I

3653 Words
     El sonido del trote de los caballos acribillaron mis oídos con fuerza. Apreté el papel entre mis manos confiada y miré por la ventana del carromato. Mi tía era algo tradicional, por eso prefería que viajaramos en carruaje que en auto, pero eso no importaba ahora.      Este era el primer paso. Había logrado salir de la mansión con el permiso de mi tía, gracias a la mentira que le dije unos minutos atrás.      Sí, el fingir que querías dar un paseo por la ciudad era una gran mentira, sobre todo cuando tu tía te deja salir pero con la condición de que vayas acompañada de un guardaespaldas.      Miré con fastidió a aquel individuo que me acompañaba mientras nos movilizábamos con el cochero por el centro del pueblo.      — ¡Ohhh! — dijo el cochero a los caballos deteniendo el carromato.      — ¿Por aquí esta bien, señorita? — me preguntó con duda el cochero desde la ventanilla del transporte.      — Por aquí esta perfecto, gracias Monsieur Damocles — contesté bajando del vehículo con mi guardaespaldas a unos metros de mí con la irada clavada en la espalda.      «Maldición lo que me faltaba, este tipo no se despegará de mi en todo el camino»      Conteniendo el suspiro de fastidio, caminé hasta llegar al mercado con mi "niñera" aún siguiéndome los talones.      — Pescado fresco, lleve sus piezas a solo 5 €.      — Llévese su fruta fresca, tenemos limones, naranjas, fresas silvestres y moras azules, anímese — se escuchó otra voz femenina extendiendo una cesta llena de deliciosa fruta.      — Hermosos collares de perlas, perfectos para una bella dama como usted, señorita — disuadió un vendedor extendiendo el delicado collar a mi cuello, al ver esto mi guardaespaldas se exaltó y lo aparto de un solo movimiento mirándolo amenazante emitiendo un gruñido.      — Wow, Wow, Wow ¡Tranquilo! — exclamé apresando su brazo y deteniendo su acción inmediatamente hacia el pobre hombre que ahora estaba temblando de terror.      Mi guardaespaldas soltó un bufido soltando al hombre y cruzándose de brazos con una postura totalmente rígida, como una estatua.      «Dios, a veces me da miedo»      — Escucha — dije llamando du atención, tenía que salir de allí ya, estaban por dar las 4 y la inauguración de la escuela de esgrima estaba por empezar — yo iré a... — miré a un puesto de textiles y sonreí discretamente — ... probarme unos cuantos vestidos. Sí , emm... espérame a fuera si lo deseas — expresé con seguridad viendo como este asentía y vigilaba cada movimiento que hacía hasta llegar a la carpa donde vendían ropa.      Miré sobre mi hombro y entré.      Una vez que estuve sola, saqué el papel arrugado y lo abrí desesperadamente entre mis manos, era un volante en realidad, donde anunciaban la clase de esgrima, la hora, ubicación y el número de cupos disponible.       Apegué aquel distorsionado y roto papel a mi pecho y lancé un profundo suspiro. Ese era un pase hacía mis sueños, el como lograría meterme a una clases que era solo para varones, no sabía como...      Pero de lo que si estaba segura es que lograría entrar. Marinette Dupain-Cheng nunca se rinde.      Esbozando una sutil sonrisa, alcé un poco la carpa y me deslicé por debajo de esta para lograr salir.      Miré la dirección que estaba escrita en el papel otra vez y miré para ambos lados de las calles para encontrar finalmente la dirección que buscaba.      — Aquí es... — murmuré para mi misma con mi corazón casi saliendo de mi pecho.      En cuanto puse un pie sobre el umbral de la Academia, supe que no había vuelta atrás, ya estaba aquí y ni modo que me regresara por donde vine, eso ni pensarlo.      Bufé ante la loca idea de echarme a correr como una cobarde.      Sin más preámbulos, entré... y un intenso escalofrió recorrió mi columna vertebral cuando estuve ya adentro de la escuela.       Reí un poco y escuché un montón de voces masculinas provenientes de una habitación cuando avancé por el pasillo.     «Vestidores»       Leí el letrero que estaba en la parte frontal de la puerta y me alejé cuando escuche pisadas y un montón de chicos salieron de la habitación con sus uniformes de esgrima puestos.       