Prólogo
Empuñé con fuerza mi arma y encaré vacilante a mi temible contrincante.
—¡En guardia, Monsieur Vaca! —levanté mi espada improvisada y señalé con ella a mi vaca. —Solicito una revancha.
El animal me miró, masticando heno y como si nada agachó la cabeza para coger más comida.
—¿Te estás negando a un duelo a muerte? —golpeé una de sus orejas con suavidad y de una patada le arrebaté el cubo de heno. —Acepte mi reto y le devolveré la comida.
La vaca se quedó fija en el cubo, terminando de tragar la hierba masticada, esperó varios segundos sin apartar los ojos de su preciada comida y sin decir ni "mu", literalmente, se dio media vuelta y caminó en el lado opuesto para rebuscar restos de heno tirados por el establo.
—¿Te retiras, cobarde? —hice un paso magistral con mi "espada" y carraspeé mirando con altivez a mi contrincante con manchas. —Consideraré eso como una victoria de la maravillosa Marinette Dupain Cheng, ¡la mejor espadachina de París!
Levanté mis brazos victoriosa y fingí tener un público vitoreándome.
—Gracias—hice una reverencia elegante. —Gracias.
En realidad, ni la vaca que tenía al lado me hacía caso, pero prefería vivir en la ignorancia y fingir a un grupo de animadores que esperaban ansiosos un buen espectáculo de esgrima.
Unos ladridos se escucharon a mis espaldas y no necesité mucho tiempo para darme cuenta de que un pequeño torbellino se aproximaba a mí.
Me giré al y vi a mi perrita Tikki corretear hacia mí.
—Así que por fin viene un digno contrincante—dije agachándome un poco para acariciar la cabeza del pequeño cachorro.
Tikki movió la cola y soltó dos ladridos con su atención puesta en el palo de madera que tenía entre mis manos.
—Vaya... Así que quieres jugar—me puse en pie y levanté el palo en su dirección. —Quieres este palo, ¿eh? Lo quieres ¿verdad?
Jugueteé con ella, poniéndole difícil la tarea de quitarme el palo de las manos. Ella se revolcó en la tierra. Se quedó patas arriba y las motivó de un lado a otro. Ladró de nuevo y me observó con la lengua fuera, pidiéndome que le acariciase la barriga.
—No debería darle la recompensa, todavía...—me agaché, quedándome de cuclillas en el suelo y le rasqué la barriga. —Primero tendrías que haberme vencido.
Le acaricié por detrás de las orejas y la rebocé de tierra por el suelo, jugueteando con sus patitas. Tuve que apartar la mano en varias ocasiones porque le encantaba morder cosas y aunque fuera un cachorro, ya tenía algunos dientes que podían dejar marca si la pillaba entusiasmada.
—¡No! —dije, intentando sonar molesta. —¿qué te he dicho acerca de morder?
Ella me miró con cara de no entender nada. Se incorporó y volvió a agitar la cola, juguetona.
—¿Quieres morder el palo? —le puse el palo enfrente y lo moví de un lugar a otro. Ella lo siguió con la mirada.
Dio un pequeño saltito e intentó apartarlo, pero fui más rápida y lo levanté antes de que lo alcanzara.
Ladró varias veces y dio otros dos saltos.
—Venga... Cógelo...—insistí, balanceándolo de un lugar a otro.
Vi por sus ojitos que todo aquello la estaba mareado y al final, sin rodeo alguno, terminó por balancearse sobre mí y tirarme hacia atrás.
—¡Oye! —gruñí sintiendo como me lamía la cara sin compasión. —Yo no entraba en el menú—. Como siempre, Tikki parecía no entender mis palabras, o al menos cuando no le interesaban. —¡Sabes que a la tía no le gusta que me chupes la cara! —a pesar de que aquella era una de las grandes prohibiciones de la tía Cheng, no tuve evitar soltar una risotada. —¡Y me estás haciendo cosquillas!
Tikki ladró y me lamió la mejilla por quinta o sexta vez.
—¡Oye, ¿qué has comido por ahí?!—inquirí haciendo una mueca. —Huele como si hubieras comido un kilo de pescado podrido?
