-Marinette-
Llevaba dos días sin ánimos para nada. Mi única rutina era levantarme de la cama, desayunar, regresar a la habitación, comer, regresar a la habitación, cenar y regresar a mi habitación. Esa había sido mi vida en las últimas cuarenta y ocho horas.
Después de haber tirado por la borda todos mis sueños y esperanzas, solo quería encerrarme en una burbuja de cristal y vivir allí el resto de mi vida. Y lo peor es que lo había hecho de la forma más humillante posible.
Había conseguido ponerme en evidencia delante de toda una veintena de hombres que me habían tomado por una fulana de burdel y para colmo, el mismo profesor me había echado a patadas. Su mirada fría, teñida de desprecio no salía de mi cabeza, y era lo último en lo que pensaba antes de dormir.
Era horrible que alguien pensara que gracias a mi presencia, su escuela entera se iría pique. ¿Y por qué? Porque había tenido la gran suerte de nacer con dos pechos y unos ovarios. Con la gran bronca que me echó, quedaba completamente confirmado que una mujer no podía practicar esgrima, y en general ninguna actividad que supusiera poner en peligro sus uñas.
Suspiró y me acurré aún más en mi cama. Abracé mi cojín de terciopelo y me hice un ovillo mientras recordaba como Adrien Agreste me había vencido en el combate sin siquiera una gota de sudor. Ni siquiera lo puse en una situación difícil en todo el rato y solo logré estar al frente durante cinco segundos, literalmente.
Suspiré y miré al techo.
Y yo que pensaba que era buena en el esgrima, pero viendo lo visto, no era ni un cero a la izquierda. Había hecho el ridículo y encima enfrente del hombre más guapo que había visto en mi vida. Podría haberle demostrado de lo que una mujer era capaz, podría haberle mostrado todo lo que valía, pero en lugar de eso, le había demostrado que una mujer no es capaz de empuñar una espada.
Muchas veces había pensando qué habría pasado si él no me hubiera sacado de ejemplo. Quizás habría aprendido algunas técnicas y al menos aprender un poco del arte del esgrima. Pero, claro, la mala suerte siempre me acompañaba y de entre tantos hombres había tenido que ir directo a mí. ¡Es como si hubiese podido olerme!
—Marinette—mi nombre se escuchó junto con dos golpes.—Voy a entrar.
—No... Ahora no...—murmuré para mis adentros. Cogí el cojín y lo puse sobre mi cabeza. No estaba para soportar a mi tía en aquellos momentos.—¡Estoy ocupada!
—¡Ah, no! ¡Ni hablar, llevas evitándonos a mi y a ti tío durante todo el día!—me espetó al otro lado de la puerta.
Y sin el menor permiso, irrumpió en mi habitación.
Respiré hondo y aparté el cojín de mi cara. Levanté la cabeza un poco y la vi parada delante de mí con una percha entre sus manos. De ella colgaba lo que al parecer era un vestido recubierto por una funda de terciopelo.
—No sé que demonios te pasa, jovencita—dijo, mirándome desde arriba.—Tampoco sé que problemas tienes en la cabeza, pero se acabó eso de estar ganduleando el día entero.
Puse los ojos en blanco y refunfuñé para mis adentros.
—No quiero tener a una sobrina que se tira las horas muertas tumbada en la cama, ¿qué aspecto crees que das?
—Tía... Simplemente no estoy con muchos ánimos de hacer nada...—me excusé.
Y porque no me apetecía para nada salir a la calle y encontrarme con uno de los tipos de la escuela de esgrima, o aún peor: al profesor.
—Pues vete quitando esa vaguería que tienes y levántate—me ordenó. Caminó hacia la ventana de mi cuarto y abrió las cortinas de par en par.
Mis ojos, acostumbrados a la oscuridad sintieron un ramalazo directo de luz y mis pupilas se hicieron pequeñas.
—Pruébate este vestido—dijo posándolo con cuidado sobre la cama—.Acabo de comprarlo, Madamme Chamack lo trajo hace dos días de Alemania.
Fruncí el ceño y quité con cuidado los botones que cerraban la funda del vestido y cuando lo vi, no pude evitar hacer una mueca.
—Esto es muy... lujoso—murmuré, observando la fina tela que lo confeccionaba.—¿Para qué es?
—Pasado mañana habrá una gala benéfica—me explicó mi tía.—Estarán allí los miembros más ricos e importantes de Francia y... Nos han invitado.
No traté de ocultar el malestar que me había supuesto aquella noticia. Resoplé sin humor y me dejé caer hacia atrás, sin importar lo más mínimo lo que pensara mi tía de los modales.
—No quiero ir—dije, con toda la sinceridad del mundo.—No me gustan ese tipo de fiestas.
—Pues tendrás que aguantarte, porque quieras o no vendrás—dijo ella, alisándola la tela del vestido.—Ya te he comprado el atuendo que vas a llevar y conté a tres personas para la reserva.
«Cómo siempre mi tía tomando decisiones sin contar conmigo»
Suspiré pesarosamente.
—No hagas esos gestitos, niña—me gruñó.—Sabes que al final luego terminas pasándotelo bien. Además, irá Lila. Así tendrás a alguien de tu edad con quien hablar.
«Si supuestas que acabas de arruinar las pocas ganas que me quedaban de ir a esa porquería, tía»
—Venga, pruébatelo y luego me llamas. Quiero ver como te queda antes de pasado mañana, seguramente habrá que hacerle algunos retoques.
Me hizo un gesto con las manos, incitándome a ponerme en pie y probarme el maldito vestido y después se fue tan campante de mi habitación, arruinándome los pocos ánimos que me quedaban.
Gruñí viendo con apatía aquel extravagante vestido en mis manos.
Genial, ahora si ella vuelve y no lo traigo puesto me castigará hasta los últimos días de mi vida
Con lo ánimos aún por los suelos, me puse el dichoso vestido con dificultad, por suerte no me había obligado a usar como aquella vez. Casi me muero ahogada con esa cosa.
Caminé hacia el espejo con dificultad debido a que este tonto vestido se arrastraba demás era muy apretado en la zona del busto y el color no me favorecía para nada era... horrible.
Mi tía abrió de sopetón la puerta de la habitación sobresaltándome un poco.
— ¡Oh! Ya lo tienes puesto — caminó a mi alrededor viendo con ojo crítico a Marinette que evitaba a toda Costa rodar los ojos delante de su tía.
— Hmm... le falta algo, pero no recuerdo que es... creo que mientras tanto podrían recortarlo un poco y quizás un poco menos apretado en esta parte y...
«Fingir que estoy agonizando para no ir a esa ridícula fiesta y no tener que usar este tonto vestido en la vida»
Su tía caminó otro poco en círculos y luego soltó una exclamación.
— ¡Por supuesto! Olvidé el corsé, una dama siempre lleva uno debajo de sus trajes.
«Maldición, justo cuando llegué a pensar que me había salvado de ponerme esa arma de tortura. Ni modo...»
Su tía revoloteó por la habitación agarrando un corsé color crema y llegó hasta Marinette, que no tenía la mejor cara.
«Maldito sea ese aparato del demonio»
Menos mal que mi tía no leía mis pensamientos o me vendría con sus típicas frases "Una señorita no maldice" "Una señorita tiene su vocabulario intachable" "Una señorita esto, una señorita aquello Bla, Bla, Bla..."
— Ahora, quítate la parte de arriba del vestido para colocarte el corsé — ordenó.
Aún en contra de mi voluntad me quito la parte frontera del vestido para dejar al descubierto mi pecho y mi cintura.
Mi tía colocó la prenda de encaje en mi estómago y luego tiró de los laterales que tenía el corsé hacia atrás logrando que mi cintura estrecha lo fuera aún más.
«Maldición... n-no respiro»
— T-Tía, a-aflójalo ¡Aflójalo! — grité con desespero abanicando las manos en el aire.
Sin hacer caso a miss gritos, siguió tirando sacándome el aire.
— No digas tonterías niña, hay que apretarlo aún más, sin corsé no vistes adecuadamente —me regañó sin tener consideración conmigo.
Soporté cada segundo en el que mi tía me había dejado sin aire en los pulmones por culpa de aquella cosa tan espantosa, pero finalmente logró ponérmela sin que pudiera llegar a oponerse siquiera.
