XV

2105 Words
Marinette Llamé al timbre un par de veces y esperé emocionada a que me abrieran.      Estaba fuera de horario de clase, pero la curiosidad me estaba matando y aunque era más que obvio que él había sido el responsable de aquel precioso ramo de flores, quería asegurarme y sobre todo darle las gracias.      Jamás había tenido ese tipo de detalles conmigo, normalmente pasaba desapercibida, con la pobre etiqueta de "sobrina de la familia Cheng" . Así que, el hecho de que alguien se haya tomado las molestias para elegir una flores tan hermosas ya me hacía sentir especial, aunque solo se tratase de un simple regalo de disculpa.     No pasaron ni tres segundos, cuando la puerta principal de la mansión se abrió. Una empleada salió a recibirme y al reconocerme, ensanchó las comisuras de sus labios, esbozando una sonrisa amigable.     —Señorita Marinette, qué sorpresa encontrarla por aquí a éstas horas—dijo, haciéndose a un lado para dejarme paso.     —Sé que es muy temprano pero quería comentarle algunas cositas al Señor Agreste—murmuré y agarré un mechón de pelo para juguetear con él.—¿Sabe si está en casa?      —Claro—aseguró la mujer, cerrando la puerta con pestillo. —Está arriba en su despacho, arreglando algunos asuntillos, pero estoy segura de que puede sacar unos minutos para atenderte.     Normalmente, siempre que iba a aquella casa, era para ir directa a la sala de entrenamiento, no había recorrido ninguna otra habitación y el despacho podría suponer una llegada de meta dentro de un laberinto.     —¿El despacho está...?—comencé a decir, señalando con el dedo la escalera.     —En la primera planta, el pasillo que tienes a la derecha y la tercera habitación—explicó, haciendo señas con las manos.    —Perfecto—emprendí la marcha hacia las escaleras, agarrando mi falda para levantarla al subir los escalones. —¡Gracias!     —No hay de que—dijo la empleada, soltando una pequeña risotada.     Aquella mujer ya me conocía bastante y el tiempo que había pasado yendo a las clases de esgrima le había dado la oportunidad de tratar conmigo y de alguna forma cogerme algo de cariño.      A juzgar por el cambio de humor que había tenido a lo largo de los últimos días. Recuerdo que, al principio, sus miradas no eran para nada agradables y creo que llegó a confundirme con alguna fulana de burdel que venía a hacerle favorcitos a su señor. Ahora, su presencia era una gran ayuda y nos ayudaba con el material de las clases, así como a cambiarme, arreglarme y peinarme de la misma forma que mi tía lo hacía cada vez que salía a la calle. Así, no habría sospechas.     Seguí sus indicaciones y la esquina del primer pasillo que había a la derecha, calculando todas y cada una de las habitaciones. Ese rodal de la casa se me hacía muy extraño, la decoración era más sencilla y algo más recatada. Al parecer, Adrien prefería vivir en un entorno más modesto, al menos a la hora de dormir y hacer sus quehaceres.       El pasillo era muy sencillo, la pintura de un solo color y los cuadros solo representaban dibujos de figuras y estatuas desiguales y desfiguradas. Era un estilo raro, no lo negaba, pero me gustaba. Sin duda, mucho mejor que el gusto recargado y hortero de mi tía, repleto de flores pomposas y estampados horripilantes.      —El pasillo de la derecha y la tercera puerta... Tercera puerta...—me repetí en mi cabeza. —Pasillo de la derecha, tercera puerta...     Parpadeé varias veces, confundida y miré a un lado y después al otro , comprobando que había puertas a cada lado del pasillo y por lo tanto dos terceras puerta.     —Podría haber sido más específica, señora—mascullé y no pude evitar pensar que parecía una retrasada dando vueltas de un lado para otro.—Debería tener cada puerta una etiqueta que deje bien claro que es cada cosa.     Levanté mi dedo índice y como si tuviera cinco años comencé a hacer el p**o p**o gorgorito  Pito p**o gorgorito ¿Dónde vas tú tan bonito? A la era verdadera Pin pan pun fuera En la casa de pinocho Todos cuentan hasta ocho Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho Talvez sí Suerte para mí Si no fuera para mí Será para ti Pito p**o gorgorito ¿Dónde vas tú tan bonito? A la era verdadera Pin pan pun fuera Mi dedo se detuvo en la tercera en el lado derecho.     —Si p**o p**o gorgorito lo dice, es porque tiene que ser esa—murmuré para mí misma.     Sé que era una superstición infantil, pero en más de una ocasión lo había hecho y lo cierto es que siempre me había funcionado. Así que continuaría haciéndolo, así la llamasen cría o inmadura.     Me situé enfrente de la puerta y la examiné con cautela. Tragué profundo y con cautela levanté la mano para dar dos toques.     Nadie respondió.     Fruncí el ceño y llamé de nuevo, esta vez apoyando la oreja en la puerta para escuchar algún rastro de vida.     —¿Adrien?—pregunté, tocando por tercera vez. —¿E-Estás ahí? ¿Puedo entrar?     Giré el pomo de la puerta y abrí un pequeño hueco para asomarme.     Quizás se había quedado dormido en el despacho, al fin y al cabo leer tanto documentos aburridos debía ser un completo aburrimiento. O si no que me lo dijeran a mí, cada vez que mi tía me llamaba para ayudarla a calcular los gastos y deudas de la casa terminaba con la baba caía. En más de alguna ocasión me había llevado una colleja por su parte y debo reconocer que con razón, porque no era la primera vez que había manchado de babas los papeles.     Asomé la cabeza con cuidado y pestañeé varias veces para adaptarme al interior.      No se trataba del despacho, precisamente. Más bien era una alcoba. Un dormitorio, sencillo pero muy elegante. Podría decirse que ocupaba dos habitaciones mías, y a pesar del tamaño de aquel cuarto, no era para nada extravagante, al contrario, solo contaba con una gran cama, un armario de madera y una mesita de noche. Había un gran ventanal en la pared extrema donde caían unas cortinas blancas y translúcidas que permitían el paso de los primeros rayos de sol de la mañana.     Sin duda, unas vistas preciosas, pero no fue la habitación lo que me provocó que prácticamente el corazón se me saliera del pecho y básicamente me diera una taquicardia. Y es que, cuando mis ojos estaban en pleno análisis, lograron divisar en uno extremo, de cara a la cama la silueta de una persona a la que conocía muy bien.     Mis pies se quedaron pegados al suelo y mi cuerpo fue incapaz de reaccionar cuando vi a Adrien de espaldas a mí, llevándose sus manos a los bordes de su camisa para apartarla de su cuerpo y dejarme unas vistas que dejaban muy poco a la imaginación.     Mis ojos se abrieron de golpe y tragué saliva al ver los músculos de su espalda tensarse cuando hicieron fuerza para sacar la camisa por su cabeza.  La imagen que me ofrecía me dejó paralizada y no pude evitar quedarme fija en aquellos hombros anchos y en esa espalda que se iba haciendo cada vez mas estrecha hasta llegar a la cadera.     Nunca lo había tocado, pero su piel debía ser muy tersa y suave.     Sentí un cosquilleo en la punta de mis dedos, como si necesitasen ir al encuentro del hombre que  estaba delante de mí.     La falta de aire se adueñó de mí y por un momento, me creí incapaz de apartar la mirada, hasta que él se giró sobre sus talones para caminar hacia el armario de la alcoba. Fue entonces que, sus ojos esmeraldas e encontraron con los míos y tal y como yo había hecho, los suyos también se abrieron a la par sorprendidos de encontrarme allí, mirando lo que no debía.     Como acto reflejo, agarré con más fuerza el poco de la puerta y con brusquedad cerré la puerta de golpe, interrumpiendo algo que él iba a decirme antes de darle con la puerta en las narices, prácticamente.     «Mierda, mierda, mierda», me maldije a mí misma.     —¿Marinette?—lo escuché preguntar desde el otro lado de la puerta y noté sus pasos recorrer la estancia, haciéndose cada vez más audibles conforme se acercaban.      Retrocedí hacia atrás, sin quitar los ojos de allí. De repente, mi espalda chocó con un gran jarrón de porcelana, con un matojo de flores artificiales que adornaban esa zona. Éste comenzó a tambalearse y tras un extraño bailoteo intentando sostenerlo, terminó por hacerse añicos.    Y como un imán de problemas, Adrien abrió la puerta, y para colmo todavía medio desnudo sin una camisa cubriéndolo.     «Maldición, si por detrás era todo una maldita fantasía por delante es un Dios griego»     Sus ojos verdes me miraron a mí primero y luego se desplazaron al suelo, donde había cientos de trocitos de porcelana esparcidos por todas partes.      —Y-Yo... L-lo siento, ¡lo siento mucho! No quería mirar—me excuse, viéndolo observarme con una expresión seria en la cara.—Estaba buscando el despecho porque tu emplada, digo empleada, dijo que estabas allí pero resulta que hay dos puertas terceras en un mismo pasillo y no sabía si era esta o esa, así que he hecho el p**o p**o gorgorito para aclararme y resulta que es una maldita estafa y me ha fallado—comencé a tartamudear y a decir cosas incoherentes como una estúpida. —Así que no es mi culpa, yo no quería acabar aquí, ha sido el gorgorito que me ha hecho el lío.     —Marinette...—me llamó, intentando interrumpirme, pero yo seguí, despotricando idioteces por la boca     —Pero no pasa nada, enseguida recojo todo esto y se queda como los chorros de oro.    Ignorando completo, dio dos pasos que prácticamente lo pusieron delante de mí, a tan solo dos centímetros de distancia.     —Eh...—murmuró, y colocó una mano sobre mi hombro para tranquilizarme. —Tranquila, no pasa nada.     Parpadeé dos veces, con un tick nervioso y levanté la mirada para mirarlo a los ojos y no estar fija en aquellos abdominales que parecían estar tallados a medida.     —¿N-No estás enfadado?—titubeé, avergonzada. —Me he colado sin permiso en tu cuarto y... he vuelto a romperte otro adorno.     Soltó una pequeña risotada y negó con la cabeza.     —Dejemos que la culpa se la lleve Gorgorito— se burló y aunque una pizca se diversión surcaba sus labios, su gesto no careció de seriedad cuando me tomó de mentó para obligarme a sostenerle la mirada. —No voy a enfadarme, Marinette, pero si quiero que me digas por qué estás aquí. Aún quedan un par de horas para la clase.      Frunció el ceñó y con cuidado me apartó el flequillo de la frente para examinar mi rostro, especialmente las marcas que dejó mi tía en mi piel.     —¿Has vuelto a tener problemas con tu tía?     — L-La verdad no — dije tartamudeando por su cercanía — b-bueno, problemas con ella los tengo siempre p-pero... en esta ocasión era, b-bueno quería agradecerte.    Adrien sonrió levemente y acarició mis cabellos desarreglándolos un poco.    —Pensé que nunca se te pasaría esa actitud berrinchuda que te cargas siempre, quien imaginaría que algún día me agradecerías algo por tu propia voluntad — se burló.    —B-Bueno, después de lo que has hecho imaginé que podría por primera vez, quebrantar esa regla — comenté cruzándome de brazos refiriéndome al hermoso ramo de rosas que descansaba ahora mismo en mi velador.    —Lo que sea por verte sonreír de esa manera, quizás no sea mucho, pero sabes que siempre te apoyaré y te defenderé, así que no tienes que agradecerlo.    —P-Pero quiero, además. Me has subido mucho los ánimos — sonreí.    —¡Wow! Pues, trataré de ponerlo en práctico más seguido.    —N-No tienes porque Adrien, con una vez es suficiente, enserio — le dije rápidamente.    —Lo haré las veces que sea necesario Marinette, no quiero que te enfades nunca conmigo, no me gustaría perder a una de mis mejores y únicas alumnas — dijo soltando una risita.    —Pero con las flores que me enviaste estoy más que complacida, no necesito que lo hagas siempre que armemos una pelea. — cuando dije esto su sonrisa se borró y me miró como si me hubiesen salido dos cabezas.    —¿Qué flores?
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