Marinette
—Y eso era todo—dejé el último saco de heno sobre la gran pila de bolsas de lino y me sequé el sudor de la frente con la manga del vestido.—Todo listo y ordenado.
—Ya sabe que agradezco mucho su ayuda, señorita—dijo el viejo Boulian—Pero no me gusta verla realizar trabajos tan forzosos. A su tía no le hace mucha gracia.
Resoplé por lo bajo y negué con la cabeza, haciendo un gesto de insuficiencia.
—Lo que diga mi tía da igual—aseguré, cómo si la opinión de aquella cascarrabias no sirviera de nada.—Además, lleva tres días sin dirigirme la palabra. Seguirá ignorándome y no creo que se fije en lo que hago o dejo de hacer.
—No tiente a la suerte, señorita—el hombre ató un soga alrededor de la montaña de sacos, asegurando la sujeción de éstos.—Y mucho menos si está relacionada con la Señora de la casa. Esa mujer tiene ojos en cada rincón de la casa y cuando menos te lo esperes, se te aparece por la espalda.
No pude evitar reír ante su comentario. Sabía perfectamente que mi tía era temida por todos los empleados y al parecer ellos tenían mi misma opinión sobre ella. Sobre todo Boulian, aquel anciano se había vuelto unos de mis mayores confidentes en la casa. Siempre lograba comprenderme y me animaba cada vez que tenía alguna disputa con mi tía, sobre todo cuando hacía chistes malos sobre ella. O cuando contaba refranes y adivinanzas sin sentido.
Ayudarlo en sus quehaceres en los establos era mi escusa perfecta para pasar tiempo con él y además levantar sacos y cosas pesadas me ayudaría a fortalecerme y prepararme para las clases de esgrima.
—Tranquilo, estaré atenta—le aseguré.—No es la primera vez que me escabullo de sus regañinas.
—Ni tampoco la primera vez que te ha dejado encerrada en tu cuarto por llegar manchada de barro y paja—una sonrisa ladeada apareció en su arrugado rostro.—No te fíes nunca, soy viejo y sé lo que me digo. Anda, vuelve dentro, ya es casi la hora de la comida y si te ve llegar por la puerta trasera, coscorrón que te llega.
Puse los ojos en blanco.
—Está bien, ya voy... "papá"—ironicé. Me giré sobre mis talones y caminé a regañadientes en la dirección opuesta.
—Y ya sabes, si sobre un poco de pan moreno, acuérdate de este viejo y tráele un poco—pidió.
—¡Eso haré!
No era la primera vez que me había escondido pan bajo mis faldas para llevarle un poco. La familia de Boulian era muy humilde y no podía permitirse comida de lujo, por eso yo me consideraba su "topo" y le llevaba pan y frutos secos cuando nadie me veía.
Eran algo así cómo nuestro secreto y sinceramente, me encantaba hacerlo. Me sentía realizaba, sobre todo porque sabía que estaban haciendo maldades a escondidas sin que mi tía se diese cuenta. Claro que... Si me pillaba, me llevaría una buena bofetada.
Me planté delante de la puerta trasera de la casa y me sacudí la falda de mi vestido, quitando los restos de paja y heno que se me habían quedado pegados en ella. Me peiné el pelo con los dedos y cuando me vi medianamente lista en el reflejo de la ventana, entré.
Los empleados ya estaba de aquí para allá, preparando la mesa y los platos para la hora de la comida. El olor a estofado y bollería inundó mis fosas nasales y pronto mis tripas crujieron hambrientas.
Al pasar por la habitación que había justo al comedor, pasados dos mayordomos con dos perfectos jarrones para colocarlos encima de la mesa. Todos los días renovaban las flores, recién cortadas para aromatizar la sala y comer con el aroma y la frescura de las flores. Era una costumbre que tenía mi tía.
Solíamos esperar la comida en ese gran salón junto a los comedores, allí nos sentábamos y esperábamos a que un camarero indicara que los entrantes estaban servidos.
Normalmente, yo me sentaba en el sofá que había pegado a la ventana, allí desconectaba y me distraía con cada cosa que veía pasar. Mi tía se sentaba al otro lado, en el sillón junto a un gran estante de libros, donde leía y pasaba horas muertas. La habitación era lo suficientemente grande como para no percatarnos de la presencia de la otra y rara vez intercambiábamos palabra, pero aquella vez, cuando entré, no fue así.
Estaba sentada en mi sofá, el que estaba junto a la ventana, de piernas cruzadas y mirada altiva. No hacía falta sumar dos más dos para saber que me estaba esperando.
Crucé una mirada con ella y traté de hacerme la disimulada dirigiéndome a su sillón de biblioteca. Si ella me quitaba mi sitio, pues yo le quitaría el suyo.
—¿Dónde te crees que vas, jovencita?—me preguntó.
«Maldición, al parecer lo de ignorarme ya se le había pasado»
—A sentarme mientras está la comida—dije, cómo si fuera obvio.
—Entonces supongo que no te importará, esperarla a mi lado.—Aseguró echándose a un lado para dejarme sitio.—Tenemos cosas de las que hablar.
Resoplé por lo bajo y de mala gana caminé hacia donde ella me había indicado.
Me senté a su lado y con la mirada fija en un agujero que tenía la alfombra, esperé a que empezara con su discursito.
Pero al parecer, prefería torturarme y alargar mi sufrimiento en la mayor medida posible, pues fue un incómodo silencio lo que ocurrió a continuación.
—Tía, si quieres hablar de lo que ocurrió en la gala del otro día, quiero que sepas que...
—Yo no he dicho que vaya a hablar de eso—me interrumpió.—Ni Dios quiera que saque ese tema. Esa noche para mí dejó de existir desde que me subí al carro de regreso. Lo que ahora no entiendo es el por qué de tu ausencia en los desayunos. Éstos tres últimos días no has aparecido por la mesa.
— Últimamente me levanto con desgana—mentí.—Así que le pido al cochero que me lleve a dar un paseo por loa alrededores de la ciudad.
—Sí, Monsieur Favre me avisó de ello—dijo, sin mirarme a la cara, estaba más atenta a las motas de polvo que cubrían la mesita de madera.—También dice que te sueles bajar por el centro, concretamente por la plaza.
«Vale, aquello ya daba miedo. Esa mujer sabía todo lo que ocurría conmigo. Poco más y me dice el número de veces que voy al baño»
—Me gusta ver el mercado y los escaparates de las tiendas. ¿A qué señorita no le gustaría hacerlo?—inquirí, sonriendo con falsedad.
Mi tía enarcó una ceja y por primera vez me dirigió la mirada.
—A cualquiera que no tuviera la maravillosa idea de ponerse a jugar al billar con una decena de hombres—me riñó.—Te conozco, Marinette y sé que tus actos siempre van con segundas.
Bufé y me eché hacia atrás apoyándome en el cristal de la ventana.
—Solo es un paseo matutino, ¿qué hay de malo? No todo lo que haga llevará a esta familia al desastre—ironicé.
—Tus actos me dicen lo contrario, jovencita—dijo ella.—¿crees que me gusta está encima tuyo a cada momento? Me gustaría dejarte más libertades, Marinette. Pero sé que aún no eres lo suficiente madura para dejarte algo de independencia.
Una de las empleadas irrumpió en el salón, anunciando que el primer plano se había servido ya.
—Enseguida vamos—afirmó mi tía, sin cortar con el hilo de nuestra conversación, luego sin siquiera prestarle atención siguió con su discursito.—Por eso quiero que me digas a qué hora sales, donde vas y cuanto llegas, ¿me has entendido? No quiero un escándalo similar al de la noche de la gala.
Si pensaba que iba a contarle lo que hacía cada momento, estaba muy equivocada. Una de las normas básicas de Adrien eran mantener silencio y ser discreta sobre las clases. Así que debía ser más cuidadosa e inventarme escusas lo suficientemente buenas como para despistarla.
—Está bien...—dije, intentando sonar lo suficientemente convincente.
Me lanzó una última mirada de advertencia y se puso en pie para caminar hacia el gran comedor de la casa.
Adrien
—Será dentro de un mes, concretamente un mes y tres días.
Me recargué sobre la gran mesa de mi escritorio y observé a mi padre hablar sin parar mientras caminaba de un lugar a otro.
—Asistirán los mejores diseñadores de todo el país y obviamente las familias más ricas—explicó, contándome cada detalle de un supuesto desfile que estaba planeando.—Muchos de ellos ya han empezado a realizar la selección de modelos, y no creas que suelen elegir a cualquiera.
—Papá si me estás queriendo decir que desfile para no se que gente, pierdes el tiempo—dije, parándole los pies desde un principio. No tenía la cabeza para modelar, precisamente. Tenía mucho trabajo por delante y la escuela de esgrima se llevaba todo el tiempo libre que me quedaba.—Ni siquiera sé si podré ir a ese desfile. Tengo planes para ese día.
—Pues cancélalos. Es obvio que debes asistir, y tú mujercita también, esto... ¿cómo decías que se llamaba?
—Kagami—respondí y mi voz se escuchó cansada de tantas veces que había tenido que repetirle el nombre de mi novia.
—Eso, Kagami. Dile que venga y su familia también. He oído que los Tsurugi son muy importantes por esta zona. Bourgeois me comentó que tienen tierras en j***n y son muy ricas en materia prima.
—Pues ya sabes más que yo—confesé arqueando las cejas.—Suele ser muy reservada con su familia.
—En general, los dos sois muy reservados. Ya lleváis dos años juntos y apenas hemos tenido una reunión de consuegros en condiciones, deberías organizar una cena o una comida entre todos—se sentó en el sillón de mi despacho y colocó sus dos pies en el escritorio.—Además, supongo que habrá boda muy pronto, ¿verdad? Yo solo estuve un mes con tu madre antes de casarme con ella. No entiendo que os pasa últimamente a la juventud, cada vez aguardáis más. ¿Cuándo queréis tener los ojos? ¿Cuándo tengáis la edad para ser abuelos?
—Papá, es mejor que no te metas en mis asuntos personales—reproché, con cierto resquemor.—Ya soy mayorcito para saber que decisiones tomar.
—Tranquilo—levantó las manos en señal de paz.—Ya sabes que te dejo a tu aire, por cierto, ¿Cómo te va la academia? Escuché que ofertaste dos plazas para el populacho.
—Veo que estas pendiente — me sorprendió que estuviera al día con lo de la academia. — Si, efectivamente, lo hice. Pero los alumnos que tengo ahora van más lento que un caracol en una cuesta.
—Lo suponía — habló mi padre suspirando fuertemente. — Adrien, con respecto a lo del desfile...
—Papá, no insistas. No iré— le espeté. — la escuela de esgrima me quita todo el tiempo que tengo libre, no puedo dejarlo así por así, es mi responsabilidad.
—Bien podrías dejarlo y trabajar modelando para mi — sugirió— sabes muy bien que la paga no es una miseria. — me recordó.
Rodé los ojos al escuchar eso.
—Por milésima vez ¡No quiero ser modelo! Creí que ya te lo había dejado claro cuando inauguré mi escuela de esgrima Papá.
—Y no sabes como lamento que estes desperdiciando tu tiempo en enseñar a cuatro tipejos a usar la espada. como sea, solo piénsalo bien Adrien. — me dijo por última vez antes de retirarse.
—No voy a dejar el deporte que amo — me susurré a mi mismo.
Dejé de pensar en eso cuando el reloj marcó las 8:50, ya era hora de darle clases a la pequeñaja.
La esperé en la sala de estar, ya faltaba poco para las 9 y ella tal y como había prometido, llegó todos los día puntual. Ni un solo día llegó tarde. Era una mujer de palabra.
La puerta se abrió y se cerró casi al mismo tiempo en el que terminé de acomodarme en el diván. Poco después llegó Marinette agitada tratando recuperar el aire. Me miró con ojos preocupados.
—Perdone el retraso Profesor Agreste, esta vez tuve problemas para venir— me explicó con el aliento entrecortado.
—No hay problema—dije, tratando de quitarle importancia al asunto. Solo faltaba un minuto para las nueve, y por lo general ella solía llegar cinco minutos antes, así que supuse que para ella eso era llegar tarde.
Le indiqué con mi mano que fuera a ponerse el uniforme improvisado que había conseguido para ella. Yo hice lo mismo. Me puse mi uniforme de esgrima y la esperé a que saliera de la habitación que se había convertido en un vestidor improvisado.
En cuanto salió le entregué la espada de práctica y empuñé con fuerza la mía. No quería perder tiempo, el día anterior llegué tarde a la clase con el resto de alumnos. Me entretuve demasiado con ella y a la otra panda de inmaduros no se les podía dejar ni un minuto solos.
—Ayer vimos los conceptos básicos, ¿los recuerda?
Ella asintió en dos ocasiones, evitando no responder ni hablar. Al parecer cumplía muy bien las reglas que le impuse el primer día. No me gustaba ser tan estricto con nadie, ni mucho menos con una cría que no llegaba ni a los dieciocho, pero lo que estaba haciendo no era muy legal que digamos, así que cuanta más discreción mejor para los dos.
—Bien, entonces es hora de pasar a la práctica de estos elementos — le expliqué firme. — Sostenga el arma con firmeza y atáqueme.
Ella empuñó el arma tal y como le dije y se lanzó hacia mí en un ataque sorpresivo que esquivé fácilmente gracias a mi experiencia. La chica era buena y tenía agallas que era lo más importante, pero aún le faltaba mucho para superarme.
El choque del acero blandir las espadas, resonaba por toda la habitación creando una verdadera atmósfera de batalla. La respiración de mi alumna estaba acelerada y trataba por todos los medios seguir mi ritmo.
Había dado el toque por tercera vez con mi espada en su pecho y estaba por dar el cuarto cuando de un momento a otro, hice un mal movimiento, y ella al tratar de esquivarlo apoyó mal su pie y cayó al suelo, provocando que soltara la espada junto con un alarido de dolor. Procuró suavizar el golpe con sus manos, dejando caer todo su peso en ellas que terminaron por salir mal paradas.
Me asusté al ver tan panorama, cuando se era un principiante era de lo más común salir hérido algunas veces, pero eso solo pasa cuando dos alumnos son inexpertos, por eso se les daba el arma que solicitaban con una protección de goma en la punta, para evitar incidentes como un corte o pinchazo de aquella cosa puntiaguda. Yo al ser el profesor, no necesitaba de aquella protección en mi arma, debido a que sabía como dar los toques, pero el ver ahora la mano de mi alumna con un corte limpio a lo largo de su mano fue algo que me hizo plantearme nuevamente si necesitaba o no protección.
—j***r, ¿está bien? —mascullé arrodillándome a su altura para examinar sus manos. Normalmente, trataba de controlar mi vocabulario pero en aquella ocasión las palabras se me salieron solas
—No se preocupe, solo ha sido una mala caída. No es la gran cosa —dijo con aparente tranquilidad. Si fuera un poco distraído, la hubiera creído, pero no lo era y además su voz quebradiza la delataba, estaba solo disimulando el dolor.
—Espere un momento, voy a por el botiquín — la tranquilicé, a pesar de todo no vi brotar ni una lagrima de sus ojos.
—No...No se preocupe, enserio que estoy bien, mire creo que puedo ponerme en pie—tambaleante, procuró levantarse pero en el último momento su tobillo falló y de no ser porque me adelanté para cogerla justo a tiempo, se hubiese dado de bruces contra el suelo, otra vez.
—Deje de hacerse la fuerte. Se ha torcido un tobillo y aunque intente disimular, sé que le duele— reproché con dureza. Después colé uno de mis brazos por debajo de sus rodillas y la levanté, cogiéndola en volandas.
—En serio, esto no es necesario. Puede soltarme y seguir con la clase—insistió.—Seguro que al seguir practicando el pie volverá a la normalidad.
Suspiré frustrado y la deposité con cuidado en una de las sillas de la sala de entrenamiento.
—Mire, no discutiré esto con usted como lo hice en la gala. Voy a curarle ese tobillo y también las manos. Quiera o no. Además, no creo que pueda ir a ninguna parte, así que... Tendrá que aguantarse— me levanté bruscamente con el ceño fruncido, notando que ella también estaba molesta, pero así me haga el berrinche del siglo, no iba a ceder a que le dejara la mano como estaba.
Marinette
Cuando Adrien se fue en busca de un botiquín de primeros auxilios, resoplé molesta tratando de no mover mucho el pie. Era cierto, dolía como los mil demonios, pero detestaba verme débil ante él, y de hecho frente a cualquier persona. Era increíble que por un simple tropiezo hayamos parado una clase. Al menos para mí, no tenía el menor significado tal herida, no quería parecer una delicada dama ante esta situación.
Además ese estúpido comentario me había molestado, ¿pero qué se creía? Nunca gastaba bromas y cuando me doy en las narices con el suelo, hace un chiste.
Ese tipo era de admirar, lo reconocía; era guapo, muy varonil, educado pero a veces muy muy muy imbécil y un idiota también.
Cuando terminé de quejarme mentalmente, apareció Adrien con un semblante tranquilo y arrodilló frente a mí.
Lo primero que hizo fue coger unas de mis manos y dio pequeños toquecitos en la herida con un poco de algodón y alcohol. Me estremecí ante el ardor que recibía mi piel al estar en contacto con ese líquido desinfectante y tuve que mordérmelos labios para acallar las quejas que querían salir de mi boca. Luego hizo lo mismo con la otra.
Tomó un poco de gasa y envolvió las dos con ella hasta que no quedó ni pizca de magulladura en ellas.
Después, sin pedirme permiso alguno, me quitó el zapato, el calcetín y luego me arremangó el pantalón hasta la rodilla.
Y... Oh dios mío mi piel había adquirido una tonalidad violácea, por no mencionar que estaba ligeramente hinchado.
«Maldición»
Adrien posó sus manos sobre mi pie y con delicadeza me hizo moverlo de un lado a otro.
—¡Ay!—me quejé, mordiéndome el labio inferior.
—¿Le duele al hacer este movimiento?—me preguntó sin despegar la mirada del tobillo.
—¡¿Pues tú qué crees?!—le grité, olvidando los modales y el respeto al estar frente a un superior.—Perdón...—añadí en un susurró apenas inaudible.
—No importa.—musitó, mojando en agua fría una toalla para envolver con ella mi tobillo—En teoría, esto debería bajar el hinchazón en una hora, más o menos.
—¡¿Qué?!—exclamé.—¡¿Cómo que una hora?!
—A lo mejor más—se encogió de hombros restándole importancia y recogió las cosas del suelo, incluyendo el algodón ensangrentado y las espadas que habíamos utilizado antes para la práctica.
—Pero... ¿Y qué pasa con la clase?—quise saber.
—Me temo que las clases por hoy quedan canceladas. Además, creo que tendrá que quedarse aquí hasta que al menos pueda andar —argumentó dando media vuelta.
—¿Cómo que canceladas? ¿Y por qué me tengo que quedar aquí?—quise saber, con un tono algo paranoico en mi voz.
Ya me costaba un mundo entero escaparme de casa, ¿cómo le contaría a mi tía un retraso de tanto tiempo? Y para colmo con una mano vendada.
—Si quiere, puede ir gateando hasta su casa—se burló, sin rastro de sonrisa en sus labios.
Ya me estaban cansando esas bromitas sarcásticas de su parte.
—No puedo llegar tan tarde a mi casa, ¿y por qué tenemos que suspender la clase? Podemos dar otro tipo de cosas. No sé, a lo mejor me puedo poner en pie ya y hacer ejercicios simples.
—Ni piense en hacerlo, ¿acaso lo quiere empeorar? Porque entonces podemos estar aquí hasta mañana —reprochó — No podremos continuar las clases en su estado.
—¡Es algo insignificante y no es la primera vez que me tuerzo el tobillo! ¡No moriré por algo como esto! — grité encolerizada, no iba a perder un día de clases solo por una tontería.
—Enserio, es más terca que una mula — me confrontó — Tiene que reposar, se le puede empeorar con el movimiento de la práctica — me regañó tal como lo haría un padre con su hija.
—Solo digo que es totalmente innecesario cancelar las clases, ¿sabe cuanto me cuesta venir hasta aquí? ¿Y encima solo por una estúpida caída? Creía que esto era una escuela profesional. — arguye con seriedad.
Él se sujetó el puente de la nariz con fuerza soltando un gemido de frustración y exasperación.
—Mira niña.... si esta fuera la Academia y tú fueras un varón, te dejaría continuar con las clases, pero no, ¿sabes qué? — fingió no recordar algo — esta no es la Academia, estas en MI casa aprendiendo esgrima porque YO así lo decidí, y en cualquier momento puedo cambiar de opinión, así que cierra la boca antes de que me cabreé más.
Mis ojos se abrieron como dos platos y mis mejillas se pusieron rojas. No podía creer que me estuviese regañando de esa forma. Ya ni siquiera me había hablado de usted, sino como fuese una niña pequeña que llora por un juguete que no puede tener.
—Ahora tengo que irme a la academia, pero cuidadito—me señaló con el dedo índice.—Ni se te ocurra moverte de aquí, ¿has entendido? Si llego y no estás en esa silla, no volveré a darte ni una clase más.
«Pero, ¿Qué se creía? ¡Me estaba hablando como a una cría! No me lo puedo creer»
Lo fulminé con la mirada y cruzándome de brazos molesta lo vi salir por la puerta dando un fuerte portazo.
«¿Y ahora cómo demonios le explicaba yo a mi tía mi retraso?»
Pues si pensaba que iba a estar esperándolo hasta que a él le diese la gana aparecer, estaba muy equivocado.
Me largaría de allí, así sea gateando como él mismo dijo.