III

4170 Words
Marinette     —¡¡Marinette!!—gritó una voz que me heló cada gota de sangre que recorría mis venas.       El palo se me escurrió y con él, mi equilibrio, cayéndome de cintura para arriba sobre la mesa. El sonido de las bolas rebotar por la mesa resonó por toda la estancia y yo... sólo podía rezar para que lo que estaba por avecinarse durara lo menos posible.       Una mano me agarró del brazo, tan fuerte que llegué a temer por mi piel. Mi tía me levantó de inmediato y en cuanto me tuvo delante de ella, me cruzó la cara con una bofetada que me dejó paralizada.       Su mirada reflejaba una ira que me hizo retroceder. No dijo nada, pues el enfado que debía tener la privaba de toda palabra. Me volvió a agarrar del brazo, obligándome a cruzar la sala entera hasta la salida.      —¿Es su hija?—preguntó uno de los hombres mayores sentado al final de la sala.      Mi tía se giró, sin soltarme, y  recorrió la sala, con una mirada avergonzada disfrazada de firmeza.      —Mi sobrina—dijo, como si se arrepintiera de llevar mi sangre.      —Debería enseñarle a comportarse.—Espetó el hombre.—Creo que ya es lo suficiente mayor como para saber cual es su papel. Si vuelve a ocurrir algo parecido, no tendré más remedio que echarlas a las dos la próxima vez.     Mi tía agachó la mirada y asintió.      —Lamento lo ocurrido, le aseguro que no volverá a suceder.       —Eso espero.       Dada una última mirada, las dos salimos de la sala de juegos y apuestas, como alma que lleva el diablo. Atravesamos los grandes corredores del edificio, esquivando invitados hasta llegar a un pasillo desierto. Allí, mi tía me soltó y por un momento, creí que volvería a golpearme.      —¡Dime! ¡Dime por favor,  ¿qué te he hecho?!—me gritó.—¡¿Qué te he hecho para que me hagas esto?!       Tragué saliva y la miré como un corderito asustado.       —¡¿Acaso no te he dicho que no hicieras nada?!—prosiguió.—¡Solo te dije una cosa! ¡Una cosa! Lo único que tenías que hacer era quedarte callada, ¿acaso es tan difícil, Marinette?       —L-lo siento...—titubeé.       —¡¿Y crees que tus disculpas van a borrar la humillación que me acabas de hacer pasar?!—dijo y veía su rostro rojo y sus ojos cristalizados.—Siempre haces lo mismo. Haces lo primero que se te pasa por la cabeza, y luego me vienes con el rabo entre las piernas, creyendo que disculpándote todo se soluciona.       —Yo...—sentí mi respiración acelerada. Todo aquel asunto, entremezclado con mi falta de aire, me estaba afectando.—So-solo quería...      —¡¿Qué?! ¡¿Qué pretendías hacer entrando en los juegos sucios de los hombres?! ¿Apostar? ¿Compararte con ellos?—me cortó, y la vi mover sus brazos exageradamente.—¿Sabes para que sirve una mujer en una sala de juego? ¿Lo sabes?      Me preguntó y yo solo pude negar con la cabeza.       —Solo las prostitutas los acompañan en ese tipo de situaciones—dijo.—¿Es qué quieres ser eso? ¿Quieres convertirte en una fulana de cuarta? Porque si sigues así, eso es lo que te espera en la vida.      Me lanzó una última mirada envenenada y se separó un par de pasos de mí.     —No te quiero ver más el resto de ésta noche. Porque durante las pocas horas que queden de gala, fingiré que no eres parte de mi familia, ¿está claro? Ve a donde quieras, pero mantente alejada de tu tío y de mí hasta que la celebración termine.       Aquellas palabras hicieron que mi corazón se hiciera pequeño. Mis ojos comenzaron a cristalizarse y mis piernas flaquearon.        —Ve con el cochero cuando todo acabe—dijo y sin decir nada más se alejó, con el sonido de sus tacones resonando por el largo corredor.        Una punzada de dolor recorrió mi pecho.       Por más que intentara cumplir la voluntad de mi tía, siempre terminaba por avergonzarla. Primero con Lila y su madre y ahora delante de un salón repleto de hombres.       No hacía más que reprocharme una y otra vez sobre mis acciones. Jamás quise hacer quedar mal a mi tía, de hecho, nunca había sido mi intención ser una decepción para ella.       Solo actuaba. No pensaba, y eso era lo que me traía problemas... quizás, solo debería olvidarme de mi sueño de hacer que todas las mujeres sean reconocidas como algo más que simples adornos.      Decidí caminar  hacia el carruaje y quedarme ahí hasta que la noche terminaba tal como había sugerido mi tía, por esta noche, no quería causar más problemas.       Si ya de por si me sentía indispuesta, ahora, con todo lo ocurrido, tenía ganas de vomitar y dejar salir todo lo que había dentro de mí. Quizás lo poco que quedara de mi dignidad. No sabía con exactitud cuanto tiempo le quedaría a mis tíos para finalizar la gala, pero mi cuerpo y sobre todo mis pulmones necesitaban una tregua.       Podría irme sin decir nada y llegar a casa por mi cuenta, puede que así lograra deshacerme antes de todo lo que llevaba encima. No quería nada que pudiera recordarme a aquella noche, sin el vestido, ni el corsé.       Poniéndome en marcha hasta el carromato y con el malestar recorriendo mis entrañas recorrí los largos jardines del edificio. No pude evitar esbozar una mueca de malestar e involuntariamente, me llevé una mano a mi costado, allá donde se clavaba una de las evillas del corsé sobre mi piel.      «Esta cosa terminará por matarme»      Unas voces masculinas captaron mi atención en el trayecto. Sus palabras eran la mayoría indescifrables. Eran solo unos borrachos, caminaban tambaleándose de un lado a otro cantando o más bien, desafinando y se reían de vez en cuando por alguna tontería que decían entre ellos.      Fruncí el ceño y aligeré el paso, procurando pasar desapercibida delante de ellos, pero  creo que fue demasiado tarde y a pesar de su borrachera, lograron localizarme con sus ojos enrojecidos por el alcohol.      Los cuatro me miraron como si fuera uno de los aperitivos del banquete, la sangre de mi rostro desapareció y mis huesos comenzaron a temblar junto con los latidos de mi corazón golpeteando mi pecho.      Mis piernas habían quedado inmóviles, no podía ni siquiera parpadear, solo quedarme pasmada observando como me rodeaban y hacían chasquidos obscenos con la lengua, mandándome miradas furtivas.       El mareo y el malestar se incrementaron y sus miradas y cabezas comenzaron a dar vueltas en mi cabeza. La falta de aire me dejó inmóvil y sin fuerzas suficientes para echar a correr. Estaba débil y conmocionada.  Y... por más miserable que me escuchara, estaba aterrorizada, y no había ni un alma por esa zona.      — Mira nada más lo que tenemos aquí, es una diosa que nos ha caído del cielo — balbuceo uno de los tipejos acercándose mucho más a mi sacándole provecho a mi estado de shock. — ¿Estas perdida muñeca? — preguntó con esa voz grotesca logrando acariciar mi rostro.      Me separé de un movimiento brusco, dándole un manotazo a esa mano mientras retrocedía asustada.       — ¡Alejaos de mi! — advertí disfrazando el miedo que sentía por una mirada seria.      — ¡Oh, cuidado! Es toda una fiera... — se acercó otro ahora de mi lado derecho  riéndose con los otros al mostrarme algo arisca con sus "atenciones"      — Me gustan agresivas — masculló uno abrazándome de la cintura, olfateando mi cuello.      Ahora si que estaba asustada, esos hombres me habían acorralado y sujetado de las muñecas impidiendo que me escapara. Mientras uno de los tipos comenzaba a acariciar mi cintura con una mano los otros trataban de desabrochar mi vestido sin éxito alguno, pues estaban pasados de copas y sus movimientos eran algo torpes.     Aprovechando aquella distracción, le propiné una bofetada al tipo que estaba intentando desnudarme y cuando se apartó para acariciarse la zona dañada, intenté escabullirme por el primer hueco que encontré.       —Tranquila preciosa, entre todos nos vamos a divertir — siseó uno de ellos, interponiéndose en mi camino.       — Lo pasaremos muy bien — dijo otro, agarrándome por detrás y levantándome del suelo levemente. Sentí su su aliento sobre mi rostro permitiéndome olfatear ese vomitivo olor a alcohol.      Yo no hacía más que retorcerme y suplicar que me soltaran, ninguno me prestó atención y decidieron seguir manoseándome a gusto, sus movimientos cesaron al escuchar una voz que provenía detrás de ellos, evitando que me hicieran más daño, ya que habían logrado desabrochar mi vestido. Por un momento llegué a creer que alguien había visto la escena y me rescataría... pero nunca imaginé que lo ultimo que me quedaba de esperanza cayera en picada al ver de quien era la voz que había interrumpido a esos maleantes.      — ¡Vaya Marinette! , nunca imaginé que fueras de "esa" clase de chicas, que equivocada estaba — dijo la voz femenina acercándose a una distancia prudente de esa escena bizarra.       — Lila... — susurré con el temor aún recorriéndome las venas al estar en esta situación, ni siquiera en momentos como estos podía dejar de ser una víbora.       — Si vienes a recoger a tu amiguita déjame decirte que no te la vamos a entregar — habló uno de los tipos que estaba más o menos en sus 5 sentidos. — ella se esta pasando un buen rato con nosotros, ¿Verdad preciosa?        —¡O si no, puedes unirte tú también!—dijo otro.       Lila se rió entre dientes y siguió sus pasos decididos y elegantes hacia donde yo permanecía cautiva.      — Por favor, creen que alguien como yo sería amiga de esa mocosa — dijo señalándome con su mentón.       No podía hacer otra cosa, tendría que rogar como nunca que me ayudara, ya no me importaba si se reía por mi el resto de mi vida, solo quería que se compadeciera de mi y me ayudara a salir de esto.      — Lila... — murmuré llamando su atención — por lo que más quieras, ayúdame... t-te lo suplico, ¡por favor! — rogué dejando de lado la poca fortaleza que me acompañaba en esos momentos, las lágrimas de desesperación se agolpaban en mus ojos y el cuerpo me temblaba tanto como una gelatina que había robado de la cocina una vez.      Lila dibujó una sonrisa burlona en su rostro y recogiendo la falda de su vestido, se retiró con andares elegantes en dirección contraria dejándome a merced de esos hombres. Miré como se retiraba con los ojos desorbitados... no, ella no podía hacerme esto, tenía más que claro que yo no era su persona favorita, ni ella era la mía, pero, jamás imaginé que me odiara hasta este punto.      — ¡¡Lila!! — grité desesperada tratando de soltarme de esas manos que volvieron a acariciar mi cuerpo con descaro — ¡Por favor!       Volteó a verme por última vez con un destello de malicia en su mirada.      — ¡Bonne Appetit, señores! — exclamó con gracia en dirección a los hombres para retirarse finalmente dejándome sola con esos tipos.      Sin poder contenerlo más lloré, lloré tratando desesperadamente de soltarme de esa prisión de manos y grité con todas mis fuerzas, pero era inútil... nadie vendría a salvarme. Así que sin poder hacer nada más, acepté mi destino sintiendo como las lágrimas calientes bajaban por mis mejillas hasta mi barbilla.      Sentía como esos hombres ultrajaban mi cuerpo, sus asquerosas manos agarraban y destazaban cada pedazo de tela que se les ponía en frente. Yo solo me limité a sollozar con más fuerza y me removía como pescado fuera del agua tratando de liberarme, más no lo conseguía.      Odia aquello. Odiaba aquella situación. Yo, toda mi vida intentando entrenarme, aprender técnicas para defenderme para al final no valer nada. Quizás Adrien tenía razón, una mujer jamás aprendería a defenderse por sí misma. Supongo que... nos estábamos hechas para luchar. Solo para ser tratadas como objetos de usar y tirar. Como trapos que puedes cuidar con lavanda o arrojar a la basura.       Y, como si Dios hubiera escuchado mis súplicas, uno de los hombres fue derribado por alguien y así uno por uno fue desapareciendo hasta quedar libre, mis ojos aún estaban algo húmedos por las lágrimas derramadas, así que no pude ver con claridad quien era la persona que me había salvado, quien fuera que fuera, le debía mi vida.      Escuché de pronto a mi salvador golpear fuertemente a los hombres, y luego de soltarles un par de insultos. Su figura borrosa agarró a uno de ellos de la pechera y lo empujó hacia atrás derivándolo al suelo y a otro le asestó un puñetazo en la mejilla que lo hizo caer junto a su amigo.       —¡Largaos de aquí!—los amenazó, observando desde arriba como intentaban levantarse tambaleantes del suelo para echar a correr.—Y si os vuelvo a ver, llamaré al de seguridad para que os detenga por escándalo público.     Lanzó una mirada fulminante a los otros dos que quedaban en pie y sin decir ni una palabra se fueron, tambaleándose y riéndose, como si lo que les acabara de ocurrir fuese el mejor chiste de la historia.      Mientras yo, con nerviosismo, llevé mis manos al escote de mi vestido para cubrirme con torpeza.      Escuché como caminaba hacia mi. Yo sin embargo, del impacto me había derrumbé en el suelo cayendo de rodillas aun sin levantar la mirada desde que deje de sentir el aliento y los roces de los cuerpos de esos tipos.       Se agachó, quedando de rodillas a mi altura.       —¿Estás bien?      Levanté la vista y ahí pude ver a Adrien con una expresión salvaje en el rostro, aún así se veía muy apuesto y sus ojos verdes brillaban de una manera tan hermosa que me quedé embobada  por no se cuanto tiempo en su mirada.      Me extendió la mano ayudándome a levantarme, pero su mirada seria no cambió en lo absoluto.     Dudosa, acepté su ofrecimiento. Alargué una de mis manos para coger la suya, mientras que con la otra, sujetaba las mangas y el escote de mi vestido para no dejarlo.        Al ponerme en pie, todo volvió a girar a mi alrededor. El suelo se convirtió en mi cielo y los árboles giraban como una noria. Mi respiración estaba acelerada y por un momento creí que iba a dejar de llegarme el aire al cerebro.       —Toma—lo miré, tímida y comprobé como se quitaba la chaqueta para dármela.—Ponte esto.      Alargó su brazo y yo simplemente, me dediqué a observarlo con una mirada fulminante y defensiva.       Lo miré a él y me aparté por instinto.      —No, no quiero su ayuda—espeté girándome para darle la espalda.       Lo escuché respirar hondo detrás de mí.       —No sea testaruda—me dijo.—¿Es qué quiere que me vaya y la deje sola con esos tipos?       Me di la vuelta bruscamente, y esto me hizo tambalearme un poco.       «Maldito corsé»       A pesar de mi falta de aire, logré a levantar mi cabeza orgullosa.      —Yo no necesito a un caballero que me salve—dije con la voz entrecortada. Cada vez se me estaba haciendo más difícil mantener la respiración—Puedo hacerlo yo misma. Y cueste lo que me cueste, voy a aprender lo que haga falta para conseguirlo.      Una mueca de malestar cruzó mi rostro. Me llevé una mano a mi estómago y sentí náuseas. Cada vez me era más difícil mantenerme en pie y tenía la sensación de que en cualquier momento me desplomaría en el suelo.       Sentía su mirada esmeralda observarme con esa intensidad que me hacía sentir escalofríos.      Sabía lo que estaba pensando: que yo jamás lograría aprender a defenderme por el simple hecho de ser mujer. Pero me daba igual. Algún día lo conseguiría y entonces le demostraría a él y a todos de lo que soy capaz de hacer.       Con esa imagen en mi cabeza, mis piernas flaquearon y sin tener tiempo de sostenerme, caí hacia delante con la respiración entrecortada.      Sus brazos me sostuvieron con firmeza antes de llegar al suelo y yo por instinto me apoyé en su pecho, cayéndome de bruces sobre él. En cualquier otra situación me hubiese apartado al instante con las mejillas sonrojadas y el corazón latiéndome a mil. Pero la crudeza de mi situación me hizo estar más pendiente de mantener los ojos abiertos y no dejarme caer por completo.      