XVI

2709 Words
Adrien Me quedé congelado en mí mismo sitio sin saber a qué se refería Marinette con flores. —¿C-Como que cuales flores? — repitió confundida — p-pues las que enviaste a la mansión de mi tía, fue un muy lindo detalle — agregó. —¿Uh? Coloqué mis manos en mi boca cubriéndola, tomando una actitud pensativa. Yo no le había enviado nada, es más, cuando tomó una actitud tan amable conmigo y me agradeció, creí que lo hacía por mi apoyo incondicional, estaba bastante sorprendido. —Creo que ha habido una confusión — dije finalmente después de analizarlo — yo no te he enviado nada, Marinette. Su rostro no tardó en opacarse y tomar una actitud que denotaba desilusión. —¿Ah, no? Negué con la cabeza. —V-Vaya, creo que... tomé una decisión precipitada — murmuró vacilante. Me sentí un poco mal por ella, no tenía intención de dañarla, pero tampoco quería que tomara una idea equivocada, no tuve más opción que decirle la verdad. —No te preocupes por eso Marinette, el que no haya sido yo el que lo envió no significa que no quiera estar bien contigo. En parte era cierto, pero una pequeña pregunta en mi cabeza me motivo a pensar que de alguna manera, el regalo que le enviaron a Marinette no tenía destinatario, de otra manera, no hubiese pensado que fui yo el que se lo mandó. —No tienes en mente a alguien más que pudo habértelo enviado ¿Tus padres? — cuestioné, teorizando, por lo que me había contado Marinette semanas atrás, que sus padres tenían algo que ver con dicho regalo, en mi interior, deseaba que fuera así. —Imposible — declaró ella — me enviaron una carta hace días atrás, me lo hubieran enviado junto con ella, jamás envían cosas a parte. «Maldición» Eso sacaba de la lista a las posibles personas que podían haber enviado ese dichoso regalo, solo quedaba preguntar si... por casualidades de la vida había conocido a algún tipejo que se haya interesado en ella, cosa que creía imposible, no por el hecho de que nadie se pudiera interesar en Marinette. Al contrario, ella siempre me había comentado que no tenía la oportunidad de socializar con nadie debido a las exigencias de su tía. La única vez que ella convivió con hombres había sido con el imbécil de Dangençour y... Abrí los ojos desmesuradamente al darme cuenta de quien más había interactuado con mi alumna, pocos segundos, pero interactuado al fin y al cabo. «Tienen que ser ideas mías, es imposible» Carraspeé con incomodidad dándole la espalda a mi alumna cuando tocaron a la puerta. —Señor, ¿Puedo pasar? —Adelante, Annike — entoné concediéndole el permiso. Entreabrió la puerta mirando en el interior, sonriendo al visualizar a Marinette, todos los criados le habían tomado cariño desde hace varias semanas atrás, y es que Marinette tenía el don de hacer amistades con una facilidad inigualable. Era única. —Venía a decirle que los niños ya están esperándolo señor. «¿Niños?» —¡Mierda, lo había olvidado! — con todo este embrollo del misterioso obsequio, había olvidado que debía darle clases de esgrima a los estudiantes de clase inferior. En otras palabras, niños de entre siete a ocho años. —Voy enseguida Annike, ten prepara todo para mi siguiente clase. —Si Señor, nos vemos Mari — se despidió con una sonrisa al igual que ella. — Adiós Ann. Un silencio nos rodeó hasta que se escuchó la puerta cerrarse detrás de mi empleada, dejándonos solos como lo estábamos en un inicio. —Entonces... — comenzó a decir Marinette — supongo que como ya se resolvió que lo de las flores no fuiste tú, es hora de retirarme... nos vemos mañana en clases Adrien, lamento haberte molestado por una tontería. —¡Espera, Marinette! — grité tomando su brazo, el cual solté rápidamente — no tienes porqué irte tan pronto. Te tomaste muchas molestias al venir aquí. Quédate