- Chicos, chicos, papá está internado y creo que no está bien, —dijo cuando llegó a nuestro lado y me abrazó llorando—.
- Sentate, tranquilizate un poco y contanos que pasó, —le pedí levantándome la bermuda y dejando culo y v***a completamente de lado—.
- Nadie contestaba los teléfonos, ya me parecía que algo andaba mal y justo me entró la llamada del Doctor Fuentes, el Director de la Clínica, me explicó que lo habían llevado hacía como dos horas desde un departamento de no sé dónde y lo están atendiendo de un ACV, dijo que no está bien, no me tendría que haber ido de casa, es mi culpa, tendría que haberlo llevado al Médico cuando lo vi decaído.
- ¡Mamáááá, dejate de joder con las pelotudeces!, vos no tenés culpa de nada, además él no te hubiera dado ni cinco de pelotas, ¿no decís que no estaba en casa?, —pensé enseguida en el departamento y en las secretarias—.
- Sí, sí, no sé dónde estaba, algo así me dijo el médico.
- Mariana, llevala adentro, vamos a tomar algo fuerte. Mamá, dame el teléfono, voy a llamar al Médico.
- No sé dónde lo dejé, pero yo no tengo el número del Doctor Fuentes.
- Vamos a buscar tu teléfono, allí debe haber quedado registrada la llamada.
Efectivamente, el número había quedado registrado en el celular y mi madre no lo tenía agendado. Caminé hasta el muelle y llamé al Médico que me atendió enseguida. Me identifiqué con él y a mí sí me dijo que lo habían ido a buscar a un departamento en la zona céntrica ante el llamado de una mujer, que la misma había esperado a los Médicos de la ambulancia y había desaparecido después sin dejar datos, lo único que sabían era que era pelirroja.
- Está bien Doctor, no se haga problemas con eso, seguramente sería una conocida de él, necesito saber cómo está mi padre.
- Discúlpame Alejandro, me avisaron con urgencia porque había una cierta amistad con tu padre, pero va a ser difícil que salga de ésta, el ACV es total.
- Comprendo, nosotros estamos en la isla, pero ya estamos saliendo para allá. Yo me encargo Doctor, le agradezco mucho, —no se me ocurrió otra cosa por decirle, no me lo dijo directamente, pero daba por descontado que no estaría vivo al llegar—.
- Yo no voy a estar, pero dejaré dicho que le solucionen cualquier problema, —concluyó el Médico y corté la comunicación—.
Giré para volver a la casa y me encontré con Mariana, no habló, no preguntó nada, pero sus ojos dejaban entrever que quería saber, “parece que fue un ACV hermana y, según me dijeron, queda poco por hacer, hay que ver como se lo decimos a mamá”. Lo tomó bastante bien, la pera le temblaba cuando me abrazó, pero se aguantó las lágrimas, era un momento para no deseárselo a nadie y aún quedaba enfrentar a mamá, problemas de convivencias al margen, no dejaba de ser el marido y padre de nosotros dos. Hubo llantos, lamentaciones y abrazos, pero lo tomó relativamente bien y nos dijo que había que irnos lo más pronto posible. Se vistieron, recogimos todo lo que habíamos llevado y luego de un rato, mientras ellas esperaban en la lancha, vacié la heladera, desconecté todo y cerré la casa.
Eran más de las dos de la mañana cuando salimos de la isla y emprendimos el regreso, no podía andar corriendo a lo loco, pero el río estaba “planchado” y se pudo navegar sin inconvenientes. De camino lo llamé a Don Juan, el cuidador del embarcadero para avisarle que estaba yendo para el lugar y que le dejaría la lancha para que ellos se ocuparan de guardarla en la mañana. No me puso ningún inconveniente, ni preguntó. En la lancha habíamos hablado poco, pero en el auto conversamos del tema y llegamos a la conclusión de que era difícil que pudiéramos encontrarlo vivo. Mi madre pareció entender que ella no tenía culpa de lo que había pasado y llegamos a la conclusión que su estilo de vida y de “tragarse” todos los problemas como si él fuera el “dueño de la verdad y las soluciones”, finalmente, le había jugado una mala pasada.
Los tres estábamos convencidos de que se habían acelerado los tiempos y desde ahora en más deberíamos pisar sobre seguro, es decir, YO debería hacerlo porque mi madre delegó todo en mí y Mariana concordó con ella. Nos fuimos directamente a la Clínica, allí nos confirmaron lo que esperábamos y, tal como me lo había dicho el Director, desde la misma Clínica me allanaron cualquier inconveniente y para las ocho de la mañana ya estaba el cuerpo en una Funeraria, no habría velatorio y allí quedó a la espera de las 24 horas legales antes de la incineración. Yo dejé a las mujeres en la casa y me fui a la Concesionaria más importante. Allí me encontré con Leticia, la pelirroja secretaria preferida de mi padre, tan buena y con un físico similar al de mi madre, pero ésta tenía sólo treinta años. La miré con buenos ojos pensando que mi padre se comía un lindo “bomboncito”.
- No sé qué decirte Alejandro, sólo que lo siento mucho, —expresó llorisqueando—.
- Está bien, ya no se puede hacer nada y gracias por haber avisado a los Médicos y por haber esperado que llegaran.
- No sé cómo supiste, pero te aseguro que no estábamos haciendo nada, él estaba muy preocupado por el tema de los ingresos y los gastos, caminaba de un lado al otro del living y, de pronto, se tomó la cabeza y cayó redondo.
- Te voy a pedir un favor, cerrá todo y que todo el mundo se tomé dos días de asueto por duelo, el lunes me haré cargo de esto y voy a necesitar que me aclares todo el movimiento, ya veré que pasos daré desde ahora en más y avisá a los otros comercios.
Recién me daba cuenta que era viernes y me quedaba todo el fin de semana para revolver toda la papelería. Primero había pensado en darle el raje a Leticia y dejarla en la calle, incluso creo que ella lo esperaba, pero después pensé que nadie mejor que ella me podría asesorar sobre los pendientes que tenía o dejaba mi padre en las Concesionarias y las Casas de Repuestos. Ya hablaría tranquilo con ella, por lo pronto me dio las llaves del departamento diciendo que no tenía nada de ella allí adentro. De su escritorio y de la caja fuerte retiré toda la documentación que me podía servir para poder estudiarla tranquilo en casa y regresé a dónde estaban las dos mujeres. Mariana le había dado un tranquilizante a nuestra madre y ésta dormía cuando llegué, faltaba poco para el mediodía y mi hermana preguntó si quería almorzar.
Encargamos comida en el restaurant con delívery y ella se encargó de responder a todos los llamados telefónicos de allegados, yo me puse a estudiar detalladamente los movimientos de las Concesionarias y me llevé una sorpresa bastante agradable con la Concesión de los autos japoneses. Mi padre no tenía deudas con ellos y los coches estaban entregados en concesión, es decir, si no se vendían en un límite determinado de tiempo se canjeaban por modelos nuevos y era la firma japonesa quien se hacía cargo de las deudas que adquirían los clientes. Esto implicaba que, al vender una unidad, la Concesionaria recibía el total libre de las ganancias que le correspondían, sin que le ocasionara ningún tipo de gastos a la empresa familiar.
El contrato que se había rehecho tenía fecha de hacía unos cinco meses atrás y eso alabó mi ego, eso era parte de lo que había hablado con él cuando conversamos sobre determinadas conveniencias y parecía que se había negado a entender mis razonamientos. El muy ladino lo había hecho según yo se lo había explicado y a nadie le dio a conocer que la idea provenía de mis estudios y conocimientos. Las distintas Concesionarias de usados tenían un total de 280 vehículos para la venta. Sólo una de ellas era la que tenía menos autos y de inferior precio y calidad, dos Encargados, tres vendedores con sueldos y cargas sociales en blanco y tres empleados administrativos.
A Grosso modo, esto implicaba un gasto enorme en impuestos, cargas sociales patronales y servicios por lo que, los balances daban en negativo o arrojaban ganancias ínfimas, sin dudas que era una de las candidatas a ser dejadas de lado. Revisando más exhaustivamente los papeles me pareció descubrir que era en realidad lo que tenía mal a mi padre y eso tenía que ver con los locales de ventas de Repuestos. Tenía apartadas fotocopias de facturas por ventas de repuestos que no figuraban en los Inventarios de compras de repuestos de ninguna empresa automotriz y, no había que ser muy deductivo como para darse cuenta que en uno de los locales o los dos, se estaban vendiendo repuestos robados y de allí debería provenir la extorsión que lo había llevado a la desesperación y a que, casi literalmente, le explotara la cabeza.
Todo esto sin dejar de lado que, aún conservaba todas las operaciones por ventas en cuotas de vehículos usados que, en el 60% de los casos no se estaban abonando en tiempo y forma. Había atrasos de dos a seis meses y me aboqué a recopilar toda esta documentación para saber cuántas eran las obligaciones y las cuotas prendarias que podría vender al Banco y cuáles eran las cuotas más atrasadas en el cobro.
Mi madre se había levantado de su descanso motivado por la pastilla tranquilizante y estaba con mi hermana apartando toda la ropa y lo que le pertenecía a mi padre, yo les había pedido que lo hicieran, no había nada allí que me pudiera servir y seguramente habría gente que agradecería poder contar con ropa de buena calidad. Mi hermana lo entendía igual y mi madre, salvo algunas joyas, relojes y anillos, más algunas fotos, estuvo de acuerdo en regalar todo lo demás. ¿Cómo está el tema de los papeles, pudiste averiguar algo?, —preguntó mi madre—, le contesté que en eso estaba, pero, que una de las dos tendría que ayudarme a diferenciar fechas y cantidad de cuotas atrasadas de las obligaciones prendarias. “Decile a Mariana que te ayude, yo voy a preparar algo de comer”, —afirmó mamá.