Adrien
Le pegué un buen trago a la jarra de cerveza y la dejé sin apenas cuidado sobre la mesa de madera, observando la competición al detalle; cada movimiento, estocada y técnica. La mayoría del público se dedicaba a vitorear y a gritar como si aquello fuese nada más ni nada menos que una pelea callejera, de esas que se daban en tabernas de mala muerte y donde se apostaban todo tipo de cosas. Aunque, pensándolo fríamente, aquello no era muy diferente. Cuando recibí las entradas para ver al maravilloso Dargençour, creí que se trataría de un escenario lujoso, quizás en el palacio de deportes o en la plazoleta del ayuntamiento. Y en lugar de eso, el tipo estaba luchando en un bar a las afueras de la ciudad, con gente que estaría forrada, pero que, a determinadas horas de la noche y pasados de copas, parecían cuatro mendigos borrachos. El local engañaba a simple vista y podía parecer pequeño por su fachada, pero por dentro era bastante espacioso.
En lo alto al fondo había una barra con un tipo que tenía pinta de mayordomo de novela y en el centro, también más elevado, estaba una grada donde el famosos campeón de esgrima les estaba dando una paliza a todos los pardillos a los que había pagado para ponerse en ridículo. Con principiantes como oponentes, parecer un campeón eran fácil. Ninguno de esos tíos estaba a la altura de ser un esgrimista.
Esbocé una mueca y miré de reojo a Marinette. A diferencia de mí, ella miraba a Dargençour como si fuera una especie de Dios de otro mundo. No se estaba quieta en su asiento y no paraba de animarlo, levantándose y dando pequeños saltitos cada vez que la cosa parecía difícil. Al parecer, era completamente ajena a la crudeza del ambiente, porque había más borrachos que otra cosa. Apenas había mujeres, tan solo dos y por su aspecto y vestimentas era dos prostitutas que se habían traído para animar el ambiente.
No podía evitarlo. Lamentaba haberla traído hasta aquí, y más de una vez estuve a punto de sacarla, pero cuando veía su cara de entusiasmo, me ablandaba y esperaba a que la siguiente ronda terminara.
Maldije para mis adentros y apoyé los codos sobre mis rodillas intentando centrarme en la competición y no en los idiotas que rondaban por nuestro lado para mirar a Marinette. Le lancé a uno de ellos una mirada fulminante y tras aquel toque de advertencia el muy imbécil continuó con su camino.
—¡Punto para Dangerçour! —exclamó el jurado, levantando la mano derecha, la que le correspondía a Dangerçour.
—¡¡Sí!!—Marinette se levantó de su asiento y empezó a aplaudir como una loca. —¡¿Lo has visto?!—se giró hacia mí entusiasmada— ¡Lo ha vuelto a hacer! ¡Es un genio!
Puse los ojos en blanco y negué con la cabeza. Si tan solo le pusieran a un oponente dino entonces podría hablarse de genio.
Como si pudiera oírla, Dargençour se giró hacia ella y le guiñó un ojo a la vez que le mandaba un beso en el aire.
«Genial, ahora el tío se creía un artista famoso de los que dejan corazones rotos tras de sí»
Al ver tal gesto, Marinette abrió los ojos atónica y dio dos saltitos, aguantando toda la emoción y adrenalina que se le había metido por dentro.
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! —se dejó caer sobre su asiento, con la mirada fija en el hombre que parecía ser su ídolo—¿Lo ha hecho para mí? Por favor dime que no me ha mirado a mí.
—Por favor Marinette, deja de hacer el idiota y compórtate—la regañé.
Se estaba comportando como una niña que ve a su super héroe favorito. Sabía que tenía gran devoción por él, pero no hasta este punto. Armaba mucho escándalo y obviamente, la gente se estaba dando cuenta de que ella ni de lejos Kagami.
—Es que no puedo evitarlo—se reincorporó al instante y me miró emocionada—. Tú no lo entiendes, pero llevo desde pequeña viéndolo en los periódicos. Gana todo, absolutamente, todo. ¡Es todo un campeón!
Se giró de nuevo a la plataforma y observó al tipo que parecía que iba a tomar un descanso de cinco minutos.
—Que va—esbocé una mueca de desagrado y seguí la dirección de su mirada. —Los está ganando a todos porque esos tipos son buenos para nada. ¿No lo ves? No duran ni dos minutos
—Eso es porque Dargençour es todo un experto—defendió ella con expresión molesta.
—No sé cuánto dinero les habrán pagado, pero te digo que esos hombres son peores que tú—esbocé una sonrisa burlona y me recosté sobre mi asiento. —Y ya es decir.
Me fulminó con la mirada y se inclinó hacia mí con el ceño fruncido.
—¿Qué insinúas, Adrien? —masculló, molesta por mi comentario.
—Insinúo que podría ganar a ese campeón que dices con los ojos cerrados—dije, sin pelos en la lengua, porque era verdad. Había estado observando a ese tipo toda la noche y no tenía ni técnica, ni estilo ni nada bueno para la esgrima. Era todo apariencia, nada más y eso lo sabía de sobra.
—Sí, ya. Más quisieras tú—ironizó Marinette.
—¿Le estás vacilando a tu profesor, bichito? —dije, inclinándome un poco para acercarme a ella. —Porque te recuerdo quien es el que entiende de esgrima aquí.
Sus ojos azules me recorrieron, con esa carita de no estar creyéndose una mierda de lo que decía.
—Yo solo digo que ese tipo sale en los periódicos y ha ganado a esgrimistas licenciados por toda Europa—me dijo. —No seré experta en esgrima, pero sé leer.
Me reí para mis adentros.
—¿Apostamos algo? —dije, con indiferencia.
—¿Qué? —me miró confundida, como si no supiera por donde iba la cosa.
—Te apuesto lo que quieras a que puedo ganar a tu campeón en menos de tres minutos.
—¿Estás loco? —me espetó, mirando a su alrededor por si alguien nos escuchaba. —No puedes hacer eso, no formas parte de los competidores sino de público. Además, no sería capaz de ganarlo, podría arruinar tu carrera como profesor de esgrima.
Vale, aquel fue un golpe bajo y por un momento me dieron ganas de castigarla y lo hubiera dudado si hubiéramos estado solos. Eso por dudar de las capacidades de su profesor.
Esbocé una sonrisa y me puse en pie, mirando el escenario.
—¡Oye! —me agarró de la manga de la chaqueta y tiró de mí para obligarme a sentarme. —Pero ¡¿qué haces?! ¡Siéntate!
—Te he dicho que puedo ganar y te lo demostraré—le aseguré. —Después ya hablaremos de lo que me debes si gano.
—Vaya, vaya, vaya—dijo una voz a nuestras espaldas. —Pero si es nada más ni nada menos que Adrien Agreste, el dueño de la mejor academia de esgrima de todo París.
«Y aquí estaba»
Me tomé unos segundos y me di media vuelta, con la mejor de mis sonrisas para darle la bienvenida que se merecía.
—Qué alegría volver a verte, compañero—Dargençour ensanchó su sonrisa y me extendió su mano, esperando a que yo le correspondiera al gesto. —Ha pasado mucho tiempo.
Me quedé mirando, primero su mano y después su cara de pánfilo.
—Lo mismo digo—levanté mi brazo y le estreché la mano. No traté de ocultar el malestar que me producía estar tan cerca de este tipo, porque para qué negarlo: no me caía bien.
Estudiamos en la misma academia y él siempre estaba empeñado en ser mejor que yo. Me la tenía fichada y no desperdiciaba la oportunidad de competir contra mí. Él y yo éramos los mejores y podía decirse que por eso existía esa continua rivalidad entre nosotros. Cuando finalizamos nuestros estudios, yo preferí una vida modesta, quedarme en París y continuar con la esgrima en un entorno más tranquilo. Él, por el contrario, aprovechó la oportunidad que nos ofrecieron a los dos para recorrer toda Europa y presentarse a todos los campeonatos posibles. Supongo que eso fue lo que lo llevó a la fama, pero no por sus logros ni su profesionalidad en la esgrima, sino en apariencia y en la imagen comercial.