Escuché el sonido de un motor llegar. Levanté la mirada y contemplé como abrían las verjas para dejar pasar a un coche muy lujoso.
—¿Se supone que hoy tenemos visita? —fruncí el ceño y miré a Tikki, pensativa.
«Oh no»
—¡Dios, la cena con la familia Rossi! —me levanté de un salto y Tikki cayó haciendo la croqueta—¡Me había olvidado que era esta noche! —miré mi aspecto: vestido blanco repleto de tierra, pelo despeinado y enmarañado y la cara llena de babas de perro. —La tía me va a matar... ¡me va a matar!
Me llevé las manos a la cabeza y empecé a correr atropelladamente.
⚔️
Me dirigí sigilosamente hacia la mansión de mis tíos, cuidando de que nadie viera mi estado desaliñado.
Con Tikki siguiéndome los talones logré inmiscuirme en la entrada de la enorme casa, todo iba casi perfecto, hasta que escuché una voz de tras de mis espaldas.
—¡Marinette! —llamó mi tía con un tono ácido en su voz.
Me quedé paralizada en mi sitio con la sangre helando mis venas. La parte trasera de mi vestido estaba casi limpia, si tenía suerte, quizás solo me regañe por la tardanza y podría finalmente llegar a mi habitación para cambiarme de vestido.
—¡Ahí estas! — exclamó. — La familia Rossi llegó hace poco, ¿qué diablos has estado haciendo, niña? —inquirió enojada.
— Perdóname tía — comencé a hablar con voz temblorosa— Y-yo solo...
— ¡Voltéate! —ordenó—Nunca debes darle la espalda a quien te está hablando— me recordó con dureza.
«Bueno, hasta aquí llegué»
Me giré lentamente escuchando la exclamación ahogada de mi tía.
—¡No pude ser! — Jadeó sorprendida al verme de frente— ¡Mira nada más qué te hiciste! —casi ladró.
Me sostuvo fuertemente del brazo y me jaló hasta llegar a los pasillos que conducían al baño.
Llamó a unas criadas y sujetándome fuertemente del brazo, me arrastró junto con ellas al cuarto de baño con una expresión enojada.
— Aséenla, que quede impecable... — ordenó fríamente —. Ya luego arreglaremos cuentas tú y yo—advirtió mirándome fijamente.
Tragué fuertemente, viendo como mi tía salía completamente enfurecida azotando la puerta, dejando que las criadas me despojaran del manchado vestido y me metieran a la ducha tallando mi cuerpo.
Me esperaba una gran bronca después de que la familia Rossi se marchará, así que, desde ya, empecé a relajar mi cuerpo bajo la tibia agua dejando que las sirvientas lavaran mi cabello y limpiaran mi cuerpo.
«Ya nada me puede ir peor»
Me sumergí en el agua de la bañera hasta dejar solo visibles mis ojos y dejé que las mucamas terminaran de asearme.
⚔️
Aparté la cabeza, con más brusquedad de la que me habría gustado. Tener tantas manos diferentes a mi alrededor me estaba asfixiando.
—Creo que ya está bien—murmuré peinando mi cabello azabache con los dedos. —Puedo terminar yo sola.
—Pero... Señorita, su tía ha dicho...
—Lo sé...—rodé los ojos y suspiré. —"No os separéis de ella hasta que esté completamente lista"—aventé los brazos exageradamente, imitando a la paranoica de mi tía.
—Exacto...—murmuró una de las sirvientas y como si no me hubiese escuchado, volvió a coger un peine y a cepillarlo.
Respiré hondo y simplemente, me dejé hacer, deseando que todo aquello terminara de una maldita vez, porque, era una ridiculez. Enserio, tenía a una persona detrás, trenzándome el pelo, una poniéndome colorete y labial en la cara y otra limándome las uñas.
No entendía a qué se debía tanta elegancia. Ni qué fuese a venir el rey de Francia.
Mis manos estaban dormidas y cuando terminaron de limar mis uñas sentí como la sangre me llegaba a los dedos. Mi cara y mi pelo, preferí ni verlos, porque si lo hacía terminaría por tirar a las tres criadas por la ventana.
