo repentino y Mariana nos llamó como a las diez de la noche para avisarnos que la cena ya estaba casi lista. Nos levantamos pidiendo permiso a las piernas para movilizarnos y el baño actuó como reconstituyente, la cena abundante la terminó de completar. Cenamos “en familia” aguantando las chanzas y frases de doble intención de mi hermana afirmando que ahora eran dos las que no se podían sentar cómodas en ningún lado. Yo me sentía, como quien dice, “realizado”, los dos mejores culos de mi vida se movían desnudos a mi alrededor y ellas me hacían sentir su total pertenencia.
Luego de la cena, mientras ellas charlaban, me fui al muelle, la noche estaba espléndida y se convertía en mi amiga porque luego de levantar las cañas, encarnar los anzuelos y volverlas a lanzar, apagué todas las luces del muelle, me senté a disfrutar de los sonidos de ese silencio tan particular y me dediqué a pensar lo que se debería hacer con las Concesionarias. Era evidente que mi padre se había visto superado por los gastos que le insumían los aumentos de impuestos, los sueldos del personal y la escasez de las ventas. A todo esto, había que sumarles otros gastos generales que también aumentaban y que, al no haber ingresos y al abonarles las cuotas de los vehículos hacía que toda la Economía se desplomara porque él era el único que aguantaba todo. Soluciones había y urgía poner manos a la obra para no seguir perdiendo, pero, estaba seguro que chocaría con la intransigencia y la tozudez de alguien acostumbrado a la “vieja escuela” y al “hacer y deshacer” sin escuchar ninguna campana exterior.
- ¿En qué andás hijo, qué pensás?, —preguntó mi madre que se había acercado con Mariana y encendió una luz de la pasarela, pero que seguía dejando el muelle a oscuras—.
- Estaba pensando en las posibles soluciones para el problema que se presenta por el tema de las Concesionarias, —le contesté observando que ambas vestían sólo unas remeras mías que apenas si le llegaban a tapar las nalgas y eso me encantó—.