Convengamos que no es tarea de Margaret explicarle sus funciones al nuevo cargador, pero ya que hace tantos trabajos que no le corresponden, a nadie le importa si de recursos humanos no mandan a nadie para que lo haga, por lo que le toca a ella.
—Señora Brooks, aquí los antecedentes del chico —el señor Morgan le entrega una hoja y ella lo ve con los ojos muy abiertos—. Lo sé, es demasiado poco para una hoja de vida, pero esto es lo que nos mandaron de recursos humanos.
—Bien, solo va a cargar los camiones, no queremos mucho de él —dice ella con un suspiro—. Luke Evans… veintitrés años, jamás ha trabajado y tiene estudios en finanzas… sí que está mal la cosa para que terminara un chico como él aquí.
—Así es, señora Brooks, por eso todos aquí somos agradecidos con el señor Taylor por darnos empleo.
Los dos caminan al área de carga, mientras que Luke se está cambiando de ropa y pensando en lo mucho que odia aquel uniforme. Sale de los vestidores como si quisiera eliminar a alguien y es por eso por lo que no se da cuenta de que choca con un cuerpo menudo que tira al suelo.
—¡Señora Brooks! —dice Morgan y se apresura a ayudarla a levantarse, pero Luke es más rápido y se agacha para hacerlo él.
Aquellos ojos de color diferente se lo quedan viendo y en cuanto sus manos tocan sus brazos, siente como si ella le diera electricidad o algo parecido, por lo que, en lugar de levantarla, termina dejándola caer de nuevo sobre su trasero.
—¡Ay! —dice ella por el nuevo golpe en el mismo lugar y Morgan se apresura a socorrerla. Cuando se pone de pie mira a Luke con ganas de querer asesinarlo y le dice—. ¿Quién fue la persona que le enseñó modales? ¿Acaso no sabe que cuando está levantando a una…?
—Oh, eso… yo no creo en que a la mujer hay que darle privilegios —dice con total descaro y ella abre los ojos.
—Me refiero a que, si está ayudando a una persona que usted mismo tiró, ¡no vuelve a tirarla! —los dos se enfrentan en un juego de miradas que termina perdiendo Luke. Aquella mujer es pequeña, seria e intimidante, de esas que no es bueno molestar y él lo acaba de hacer.
—Es que se me hizo muy pesada —Margaret abre la boca escandalizada—. No quiero terminar con dolor de espalda.
—Será mejor que vengas por aquí, muchacho —le dice el señor Morgan y lo saca de enfrente de Margaret porque a ella ya le está saltando el ojito azul de la rabia.
Se lo lleva a la zona de carga, ella los sigue de cerca y cuando llegan al primer camión que a Luke le corresponde cargar, Margaret comienza a explicarle cada uno de los procedimientos.
—Que aburrido. Yo creí que era solo meter las cajas y ya —dice él bostezando y ella lo mira con ganas de querer desaparecerlo.
—No, la mercancía se debe acomodar de tal manera que no afecte el peso del camión. Si no se hace de esa manera, se corre el riesgo de que ante un giro pronunciado o incluso un fuerte viento, lo desestabilice y se voltee.
—Que complicado… pero bueno, ya estoy aquí —dice encogiéndose de hombros, se coloca sus implementos de seguridad y se va con Morgan para que le explique cómo trasladar los paquetes.
Margaret le hace un gesto al hombre con los dedos para que le ponga ojo y se va de allí pensando en que el chico no durará ni mediodía. Se mete en el ascensor y en esa privacidad se pasa las manos por las nalgas, hay una que le duele más que la otra y lo único que piensa es en darle un sopapo en la nuca a Luke.
Se mete a su oficina para hacer lo que debe, sin embargo, no se concentra del todo porque está pendiente de su teléfono. Siente que en cualquier momento el señor Morgan la llamará para quejarse del chico, pedir que lo despidan y le busquen a otro.
Y Luke en realidad que lo quiere hacer, pero no puede.
Su padre le prohibió renunciar y si lo corren de la empresa, la advertencia es clara: es mejor que ni piense en llegar a la casa. Y como no quiere perder su camita enorme, su ropa de diseñador y todos los privilegios que le quedan, mejor se aguanta… o algo así.
No para de quejarse entre dientes y Morgan se ríe porque se nota que ese chico jamás se ha ensuciado en la vida, al menos no para trabajar. Cuando llega la hora de almuerzo, Morgan le quita el carrito de carga y le dice.
—Vamos, ve por tu almuerzo. Tenemos una hora para descansar.
—Demasiado poco —dice él quitándose el sudor de la frente.
—Bueno, te dije que se puede pedir un relevo por quince minutos, pero tú no lo hiciste.
—Porque quiero terminar lo antes posible. Me dijeron que cuando lo haga, me podré ir a casa —abre su casillero, saca dos barras energéticas y se sienta a comérselas.
—¿Ese es tu almuerzo? Estás loco, con eso terminarás en el hospital antes de en la casa.
Pero el chico solo se encoge de hombros, no es que le dieran tiempo a prepararse algo más, su padre fue claro con lo de que nadie le puede preparar lo que sea y si quiere llevar lo que sea para comer, tiene que preparárselo él mismo.
Morgan lo ve recostarse en una de las bancas mientras se come una de las barras. Se guarda la otra en el bolsillo y decide dormir un poco para reponer fuerzas, mientras que, en el sexto piso de la empresa, Margaret saca su almuerzo para comer en su oficina. Oliver no es de esos maridos que va por ella para comer juntos y sentarse con alguien más es imposible, porque nadie la tolera.
Abre la ventana de su cueva, como ella la llama, se sienta al lado de esta y come tranquila mientras música suave comienza a sonar, preguntándose si alguna vez alguien le dedicará una de esas hermosas canciones o siquiera merece que le dediquen algo así.
Mira su ensalada, suspira y la deja a un lado. Esa parte rebelde que está escondida quiere emerger y mandar a todo el mundo a la… ya saben, pero no puede. No hasta que no salde su deuda con su esposo.
Cuando termina, decide bajar para saber si Luke ya quiere largarse o no. Ella tiene experiencia con gente como él y no pasan del primer día, así que su renuncia es casi segura e inminente, lo sabe. Al llegar a la zona de carga, Margaret saluda a Morgan y le dice.
—¿Cómo van las cosas por aquí, señor Morgan? ¿Ya renunció el mocoso maleducado? —sin embargo, antes de que conteste el hombre, lo hace el mismo Luke.
—Por supuesto que no, señora amargada. Aquí sigo —se acerca a ella que lo ve con rabia por la manera en que le ha hablado y Luke solo esboza una sonrisa traviesa—. Y dudo mucho que renuncie, sobre todo si con eso le doy en el gusto a usted.
Margaret se queda fulminando a aquellos ojos grises, mientras que él intenta alejarse para no perderse en lo que aquellos ojos azul y marrón le hacen sentir en verdad.