Mi pecho subía y bajaba con fuerza, buscando con desesperación aire que meter a sus pulmones. Me tropecé de nuevo, aún estando sujeta por sus brazos. Respiré con fuerza, agarrándome con fuerza a él.      —¿Estás bien?—lo vi, mirarme con preocupación, buscando aquello que me estaba dejando sin oxígeno hasta que sus ojos llegaron a mi corpiño.      —N-No puedo...—musité, pronunciando las palabras con dificultad.—No pue... do... Respirar.       Lo vi fruncir el ceño y sin vacilar, me acercó hacia él, apoyándome sobre su pecho mientras que él me rodeaba hasta llevar sus manos a mi espalda, allá donde estaban las evillas y las correas que se cernían sobre mi piel.      No se lo pensó ni por un instante y olvidando que yo era una mujer, desató las cuerdas dejándome completamente expuesta de cintura para arriba. Me sacó el corpiño de cuajo y lo tiró al suelo sin miramiento alguno.       Fue en ese momento cuando mis pulmones volvieron a hacerse grandes y el aire volvió a mi cuerpo.       Tomé una bocanada de aire y después comencé a toser con fuerza.       —Esta vez no puede rechazarla—dijo, colocando su chaqueta sobre mis hombros para cubrirme.—Recibir ayuda no viene mal de vez en cuando.       Vale, acaba de salvarme la vida dos veces y si por mí fuera le tiraría la maldita chaqueta a la cara, pero claro, si lo hacía me tocaba enseñar al mundo entero mis dos pechos. Y que quede, no estaba muy orgullosa de ellos.     Agarré con fuerza los dos extremos de su chaqueta y la cerré todo lo que pude para cubrirme.     —Avisaré a su tía para que esté al tanto de lo ocurrido esta noche—aseguró, metiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón negro.—Puede que quiera poner una denuncia. Además, necesita descansar.       Negué con la cabeza, refugiándome aún más en su chaqueta.       —No puedo acercarme a ella...—musité.—No hasta que termine la celebración.        Sus ojos esmeraldas volvieron a recaer en mí y una mueca cruzó sus perfectos labios.      —¿Qué?—preguntó, extrañado.       —La avergoncé delante de todos y no quiere que me vean cerca de ella, al menos por un tiempo—. Aclaré.—Pero, no pasa nada. Yo... Creo que es lo mejor.—Lo miré, un tanto incómoda.—Usted también debería  volver a la fiesta. No quiero hacerle perder más el tiempo. Yo... esperaré al cochero hasta que venga y puedo esperar con él a mis tíos.      —No está en condiciones de quedarse sola—me recriminó y en cuanto vio mi mirada fulminante, enseguida añadió:—Y ya no es por el hecho de que seas una mujer. No es seguro quedarse solo a éstas horas y menos en su estado.—Miró el corsé tirado en el suelo y suspiró con pesar.—Perdona que le diga, pero pretende romper todas las reglas y hacerse valer y luego no duda en llevar puesto esa idiotez que casi le cuesta la vida.      —¡Yo no quería llevarlo!—espeté molesta.—Me obligaron a ponérmelo. Jamás me he puesto uno de esos...      —Ni deberías volver a ponértelo, por poco te matas—dijo y se giró sobre sí mismo para caminar fuera del recinto. Allá donde aparcaban los autos y los carros.—Venga conmigo, la llevaré a casa.        —No es necesario, ya le he dicho que esperaré al cochero—le refunfuñé.       Se detuvo al instante y giró su rostro levemente para mirarme.       —Ya le he dicho que me acompañe—me repitió.—Así que deje de hacerme perder el tiempo y sígame.       Volvió a emprender la marcha, alejándose cada vez más de mí.     El sonido de unas risotadas provenientes del salón, junto con el de algunos caballos trotar por la calle, más los cláxones de los coches e hizo estremecer. ¿Y si regresaban los tipos borrachos?      No me lo pensé ni un segundo. Salí corriendo detrás de él, para ponerme a su lado.       