—¿Lo ves?—mi tía observó mi reflejo en el espejo.—Ahora sí pareces toda una señorita de nuestra clase.
Tragué saliva y me mordí el labio inferior, evitando esbozar una mueca de desagrado. Aquel corsé estaba por romper mis costillas y mi columna vertebral.
—M-Me cuesta respirar un poco.—Confesé, reteniendo el aire.
—Es normal—dijo, e hizo un gesto de insuficiencia.—¡No ves que no estás acostumbrada a llevar corpiño! ¡Esto te pasa por ser una vaga! ¡Y una ignorante también! Si lo llevaras todos los días, esto no estaría pasándote ahora.
—Precisamente porque no estoy acostumbrada, no seré capaz de aguantarlo durante toda una noche—reprimí un quejido al sentir un pinchado en mi espalda.
«¿Qué demonios tenía esa cosa?»
Las evillas se me clavaban por todas partes.
—Ni hablar. Te veo venir, jovencita. Y ese vestido está hecho a medida de un corpiño, si no, se estropeará la forma. Además, aún quedan dos días—caminó alrededor de mi habitación y abrió mi armario para inspeccionar todos mis vestidos.—Llevarás un corsé hasta entonces, así te familiarizarás con él.
Se giró hacia mí y me recorrió la mirada con una sonrisa.
—¡Venga!¡Alegra esa cara!—dijo.—Ya verás como no es tan malo como piensas.—volvió a caminar hacia mí y posó una mano sobre mi mentón para obligarme a mirarla.—Una señorita debe sufrir para estar guapa. Los sacrificios son parte de nuestra imagen. No lo olvides nunca.
Me miró a los ojos, con una mirada carente de emociones y sentimientos. Después, salió de mi habitación sin mediar una palabra más.
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«Una señorita debe sufrir para estar guapa»
Aquellas malditas palabras no dejaban de repetirse en mi cabeza, y las odiaba con toda mi alma.
Sólo llevaba quince minutos en aquella dichosa fiesta, y a mi parecer eran cómo quince días metida en una especie de brecha enorme donde el tiempo no pasaba. No hacía otra cosa más que seguir a mis tíos como un perrito faldero, con la cabeza gacha y la espalda recta.
Según mi tía, debía mantener la boca cerrada. Mi función en aquella gala era seguirlos, sonreír a todos y no decir ni una sola palabra. Al parecer, mi querida tía tenía miedo de que pudiera causar problemas.
Y lo que yo decía: si tanto miedo me tenía, ¿por qué narices me había obligado a ir?
Refunfuñé para mis adentros mientras veía como mis tíos abandonaban a la familia Boustier para ir a hablar con otros invitados que acababan de llegar.
Procuré coger aire, maldiciendo internamente el dichoso corpiño. Al final, no me puse el corsé para ensayar, en ningún momento. Bastante era que lo estaba llevando en aquel preciso instante y creedme, ya era suficiente tortura para mí. Después de aquella noche, declararía el destierro de todos y cada uno de los corpiños de mi cuerpo.
Fuera estupideces estéticas.
Me rasqué con malestar la espalda y los costados, esbozando una mueca. Aquella cosa, además de atentar contra mis pulmones, picaba como miles de hormigas. Las evillas estaban tan apretadas que por un momento creí que me traspasarían la piel y la tela de la que estaba hecho debía de tener pulgas o algo por el estilo.
—Deja de rascarte—me gruñó mi tía, con disimulo.—Se ve de muy mala educación en público.
—Es que me pica mucho.—Me quejé resoplando por lo bajo.
—Pues te aguantas—espetó.—Recuerda lo que te dije hace dos días: los sacrif...
—Los sacrificios son parte de nuestra imagen.—La interrumpí, repitiendo sus palabras con un tono de voz cansado.—Sí, me acuerdo.
—Exacto.—Dijo, orgullosa de que lo recordara a la perfección.—Ahora ponte recta y sonríe.
Asentí, adoptando una pose erguida y una sonrisa forzada.
Mi tía comenzó a hablar con unos hombres que no había visto en mi vida y yo, simplemente, me dediqué a hacer mi papel de adorno de decoración de la familia Cheng.
Sin duda, el mejor pasatiempo del mundo.
«¡Genial! Me encanta ser una acoplada que no sirve nada más que para sonreír y llevar una porquería mortal que no te deja ni respirar»
Mi tía, soltó una dulce risotada, llevándose la mano a la boca, porque así es como debería reír una dama.
Y yo, simplemente, si me río, lo hago como una foca retrasada.
Observé a mi tía desde el umbral, intentando no cruzar muchas miradas con a familia con la que entablaban conversación.
Debía tener una cara espantosa, pálida y sin expresión. Y no faltaba más, no podía casi respirar. Lo único a lo que podía aspirar era a contar las horas para encontrar el momento idóneo de escapar de allí.
—¡Vaya! ¡De espaldas, ni siquiera te había conocido!—dijo una voz detrás de mí.
«Maldición»
—¿Eres Marinette Dupain- Cheng o me estoy confundiendo de persona?
Me giré, apretando los dientes y vi a Lila parada delante de mí con esa horripilante sonrisa tan característica de ella. Llevaba su cabello castaño recogido en un moño formado por pequeños tirabuzones y un vestido naranja y n***o que dejaba sus hombros al descubierto. Sus manos y parte de sus brazos estaban cubiertos por unos guantes de terciopelo negros y de sus orejas colgaban unos largos pendientes de perlas.
—¿Eres ciega o tal vez eres demasiado retrasada para no recordar durante más de un día a una persona?—dije y esbocé una sonrisa de suficiencia.
Lila ensanchó aún más su sonrisa y sus ojos me recorrieron de arriba abajo.
—Por lo que veo, un vestido bonito es incapaz de cerrarte esa boca sucia que tienes Dupain.—Me dijo, llevándose una mano a la barbilla.—Con razón dicen que la mona vestida de seda, mona se queda.
Mi sonrisa se crispó y por unos instantes me imaginé a mí misma abalanzándome sobre ella para arrancarle todos los pelos del recogido.
—¿Tienes otra cosa que hacer a parte de venir a fastidiar aún más mi noche?—le espeté y miré de reojo a mi tía. Con suerte, estaba demasiado inmersa en la conversación como para escucharme insultar a aquella bruja.
—No, sólo me apetecía ver con que cuento sales hoy. El otro día por el caballo, el otro por la falta de modales y hoy...—fingió estar pensativa.—No sé, puede que te de por cualquier cosa.
—Pues espera sentada, querida—le fulminé con la mirada, con la intención de asustarla y perderla de mi vista, pero al parecer, su atención estaba muy lejos de mi amenaza visual.
Sus ojos estaban fijos en algo que había detrás de mí y yo, confusa por su repentino silencio, me giré para seguir la dirección de su mirada.
Y fue entonces cuando todo mi cuerpo terminó por quedarse sin aire. Mis piernas comenzaron a temblar y mis pulmones terminaron de marchitarse.
«Oh, Dios mío. Él no»
Sus brillantes ojos verdes eran claramente visibles en todo el salón y su cabellera rubia contrastaba demasiado con su traje n***o como para pasar desapercibido.
Allí estaba. Adrien Agreste, acababa de cruzar la puerta del salón, acompañado de una mujer muy hermosa de rasgos asiáticos y melena azabache. Iba vestida por un vestido largo, rojo que se ajustaba a la perfección con su esbelta figura. Su pelo, era demasiado corto como para ser recogido, pero sí que llevaba un tocado de plumas adornándolo.
Todo el mundo se giró para observar a los recién llegados y de inmediato la mayoría se acercaron para estrecharle la mano y acribillarlo con sus recientes intereses.
—Adrien Agreste—dijo Lila a mi lado, como si lo conociera de toda la vida.—Guapo, ¿verdad? Es el hijo de Gabriel Agreste, el diseñador más famoso de la ciudad.
Sus palabras no eran más que un eco de fondo, pues mis ojos eran incapaces de separarse de él.
—No lo mires tanto, querida—la muy desgraciada se posó delante de mí, quitándome mi campo de visión.—Ya tiene pareja, y... no creo que él preste atención a un bichejo como tú. Y para serte sincera... Ningún hombre con cabeza te prestaría atención—se giró hacia Adrien y se mordió el labio inferior, recurriéndolo con la mirada.—Aunque... mirar no es pecado.
Me lanzó una mirada prepotente y enseguida se acercó a sus padres, que estaban haciendo cola para hablar con Adrien y la mujer que estaba con él.
Cuanto la odiaba. Pero en ese momento no podía darme el lujo de maldecir a esa perra mentalmente, tenía que desaparecerme de ese lugar como fuera para no toparme con Adrien Agreste, solo habían pasado unos cuantos días desde que prácticamente me saco a patadas del lugar, solo esperaba que en ese periodo de tiempo, él haya estado tan ocupado con su vida cotidiana como para recordar lo que paso en su escuela de esgrima.
Y por lo visto la suerte no estaba de mi lado, porque ni bien había terminado de dar la vuelta, mi tía llegó apresurada hacia mi para jalarme directamente hacia lo que intentaba huir.
— Marinette, ven aquí— me ordenó como si estuviera llamando a un perro desobediente.
La imagen de mi cachorrita Tikki llego a mi cerebro.
Con esa mirada tan característica de ella, me arrastró por todo ese montón de personas que se acercaban hacia la pareja ya fuera por cuestiones financiera, su trabajo en la escuela de esgrima o para felicitarlo por su relación.
A penas llegamos, mi tía me postró al frente de la pareja e hizo una reverencia apretándome el hombro disimuladamente para que hiciera lo mismo, con una mueca en el rostro lo hice dificultosamente, pues como podía hacer una reverencia con ese maldito artefacto que obstruía mi respiración.
— Sr. Agreste, no se imagina el privilegio que es para nosotras saludarlo, permitirme presentarle a mi sobrina Marinette Dupain-Cheng — me presentó ante él como si fuera la octaba maravilla del mundo, claro, si quieres caerle bien a alguien, tienes que disimular la molestia y la decepción que te causaban algunos familiares y fingir ser la familia feliz de los cuentos de hadas.
Me había quedado completamente helada al principio, y por la expresión de él supuse que le pasaba lo mismo que a mi, tenia tanto miedo de hacer el ridículo, por eso no dije ni una palabra, no fue hasta que escuché a Adrien hablar presentándose.
— Un gusto conocerla Señorita Dupain — tomó una de mis manos y dejó un delicado beso en el dorso, como era común para los hombres saludar a las mujeres.
No dije nada, ni siquiera me moví, solo estaba sorprendida y algo nerviosa, pues temía que Adrien le hiciera saber a mi tía la tontería que había hecho hace unos días en su escuela de esgrima.
Bueno, después de todo, Lila si tendría algo de que reírse esta noche.
— Y dígame Madame Cheng, ¿A que se dedica su sobrina? — preguntó con soberbia la acompañante de Adrien, se notaba a leguas que no le caía bien, pero peor para ella, porque en este momento me la imaginaba en un hermoso bosque oscuro con lobos acechándola.
La pregunta de la japonesa, hizo que mi tía se pusiera nerviosa, ¿Qué le iba a decir? Oh pues, Marinette es excelente metiéndose en problemas, le gusta montar, jugar Póker, entablar conversaciones con los sirvientes y la lista seguía y seguía, y las cosas no iban para mejor.
Suspiré derrotada, era mi fin.
— De hecho, querida, mi padre mencionó que debes arreglar unos negocios con Madame Cheng, ya sabes, Padre estima mucho que tu hagas negocios con sus clientes en lugar de él, eres muy buena en eso.
La hermosa pelinegra de corta cabellera sonrió altiva y soltándose del brazo de Adrien caminó con mi tía por el gran salón hablando sobre los futuros negocios y demás cosas que yo no entendía.
Había llegado el momento más terrorífico de mi noche, había quedado sola con Adrien Agreste, la tensión casi se podía estar cortando con un afilado cuchillo a pesar del ruido de la música y las conversaciones de las personas a nuestro alrededor.
Con un carraspeo, el se decidió a empezar una conversación.
