Capítulo 4: Sin renunciar

1151 Words
Veamos, cualquier otro jefe correría a Luke sin pensarlo dos veces por decirle viejo amargado, pero Margaret no es así. ¿Está molesta? ¡Obvio! Ella no es vieja, solo algo mayor… en su mente, porque su identificación dice algo muy diferente. Pero también es cierto que ella dijo algo grosero de él, aunque sea verdad. Ella se cruza de brazos, lo mira a los ojos y asiente. —Me disculpo por lo que dije, no fue correcto —dice ella con toda propiedad, sin embargo, no sabe que no está hablando con un hombre adulto y serio, por lo que Luke comienza a reírse. —No se preocupe, señora Brooks, no tiene que fingir pedirme disculpas. Me ha dicho cosas peores… ahora, si me lo permite, me iré a trabajar porque algunos tenemos que ganarnos la vida con más esfuerzo que otros, que solo se dedican a hablar mal de los demás. Margaret intenta decir algo, pero él la deja con la palabra en la boca y se marcha, Morgan la ve con el ceño fruncido y le dice. —Debió despedirlo, esas faltas de respeto con los jefes… —Está bien, yo fui grosera primero. Aunque no es de mi agrado, parece que le gusta el trabajo —esta vez es Morgan quién se ríe y ella lo ve con el ceño fruncido. —No ha hecho más que quejarse todo el rato. Es obvio que detesta este trabajo y si pudiera, se iría sin mirar atrás. —¿Entonces es un mal trabajador? —No, a pesar de que es muy quejoso y algo inmaduro, lo está haciendo bien. Mi impresión era que no aguantaría ni las cargas pequeñas, pero tiene una fuerza impresionante… se nota que está en condiciones. «Entonces, si no quiere estar aquí, ¿por qué demonios está trabajando en esto?», piensa Margaret. Podría investigar un poquito más, saber cómo un estudiante de finanzas llegó con ellos como cargador, pero por otra parte tiene demasiado trabajo que hacer como para perder el tiempo intentando conocer a un chiquillo altanero. Se queda observando cómo sigue con su trabajo unos pocos segundos y se va a su oficina para continuar con lo suyo. Esta vez, se concentra perfectamente y para cuando llega la hora de salida, deja su oficina y se encuentra con su esposo, baja la mirada porque a él no le gusta que le vean los ojos, dice que solo deja ver lo rara que es. «Al menos en lugar de marrón pudo ser verde, pero hasta en eso no pudiste ser suficientemente buena». Va metida en esos pensamientos, hasta que el agarre firme y casi doloroso de su marido, la traen a la realidad. —¡Te estoy hablando! —susurra él entre dientes y Margaret lo mira—. Yo iré a casa más tarde, tengo un par de cosas que solucionar. Quiero lasaña. —Pero, Oliver, estoy cansada y a ti no te gusta… —¡Dije que quiero lasaña! —aprieta un poco más, Margaret quiere hacer el gesto de dolor que corresponde, pero se lo aguanta porque sabe que eso sería peor. Oliver la suelta, se mete al ascensor y sin esperar a que ella se suba, cierra las puertas. Margaret solo suspira, mira a todos lados y decide que bajará por las escaleras, después de todo no es tan terrible bajarlas como subirlas… y vaya que le ha tocado hacerlo. Al salir del edificio nota que su esposo ya se ha ido, por lo que decide salir para coger un taxi. Se cruza con el señor Morgan y no duda en preguntarle, esta vez de buena manera, no sea que Luke ande por ahí y la escuche de nuevo. —¿Qué tal nos fue con los nuevos empleados hoy? —Bien, pero el que más me sorprendió es Luke. Terminó hace una hora, se fue a casa cansado, pero con la promesa de que mañana regresará. Los otros dos chicos quedaron a cargo del jefe del otro turno. —Es… es impresionante —dice ella, no sabe si sorprendida o algo decepcionada, porque en verdad esperaba a que Luke renunciara. El chico le provoca algo que no le gusta. Y por supuesto que él no lo hará. Llega a la casa luego de una hora de viaje en autobús, porque no tiene dinero ni para el taxi. Su padre le ha quitado todo y no se lo regresará hasta que demuestre que sí puede. Camina por la propiedad hasta llegar a la casa y solo en ese momento piensa en lo poco práctico que es. Por primera vez piensa en los empleados que caminan desde la entrada a la casa cada día, de ida y luego por la noche, cansados del ajetreo diario. Entra por la cocina solo para prepararse un sándwich con lo que encuentre, saca una lata de refresco y se va a su cuarto comiéndose lo que tiene entre las manos. Su madre está en la sala con un par de amigas, a las que ni siquiera mira, intenta saludarlo como cualquier madre que ha malcriado a su hijo, pero él solo levanta un par de dedos mientras se devora su comida y sube directo a su cuarto. Se cambia de ropa, decide ir al gimnasio para mantener su condición física porque se nota que la necesitará. Tras una rutina ligera, se mete a la ducha, al salir revisa su teléfono y está tapado en mensajes para invitarlo a cuatro fiestas distintas. En otra época, habría ido a las cuatro durante la noche, pero ahora mismo su cuerpo solo le pide descanso y esta vez, le hace caso. Se tira a la cama solo con el pantalón de pijama y se queda profundamente dormido. Cuando David llega a la casa, pregunta por él y su quijada se cae cuando su esposa le dice que está en su cuarto dormido. Va a comprobarlo con sus propios ojos y sí, ahí está desparramado en la cama como suele dormir y se nota que no despertará hasta el día siguiente. Y mientras él descansa su día de trabajo, Margaret corre en la cocina de su departamento para prepararle la cena a su esposo. Cuando por fin mete la lasaña en el horno, ve la hora y sonríe. Limpia todo antes de que Oliver llegue, porque detesta el desorden, prepara su comida para el día siguiente y se queda esperándolo. Al ver que no ha llamado ni tampoco aparece, decide que tiene tiempo suficiente para bañarse y colocarse su ropa sencilla. Al salir, los minutos se le hacen horas y para las 10:30 de la noche, ya no aguanta más el cansancio. Se va a la cama sin esperarlo más, sabiendo que eso le valdrá una reprimenda de parte de él, pero no quiere esperarlo más. Porque es obvio que esa noche o llegará tarde o sencillamente no llegará.
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