—¿Quiere que le traigamos los zapatos? —murmuró una de las mujeres, con la voz tan baja que apenas la sentí.
—No—dije y me puse en pie gozando del espacio personal que acababan de brindarme. —Tranquilas, ya los cojo yo.
Caminé hacia el armario y saqué la primera caja que encontré.
—¿Necesita alguna cosa más? —insistió con la mirada fija en la falda de mi vestido.
Seguí la dirección de sus ojos y por un momento creí que la tenía machada, rota o cualquier otra cosa que pudiera hacerla sin siquiera darme cuenta, porque aquello era un don innato en mí. Afortunadamente, estaba en perfecto estado.
El problema lo tenían ellas. Todo el personal de servicio tenía aquella maldita costumbre; nunca miraban a los ojos cuando estaban atendiendo a la familia, se limitaban a andar de un lugar a otro con la mirada gacha y encorvadas, al menos eso era lo que les ocurría a las encargadas de cuidar de mí.
—Está bien...—dijo. —Ya sabe, si tiene algún problema, llámenos.
Asentí y me obligué a mí misma a forzar una sonrisa.
En realidad, no me gustaba ser así, es decir, no era de las que pagaba su mal humor con las personas cercanas, ni mucho menos con aquellas que solo hacían su trabajo. Siempre acostumbraba a ser amable con los empleados y más de una vez mi tía me había pillado ayudándolos o realizando alguna de sus tareas. Pero, aquel día estaba cerca de ser uno de los peores, ¿la razón? Esa maldita familia estaba de visita, otra vez... y siempre que esa gente pisaba mi energía se deterioraba hasta tal punto de pudrirse por completo, sobre todo, si aparecía su hija: Lila Rossi.
Con ella sí que era todo un infierno, y es que, esa bruja era la única persona en la faz de la tierra capaz de corromper cada cosa que miraba o tocaba. Creo que desde el primer momento en el que nos conocimos ya estaba sellado nuestro pacto de "fuera de mi vista". Y en parte, su madre y mi tía tenían gran parte de la culpa, pues ellas mismas ya se empeñaban en hacer una competición sobre cuál de las dos era más "femenina", "delicada", "dulce", "elegante"...
Obviamente, Lila me ganaba.
Y mi tía eso no lo soportaba, sobre todo porque madre e hija nos lo hacían saber con sus constantes indirectas y a veces no tanto, porque Lila ni se molestaba en convertir sus desprecios e insultos en indirectas que sonaran educadas.
Mi humor estaba por los suelos y no había hecho falta ni verles la cara. La única forma capaz de salvar mi estado de ánimo era recibir una causal noticia de que Lila se había caído del coche cuesta abajo mientras venía para acá, eso o que se hubiese perdido en su maldito armario.
Ese retorcido y a la vez tentador pensamiento me hizo esbozar una sonrisa maliciosa de la que yo misma me asusté. Ver a Lila rodando y haciendo la croqueta por una colina era algo por lo que pagaría repetidas veces y no me cansaría. ¡Eso sí que sería un espectáculo!
Zarandeé la cabeza y me obligué apartar aquellas cosas de mi mente. Me giré sobre mis talones y me atreví a mirarme en el espejo.
«Iugh»
Agarré una toalla y me quité el colorete y los polvos que habían puesto sobre mi cara. Me había puesto la piel casi morena—¡Casi igual que la bruja de Lila! —, tal y como mi tía les habría ordenado. Estaba segura de que intentaría convertirme en un clon de Lila, con esa piel bronceada, esa larga melena perfectamente peinada y esos vestidos lujosos de telas suaves y sedosas.
Pero no.
Saqué algunos mechones azabaches de la trenza y la deshice levemente de forma que quedasen alguien mechones cayendo sobre mis mejillas y mi frente.
«Mejor»
Me quité el pintalabios y me eché un poco de brillo.
Fruncí el ceño y me llevé una mano a la barbilla comprobando por tercera vez mi aspecto.