Mis ojos brillaron ante una traviesa idea.       Entré de puntillas a los vestidores vigilando que nadie regresara y miré sobre la mesa un montón de uniformes de todos los tamaños. Agarré el primero que rozó mi mano y tire de los holandes de mi vestido de "muñequita coleccionable" y este rodó sin mas remedio hasta mis pies, donde quedó desparramado por el suelo una vez que lo patee un poco lejos de mi.       Con apuro, me coloqué el traje y me recogí el cabello para que no me estorbara.      Quedé maravillada al observar como el uniforme que me quedaba algo grande finalmente estaba vistiendo mi cuerpo.      Con el cabello echo un moño detrás de mi nuca, me coloqué finalmente el casco que completaba el traje.      «Bien, ya llegaste hasta aquí... ahora tienes que ir por todo»       Tomando uno de los tantos floretes que estaban colgados en una pared, salí corriendo hacia la dirección en donde habían ido mis otros compañeros. Se suponía que era una clase de "prueba" abierta para los hombres de las clases más humildes, sin embargo, todos los presentes sabían a la perfección como colocarle.       Se alinearon de forma horizontal y estuvieron hablando entre ellos, esperando, quizás a que el profesor, director o encargado de la clase apareciera por la puerta. Alguno que otro me dirigió la palabra, preguntándome cosas como si me gustaba la esgrima, que cómo me llamaba o a que familia pertenecía y yo me dedicaba a responderles con señales o monosílabos que no delatasen mi identidad. Para colmo, era la única que llevaba el casco puesto, todos los demás lo tenían quitado, hasta que la puerta central del salón se abrió.       Todo el mundo calló de golpe y adoptaron una posición rígida mientras se coloraban sus cascos. Un hombre con un impecable uniforma de esgrima apareció, con una espada en mano y con el casco puesto, también. Se acercó de forma pausada y despreocupada hasta la gran fila de principiantes y detuvo sus pasos cuando se quedó enfrente de todos.       No podía verle la cara, pero sin duda el tipo no dejaba indiferente. Era alto, y seguramente me sacara una cabeza y media, sus hombros eran anchos, cintura estrecha y  un abdomen plano que era marcado por su uniforme.       Enmudecí al verlo y solo pude desear que él no fuese el responsable de dar las clases, porque me imponía. Y mucho.        Se aclaró la garganta y dejó caer su espada para llevarse las manos a su casco. Se lo quitó y se alborotó levemente su melena dorada. Cuando levantó la mirada para mirarnos no pude evitar sentir como mis piernas temblaban.       Mis ojos se abrieron como platos y mi boca formó una "O". Tenía una mirada de ensueño, verde como la esmeralda, unas facciones finas y varoniles, su cabello largo, pero no demasiado, le caía por la frente algo despeinado por el casco, lo cual le dio un toque rebelde y a la vez informal.      —Buenos días a todos—saludó, y si ya me tenía alucinada, su voz me hizo caer aún más en picado.—Mi nombre es Adrien Agreste y soy el profesor que imparte las clases de esgrima.       «Maldición»       Todo el mundo escuchaba atentamente y yo solo era capaz de agradecer tener puesto el casco, porque al menos así nadie veía mi cara de pánfila.       —Cómo sabéis—comenzó  a caminar de un lugar a otro, jugueteando con el casco mientras nos inspeccionaba a todos con la mirada.—Todos los años ofrecemos tres becas para cursar un año.       «Sí, eso es lo que ponía en los papeles, no hace falta que lo repitas»      —Pero también debéis saber que no siempre entran tres—añadió.—A veces no son ni siquiera tres los que cumplen las condiciones para entrar aquí.       «Así que empezaba fuerte la cosa. Me encanta la forma de animar a sus alumnos»      —No quiero andarme con muchos discursos que no os servirán de mucho para la mayoría de los que estáis aquí—prosiguió y cuando pasó por mi lado no pude evitar contener la respiración. ¿Y si me pillaba antes de tiempo?—Así que os explicaré las pruebas que tendréis que pasar para lograr uno  de esos tres puestos.      « Mientras se hagan con el casco todo bien, podré dar cuatro espadazos y cuando la clase termine me iré a casa como si nada de esto hubiera pasado»     Sabía que no iba a ganar ni de lejos una de esas becas, pero si que aspiraba a tirar a uno de esos bobalicones al suelo. Con dar un solo asalto me conformo y según había escuchado, algunos tenían pinta de ser unos completos mentecatos.       —Serán cinco pruebas—explicó Adrien mirándonos a todos con sus ojos esmeralda.—Y conforme vayan pasando, iré eliminando personas. Los que nombre, tendrán que ir a los vestuarios, dejar los uniformes y salir por esa puerta.       Cogió su espada y señaló con ella una pequeña puerta.        —Dicho todo... Empezaremos con la primera prueba—dijo y yo ya me estaba girando hacia un chico que tenía al lado para sugerirle que se pudiera conmigo de pareja. No era muy alto y de todos los que había, era el único que no me sacaba tanta altura.—Haré un ejemplo de cada una para que lo veáis.       —Oye, tú—dije en voz bajita, intentando adoptar una voz masculina.—¿Te pones conmigo?       El chico se giró hacia mí.      —Pero todavía no ha dicho nada de comenzar—murmuró él, inquieto, sin quitar el ojo del profesor.      —¡Y qué más da! mejor ir preparados, porque luego entre que buscamos compañero y no, perdernos tiempo de clase—dije, haciendo un gesto de insuficiencia.       —El bajito del fondo—dijo entonces la voz de Adrien.       Di una encogida y pegué mis pies al suelo, rezando porque no se refiriese a mí.      —Sí, el que habla tanto—aclaró de nuevo, haciendo que mi piel palideciera aún más.—Parece que vas muy sobrado, ¿por qué no vienes a hacer la demostración conmigo?       Rechiné los dientes y miré a mi alrededor, esperando que alguien bajito saliera, pero no. Desgraciadamente, todos me miraban a mí.       —Creo que eres tú...—señaló el chico al que le había pedido ser mi acompañante.       «No me digas...»      Más blanca que la leche, salí arrastrando los pies hasta llegar al centro del salón. Me puso enfrente de él y tragué saliva mientras me colocaba el casco torpemente.       —Empezaremos con estocadas simples—él ni siquiera se puso el casco, empuñó su espada con firmeza y se puso en posición.      Traté de imitarlo, adoptando una pose de ataque similar a él.      —El pie izquierdo hacia fuera—me corrigió señalando mi pie con la mirada.       «Genial, empezamos bien»      Yo no sabía que fuesen importantes las posiciones. Lo más cerca que he estado del esgrima ha sido con mi vaca y ni ella me hacía caso.      —P-Perdón...—titubeé, nerviosa.      —¿Quieres dar tú el primer ataque?—me sugirió levantando su espada.      No me salió decirle nada, simplemente me encogí de hombros como una estúpida. Mi gesto le dio pie a atacarme primero, sin darme el más mínimo aviso. Me pilló por sorpresa y lo único de lo que fui capaz por soltar un grito de sorpresa que los sobresaltó a todos. Levanté mi espada con torpeza intenté defenderme, bloqueándolo, pero finalmente me alcanzó.      Adrien se giró sobre sí mismo, emprendiendo un segundo ataque. En ésta ocasión, pasé de defensas y probé un contraataque que me salió bastante penoso. Él lo bloqueó con una facilidad que me dejó en ridículo y lo siguiente fue la gota que colmó el vaso de mi vergüenza. Me echó la zancadilla y yo caí al suelo hacia atrás.       «¡Pero bueno, ¿estaba eso permitido en el esgrima!»      Me apuntó con la punta de su florete y cuando levanté la cabeza, su mirada me dejó helada.       —No has dado ni una—dijo y si antes su voz era fría ahora era capaz de congelar París entero.—Ni las posiciones que son lo más simple las has hecho bien.       —Se supone que no las sé porque el profesor las tiene que enseñar—espeté molesta.—Hasta donde yo sé, ese es su trabajo.       —Aquí enseñamos gente con base—me cortó. Al parecer mis palabras no le habían sentado demasiado bien.—Y sobre todo con cultura y respeto.       «¿Pero qué se creía? ¿Cómo que no tenía cultura?»       