No me molesté e recoger el corpiño. De hecho, no quería volver a verlo en lo que me restaba de vida. Odiaba ser tan inútil en aquellos momentos, no quería depender tanto de él, pero tampoco era plan de estar semidesnuda en mitad de la nada a esperar hasta dios sabe cuando terminarían mis tíos la velada.       Llegamos a la calle y Adrien Agreste caminó hacia un coche pintado de marrón, de impecables ruedas y relucientes cristales. Sin duda los automóviles se estaban poniendo muy de moda. Casi todas las familias ricas ya tenían uno, menos mi tía, claro que prefería seguir con aquellos horribles carromatos empujados por caballos.      Abrió la puerta del coche y me hizo una señal para que entrara. Yo obediente, me subí y esperé a que él cruzara por delante hasta llegar a la parte del conductor. Abrió su puerta y se subió a mi lado sin decir ni una sola palabra.       Nunca había subido a un coche. Aquel era el primero y la verdad es que me gustó bastante. Los asientos eran más cómodos de los del carro de mi tía y al menos no dábamos tantos botes al atravesar algunas calles.       Permanecimos en completo silencio durante todo el trayecto. Tan solo él me preguntó cual era mi dirección y yo le pregunté que por qué había dejado sola a su acompañante. Los dos nos respondimos a cada pregunta cortantes, con pocas palabras y proseguimos con aquel silencio  que me estaba matando poco a poco.      Él parecía pensativo, mirando fijamente a la carretera, con las manos sobre el volante y con los labios fruncidos en una fina mueca.     Cuando llegamos a casa, detuvo el auto justo enfrente de la puerta y sin decir palabra alguna esperó pacientemente a que me bajara.       —Yo...—comencé a decir.—Muchas gracias por todo lo que ha hecho por mí ésta noche...      Lo miré con timidez y aunque odiara admitirlo, él e había liberado de una buena.       —No sé que me hubiera pasado si no llega a estar por ahí—murmuré.      Él parecía no tener intención de contestar. Tenía la mirada fija en un punto exacto de la calle, como si algún pensamiento preocupación estuviera rondando  estuviese carcomiéndole la cabeza.       Abrí la puerta del coche, lentamente y saqué una de mis piernas para apoyarlas sobre la piedra de la calle.       Y, justo cuando iba a salir por completo sus palabras me hicieron detenerme en seco.      —Mañana la espero a las nueve.—Dijo con los ojos aún fijos al frente.— En el edificio que hay al lado del ayuntamiento.      Me giré hacia él, mirándolo con ojos muy abiertos.      «¿Qué quería decir con eso? ¿Acaso él iba a ...?»      —Y sea puntual—añadió.—No me suelen gustar los alumnos que llegan tarde.       Mi cerebro dejó de funcionar por un instante y mi mente se quedó en blanco.      No... Aquello no podía se real... Debía de tratarse de un sueño o quizás si que el corpiño me dejó inconsciente y estaba teniendo alucinaciones.      Al ver que no reaccionaba, se giró por fin hacia mí.      —¿Piensa quedarse ahí toda la noche? ¿O es su forma de seguir haciéndome perder el tiempo?—dijo con ese tono de voz frío que ya había empezado a ser característico de él.      —¿Va a aceptarme en su clase de esgrima?—titubeé, aún sin poder creer lo que mis oídos escuchaban.      —Algo así—se encogió de hombros y se apoyó en el respaldo del coche.      Una sonrisa recorrió mi rostro y sin poder evitar mi alegría comencé a gritar.     —¡Oh, Dios mío! ¡Gracias, gracias!—me salí del coche atropelladamente y cerré de un portazo.—¡Le aseguro que no se arrepentirá!—dije, asomándome por el cristal de la ventana.      —Eso espero.—Dijo y sin esperar una respuesta por mi parte, arrancó de nuevo el coche y se largó, alejándose por la primera esquina que pilló.      Con la cabeza por las nubes, a pesar de todo lo ocurrido en una noche mi cabeza solo pudo pensar en una cosa:       «Aprendería esgrima y mi profesor...       Mi profesor sería Adrien Agreste» 
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