— Así que... Marinette, que sorpresa encontrarte por aquí , creía que estarías inmiscuyéndote en alguna escuela de equitación o algo parecido — mencionó sonriendo de lado con su postura igual de firme.
Fruncí el ceño ante esta broma de mal gusto.
— Pues ya ve que no — espeté.
— Si, eso puedo notarlo, al parecer eres, una niña de día y ¿Una dama de noche? — siguió con las indirectas.
Por más ganas que tenía de gritarle que dejara de recordarme el bochornoso momento que pase en esa escuela de esgrima. Más no podía, eso le daría más motivos para burlarse de mi, y estaría comportándome como una niña emberrinchada. Así que trate de tomarme las cosas con calma y respirar profundo.
— No le dijiste nada a mi tía... — musité con curiosidad — pudiste haberlo hecho, tenías los motivos... ¿Por qué no lo hiciste?
— Es usted alguien demasiado curiosa señorita Cheng, digamos que solo te hice un favor — dijo como si nada — ya era demasiado humillante que te descubriera delante mis alumnos, así que decírselo a tu tía no hubiera sido algo extremista ¿No lo crees? — inquirió encogiéndose de hombros — además, usted ya no esta en mi clase, así que, no ganaría nada con delatarla por algo que pasó hace días; ahora, si ya esta satisfecha con su respuesta, me retiro... tengo asuntos que atender.
Pasó a un lado mío dejándome con la palabra en la boca, no sabía si sentirme ofendida o agradecida de que que no me delatara. Bueno, por lo menos lo peor ya había pasado y no me llevaría una gran bronca con mi tía gracias a la discreción de Adrien.
Decidí que quería llevar la fiesta en paz, literalmente. Con Lila embobada por Adrien, mi tía haciendo negocios con la momia y Adrien fuera de mi camino, no tendría nada de que preocuparme.
Pero como era común en mi, siempre había algo que lograba ponerme histérica, y en ese momento las voces del cuarto continuo por el que pasaba, lo estaban logrando, avancé a paso decidido hasta entrar a la habitación con el ambiente un poco más pintoresco, estaba ocupado por decenas de hombres jugando distintos tipos de juegos o bebiendo alcohol hasta más no poder. Mi problema no era exactamente ese, si no una conversación específica, que se estaba entablando mientras golpeaban las pelotitas de colores encima de una mesa. Billar.
— ¡Vamos hombre, ¡Juegas peor que una mujer! — se burló uno de los sujetos.
— No digas tonterías, una mujer no sería capaz ni de tomar el palo correctamente — ante éste comentario todos en la mesa se soltaron a reír.
¿¡Que cosa!?
Ahora si que estaba furiosa, al menos mientras yo este aquí, no dejaría que ningún hombre se burlara de mi género.
Con decisión caminé hacia la mesa donde estaban aquellos payasos y atraje su atención con un fuerte azote de sus manos a la mesa.
— Si es cierto lo que dicen entonces... no les importará que juegue ¿O si? — pregunté observando el asombro en sus rostros, más de uno de uno se rio, pero no me importó en lo absoluto, yo solo estaba ahí para demostrar que una mujer podía hacer todo lo que hacían ellos, y estoy segura que hasta mejor.
— Bueno ya, ya señores, si la dama quiere intentar, hay que concederle el gusto — dijo uno de los hombres observándome de arriba abajo con una mirada asquerosa, solo lo ignoré y me acerqué a otro chico un poco más joven que estuvo dispuesto a explicarme las reglas y prestarme su taco para lanzar.
Una vez que me posicioné en la mesa y me incliné un poco sosteniendo el bastón que estaba destinado a pegarle a la pelota, sentí la mirada de alguien, no le di importancia y seguí con mi plan de cerrarle la boca a esos tipejos.
Golpeé la bolita blanca hacia el centro y para mi propia sorpresa todas las pelotas de colores se dispersaron y se metieron en las bolsas que estaban en las esquinas de la mesa .
Vaya, ni yo me esperaba esto.
Mi plan era solo tratar de meter una o dos bolas en la bolsa, más la jugada me salió mejor de lo que esperaba, y al final logré mi propósito: dejé callado a casi todos los presentes.
Sonreí con insuficiencia y clavé la mirada sobre todos y cada uno de los presentes. Sobre todo en uno de ellos que llevaba observándome desde hacía ya rato. No me hizo faltar mirarlo antes para saberlo, simplemente el magnetismo de sus ojos me erizaba cada pelo de mi cuerpo y mi estómago se encogía por acto reflejo.
Mis ojos se cruzaron con los verdes de él y sin apartarlos, dije:
—¿Siguiente ronda?
Aún un tanto consternados, el resto de hombres procuraron seguir la partida con normalidad.
—Ha sido la suerte del principiante.—Dijo uno.—El billar no solo consiste en técnica.
—Entonces lo intentaré otra vez—dije con suficiencia.—Es muy difícil tener suerte dos veces seguidas, ¿no?
Sentí las miradas despectivas de la mayoría. Sobre todo de los más mayores, que contemplaban mi escena como si fuera un elefante que se había escapado de un circo. Esos ni se atrevieron a dirigirme la palabra, ni siquiera se ofrecieron a jugar conmigo. Según ellos, jugar con una mujer era una falta de respeto.
Pero, otros, los que se tomaban la situación como un juego divertido, aceptaron mi proposición. Cuatro hombres, jóvenes se pusieron en pie y caminaron hacia la mesa de billar hasta ponerse junto a mí.
Una pizca de desilusión recorrió mi rostro al ver que Adrien no se animaba a jugar. Me hubiera apetecido devolverle la humillación de su clase de esgrima, pero al parecer, él prefería seguir observando desde la distancia, fumándose un cigarro.
—Las damas primero.—Dijo uno de mis contrincantes, haciendo un gesto con la mano.
—¿Por qué?—me encogí de hombros con indiferencia.—Es estúpido decir eso, al final todos vamos a participar.—Me hice a un lado, dejándolo delante.—Además, no quiero preferencias.
—Como quieras—el tipo agarró el palo y se agachó un poco, adoptando una posición de ataque. Atacó una de las bolas, cómo un león acechando a su presa.
Se tomó su tiempo para tomar aire y con un movimiento certero, golpeó una de las bolas. Ésta salió disparada provocando un estruendoso sonido y acto seguido golpeó a otras dos más que se toparon en su camino. Dos de ellas se metieron en el agujero y otra se quedó a penas un centímetro de distancia.
—Joder.—Maldijo apoyando el palo en el suelo. Se rascó la coronilla y fue a sentarse en uno de los sillones.
Los otros tres me miraron de reojo, esperando quizás a que yo fuese la siguiente.
—Por favor, ustedes primero.—Dije indicándoles con mi mano.
Así pasaron, uno por uno y ninguno de ellos logró meter todas las bolas. Es más, dejaron todo patas arriba: las pocas bolas que quedaban estaban demasiado esparcidas como para lograr que se metieran y debido a mi turno, debía meterlas casi todas si quería ganarles.
Me acerqué a la mesa, bajo las miradas expectantes de todos y cogí uno de los palos. Vacilé un instante, tomándome mi tiempo para analizar la situación: dos bolas en la izquierda, una en el centro y las otras tres en cada extremo, ¡parecía que se habían puesto de acuerdo para ponérmelo más difícil!
Refunfuñé por lo bajo y maquiné un plan que podría llevarme al éxito o a una humillación peor que la tuve en la academia de esgrima.
Sentí un pequeño mareo que me desestabilizó durante unos segundos. El corset aún seguía haciendo de las suyas y al parecer no desaparecería hasta dejarme sin respiración por completo. A pesar de todo, intenté apartar de mi mente el malestar que sentía y me concentré en lo que tenía delante.
Me incliné, agarrando el palo con fuerza y a la vez elegancia, imaginándome que lo que tenía entre mis manos era una espada y las bolas, criminales que debía atacar.
Mis ojos se quedaron fijos en una bola blanca, la única que podría darme la victoria si la golpeaba con la suficiente fuerza y táctica.
Cerré los ojos y tomé aire, preparándome para ejercer mi ataque.
Pero, justo cuando me disponía a golpear la bola...
—¡¡Marinette!!—gritó una voz que me heló cada gota de sangre que recorría mis venas.