Hice afán de ponerme en pie, sin dirigirle la palabra. Tenía miedo de que me descubriera si decía más de la cuenta. Si me iba ahora, todo podría quedarse como una anécdora graciosa. Yo volvía a casa con la pesada de mi tía y todo olvidado.      Pero claro, este tipo no pensaba ponérmelo fácil. Continuó presionándome con la punta de su florete y no me dejó ni moverme.     —Un momento—dijo.—Antes de que salgas por esa puerta quiero ver quien eres.      «¿Qué?»      —Quítate el casco—me ordenó.      No. Maldita sea esto ya no formaba parte de mi plan. Código rojo, aborten la misión ¡AHORA!      Me puse rígida y negué con la cabeza, sin ningún argumento que decir.    Lo vi fruncir el ceño y sin previo aviso, coló la punta del florete por la parte baja del casco y lo echó hacia atrás. La máscara de esgrima cayó al suelo y mi moño se soltó, dejando mi cabello sobre mis hombres.      Entonces ocurrió.      Mis ojos se encontraron con los suyos y permanecieron en un mismo plano durante varios segundos. Su rostro se había quedado mudo, sin expresión alguna y yo... Bueno estaba igual que él.       —Es una mujer...—murmuró alguien.       Todos los alumnos comenzaron a hablar entre ellos y lo peor de todo: sobre mí.       Mis ojos recorrieron a todo el mundo, asustados y temerosos.       Me habían pillado, me habían pillado, pero bien. ¡Madre mía! ¡¿Qué haría yo ahora?! ¡¿Y si se enteraba mi tía?!        Miré a Adrien. Ya no me miraba, sino que se llevaba una mano a la frente mientras maldecía algo para sus adentros.      —¡¿Cómo tienes tan poca vergüenza de meterte aquí?! —me gritaron a lo lejos.      —¡Eso! ¡¿Qué pretendías en un lugar repleto de hombres?!      Me puse en pie atropelladamente y noté todas las miradas puestas en mí.       —¡A lo mejor es una puta de un burdel que ha venido a por clientela!—dijo otro.       Todos comenzaron a reír y el terrible sonido de sus risotadas se metió en mis oídos.       De repente, la puerta de los vestuarios se abrió de golpe y otro alumno salió con mi vestido entre sus manos.      —¡Eh!—gritó con una sonrisa divertida en su cara.—¡Mirad lo que he encontrado! ¡Hay un vestido de mujer ahí dentro!—el muy idiota debió haber llegado tarde  y se había perdido todo. Se creería que había descubierto China.       —¡Y aquí tenemos  a la guinda del pastel!—se burlaron.       Había de todo: insultos, desprecios, burlas y algún que otro comentario desagradable que me produjo náuseas.       —¡A ver!—Adrien alzó la voz, intentando poner orden.—¡Ya está bien, silencio todo el mundo!      Luego, se giró hacia mí y por su expresión sabía que no me esperaba nada bueno.      —¿Te la vas a llevar ya?—preguntó uno de la fila de delante.—Déjala que se quede, así al final del entrenamiento nos podemos divertir un poco en los vestuarios con ella. Al menos que sirva de motivación.       —¡He dicho silencio!—acalló Adrien, luego se giró hacia el chico que acaba de decir lo último y lo fulminó con la mirada.—Y tú. Lárgate de aquí.     Después se giró hacia mí y me agarró del brazo para obligarme a caminar junto a él.       —¡¿Qué?!—inquirió el chico.—¡¿Cómo que me largue?! Aún no he hecho las pruebas-       —No las vas a hacer—repitió Adrien conduciéndome hacia la puerta que había junto a los vestuarios.—Así que ya te puedas largar.      —¡¿Y eso por qué?!¡ Ni siquiera me has evaluado! —el tipo continuó reclamando, insultándome a mí y él.     Cuando pasamos junto a los vestuarios, Adrien le arrebató mi vestido al alumno que lo había sacado de allí y después abrió la puerta de la que salió al inicio de la clase. Me obligó a entrar con algo de brusquedad y entró detrás de mí cerrando con fuerza.       Apoyó con fuerza su frente contra la puerta ya cerrada y se giró furioso hacia mí, casi podía ver una vena palpitar en su sien, me asusté un poco.       — Me quieres explicar.... ¡¿Quien demonios te crees para entrar a MI escuela, colarte en la formación sin autorización, y por si fuera creer que puedes decirme como impartir mis clases? !— exclamó furioso moviendo sus manos con exasperación.      — Y-Yo... t-te juro que nunca fue mi intención causar problemas... — expliqué como pude, viendo como una sonrisa burlona adornaba su angelical y varonil rostro.      — ¿En serio? — inquirió con sarcasmo — pues, que curioso... no lo parece, ¿sabes? — expresó con veneno —. Lo que has hecho hoy deshonra tanto a mi escuela, como  al deporte que amo... ¿tienes idea de que si esto llegara a saberse? Quedaré como el hazme reir del pueblo — preguntó hacia mi — solo por dejar que una niña malcriada se introduzca a una clase de esgrima para varones, porque le apeteció jugar a las 3 mosqueteras..        — Yo solo quería estar en esta clase - revelé sin miedo alguno.      El ceño de Adrien se fruncio más de ser posible.      — ¿Te parece esto un juego a caso? — expresó casi indignado, y su voz denotaba molestia.      Mi ceñó se frunció levemente, pero mordí mis labios evitando soltar palabra alguna, no quería enfadarlo más de lo que ya estaba, mi interior estaba más que seguro de que si decía algo, él desataría su verdadera faceta fúrica, y algo me decía que no sería del todo... caballerosa, no es como si hubiera sido muy de caballeros arrastrarme aquí que digamos, pero solo me limité a guardar silencio. No quería echar más leña al fuego.       Un incómodo y abrumador silencio nos envolvió a Adrien y a mi, más las frías y severas miradas que  me envíaba , era súper aterrador, pero no tanto como las miradas decepcionantes que me enviaba mi tía cada vez que me veía. Caminé un paso al frente y con mucha decición le dije a Adrien lo que anhelaba mi corazón.      — Por favor Monsieur Agreste— hablé con dificultad tratando de evitar la penetrante mirada esmeralda que me estudiaba con parsimonia. — Quisiera poder estudiar aquí clases de esgrima... ha sido mi sueño desde que era solo una niña.       Él me miró solo unos segundos de pies a cabeza como si lo pensara y luego meneó la cabeza negandose.      — No sé si lo tengas presente... pero el esgrima es un deporte exclusivamente para varones. Inculca respeto y disciplina, no es algo que deba tomarse a la ligera — su voz seca inundó mis oidos haciendo que todos los bellos de mi cuerpo se erizaran. — Serías mal vista por la sociedad por practicar un deporte tan... extremo, para ti — recriminó.      — Me da lo mismo lo que la gente piense de mí, siempre he sido vista mal ante la csociedad de todos modos — cuestioné tratando de persuadirlo, no iba a tirar la toalla tan pronto, no después de haber llegado tan lejos.      Una ligera risa seca brotó de su garganta.      — ¿De verdad ves correcto que una... señorita como usted , sea vista como una vulgar salvaje que se dedica a practicar un deporte peligroso solo por un capricho? .      — ¡No es un capricho!      — Sí, claro...Y los cerdos vuelan — habló con sorna y una media sonrisa en su cara — Da igual si no lo és — avanzó en tres zancadas hacia mí acorralandome en la pared más cercana. — Hagame caso... señorita, regrésese por donde vino... esta clase no la recibirá calurosa despues de lo que ha provocado, deberías agradecer que estoy de buenas y no he llamado al de seguridad  para que te arrastre... así que, evitemos esa escena tan desagradable y.... vayase por cuenta propia — sentenció señalando las enormes puertas de caoba.       — P-Pero... - dije con voz quebradiza.       — ¡Ni una palabra más! ¡Sal de aquí o me olvidaré de que tu eres una dama y yo un caballero — me advirtió con una mirada severa.      Evitando mantener el contacto visual con aquel hombre tan frío y cascarrabias, me salí como pude de la prisión entre sus brazos y corrí hacia el portico azotando la puerta.      No podía creerlo... mi sueño, se me había escurrido por los dedos, estuve tan cerca y tan lejos a la vez, sin más remedio me dispuse a regresar a la mansión de mi tía, en donde seguro recibiría el regaño del siglo al enterarse de que me escapé de la vigilancia del guardaespaldas solo para cometer una total y enorme locura como lo es, colarse a una escuela de esgrima.
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