hasta que termine mi siguiente clase — le sugerí. —Oh, no, no, no, yo... no podría, solo sería un estorbo, enserio, será mejor que me vaya a casa — empezó a decir ahitando las manos de forma negativa hacia mí. —Vamos, ven — dije tomándola del brazo — será solo por un par de horas mientras imparto la clase, además, necesitaré un poco de ayuda para domar a todos esos monstruitos. —P-Pero... —Confía en mí, será entretenido — continué tratando de persuadirla. —Y puede que tú también aprendas algo por el camino. —Está bien —aceptó finalmente. ⚔ Al llegar al salón el barullo de todos los niños se coló en mis oídos. Estabas desordenados, riendo y picándose con las pequeñas espadas de entrenamiento. Parecían un rebaño de ovejas descarriladas y poner orden entre tanto crío, siempre era tarea difícil. Los saqué de su trance golpeando la espada en el suelo, haciendo que todos se callaran inmediatamente. —Buenas tardes — saludé con firmeza. —¡Buenas tardes profesor Agreste! — corearon todos colocándose en una fila ordenada. Marinette permaneció quieta a mis espaldas, como si tuviera miedo de enfrentarse a todos esos niños. Quizás, tenía miedo de repetir su primera vez en aquella clase, cuando se coló en una clase repleta de hombres que la humillaron y despreciaron de la peor forma posible. Y yo no me excluía de ello, pues, aunque adiara aceptarlo, yo fui uno de los imbéciles que peor la trató. Fruncí el ceño ante tal pensamiento y tratando de borrar aquellos recuerdos, extendí mi mano y agarré la suya, instándola a ponerse a mi lado. No tenía nada de lo que esconderse, ella era buena y muy hábil en la esgrima, en los últimos días había ganado mucha práctica y estaba seguro de que estaba completamente capacitada para enseñarle un par de cosas a esos niños. —Hoy tendremos compañía—dije, señalando orgulloso a mi alumna. —Esta señorita que tengo aquí al lado me ayudará a impartir la clase de hoy, así que más os vale portaros bien con ella. Los niños nos miraron a los dos, primero a uno y después a otro, y noté como se reflejaba en su rostro un atisbo de duda. Uno de ellos levantó su brazo, indicándome que quería hablar. —Dime, Arthur— dije, esbozando una de mis mejores sonrisas. Aquel enano siempre tenía que dar la nota, preguntando y haciendo comentarios que siempre me hacían gracia. Y aunque, el niño era un encanto por un rato, mejor se lo dejaba a sus padres. —¿Es su novia? —preguntó, sin ningún tapujo, provocando que casi me atragantara y eso que no estaba comiendo nada. —¿Qué? —exclamamos Marinette y yo al unísono e instintivamente, nos miramos el uno al otro. —No, claro que no—aseguró ella, negando varias veces con las manos. —Ella es una alumna de los cursos superiores—especifiqué para reafirmar así nuestra contundente reacción. —Está aquí para ayudarme un poco, así que más os vale tratarla con respeto y educación. —Pero yo creía que la esgrima era solo para niños—cuestionó el crío, llevándose una mano al mentón pensativo. Esbocé una mueca incómoda y de reojo miré a Marinette, imaginando que, con su carácter compulsivo, se lanzara sobre el crío y lo pusiera en su sitio. Pero, para mi sorpresa, una preciosa sonrisa se formó en sus labios y con calma se acercó hacia él, arrodillándose para quedar a su misma altura. —Arthur, ¿verdad? —preguntó ella, contemplándolo sin borrar la sonrisa de su rostro. —Sí, señorita—afirmó él y conociéndolo, sabía que estaba tenso, como si la presencia de Marinette lo pusiera nervioso. «Vaya, quien diría que el enano bocazas iba a quedarse sin palabras» —Dime, Arthur... ¿Tienes hermanas? —preguntó Marinette. —Sí, señorita—repitió. —Tengo una hermana, un año más pequeña que yo. —¿Y a qué se dedica? —prosiguió mi alumna. —¿Tiene algún pasatiempo para divertirse como lo haces tú? El crío miró al techo, meditando y pensando la respuesta. —Pues no... Siempre está jugando con sus muñecas y aprendiendo a hacer peinados feos—confesó Arthur, y aquello sonó más como una queja. —¡Es una aburrida! Marinette soltó una pequeña risotada y negó con la cabeza. —Y dime una cosa, ¿Qué prefieres? ¿Una hermanita aburrida que esté sentada sin hacer nada o una chica energética y divertida que juegue contigo? Arthur se quedó pensativo, mirando a Marinette a los ojos, como si aquella fuera la pregunta más complicada que le hubieran hecho en la vida. —Podríais jugar a los espadachines. Estoy segura de que ella estará encantada de que le enseñes algunas técnicas de esgrima—añadió ella y le guiñó un ojo cómplice. —¿Por qué peinar muñecas cuando podríais salvarlas? Suena mucho más divertido, ¿verdad? No pude evitar quedarme embobado, presenciando pasmado cómo razonaba con el mocoso de una forma tan simple y a la vez tan sabia. Sin duda, esa chica jamás dejaría de sorprenderme. Siempre venía con algo nuevo con lo que dejarme a cuadros. Bien podría sacarme de quicio o bien hacerme sentir orgulloso, pero así era ella, impredecible. Me acerqué a ellos y con cuidado me agaché junto a Marinette para mirar de frente a Arthur. —¿Por qué no le dices a tu hermana que se venga contigo? —sugerí, apoyando mi antebrazo sobre mi rodilla. —Quien sabe, puede que termine gustándole. Piénsalo, así tendrías a alguien con quien practicar esgrima todos los días. Marinette ladeó su rostro hacia mí y en sus ojos aprecié una mezcla de emociones entre las que me encontré sorpresa, agradecimiento y admiración. Un cúmulo de sensaciones que se vinieron a anudar en mi estómago. —El Señor Agreste tiene razón—me apoyó ella. —Así ya seríamos dos chicas en este equipo de esgrima. A veces me siento un poco sola rodeada de tantos hombres. Quizás me venga bien una compañera. El pequeño ensanchó las comisuras de sus labios, sonriendo con entusiasmo. —¡Sí!— dio un saltito emocionado. —¡Puedo intentar convencerla! —¡Así se habla!—exclamó Marinette, mostrando la misma ilusión que él. —¡Suerte con ello, vaquero! Levantó su mano para que Arthur se la chocara y prácticamente al instante, el crío se la chocó con fuerza, sintiéndose orgulloso por aquella recién complicidad que había compartido con su nuestra "profesora" —¡Muy bien! Ahora quiero ver a todo el mundo calentar—dije, poniéndome en pie para aplaudir y agitarlos un poco para que se movieran. —Coged una espada y comenzad con estocadas cortas. En un abrir y cerrar de ojos, los niños corretearon de un lugar a otro, empujándose para conseguir primero una espada, al poder ser la mejor y la más nueva. —Adrien—sentí como alguien me tomaba de la mano. Unas manos pequeñas y suaves. Y no pertenecían a ningún niño, precisamente. Agaché la cabeza para mirarla y enseguida me encontré con esos ojos azules que me observaban tímidos. —Muchas gracias. Sonreí enternecido y correspondiendo a su gesto, agarré también su mano para sostenerla contra la mía. —¿Por qué? —inquirí. —¿Acaso hay por ahí otro ramo de flores que deba saber? Soltó una pequeña risotada y negó con la cabeza. —No—murmuró, desviando la mirada. —Por todo... Me dio un escueto abrazo, que no duró más de dos segundos y después se alejó corriendo, a ayudar a los críos, como si nada hubiera pasado. Sin duda aquellos niños eran de lo que no había. Eran un completo torbellino que iban de aquí para allá. No tenía idea de cómo se las ingeniaba Adrien para controlarlos a todos de una sola sentada. Ese día nos los habíamos dividido, mitad para cada uno. Yo me encargué de los más tranquilos, enseñándoles técnicas fáciles y sencillas que practicaban sin rechistar, mientras que Adrien se encargaba de los más inquietos y después de algunas regañinas y enfados, ahora los estaba entreteniendo con juegos y pruebas para relajarlos un poco y cansarlos lo suficiente como para que no tuvieran ganas ni de abrir la boca. Sí, suena cruel, pero según él, era la técnica que siempre utilizaba y que funcionaba, así que yo no era quien para cuestionarle. Ahora mismo, los estaba haciendo correr de un extremo a otro, utilizando la excusa de que era una cerrera y de que el ganador se llevaría un caramelo. Simple pero efectivo. —Señorita—sentí una mano tirar de mi falda y pronto bajé la mirad para mirar al pequeño Arthur que me observaba con una sonrisita tímida en sus labios. Adrien ya me había advertido de aquel pequeñajo, y me había pedido que se lo dejara en sus manos, pero el niño había insistido tanto en quedarse a mi cargo que no había tenido más remedio que quedarse conmigo. —¿Qué ocurre? —pregunté apoyando mis manos sobre las rodillas. —¿Tienes algún problema con la técnica? Negó con la cabeza y jugueteó con su casco. —Quería pedirle algo—murmuró y su extraño comportamiento me provocó curiosidad. —Te escucho. —Cuando sea mayor y crezca, ¿querría casarse conmigo? —soltó y debo reconocer que aquella pregunta me tomó muy por sorpresa. Abrí los ojos sorprendida y una carcajada se escapó sin permiso. —Vaya...—musitó más para sí misma que para él. —Yo... Me siento muy halagada. —¡Sí! ¡Y lo digo enserio! ¡Quiero una esposa que juegue conmigo, que practique esgrima y que no esté sentada todo el tiempo como una estatua! Escuchar aquellas palabras, me estrujaron mi corazón hasta la última gota. Sonreí conmovida y levanté una de mis manos para posarla sobre su hombro. —Tienes muy buen gusto—bromeé. —Y estoy segura de que, con hombrecitos tan buenos como tú, habrá muchas niñas muy valientes con las que puedas casarte. Noté como su sonrisa se iba apagando poco a poco. Agachó la cabeza y se frotó las manos nervioso. —¿Acaso usted no quiere ser mi novia? —Pues claro que sí—extendí mis dos brazos y lo acerqué hacia mí para abrazarlo. —Pero cuando tú seas y hombre guapo y fuerte yo ya seré una ancianita, y no tendré mucha energía para practicar esgrima. Pero, ¿Sabes una cosa? Si continúas luchando y esforzándote por ese sueño, lograrás encontrar a una mujer que tenga todas esas cualidades que buscas. Arthur pestañeó varias veces, procesando, quizás mis palabras. Se sorbió los mocos de la nariz y se recompuso enseguida, mirándome primero a mí y después a Adrien, que en aquellos instantes estaba jugando con un niño, levantándolo del suelo para hacerlo reír. —Tiene razón. —Dijo, ahora con más seguridad. —Yo todavía soy muy pequeño, jamás podría cuidarla como se merece. —Observó de reojo a Adrien y luego se giró hacia mí. —Lo que usted necesita es al Señor Agreste. Podrían hacerse novios y casarse. Así podrían jugar y practicar esgrima todos los días. Vale, si su repentina proposición de matrimonio me había tomado desprevenida, aquella fue la gota que colmó el vaso. —¿Casarme con... el Señor...? —repetí abriendo los ojos como platos. —Pues claro. Estoy seguro de que con usted él sería muy feliz—aseguró. —Igual de feliz que yo cuando encuentre una niña divertida con la que casarme. Orgulloso de su súbito emparejamiento, Arthur asintió y se alejó para juguetear con algunos de sus compañeros dejándome con un latido extraño que bombardeaba mi pecho. ¿Yo? ¿Casarme con Adrien? Pero, ¿qué tontería es esa? Está claro que él solo me veía como una alumna, nada más. La diferencia entre yo y aquellos niños no era muy grande. Y teniendo a Kagami, jamás se fijaría en una niñata flacucha como yo. Sin embargo... si pensaba todas esas cosas, ¿por qué latía mi corazón tan rápido? 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD