XIII

3827 Words
Marinette No podía ser cierto. Mi tía estaba parada frente a mí con la expresión más molesta que había visto en toda mi vida, ni siquiera cuando sucedió el incidente de la fiesta se enfadó tanto como ahora. Estaba cruzada de brazos con el ceño tan fruncido que casi le rozaba el puente de la nariz, y sus ojos destilaban odio profundo, casi enterrándose en mi alma para vaciarla por completo. Mi pecho subía y bajaba respirando agitadamente con el terror y nerviosismo plasmando mi rostro, la pobre de Rose sollozaba detrás de mi tía lamentándose silenciosamente y yo no podía hacer más que retroceder y apretar la falda de mi vestido al ver a mi tía tan molesta. —¿Y bien? — insistió mi tía animándome a que hablara. No sabía que iba a decirle, principalmente porque me había quedado muda del asombro y en segundo plan porque no podía decirle la verdad de mis escapadas. —Tía yo... yo... — titubeé. —¿Tú qué? — preguntó mordazmente. —¿Me puedes explicar... que hacías fuera de casa a estas horas de la noche? ¿Y en esas fachas? — cuestionó mirando mi atuendo. Cierto, era un vestido sencillo y quizás no fuera el más hermoso del mundo, pero era un vestido, al fin y al cabo. —Y-Yo lo puedo explicar... — hablé rápidamente — lo que pasa es que, me dio algo de insomnio y le dije al cochero que si podría llevarme a dar una vuelta para ayudarme a dor... —¡Mientes! — gritó mi tía encolerizada barriéndome con la mirada. — sé muy bien que tu escapada fue a más tardar de las ocho y media y el cochero no pudo haberse despertado a esa hora, eres tú la que de alguna manera logro escabullirse fuera de la casa sin motivo alguno, así que te lo preguntaré una vez más — dijo mi tía acercándose a mi amenazante — ¿Dónde estuviste Marinette? Me quedé callada, incapaz de responder, el miedo que sentía en ese momento no me dejaba hablar. —¿No responderás? — volvió a preguntar colocando sus manos en sus caderas tomando una posición severa. —Lo que más me avergüenza es que hayas utilizado a la servidumbre para que te cubra en tus jueguecitos — alegó masajeándose las sienes como no pudiendo creer lo que acababa de decir. Luego dirigió una mirada gélida a Rose que la hizo temblar — y tu pequeña embustera, recoge tus cosas, desde hoy dejas de servir en esta casa, así que ya te estas largando — espetó mordazmente haciendo a la pobre Rose jadear de horror. —¡No puedes hacer eso! — grite desesperada, si perdía a Rose, no sabía lo que iba a hacer, ella era la amiga más íntima que tenía luego de Boulian. Además, yo sabía más que nadie que necesitaba el trabajo, su madre estaba enferma, y si no reunía lo suficiente para comprar sus medicinas, ella podría morir. De ninguna manera podría permitir eso. —P-Pero señora yo... yo necesito el trabajo — musitó Rose vagamente en medio del llanto. —Eso debiste de haberlo pensado antes de hacer lo que hiciste, vete antes de que tenga que echarte a golpes — advirtió. Rose asintió y llorando se fue a su habitación para reunir sus cosas, no demoraría tanto, puesto que no tenía muchas cosas, solo lo necesario, lo demás nosotros se lo proporcionábamos. —¡Tía por favor! ¡Tú no puedes...! —Tú mejor ni hables — me interrumpió molesta — no tientes a la suerte niña, no estoy nada contenta con tu comportamiento hasta ahora, así que tienes menos de diez segundos para decirme donde diantres estuviste — no podía hacerlo, no podía decirle a donde había salido, sin embargo, si no soltaba la lengua, Rose perdería su empleo y... Una sorpresiva bofetada curvó mi rostro haciéndome trastabillar. Miré a mi tía con un semblante confuso, ni siquiera le había dicho algo para que reaccionara de esa forma. Tomé mi mejilla lastimada con mi mano derecha y no tardé en emitir una queja, ardía, y latía fuertemente por el dolor, si no estuviera tan calmada ahora mismo, juraría que me había roto la cara de un solo golpe. —Ese silencio lo dice todo — murmuró con rabia, no sabía de qué estaba hablando — has estado con un chico ¿no es cierto? — su pregunta hizo un clic en mi cabeza. Vale, lo que decía era más o menos cierto, sí. Había estado con un chico, pero claramente no como ella pensaba, desgraciadamente no podía decirle esa parte. —No es lo que piensas — traté de explicar aun teniendo incrustada la mano en mi mejilla, el golpe seguí latente. —¿Qué otra explicación me darías del que vengas a estas horas de la noche? — ironizó mirándome con sus ojos azul gris como dos dagas clavándose en mi cuerpo. — no puedo creer que estuviera teniendo en mi casa a una vulgar como tú — alegó indignada — que hice para merecer esto — se lamentó en silencio restregando sus ojos con coraje. —¡Pero no hice nada malo! — repliqué al borde del llanto, ya me estaba afectando esta situación. Otra bofetada en el mismo lugar fue su respuesta. —¡Cállate! Ni siquiera quiero que me expliques a detalle las estupideces que cometiste hoy, te irás a tu cuarto en este instante — ordenó — y no saldrás de ahí hasta que se calmen las cosas — me advirtió. Miré a Rose que había visto todo desde el rincón de la sala con una pequeña caja donde estaban reunidas sus cosas, esa imagen me dio ganas de llorar más, aún más que cuando sentí el dolor de la cachetada, sé que para este punto era algo bastante tonto, pero ella no podía quedarse sin empleo por mi culpa. —Siquiera deja que Rose conserve el trabajo — dije con voz quebradiza —ella no tiene la culpa de nada, fui yo quien le dije que me cubriera para salir. Escuché como ella lloraba al oír mis palabras, seguro lamentándose por haber provocado el que mi tía me esté regañando ahora mismo, y ciertamente no la culpaba, mi tía era tan metiche que no tenía ninguna duda de que le había insistido como nunca a la pobre Rose sobre abrir la puerta de mi cuarto. Y al no encontrarme allí, ella pagó los platos rotos. Ella no podía hacer nada contra eso. —Contrataré otra criada y ya está — renegó — pero hasta entonces, esta chamaca, se larga de mi casa — dijo sin prestarle atención al asunto. ... Adrien Caminé de un lado a otro de la habitación absorto en mis pensamientos mientras observaba por el cristal de la ventana a los parisinos que deambulaban por las calles. Miré a lo lejos, la calle por la que Marinette solía aparecer para venir hasta mi casa, esperando a verla como todos los días, sonriente y energética. Sin duda, aquello era algo que me fascinaba de ella, su motivación también me inspiraba y en cierto modo, supuse que fue ella la que me hizo perder la razón y lanzarme con los pies vueltos a una competición en la que no solo ponía en riesgo mi academia, sino la vida de Marinette. Fui impulsivo y en cierta manera descabellado. Sin duda el hombre con principios que había sido se había tirado al charco junto a la joven que había llegado como un torbellino para poner su vida patas arriba. Dargencourt me había sacado de quicio durante todo el torneo y encima verlo mirar a Marinette de ese modo me puso de peor humor. Por no mencionar la ridícula admiración que ella misma le tenía. Quizás esa fue la verdadera causa: la necesidad de demostrarle que era el mejor y sin necesidad de publicidad y buena imagen. Y eso me había costado bien caro, porque la había hecho enfadar y en parte, con razón. Ella siempre había defendido sus derechos y yo como un idiota la había puesto en venta como el mejor postor. Desde el principio, tenía claro que iba a ganar y por eso no consideré los riesgos, aunque, por otra parte, si por razones del destino la cosa se hubiera dado mal, había perdido la academia y Marinette... Cerré mis manos en puños y tensé mi mandíbula, cegado por unos pensamientos que me revolvieron las tripas. Si hubiera perdido, ella habría tenido que entregarse a él. La simple idea de imaginar a ese desgraciado tocándola me descontrolaba y seguramente, dado el caso de una posible derrota, no me imaginaba a mí mismo cediendo para entregarla. Ni loco lo hubiera consentido. Me llevé una mano a la frente y me golpeé varias veces con la palma, maldiciéndome a mí mismo. ¿Cómo pude ser tan idiota? Después de esto, era obvio que no se atreviera a aparecer por aquí. Me habrá tomado como un imbécil, de esos de los que ella huye y critica sin ton ni son. Estaría enfadada conmigo y con razón. Respiré hondo y me obligué a separarme de la ventana para bajar a la primera planta del edificio. Ella siempre llegaba puntual y si no había aparecido, mucho me temía que no tendría intención de hacerlo. —Disculpe— llamé a una de las empleadas de la casa. La mujer se dio la vuelta, observándome a la espera de cualquier cosa que se me antojara. —¿Sabe si la Señorita Dupain Cheng ha venido por aquí? —pregunté, pasándome una mano por el pelo para peinarlo a hacia atrás, aunque poco después, los mechones rubios pronto comenzaron a caer de nuevo por mi frente. La empleada frunció el ceño pensativa, pero en seguida negó con la cabeza. —No, Señor—dijo. — No la he visto desde ayer. —Entiendo— murmuré, más para mí mismo que para ella. —¿Quiere que avise a alguien para que la vayan a buscar? —preguntó. —No, no—negué de inmediato. —No será necesario. Como si alguien nos hubiera escuchado, llamaron a la puerta principal de la casa. Ambos nos giramos a la vez y nos quedamos fijos en la puerta. «Al final si ha venido» La empleada se adelantó a abrir la puerta y pronto apareció una joven azabache que me observaba con una radiante sonrisa desde el umbral de la puerta. —Señorita Tsurugi—saludó la empleada—. Adelante. «Pues no era ella» —Amor—esbocé una sonrisa, dando un par de pasos para recibirla. — ¿Tan temprano por aquí? Se inclinó un poco y depositó un casto beso entre mis labios, luego los entreabrió, ensanchando aún más su sonrisa. —Me han invitado a tomar el té y como me pillaba de paso se me ocurrió venir a verte. La abracé por detrás, rodeando sus hombros con uno de mis brazos e incitándola a caminar a la sala de estar. —Y ha sido una maravillosa elección—me incliné para besar su cabeza mientras que mis ojos se posaban de nuevo en esa puerta que una vez más estaba cerrada.  ...     Pasó una semana entera y Marinette no apareció ni para confirmar que, en efecto, pensaba dejar las clases. Aún no podía hacerme a la idea. No podía creer que, por un error, abandonara la esgrima, un sueño que en muchas ocasiones había dicho que se estaba haciendo realidad. No quería ser el responsable de esa derrota. No quería ser la razón que la había obligado a tomar esa decisión. Desde que bajó del coche, supe que estaba enfada, pero jamás imaginé llegar al punto de cortar las clases y en general esa extraña relación que habíamos formados. Porque para ser sincero, le había cogido cariño a la cría. Su espontaneidad y su energía tenía el poder de contagiar toda la casa. Jamás me había considerado un hombre alegre, no solía sonreír, ni mucho menos reír, dar la vida por mi academia y por mi pareja me habían dificultado hacerlo. Y no fue hasta su llegada, cuando sonreír se había convertido en prácticamente un hábito para mí. Con Marinette, era más fácil estar de buen humor, y eso que los primeros días me sacaba un poco de quicio, eso no iba a negarlo. Pero supongo que, con el tiempo, había aprendido a entenderla, a conocerla mejor y saber cuáles eran sus miedos, objetivos, aficiones y alegrías en la vida. Era una chica diferente y podía decirse que única, en todos los sentidos. Porque, j***r, ¿dónde se encontraba a una mujer aficionada a la esgrima? Y además de aficionada, no lo hacía nada mal. Era obvio que aún era una novata, pero en el poco tiempo que llevaba dándole clase, había mejorado bastante bien, tanto que juraría que había logrado alcanzar a uno de mis mejores alumnos varones. Suspiré con resignación y me apoyé en el sillón que tenía en la sala de estar. «¿Cómo había llegado a este punto?» Mis ojos recayeron en el gran reloj de madera que había en una de las pareces y no pude evitar pensar en la clase que supuestamente daríamos, si lo ocurrido en el espectáculo de la semana pasada no hubiese terminado tan mal. Siempre acostumbraba a llegar cinco minutos temprano, le gustaba prepararse y colocarle el uniforme y las protecciones despacio y con calma, y así no perder ni un solo minuto de práctica. Todo estaba yendo bien hasta que yo, con mi maldito ego tuve que aceptar esa maldita apuesta, que, de una forma u otra, terminé perdiendo, porque había perdido a mi alumna, y aunque me jodiera admitirlo, me tenía de cabeza. Ya habíamos comenzado a entendernos, y por muy raro que pareciese la consideraba una hermana a la que debía cuidar y proteger. Así había sido nuestra relación. A lo largo de la semana, se me había ocurrido ir a buscarla, llamar a la puerta de su casa y exigirle una explicación, pero, ¿con qué pretexto lo haría? Su tía estaba al mando de aquella casa, y si me presentaba allí solo para buscar a su sobrina sin motivo aparente, solo conseguiría meterla en problemas. Respiré hondo y me obligué a ponerme en pie para salir un poco de casa y despejar la cabeza. Tenía que comprar material nuevo, algunas protecciones y cascos que se habían roto en las últimas clases. Agarré un abrigo colgado en un perchero de madera y caminé hacia la entrada principal, poniéndomelo al paso, mientras que mi mente indagaba cada dos por tres en cierta azabache de mirada oceánica. —Señor—me llamó una empleada, hablando detrás de mí mientras que cogía las llaves de casa. —Dime, Madeline—dije, distraído, buscando la llave correcta y un cigarro que fumar durante el camino. —La señorita Dupain Cheng está aquí—dijo, y en ese mismo instante, me detuve, girándome poco a poco para observar a ver como Marinette estaba escondida, detrás de la espalda de la empleada. —Ah...—dije, sin disimular el asombro que se reflejaba en mis ojos. —Yo...—comenzó a decir mi alumna, aparentemente incómoda. Jugueteó con un mechón de su pelo, que hoy estaba suelto y despeinado, a tal punto de taparle la mayor parte de su rostro. —Voy arriba a ponerme el uniforme para... la clase. —Me miró de reojo, e ignorando que tenía todas las pintas de salir, subió los escalones, corriendo como si intentada huir de algo. Intercambié una mirada extraña con Madeline, quien simplemente se encogió de hombros y continuó con sus quehaceres. «Enserio, esta chica va a terminar por volverme loco» Cogí aire, y con la atención puesta en las escaleras me volví a quitar el abrigo para seguir su misma dirección. Cuando llegué a la sala de entrenamiento la encontré lista y preparada, con el uniforme puesto. Se estaba ajustando las protecciones y el casco lo tenía en el suelo, a un lado de ella. La observé en silencio, incrédulo, analizando cada uno de sus movimientos. Su comportamiento era muy raro; estaba seria y parecía no querer tener mucho contacto visual. Caminé con cautela hasta el panel donde tenía el material y las espadas y cogí una sin quitarle los ojos de encima. —Creí que no te volvería a ver por aquí—dije, estudiándola y jugueteando con la espada. Ni siquiera perdí tiempo en ponerme el uniforme, porque en realidad no tenía intención de dar clase ese día, sino de hablar y aclarar un par de cosas. Terminó de acoplarse el uniforme al completo y se colocó el casco, agarrando consigo otra espada. —Me gustaría no entretenerme demasiado, Señor Agreste—dijo, acercándose algunos pasos hacia mí. —Solo podré dar media hora de clase, tengo que acompañar a mi tía a una reunión. —Mira por donde, entonces tendré que ir más al grano con las palabras—dije, caminando yo también hacia ella. —Necesito que hablemos. Apenas quedamos a diez centímetros el uno del otro, una distancia demasiado corta para practicar cualquier tipo de estocada. —Tengo más urgencia en dar la clase, profesor—dijo, y su tono de voz, borde y tosco captó mi atención. — He perdido práctica durante esta semana y quiero ponerme al día. Levanté las comisuras de mis labios y sonreí burlón. —¿Y podría saber el por qué de su ausencia en estos siete días, Señorita Dupain Cheng? —inquirí, siguiéndole ese jueguecito de llamarnos como solíamos hacer en un inicio. —Porque una ausencia tan grande y para colmo injustificada, me daría la excusa perfecta para expulsarla de mi academia. No pude verle la cara, el casco ocultaba todo su rostro, pero a juzgar por su siguiente movimiento, supe que aquello no le había sentado demasiado bien. Retrocedió un par de pasos y sin darme tregua comenzó con una estocada directa, dándome el tiempo suficiente nada más que para realizar una defensa torpe. —¡Oye! —mascullé, realizando una contra defensa, seguida de un ataque. —¡No he dado la orden para comenzar! —¡Y yo dije que no tenía tiempo para dar explicaciones! —me espetó, atacándome con más brusquedad que en el resto de entrenamiento. —Pues estaría bien, ¿sabes? Porque me debes un par de ellas—gruñí, dibujado tres estocadas y entorpecieron sus movimientos. Puede que fuera buena y su enfado y malestar la hacía parecer aún mejor, pero no dejaba de ser una alumna inexperta que quería hacerle frente a su profesor, puede que quisiera vengarse por lo de la apuesta, y solo buscase un acto de rebeldía para devolverme el golpe, pero lo cierto fue que aquel juego me estaba divirtiendo al mismo nivel que molestando. Cansado de tanto jueguecito, realicé mi último movimiento, al que acompañé con una zancadilla que la hizo caer al suelo. Soltó un quejido, mezcla de la sorpresa y el enfado. Su espada salió disparada varios metros atrás y cuando quise levantarse para salir a recogerla, me agaché, apresándola con mi cuerpo a la vez que inmovilizaba sus manos por encima de la cabeza. No se me iba a escapar y no pensaba dejarla ir hasta que me dijera donde había estado metido en estos siete días. —¡Eso es trampa! —espetó, retorciéndose con fuerza para liberarse. Colé una pierna entre las suyas para que dejara de patalear y la miré directamente a los ojos, que estabas cubiertos por el casco. —No se puede hacer trampa cuando no se está en un combate legal—dije, sonriendo con sorna. —No he dado la orden de empezar, así que lo que sea que hayamos hecho no es considerado esgrima y, por lo tanto, puedo hacer lo que me dé la gana La escuché insultarme con todos los insultos posibles. Aun así, no me ablandé, continué apresándola y con las intenciones firmes: hacerla hablar de una forma y otra. —¡¡Adrien suéltame!!—me gritó y pude adivinar por su voz quebrada que estaba a punto de echar a llorar. —¡Esto es un atropello! —Vas a contármelo todo—le exigí, apartando una de mis manos de sus muñecas para llevarla hasta el casco. Al notar esto, ella tembló y soltó un sollozo más audible. —El porque te fuiste de esa forma sin escucharme, y el por qué has estado desaparecida estos días. —Adrien, no... ¡No lo hagas! —me suplicó y supuse que se refería a mis intenciones de quitarle el casco. —¡No quiero! ¡No quiero que me veas! Fruncí el ceño, al principio extrañado por esa repentina necesidad de ocultarse, pero luego, no pude evitar sonreír divertido. —¿Por qué? —pregunté. —¿Te ha salido una verruga en la nariz como a una bruja y no quieres que la vea? Ella no presentó señales de reír, al contrario, permaneció callada, luchando con todas sus fuerzas por liberarse. —¡Si no vas a darme clase, entonces déjame en paz! —me pidió. —No tengo por qué estar perdiendo el tiempo. No tenemos nada de qué hablar—soltó un gemido de malestar, al verse completamente presa e indefensa debajo de mí, pues a pesar de sus esfuerzos, parecía estar comprendiendo que no había nada que pudiera hacer contra mí. —Simplemente me equivoqué contigo. Creí estar delante de un hombre diferente, un hombre que respeta y valora a una mujer por lo que hace y por lo que es y me demostraste lo contrario, vendiéndome al primer imbécil que pretendía meterse en mis piernas. ¡Me defraudaste, Adrien! ¡Y te odio por eso! Sus palabras me jodieron y lo hicieron aún más porque, aunque no quisiera reconocerlo, ella tenía razón. Aun conociéndola, jugué con ella como me vino en gana. Pero, no pensaba ser menos, ella también me decepcionó viendo material de esgrima en un tipo que consiguió fama gracias a la publicidad y a la imagen. Me desvaloró, y dejó mi ego por los suelos, prefiriéndolo a él antes que a mí y eso... Eso no pensaba perdonárselo. Furioso ante estos pensamientos, agarré su casco con más fuerza, sacándole un grito cuando se lo quité, lanzándolo hacia atrás para centrarme en lo que quería ver: su rostro. —No, ¡No! ¡Suéltame! ¡He dicho que me sueltes! No la escuché e ignorando sus súplicas la cogí del mentón para que me mirase a los ojos. Y fue entonces cuando, sentí como un mareo se apoderó de mi cuerpo, provocando que mis brazos flaqueasen y mi respiración se viera cohibida. Su rostro... Su piel... estaban teñidos por dos moratones que recorrían su ojo y parte de su mejilla derecha. 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD