XIV

2330 Words
Adrien Su rostro... Su piel... estaban teñidos por dos moratones que recorrían su ojo y parte de su mejilla derecha. Tenía las marcas de algunos dedos que se habían incrustado más que el resto y las zonas violáceas eran más evidentes en algunas zonas. —¿Pero ¿qué...? — moví mi mano por su mejilla, acariciando la zona amoratada. Sentí como se estremeció a mi tacto y enseguida aparté la mano. Lo último que quería en aquellos momentos era hacerle más daño. —Marinette, ¿qué te ha pasado? —exigí, cegado por lo que tenía delante de mí. —¿Quién te ha hecho eso? —¿Y qué más da quien lo hiciera? —me espetó, mirándome con la ira reflejada en sus ojos. —¡Pude golpearme con la puerta! —¡Marinette, hablo enserio! —la interrumpí, levantando la voz. Ya me estaba empezando a enfadar, era obvio que alguien le había hecho esas marcas, y no había que ser muy inteligente para darse cuenta de ello. —Alguien te ha golpeado y creo saber de quien se trata, pero quiero escuchártelo decir Marinette, ¡quiero que me lo digas por tu boca! Vi su labio inferior temblar y curvarse hacia abajo en un puchero. Puede que yo también le estuviese haciendo daño al obligarla a hablar en contra de su voluntad, pero quería que lo hiciera, necesitaba que se desahogara y me gritara todo lo que la atormentaba y si estaba en lo cierto y su tía era la responsable, entonces tomaría medidas. No me gustó que hubiera huido de mí durante toda la semana, cuando en lugar de eso, debió habérmelo contado todo, solo así podría haberla ayudado. —¡Dímelo! —insistí, sin permitirme flaquear. —¡Fue mi tía! —confesó finalmente. Y por fin me dio la razón. Ya no se escondió ni intentó reprimir las lágrimas, simplemente las dejó fluir, derrumbándose frente a mis ojos. —Fue ella... Se enteró de mi salida nocturna y... se volvió loca. Me grito y me pegó tantas veces que ni me acuerdo. Todo... Todo por culpa de ese maldito espectáculo al que me llevaste. Esa maldita vieja ya me estaba tocando las narices, era una soberbia, orgullosa y manipuladora. Jamás la había visto tratar a Marinette con un poco de respeto y en lo poco que las había visto juntas, siempre andaba voceando y golpeándola. «Todo por culpa de ese maldito espectáculo al que me llevaste» Con estas palabras dentro de mi cabeza, la liberé, por inercia, soltando sus manos poco a poco hasta dejarla completamente libre. Me quedé sentado en el suelo, con un codo apoyado en la rodilla y la mano sobre mi frente. En cuando se percató de ello, Marinette se reincorporó, alejándose unos centímetros de mí a gatas, hasta llegar a un espacio más alejado. Allí se acurrucó sobre ella misma y comenzó a llorar con más fuerza. —Ha sido culpa mía—murmuré para mis adentros, escuchando sus sollozos de fondo a la vez que mi cabeza reproducía una imagen que me produjo náuseas: la imagen de la Señora Cheng golpeando su sobrina sin consideración ni tregua alguna, para colmo, después de que casi la vendo a un desgraciado. Levanté la cabeza para buscarla y con el alma por los suelos, me puse en pie para avanzar hacia ella. No quería verla llorar, maldita sea, no me gustaba ver a ninguna mujer llorar, mucho menos a ella: la chica de sonrisa interminable. Cuando quedé delante de ella, me agaché, quedando de rodillas y sin darle tiempo ni para pensar, la envolví con mis brazos y la atraje hacia mí, acobijándola con mi cuerpo y dejando que llorara sobre mi pecho. Porque, al fin y al cabo, eso era lo que quería: protegerla y que nadie pudiera hacerle daño. —Lo siento—dije, llevando mi mano hasta su pelo—Fui un tonto y un estúpido también, no debí llevarte a ese lugar. Debí imaginar que tu tía terminaría enterándose. La escuché sollozar más fuerte, aunque no dijo palabra alguna. Y no las necesitaba, solo quería que llorara y sacase todo lo contenido dentro. Y esto no va a volver a ocurrir, ¿me oyes? —dije. —No vas a volver a llorar, ni mucho menos por culpa de tu tía. No te volverá a poner una mano encima. No sabía cómo lo haría, ni cómo iba a apañármelas para que esa loca no la tratara de esa forma, pero algo tendría que ocurrírseme. —Te lo prometo. — aseguré. Marinette    Esas palabras fueron reconfortantes. No soportaba el hecho de estar sola en este tipo de situaciones. Nadie más que Rose y Boulian sabían el infierno que era vivir con mi tía, ellos eran los únicos que me apoyaban y me consolaban cuando estaba en este estado tan deplorable, era algo maravilloso saber que alguien más se unía a ese lazo inquebrantable de apoyo incondicional. Lo que solo fueron minutos, se sintieron como una eternidad, el estar unidos en ese tierno y cálido abrazo me abrió paso a nuevas emociones. Me sentía protegida en sus brazos, como si nada en el mundo fuera capaz de lastimarme. Se separó de mí y me miró a los ojos antes de carraspear un poco incómodo y alejarse. —Supongo que, por hoy las clases se suspenden, por ciertos motivos — recalcó con el ceño fruncido al ver el moratón en mi rostro. Rápidamente lo cubrí para inútilmente, tratar de ocultarlo. —Gracias... Por todo — agradecí con un hilo de voz. El negó con la cabeza. —No, no tienes que agradecerme nada, esto fue prácticamente mi culpa—se puso en pie y me extendió la mano para ayudarme a levantarme. —Venga, te llevo a casa. Sinceramente, no me hace gracia tener que vayas a ese lugar, pero no quiero causarte más problemas con tu tía.  Problemas con mi tía, siento que se me olvida algo... «¡Cierto! ¡La maldita reunión!» Maldición. Seguramente ya había pasado más tiempo del acordado, con preocupación le pregunté la hora a Adrien y este respondió con tranquilidad que todavía era temprano. —¡Tengo que cambiarme! Mi tía ahora si me dará el tierno de gracia si no llego a estar presente — farfullé devolviéndole la espada corriendo hacia mi vestidor improvisado. Desde afuera, Adrien anunció que prepararía su coche y me esperaría afuera. Cuando escuché las pisadas de sus botas alejarse, me desnudé con rapidez dejando caer al suelo las protecciones y el grueso traje de esgrima que entallaba mi cuerpo, nada más quedaban las botas y ¡Listo! Me coloqué el vestido y arreglé mi cabello lo mejor que pude para que no se viera tan desordenado, al llegar a mi habitación lo acomodaría mejor para evitar otro regaño de mi "adorada" tía. Cuando salí de la mansión Agreste, visualicé el auto de Adrien aparcado en el frente de la acera, al verme caminar hacia él, bajó del asiento del conductor y me abrió la puerta tal y como siempre lo hacía cuando viajábamos en su auto. —Ya te he dicho mil veces que no abras la puerta para mi, me han golpeado la cara, no los brazos —reproché, odiaba que me trataran como a una inútil, y él lo sabía. Sin embargo, muy en el fondo apreciaba esos pequeños gestos caballerosos que tenía conmigo. Adrien no mostro ningún signo de emoción al recordarle lo que había pasado con mi tía, pero se recompuso y me cerró la puerta suavemente para luego rodear el auto y sentarse en su asiento. —Sé que no te gusta que lo haga, pero quiero hacerlo. No sería muy caballeroso de mi parte Madmoiselle — habló con voz autoritaria, pero después de convivir con él durante las últimas semanas me había dado cuenta de cuando estaba bromeando y cuando no. Sonreí ladinamente acomodándome en el asiento del copiloto. —Oh, sí claro. — pronuncié — porque sería un gravísimo error el no tener un hombre que nos abra las puertas de los coches, ¡Que tragedia! — exclamé llevando mi mano a mi frente haciendo un fingido acto de indignación haciendo reír a Adrien. —Vale, vale, ya entendí, no eres como las demás Marinette, ya lo sé. Solo te molestaba un poco — aclaró girando el coche en una avenida, ya casi llegábamos. —Mejor que así sea — contesté en un tono bromista ampliando mi sonrisa. Adrien soltó una risita y paró el coche justo enfrente de la puerta de mi tía. —Llegamos — anunció. Suspiré entrecortadamente y antes de que pudiera salir del coche abrí la puerta justo en el momento en que rodeo el coche, impidiendo así que me abriera la puerta. Sonreí con autosuficiencia y cerré con cuidado la puerta del coche cruzada de brazos. —Eres una dama muy peculiar — recalcó enarcando una ceja divertido. Me encogí de hombros sin negar nada «Creo que, llegó el momento de la despedida» —Emm yo... gracias por traerme de vuelta Adrien, y por ya sabes... consolarme — dije lo último entre dientes. —No hay de que Marinette, quiero que tengas muy en claro que no solo soy tu profesor, también considérame un amigo — comentó con una sutil sonrisa. Le devolví el gesto y me abalancé a abrazarlo dejando mi mejilla lastimada recostada en su pecho, el dolor se desvanecía cuando estaba en contacto con él. Me separé a una distancia prudente y evité mirarlo a los ojos a toda costa. —Ya y-yo... supongo que, nos veremos mañana en clases, esta vez de verdad — aclaré con los nervios apoderándose de mi cuerpo. «¿Por qué diantres estoy tartamudeando?» Adrien asintió dándome la razón y con un gesto de dos dedos se despidió por última vez entrando a su coche y arrancando en reversa, sacando su mano y agitándola en mi dirección. Agité mi mano también hasta que el auto se perdió virando en una esquina. Suspiré con melancolía y bajé lentamente mi brazo. Miré la mansión de mi tía y mi cuerpo se tensó al recordar lo que había pasado anteriormente dentro de esa casa. No quería regresar... pero tenía que hacerlo. Entré con sigilo por la puerta trasera y abrí con cuidado la puerta de la cocina, esto no era complicado, había logrado salir y entrar por esa puerta completamente ilesa, esta vez no sería diferente. Escudriñé que nadie estuviera en mi campo de visión y corrí hacia el pasillo que daba a mi habitación, ya estaba frente a la puerta de mi cuarto, solo tenía que abrirla y... —¡Señorita! Qué bueno que la veo, quería decirle que algo llegó para usted, pero no podía encontrarla por ninguna parte — explicó la voz de una de las criadas de mi tía deteniendo por completo mis acciones. Por otro lado, agradecía infinitamente que no haya sido mi tía la que me descubrió rondando por los pasillos. De pronto las palabras de la empleada captaron tardíamente mi atención. —¿Algo para mí? — pregunté parpadeando completamente confusa. La criada asintió con una enorme sonrisa en su rostro para después salir corriendo a buscar no sé qué cosa. Me sorprendí al verla llegar con un hermoso y enorme arreglo floral que yacía en sus manos, era tan grande que ni siquiera me permitió ver el rostro de la criada que lo cargaba. Abrí los ojos desmesuradamente acercándome hacia ella temblorosa. —¿Estas segura de que esto es para mí? — cuestioné una vez más aturdida. La empleada asomo la cabeza a un lado del gigantesco ramo dando una respuesta afirmativa, lo que no hizo sino solo confundirme más. —Llegó para usted en la mañana, iba a entregárselo después del desayuno, pero luego usted desapareció sin dejar rastro alguno y ya no pude hacerlo — se excusó. «Será posible...» —De casualidad, ¿No sabes quién lo envió? — pregunté simulando que no me importaba en absoluto. La criada sostuvo con mayor dificultad el obsequio en sus manos antes de contestar. —Lo lamento señorita, desconozco esa información. Solo dejaron esta tarjeta con su nombre — explico extendiendo la mano mostrándome la carta. La tome extrañada comprobando que efectivamente, solo podía leerse mi nombre con una hermosa y limpia caligrafía. Pero nada más, no había ni fecha, ni dirección, ni mucho menos el nombre de la persona que lo envió. Por más que volteé la carta, esta información no se encontraba por ningún lado. Con rendición le pedí amablemente a la criada que dejara el ramillete en mi habitación junto a mi tocador, y ella con dificultad logró caminar hacia mi alcoba debido al pesado y exageradamente grande obsequio. Tenía un candidato de quién pudo habérmelo enviado, pero no quería sacar conclusiones precipitadas. Con una sonrisa, despedí a la criada que me había llevado el ramo a mi habitación y cerré la puerta detrás de mi escrutando detalladamente el ramo que descansaba en encima de mi tocador. Me acerqué hacia el y acaricié las bonitas y fragantes flores como si fueran lo más delicado del mundo, el olor dulce de las rosas inundo mis fosas nasales dándome un aire de tranquilidad y haciéndome olvidar de todas mis preocupaciones. Abrasé la tarjeta contra mi pecho dejando escapar un suspiro de mis labios y la dejé a un lado de las flores. Solo esperaba poder agradecerle a mi "admirador secreto" mañana. Con una sonrisa, tomé el cepillo alisando mi cabello y acomodando mi vestido. Afortunadamente mi tía aún no había entrado a llamarme a mi habitación con ese claro ceño fruncido característico de ella a vigilarme si estaba lista. Bufé mirando a la chica del espejo, esos horribles golpes que me había encestado mi tía serian difícil de cubrir con maquillaje, estaban demasiado marcados, pero trataría de que se notaran lo menos posible. Esta, sería una larga tarde.
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