Podía engañar a todo el mundo, pero a mí no. Yo había crecido con él y conocía su técnica. No era ni de lejos la que llevaría a un buen esgrimista al éxito. Más bien era el dinero lo que podría haberlo llevado a lo más alto y por eso me jodía aún más ver como todos éstos idiotas lo vitoreaban, incluida Marinette.
Me atrevería a decir que se habría pasado tanto tiempo fingiendo ganar, que su verdadero talento se había desinflado junto con sus ganas de seguir mejorando.
Con estos pensamientos, me quedé observándolo con detenimiento, frunciendo el ceño y esperando a que soltara una de las suyas.
—No pensé verte por aquí—dijo, levantando una mano para captar la atención del camarero
—Me mandaste dos invitaciones—dije, con indiferencia. —Qué menos podía hacer que ver en acción a un viejo amigo. Sería una falta de respeto rechazarla.
Cuando me llegó el sobre con las dos entradas, lo primero que se me pasó por la cabeza fue tirarlas al primer contenedor que me pillara de paso, pero tampoco pensaba darle el gusto de parecer un cobarde y como Kagami se negaría a asistir a una competición de hombres me decanté por decírselo a Marinette y dejarle en claro a aquel idiota que no me temblaban los pantalones para presentarme allí y desafiarlo a un combate si hacía falta.
Dargençour carraspeó y soltó una pequeña risotada mientras cogía una jarra de cerveza que le había tendido el camarero de antes.
—Y al parecer veo que han sido muy bien empleadas—sus ojos castaños repararon en Marinette que observaba la escena con la boca abierta. Al parecer le había pillado por sorpresa mi repentino reencuentro con su ídolo. —Vienes muy bien acompañado.
Se acercó hacia Marinette y se inclinó para hacerle una pequeña reverencia.
—Señorita—saludó bajo la atenta mirada de mi alumna, que lo miraba maravillada. —Me honra decirle que es usted lo más maravillo de este antro de lobos hambrientos.
Marinette pestañeó varias veces con nerviosismo y agachó la mirada avergonzada mientras se mordía el labio inferior.
—O-Oh...—jugueteó incómoda con la falda de su vestido y se esforzó por no tartamudear demasiado delante de esgrimista. —G-Gracias, es muy amable.
—Parece que aquí mi amigo es un hombre con suerte— escrutó el rostro de Marinette y apartó un mechón azabache detrás de su oreja.
Me interpuse entre ellos, apartando con disimulo esa mano que terminaría por inspeccionar otras zonas si se le daba la oportunidad. Sonreí con falsedad y lo encaré con la mirada, quedando a tan solo dos pasos de él.
—¿No tienes más rondas que ganar, campeón? —pregunté. Me crucé de brazos y oculté con mi cuerpo a Marinette.
Dargençour le dio un trago a su jarra y la dejó con fuerza sobre la mesita redonda de madera. Soltó todo su aliento sobre mí y me observó con socarronería.
—Ya he terminado—dijo, altanero. —Y cómo ves, he ganado todas y cada una de ellas
Solté una pequeña risotada socarrona que no parecía hacerle mucha gracia.
—¿Tienes algo que comentar al respecto? —inquirió, dando un paso adelante para poner nuestros rostros cara a cara. —Me gustaría saber la opinión de un viejo amigo.
Ensanché mi sonrisa y fingí pensármelo.
—Bastante flojo, la verdad—confesé. —Teniendo en cuenta que has competido con cuatro principiantes que ni a eso llegan.
—Vaya...—musitó con una sonrisa fingida. — Golpe bajo para mi carrera.
—Un buen esgrimista aprende de las críticas y los errores—lo interrumpí con expresión serena. —Creía que eso lo tenías muy presente.
—Pareces muy seguro de lo que significa ser un buen esgrimista—dijo y por primera vez la diversión se desvaneció de sus ojos. —¿Acaso tú te consideras como tal?
—No me considero bueno o malo en esto, prefiero a que alguien me vea y me juzgue para poder creérmelo, aunque sea un poco—aseguré.
—Entonces, dejemos que lo hagan—dijo. Se echó varios pasos hacia atrás y se arremangó las mangas del uniforme de esgrima que llevaba puesto. —Uno contra uno, como en los viejos tiempos.
Arqueé las cejas burlón, mirándolo desde arriba. Ahora sí estaba hablando con claridad.
—La ronda de principiantes ya ha terminado y creo que el público aún sigue con ganas de ver un buen espectáculo—dijo y le hozo una señal a un tipo para que trajera un uniforma y dos espadas.
—Puede, quizás porque ahora comenzará el verdadero espectáculo—vacilé un instante y sonreí con socarronería viendo como el que parecía el sirviente de Dargençour me tendía el uniforme y la espada. —Solo me quedaré con la espada, el uniforme solo nos retrasaría.
—¿Estás seguro? —Dargençour enarcó una ceja. —Podrías llevarte un mal golpe y salir mal parado por no llevar las protecciones necesarias.
—No tendré esa oportunidad—aseguré.
—Adrien—Marinette me cogió del brazo y tiró de mí. Me miró preocupada y después miró al que sería mi oponente. —N-No... No sé si esto es buena idea.
—Tranquila—susurré. —No te preocupes, sé lo que hago.
Escrutó mi rostro, debatiéndose si decir o no sus siguientes palabras, pero antes de darle la oportunidad Dargençour se precipitó, volviendo a acercarse a nosotros.
—Este es el trato—dijo, mirándonos a mí y a Marinette con diversión. —Si yo gano, tendrás que entregarme lo que yo te pida y si tu hagas tendrás lo que tú quieras, no te cortes, puedo ofrecerte lo que quieras... Aunque claro, primero tendrás que ganarme.
—¿Y qué se supone que quieres de mí? —inquirí. Éste tipo se las traía.—Creía que el gran Dargençour no tenía nada que envidiarme.
—Las cosas cambian viejo amigo y uno no es feliz hasta que no es sueño dueño de todo—aseguró. —Y tú tienes algo que me interesa bastante.
Apoyé mis dos manos en los costados y esperé a que dijera su propuesta.
—Te escucho—dije.
Dio un par de vuelas, caminando de un lugar a otro de le mesa con la mano en su mentón.
—Si gano, me entregarás la academia de esgrima—pronunció sus palabras lento y despacio para saborear aún más el estado de confusión que había dejado en mi cara. —Firmarás los papeles necesarios para dejarme a mí al completo cargo de ella.
Lo observé indiferente, pensando en lo que suponía la pérdida de la academia, el lugar que construí a base de trabajo y esfuerzo. Me pasé años ahorrando para lograr que ese lugar gozara de todos los lujos y categorías que ahora poseía. Ese sitio era mi futuro y lo que me garantizaba seguir trabajando en lo que de verdad adoraba.
Si lo perdía, perdería una parte de mí.
Mis ojos conectaron con los de Dargençour que esperaba pacientemente una respuesta por mi parte y luego, miré a Marinette que por su cara sabía que todo aquello no le parecía una buena idea.
Me negó con la cabeza, diciéndome que aquello era una completa estupidez y en parte puede que lo fuera, pero la vida sin riesgos ni estupideces era una mierda y eso Marinette lo tenía muy presente.
Sonreí y extendí mi brazo con mi mano abierta.
—Está bien—dije con la boca pequeña.
El esgrimista se mofó durante unos segundos, haciéndome esperar con el brazo extendido, como si ahora él fuese quien tenía que pensárselo.
—La academia no es lo único que envidio de ti—dijo, sin tener aún intención de aceptar el trato. Ensanchó su sonrisa y sus ojos recayeron en Marinette. —La chica también viene incluida en el trato.
—¿Qué? —exclamamos Marinette y yo al unísono.
—Por favor, no soy ciego. Sé de esgrima, pero también sé de mujeres y esa que tienes ahí es una preciosidad—recorrió a mi alumna de arriba abajo, lamiéndose el labio inferior con una obscenidad que me hizo cerrar mis dos manos en puños y saltarme las reglas de la esgrima para romperle la cara.
—¡Pero ¿cómo se atreve?!—Marinette se puso en pie de golpe, los sus ojos llameantes y expresión furiosa. —¡¿Por quién me toma?! ¡¿Se cree premio que se pierde y se gana?!
Hizo afán de caminar hacia el tipo, pero antes de que llegara hasta él, yo extendí mi brazo frente a ella para impedirle el paso, sin dejar de fulminar con la mirada al desgraciado que tenía delante.
Marinette enmudeció al instante y me miró confundida.
Me puse frente a ella y caminé con despreocupación hacia Dargençour hasta quedar a pocos centímetros de él y por un momento, el muy cobarde retrocedió un paso y tragó saliva.
—Trato hecho—mascullé. —Tendrás la academia, pero a la chica solo por una noche.
—¡¿Qué?!—gritó Marinette en cuanto me escuchó. —¡¿Estás loco?!
—Marinette, cállate—le espeté, mirándola con dureza. —Son cosas de hombres, así que dedícate a quedarte sentada.
Sentí sus ojos llameantes a mis espaldas, pero los ignoré para centrarme en el cabrón que tenía delante.
—Está bien—dijo Dargençour mirando de reojo a Marinette—Con una noche, me basta para hacerle de todo.
—Pero con una condición. —Lo interrumpí de golpe. —Yo también quiero algo a cambio.
—Tú dirás, Agreste—dijo.
—Si yo gano, les contarás a todos la verdad que hay detrás de esa apariencia de esgrimista. Puedes engañarlos a todos, pero a mí no. Sé que esas victorias por Europa no son ciertas y pienso hacerte cantar la verdad en cuanto gane el primer asalto.
Esta vez, le tocó a él pensárselo. Se tomó varios segundos y después vaciló.
—Está bien—musitó entre dientes y se hizo a un lado para hacerme un gesto con el brazo para incitarme a caminar hacia el escenario—Cuando estés listo, viejo amigo.
Agarré con firmeza mi espada y comencé a caminar con él pisándome los talones.
—¡Adrien Agreste te odio! ¿Me oyes? —me gritó Marinette, con sus mejillas sonrosas por la furia. —¡Te odio!
Ladeé mi rostro para observarla desde la distancia e ignorando sus palabras sonreí divertido, mientras le guiñaba un ojo que solo la enfureció más.
Había dudado de mí y había creído mejor a un idiota con uniforme que en mí. Así que ahora le tocaba un castigo y así que más le valía confiar en mí si quería salir ilesa del asunto. Sabía que la había metido en problemas, pero solo sería por unos pocos minutos, porque no pensaba perder.
Con ella en juego, no lo haría.
Y entonces, veremos quién es su nuevo ídolo después de esto.
Marinette
Estaba súper molesta con Adrien en este momento, ¿¡Cómo se atrevía a apostarme como si fuera cualquier cosa!? Ya ni me importaba si quiera observar la batalla de él con el que hace segundos atrás había creído que era mi ídolo, el hombre que había observado como cien veces en el periódico hablando de sus trofeos y viajes por el mundo. En cuando llegara a casa, tiraría todos y cada uno de los recortes que tenía sobre Dangençour y sus logros, no podía seguir admirando a alguien que planeaba aprovecharse de mí una vez que ganara el estúpido combate que había realizado con Adrien.
Esa última frase hizo que me diera un escalofrío, era cierto, estaba prácticamente en las manos de Adrien luchar contra uno de los mejores esgrimistas a cambio de mí y de su Academia. Era una verdadera locura.
Sin embargo, ya no había marcha atrás, la pelea estaba a punto de comenzar y yo... estaba ardiendo en furia a la vez que estaba temerosa de saber quién ganaría la batalla.
«Más te vale que ganes Adrien»
El árbitro indico que se saludaran y segundos después extendió una mano al frente para agitarla y hacer sonar su silbato, dando inicio a la audaz pelea.
Los movimientos de Adrien a comparación con los de Dangençour, eran ágiles y diestros, mientras que el otro hombre a penas y podía seguirle el ritmo de los feroces ataques.
Me estremecía al observar eso, Adrien había tenido razón sobre Dangençour, él no sabía absolutamente nada de esgrima, era solo una publicidad barata que engañaba a las personas haciéndoles creer que todo eso de los trofeos y entrevistas era real, me atrevía decir que yo siendo una principiante podía ganarle sin problemas
Miré a lo lejos asombrada el cómo Adrien utilizaba la misma táctica que uso conmigo en mi primer encuentro, hizo una engañosa embestida con la espada y giró medio cuerpo hacia un lado esquivando la torpe blandida de espada del otro contrincante, debido a la fuerte blandida que arrasó con el aire Dangençour casi cayó de bruces al suelo, pero logró ponerse de pie, solo para encontrarse con la espada de Adrien en dirección a su pecho.
Todo pasó lentamente, la audiencia estaba extasiada gritando eufórica el nombre de ambos competidores, mientras que mis ojos se abrían enormemente cuando la punta de acero de la espada, topó firmemente el pecho de Dangençour.
—¡Touche! — gritó con orgullo Adrien sin quitar la espada del pecho de Dangençour
Un vago suspiro salió de mis labios entreabiertos, había perdido por completo el aliento, no lo podía creer. ¡Adrien había ganado! Había vencido al que por tantos años creí que era un verdadero campeón en esgrima, esto era una verdadera sorpresa. No obstante, no se me había olvidado de que me había apostado sin más con ese canalla, y eso jamás se lo iba a poder perdonar.
Recogí las faldas de mi vestido y me alejé de la multitud que estaba rodeando a Adrien para felicitarlo por su victoria, y por su puesto este no se molestó en alejar a las personas que había sorprendido ganándole al supuesto campeón del año en esgrima, fruncí el ceño aún más molesta ante esa escena de Adrien recibiendo vitoreas y unos cuantos chiflidos.
Cuando sentí que alguien me jalaba del brazo impidiendo que avanzara hacia la salida, empecé a removerme tratando de quitarme de encima esa extremidad.
—Wow tranquila, soy yo — era Adrien, tenía el casco aferrado a un costado de su cuerpo y me miraba con esos ojos llenos de orgullo y altanería.
Me solté de su firme agarre ignorando lo bien que lucía con el uniforme y su cabello alborotado por culpa del casco.
—¡No me toques! — grité dándole la espalda y caminando con la mirada en alto.
—¿Y ahora que te pasa? — pregunto extrañado siguiéndome el paso.
«¿Es enserio?»
—¡¿Que me pasa?! — arguyé — ¡Te parece poco el que me hayas ofrecido como carne a la venta a ese maldito canalla! —argumenté con mis ojos llameando en ira.
Adrien alzo las manos pidiendo tranquilidad, más no estaba dispuesta a tranquilizarme, tenía que descargar mi enojo y frustración.
—¡Hey, cálmate! Escucha, sé que estuvo mal hablarte y ofrecerte como apuesta de ese modo, pero lo hice porque sabía que ganaría esta ronda — admitió confiado, más eso no ayudo a que mi enojo disminuyera.
—¿Y si no hubieras ganado? ¿Qué? — espeté.
Adrien rodó los ojos divertido.
—No hay forma de que eso hubiera pasado — me confrontó.
—¿Y eso qué? No debiste haberlo hecho — le recriminé — no soy cualquier cosa que puedas apostar con quien se te pegué en gana — advertí.
—¿Quieres dejar ese tema por la paz? — expresó exasperado — oye, estuvo mal, lo entiendo. Pero lo vencí y la apuesta ya no es válida, el deberá cumplir con su parte de decirle la verdad a todos y yo te demostré que podía ganarle sin problemas, ambos ganamos — terminó diciendo.
—¡Hmp! Pues aún sigo molesta, y eso no lo remediarás con una simple victoria con ese desgraciado — dije con desdén para alejarme — ¡Me voy! — dije molesta.
—¡Oye espera! ¡Marinette! — llamó desde lejos.
—¡Déjame! — le reproche quitando el contacto de la piel de su mano contra mi brazo.
—¿Y me piensas decir como llegarás a casa? — preguntó cruzado de brazos con una sonrisa enorme en su cara, me di la vuelta roja de la furia, como detestaba que tuviera la última palabra.
—Pues yo solo... ¡Caminaré! — dije tratando de hallarle solución a mi problema.
—¿Estas loca? — preguntó torciendo los labios — es peligroso que camines sola a estas horas, no seas testaruda y deja que te lleve a tu casa yo mismo — expresó con cierta molestia.
—¡No quiero!
—¡Venga ya! — exclamó.
—No iré con alguien que está dispuesto a apostarme por un mero capricho.
Eso lo hizo fruncir más el ceño y también vi que estaba algo ofendido.
—Por si lo olvidaste, también estaba en juego MI Academia, así que yo también salía perdiendo lo más valioso que tengo.
—¡¿Me estás diciendo que no valgo tanto como tu Academia?! — grité con cólera — ¿Acaso solo le pusiste empeño a la batalla por eso?
—¡No, j***r! ¿Por qué las mujeres entienden todo mal? — se lamentó tironeándose los cabellos con fuerza.
—¡Como sea! No me quedaré más tiempo en este lugar, hasta nunca Señor Agreste — dije con un tono amargo en mi voz para poder largarme de ese lugar.
—¡Espera! — su tono era de pesar y tenía oculto sus ojos bajo sus mechones doradas, tenia una expresión absorta y su agarre sobre mi hombro se intensificó. — De verdad no es seguro que vayas sola, déjame llevarte, por favor, si quieres puedes ignorarme todo el camino, pero ven conmigo, no podría dejar de sentirme culpable si dejase que te pase algo.
Sus palabras habían tocado un punto sensible en su corazón, así que tragándome mi orgullo asentí levemente acompañándolo hasta su auto.
Abrió la puerta del copiloto dejándome ingresar y luego cerró la puerta rodeando el auto para entrar esta vez él en el asiento del conductor. El viaje fue silencioso y tenso, ninguno de los dos habló durante todo el camino.
Pasamos por varias calles antes de llegar a nuestro destino.
—Llegamos — avisó una vez que aparco el auto frente a la casa de mi tía. —¿Aún sigues molesta? — preguntó con cierto temor.
Más no le contesté nada, solo abrí la puerta del auto y salí azotándola para dirigirme hacia la entrada de la mansión.
Me dolió en el corazón estar peleada con Adrien, pero mi orgullo no permitía que me disculpara, era uno de los tantos defectos que tenía.
«Quizás deba hablar con él en las clases de mañana»
Suspiré mirando como el auto volvía a encender las luces y se perdía entre las sombras de la noche, agité mi cabeza acomodando mi cabello y preparándome para entrar sigilosamente a la casa, las luces estaban apagadas, sí que mi tía debía estar durmiendo. Lo único que tenía que hacer, era no hacer ruido al entrar, y llegar a mi habitación como un felino en la noche inmiscuyéndose para robar comida.
«Aquí voy...»
Caminé hacia el patio trasero de la casa abriendo la puerta que daba a la sala, abrí con cuidado girando la perilla e introduciendo medio cuerpo para vigilar que no hubiera nadie cerca.
Al comprobar que todo estaba oscuro y en completo silencio, ingresé por completo y cerré con cuidado la puerta detrás de mi yendo de puntitas hasta el pasillo donde estaban mis aposentos.
Las luces se prendieron de sorpresa sin dejarme asimilar el porqué, no sabía quién estaría despierto a estas horas de la noche, pero rogaba que fuera algún empleado con antojos de media noche.
Cerré los ojos orando y me topé con la mirada de mi tía enfurecida y atrás de ella estaba Rose, mirándome con una "Discúlpame", no sabía cómo, pero mi tía me había descubierto y estaba en serios problemas por ello.
—¿Me puedes explicar por qué estas llegando a estas horas de la noche? — dijo masticando cada palabra y acercándose a mi amenazaste. —¿De dónde vienes, mocosa? ¡¿A dónde has ido a unas horas como ésta?!
—Eh, Ah yo...
—Más vale que tengas una buena excusa para salir de esta — advirtió con dureza — no me gustaría tener que llegar a extremos — masculló.