«Supongo que ahora está bien»
Mi pelo estaba recogido, pero no tan repeinado y serio como antes, ahora tenía un estilo desenfadado y sencillo. Mi rostro no tenía maquillaje, ya me había encargado de quitarlo todo y mi vestido era uno liso y corriente, de un bonito color cian.
Esa era yo.
Y no una copia barata de Lila.
Suspiré y me obligué a mí misma a salir de la habitación.
Por el camino y bajando las escaleras me puse los zapatos a trompicones, lo que provocó que casi cayese por las escaleras.
«Eso me pasa por imaginarme a Lila cuesta abajo»
Y justo cuando estaba a pocos pasos del comedor, me detuve y adopté una pose erguida y sofisticada, tal y como le gustaba a mi tía.
Todos estaban alrededor de la mesa, pero ninguno sentado. Mi tío y el Señor Rossi hablaban junto a la chimenea y mi tía y la señora estaban sentadas en los sillones junto a ...
«Maldición»
Lila estaba allí junto a ellas, mostrándole una pulsera que colgaba sobre su mano.
«La mona vestida de seda»
—Oh, Marinette—mi tía me divisó desde lejos y enseguida se puso en pie para caminar hacia mí. —Ya estás lista.
En cuanto me alcanzó, me rodeó los hombros con su brazo y me acercó a ella.
—Qué son esos pelos, jovencita—murmuró entre dientes, asegurándose de no ser escuchada por Lila ni su madre. —Creí haberles dicho a las empleadas que se encargaran de ti, ¿Y dónde está el vestido que te compré ayer?
—No lo he encontrado...—me excusó mirando al techo. —Y el pelo... casi me caigo por las escaleras y bueno... ya sabes... sustos, paradas cardiacas, adrenalina y mucho... mucho vértigo... Casi ni lo cuento.
—Mientras los empleados traen los entrantes, tú y yo nos vamos a la habitación de al lado para retocarte el peinado—murmuró en voz baja.
Después levantó la mirada y sonrió a Lila y a su madre.
—Se ha caído del caballo esta mañana y se ha puesto perdida de barro—me excusó mi tía.
—Oh... pobre criatura...—la señora Rossi me miró con cara de estar hablando con un bebe que acaba de hacerse pipí—¿Y estás bien? ¿No te has hecho nada?
—Una caída no puede conmigo. —Dije, e hice un gesto de insuficiencia.
Noté como el agarre de mi tía se hacía más firme.
—En realidad.... la pobre ha venido llorando. Justo ayer se había terminado de hacer la manicura—explicó mi tía.
—Y con razón...—la mujer se llevó una mano a la mejilla y negó con la cabeza. —Una bestia así no está hecha para las manos de una jovencita. Deberías mantenerse alejada de esas cosas. Mejor déjaselas a los hombres.
—Pero es que yo no soy una jovencita—solté, molesta por el comentario que acaba de hacer. —Tengo dieciocho años y no es la primera vez que monto a caballo.
Si montar a caballo era un escándalo, no sé cómo reaccionarían que había estado practicando esgrima con una vaca.
La Señora Rossi soltó una fina risotada.
—Eres igual que mi Lila—dijo.
«Oh no. Eso sí que no»
—Con dieciocho años ya os creéis mayores, pero aún os faltan muchas cosas por conocer sobre la vida.
—Por favor mamá—intervino Lila. —Con esta edad yo no ando jugando con caballos.
—Quien dice caballos, dice muñecas—intervine, incapaz de contener mis palabras. —¿Acaso no mencionó que aún conservabais esa casa de muñecas tan... bonita?
—Son muñecas de colección—se defendió Lila—. Valen una fortuna y quedan divinamente de adorno.
—Son muñecas, al fin y al cabo—sonreí con suficiencia. —Al menos un caballo puede ser manejado por un adulto fuerte y maduro.
—Jugaré con muñecas, pero al menos no voy llena de barro y mugre por la vida—me acusó ella—Eso sí es de ser una cría.
El sonido de una cuchara golpear una copa nos sobresaltó.
—Niñas, ya está bien—mi tía dejó con cautela los cubiertos sobre la mesa y se sentó exasperada—. Comportaos.
Le dirigí una mirada envenenada a Lila sin molestarme en disimular ni un poco. No era mi culpa, esa bruja siempre me sacaba de mis casillas y hoy se había pasado de la raya. Está bien, acepto que no soy de peinados exagerados, ni de coleccionar ridículas casas de muñecas, pero eso no me hacía menos mujer.
Eso era mi pensamiento cada vez que venía la familia Rossi de visita.
Estaba por sentarme en la mesa con todos los demás cuando mi tía miro mi cabello deshecho y recordó vagamente que tenía que "arreglármelo".
Sin más preámbulos y sin escuchar mis súplicas, mi tía se disculpó con la familia Rossi y me arrastró hasta la siguiente habitación para acomodar mi cabello que... en mi opinión, estaba perfecto.
Acallé unos cuantos quejidos al sentir los tirones que mi tía ejercía contra mis mechones de cabello, era imposible no moverse cada tanto que ella jaloneaba y de alguna manera lo acomodara en un chongo ridículamente alto.
Cuando acabó con el cabello sacó una polvera y me sobó esas diminutas partículas color dorado tirando a marrón que me habían colocado las sirvientas hace un momento. Quedando nuevamente como la versión barata de Lila.
Apreté los dientes con fuerza al sentir esa cosa embadurnarme la cara hasta casi arrancarme la cara y hacerme toser un par de veces del polvo que soltaba.
Mi tía dejo la polvera encima de una de las tantas mesas que tenía en el salón y me tomó fuertemente de la muñeca con una mirada fulminante.
— Ahora, siéntate y compórtate. — me dijo para luego soltarme y hacer un gesto de que la siguiera.
Hice una mueca de tras de ella.
«Si, claro»
Poniendo mi mejor cara de "¿Qué se le ofrece?" caminé detrás de ella para llegar al comedor en donde toda la familia Rossi estaba sentada erguidamente casi sin pestañar.
Mi tía me dio una mirada amenazadora y con los labios formuló la palabra "Discúlpate".
Conteniendo un suspiro de fastidio y evitando ver la odiosa sonrisa burlona que había formado Lila, caminé hasta quedar frente a la mesa y miré a los Señores Rossi firmemente, teniendo la mirada de mi tía clavada en mi nuca haciéndome imposible la tarea de declinar mis disculpas.
— Perdonen por mi comportamiento Señores Rossi — murmuré masticando cada palabra — fue solo la contusión al caerme del caballo... me tiene irritada.
Los Rossi intercambiaron miradas y carraspearon pensando lo que dirían a continuación.
— Esta bien querida. Supongo que al estar montada en una de esas bestias altera a cualquiera. — habló la Sra. Rossi refiriéndose a los caballos.
Me mordí los labios para no gritarle en la cara que los caballos no eran bestias ni nada que se le parezca.
Una vez que la disculpa fue realizada los sirvientes trajeron los platillos de entrada dejándolos frente a cada uno de nosotros. Destaparon la tapa brillante color plata dejando ver una exquisita porción de cordero asado con verduras en salsa.
Tomé un tenedor para comenzar a comer cuando la voz de Lila se dejó escuchar por todo el comedor de manera burlona.
—Ese es el tenedor de la ensalada.
«Maldita metiche»
Solté con cuidado el tenedor mandándole una mirada molesta a Lila que solo se dedicó a reír fascinada por mi equivocación, pues sabía que con eso ganaría puntos con mi tía para que pueda tener otra excusa para regañarme y a la vez demostraba una vez más que ella era mejor que yo en todo.
—Estoy muy hambrienta — mascullé con irritación — por eso, no me di cuenta. — dije tratando de arreglar la pequeña equivocación que había realizado, miré a mi tía que se sostenía el puente de la nariz suspirando profundamente evitando la mirada de la Sra. Rossi.
—Bueno, no te preocupes querida... Lila podría darte alguna clase de etiqueta. — comentó la Sra. Rossi orgullosa de su hija.
La sonrisa de Lila se amplió más si eso fuera posible, disfrutaba cada segundo el verme humillada delante de mi tía y su madre.
—No creo que eso sirva madre, aunque lo intente Marinette no diferenciaría entre la cuchara de la sopa y el postre. — rió burlona.
—Hija, no hables así. — regañó la cínica de su madre, sabía que ella estaba totalmente de acuerdo con su hija. — estoy segura de que con esfuerzo y dedicación Marinette podrá ser una refinada señorita, tal y como lo eres tú. — la halagó.
«¡Puaj! ¡¿Otra vez con lo mismo?! Ser como ella es lo último que quiero»
Me levanté bruscamente de la mesa, no soportaba estar entre tanta gente tan cínica, impertinente y descarada, que cree poder decidir como debo ser.
Mi tía con una mirada silenciosa me ordenó que me sentara, más yo ya estaba completamente decidida a abandonar esa mesa repleta de desvergonzados.
—¡Marinette! ¡Siéntate ahora mismo!
—¡No lo haré! — por primera vez le alcé la voz a mi tía.
Salí de inmediatamente del comedor ignorando los llamados de mi tía y los cuchicheos de la familia sentada en la mesa, los tacones de mi tía resonaban por el pasillo a cada paso que daba, sentí un jaloneo en mi brazo y repentinamente una cachetada curveó mi rostro.
Miré a mi tía asombrada, en todos los años que llevaba viviendo con ella nunca había llegado al punto de darme golpes, llevé mi mano a la zona afectada y mi tía me tomó bruscamente de los hombros zarandeándome.
— ¡Empiezas a colmar mi paciencia, niña! ¡Bastante de tus tonterías he soportado! Pero esto es el colmo, vas a ir y te disculparás con la familia Rossi, es importante quedar bien con ellos y lo sabes bien. — gruñó.
Me zafé de su agarre y la miré con dolor.
—¡Solo eso te importa! ¿Verdad? ¡Ni siquiera te pones a pensar en cómo me siento al soportar escuchar a esa banda de hipócritas!
—Sé lo que es bueno para esta familia, y mientras vivas en esta casa, tendrás que vivir bajo mis reglas. — gritó exaltada tratando de volver a sujetarme.
—Pues espero que no sea por mucho tiempo—espeté, apartándome lo suficiente como para que no pudiera alcanzarme.
—No utilices ese tono conmigo, jovencita—levantó su dedo índice y me señaló—. Si yo no te hubiese brindado un techo, estarías en la calle, tal y como tú madre te dejó en mi puerta.
Supo que había dado con mi punto débil, porque enseguida detuvo sus palabras y carraspeó.
Sí, mis padres se marcharon hacía dos años y me dejaron al cargo de mi tía mientras estaban fuera. No nos comentaron cuanto tiempo tenían planeado estar fuera, pero sin duda tanto mi tía como yo, no estábamos muy contenta con la espera. Agaché la mirada, imitando la costumbre de las empleadas y me mordí el labio inferior para evitar llorar.
—Será mejor que volvamos a la mesa—sentenció, —no quiero que esto vaya a más.
—Se me ha quitado el apetito—musité, cabizbaja. —Además, te avergonzaré menos si no formo parte de esa reunión.
No le di tiempo a regañarme, me giró sobre mis talones y eché a correr en la dirección opuesta.
—¡Marinette Dupain-Cheng, vuelve aquí ahora mismo! —me ordenó.
No fui a mi habitación. Sería demasiado obvio y me encontraría en seguida.
Salí al exterior de la casa, por la puerta trasera y me senté en los escalones que conducían a la puerta. Estaban llenos de polvo, pero que más daba. Ya tendría otro vestido más que enviar mi colección de grandes fracasos.
Cada día se me hacía más difícil convivir con estas personas, sobre todo con mi tía y sus horripilantes visitas. Mi tío me trataba muy bien, siempre bromeaba conmigo y alguna que otra vez me había encubierto frente a las regañinas de su esposa.
Pero ella... Era otra cosa diferente, a veces llegué a pensar que no le era de su agrado y de una forma u otra me culpaba el hecho de que mis padres me hubiesen dejado a su cargo. No podía contar la cantidad de veces que me regañaba al día y nunca, jamás, la había visto sentirse orgullosa de mí.
Por más que lo intentaba, ella simplemente se fijaba en los errores que cometía siendo una señorita. Y ese era el punto en el que ninguna coincidíamos.
Ella creía que para ser una mujer debía quedarme en casa, tomando el té, hablando con familias distinguidas, cuidando mi peinado y llevando vestidos perfectamente lisos.
Y yo creía que para ser mujer lo más importante era serlo, qué más daba comportarse o no de forma refinada. Había nacido siendo mujer y eso no me lo iba a quitar nadie. Podía ser femenina, yo misma me considerada femenina y no por gustarme montar a caballo o manejar una espada iba a dejar de serlo.
1902 y las mujeres aún seguíamos siendo unas muñecas de exposición, con la única función de traer bebés al mundo y quedarnos en casa sin hacer nada, esperando a que un marido venga y traiga el dinero a casa.
Simplemente, horrible.
Yo valía mucho más que eso. No aspiraba a quedarme en casa todo el tiempo. Quería hacer cosas por mí misma, quería esforzarme y tener riesgos en la vida.
¡Quería hacer las mismas cosas que los hombres!
Ellos tenían de todo, estudios, deportes, juegos, casinos... Y nosotras si queríamos estudiar teníamos que hacerlo en casa con un profesor que viniera especialmente a enseñarnos.
Sí. Ser mujer era lo más difícil que me podía tocar ser, sobre todo si mi sueño era poder asistir a clases de esgrima. Pero, claro era otro deporte única y exclusivamente para hombres. Ninguna mujer podría coger una espada sin formar un escándalo. Sobre todo, porque pensarían que nos haríamos daño a nosotras mismas o tendríamos un accidente.
Así era la vida.
Pero, no importaba. Yo tenía mi palo y mi vaca y me inventaba yo misma las clases.
—Ya te digo—dio una voz masculina.
Me giré y vi como dos hombres que cargaban sacos de heno al hombro se acercaban.
—Se ofertan tres becas—prosiguió. —Y mañana se realizará una clase colectiva para elegir quien puede aspirar a entrar a la academia.
—Pero, es esgrima está un poco pasado de moda, ¿no? —preguntó el otro hombre. —Hoy en día nadie lleva una espada. Simplemente con una pistola en mano te sobra y basta para defenderte en caso de peligro.
—Ya no es la utilidad—contradijo. —Es la elegancia, la habilidad de manejar una espada y defenderte con clase. La categoría y reputación de un esgrimista está por las nubes. Tengo entendido que solo los ricos pueden practicarlo. Y si mi hijo tiene agallas para ganarse una de esas becas se mezclará con toda esa gente.
Puse la oreja todo lo que pude y agudicé mi audición mientras que ellos se acercaban.
—¿Y dices que es mañana a las cuatro? —inquirió el otro.
Asintió y vertió todo el contenido de los sacos que llevaba sobre el comedero del caballo.
—Le diré al mío que se pase por ahí—terminó por decir.
—¿Qué? ¡Ah, no! Cuantos más vayan menos oportunidades tendré mi hijo de entrar—espetó contrariado. —¡Búscate algo relacionado con el maneja de una pistola, amigo!
Ambos rieron amigablemente y se alejaron agarrados por los hombros.
—Las clases están abiertas para todos ¿no? Da igual de donde vengan—sus voces se fueron difuminando conforme se iban alejando.
«Tres becas para entrar en la academia de esgrima»
Una clase gratis para todo el mundo que quiera aparecer. Esa habitación estará repleta de gente...
Negué con la cabeza repetidas veces y aparté aquella idea de mi mente. No, aquello solo podría traerme problemas.
Pero... por otra parte, podía ser mi única oportunidad de colarme en una clase de esgrima profesional.
Me mordí el labio inferior y me froté las manos con nerviosismo.
Ni siquiera notarían mi presencia entre tanta gente. Tenía claro que no lograría llevarme ninguna de esas tres becas, pero al menos podría ver como entrenan los esgrimistas sin ser vista.
Con todos estos pensamientos me puse en pie y caminé hacia mi cuarto maquinando un plan que me llevase a esa prestigiosa academia de esgrima.