Marinette
Fue como si el tiempo, las sensaciones y los movimientos se detuvieran.
El mundo, tal y como lo conocía comenzó a derrumbarse ante mis pies y la imagen del hombre que tenía delante, se desvaneció para dar lugar a una oscuridad que inundó cada parte de mi anatomía.
El cartero me estaba hablando, disculpándose o tratando de calmarme, pero ya era demasiado tarde. La noticia había llegado hasta el rincón más profundo de mi corazón y sacarla sería prácticamente imposible.
Un cúmulo de imágenes se reprodujo en mi mente. Recuerdos y momentos únicos que había compartido con ellos; sus sonrisas, sus enseñanzas, su continuo apoyo y sobre todo su cariño. Esa alegría que siempre llevaban encima, la felicidad de emprender un viaje cada día los llenaba de vida. Así como mi ilusión de seguir sus pasos y tenerlos de vuelta.
Aquella maldita ilusión de esperar una carta cada semana, la esperanza que me mantenía viva en aquella casa se había esfumado con tan solo una simple carta.
Mis piernas flaquearon y como si mi mundo se viniera abajo, caí de rodillas al suelo, con mis manos temblorosas sujetando la carta.
«¿Cómo pudo pasar algo así?»
—¡¿Cómo ha podido pasar?!—exclamó alguien a nuestras espaldas, como si hubiera podido leer mis propios pensamientos.
Ni siquiera pude pensar en la dueña de esa voz. Mi mente estaba fija en una imagen que no podía sacar de mi cabeza, la de mis padres muertos en mitad de un camino.
Unas manos me arrebataron sin esfuerzo la carta y sólo fui capaz de quedarme en shock, como una estúpida. No tenía fuerzas ni para mover la vista.
—No... No, esto no puede estar sucediendo—murmuró mi tía. Supuse que debía estar leyendo la carta. —Esto no me puede estar pasando...
Su voz sonaba afligida. Parecía afectada, debilitada por la cruel noticia que acababa de salpicarnos en plena noche. Al fin y al cabo, mi madre había sido su hermana y perder a alguien tan cercano de la familia debía ser dudo para cualquiera, hasta para una persona frívola y sin sentimientos como ella.
Levanté la cabeza poco a poco, haciendo afán de ponerme en pie y abalanzarme hacia ella para abrazarla y compartir la pena que a ambas nos devoraba, pero, entonces, como un jarro de agua helada, sus palabras me hicieron detenerme en seco.
—¡¿Y qué voy a hacer yo ahora?!—exclamó, llevándose ambas manos a su perfecto recogido—.¡¿Qué demonios tengo que hacer contigo?! ¡¿Qué hago?!
Mi cuerpo se paralizó más de lo que estaba, como si sus palabras hubieran sido un veneno que se esparcía por mis entrañas.
«¿De verdad estaba escuchando aquello? ¿De verdad esa preocupación que parecía tener era porque no sabía que hacer conmigo?»
La pena, la rabia y la desesperación se adueñó de mi cuerpo y por un momento la persona que tenía delante se volvió difusa. Su cara junto a la del cartero se difuminó, quedando de ellas dos meras manchas irreconocibles: las caras de dos desconocidos.
—Lo sabía... ¡Sabía que no debían haberse ido! —prosiguió, dando vueltas de un lugar a otro sin percatarse del deplorable estado en el que estaba sumida.
Todo mi cuerpo temblaba. Tiritaba víctima de una maragunta de miedo, temor y soledad. Mi tía sólo esperaba a mis padres para perderme de vista y su muerte... su muerte solo ha servido para verme como una carga de la que deshacerse.
Mis manos se cerraron en puños y las lágrimas surcaron rebeldes mis mejillas.
No podía seguir allí. No podía quedarme ni un segundo más en aquella casa.
Me puse en pie tambaleante y le di un empujó al cartero para apartarlo de la salida.
La lluvia caía torrencialmente allá fuera y los relámpagos parecían romper los cielos por la mitad. Pero no me importó, pues, aunque el mundo acabase, iba a escaparme de allí.
Adrien
Esto era una auténtica y real pesadilla en todo el sentido de la palabra.
Sentía que estaba atrapado en un bucle escuchando a Kagami parlotear sobre cosas insignificantes y para colmo, se repetía más que un cura en una misa. Alcancé a escuchar a cerca de un vestido nuevo que había comprado días atrás y que no había tenido oportunidad de enseñarme.
Hice un esfuerzo sobre humano para no rodar los ojos al escuchar por tercera vez sobre el nuevo auto que se había comprado su padre gracias a los negocios que habían prosperado.
Nada en este lugar lograba distraerme lo suficiente como para evitar escuchar la charla de mi adorada novia de algo que no era en absoluto de mi interés.
Resoplé con tedio recargando mi codo en la mesa y tomando el tenedor para pinchar la carne servida, casi intacta. No tenía mucha hambre. De hecho, había perdido el apetito a penas Kagami comenzó hablar, que fue hace como unos diez minutos que trajeron los platillos.
Jugué con la copa de cristal en mi mano haciendo rodar el líquido color rojo, manchando de vino los laterales del cáliz.
Estaba en verdad aborrecido por esta cena.
Miré los utensilios encima de la mesa y me fue inevitable sonreír al recordar a Marinette aquella vez mangando algo de comida debajo de sus faldas el día que fuimos a cenar a la mansión de su tía.
Fue divertido ayudarla en aquella travesura. La ayudé a alcanzar de una canasta de panecillos para que esta se encargaba de colocarlos bajo sus faldas, como lo haría una niña robando sus galletas favoritas. Y aunque no fuera muy propio de mí, reconozco que tuvo su encanto.
De un momento a otro, la imagen de Marinette se congeló en mi cerebro y no desapareció. Me preguntaba que estaría haciendo en estos momentos. Las preguntas llegaban una a otra creando así una especie de castillo en el cual las únicas dudas a resolver, eran acerca de la chica a la que le daba lecciones de esgrima a escondidas.
«Me pregunto si estarás...»
—Adrien Agreste, ¿me estas escuchando? — la voz fría de Kagami me trajo de vuelta a la realidad dejando a un lado el tenedor y enfocando mi mirada en su semblante serio y casi asesino.
Derrumbé de golpe aquellas imágenes donde aparecía mi alumna y enfoqué mi total atención a mi ahora furiosa novia.
—¿Sí? ¿Qué ocurre, cariño? — pregunté suavemente ignorando la mirada fulminante que me había enviado.
—No me llames cariñó. — masculló despectivamente azotando las manos en la mesa. — ¿Has estado escuchando algo de lo que te dije? — cuestionó cruzando sus brazos
«Joder, ¿Qué era lo estaba diciendo?»
Rasqué mi mejilla vacilante y con los nervios a flor de piel, si no lograba recordar, aunque sea una pequeña parte de su charla, se enfurecería a tal grado de hacer un escándalo en pleno restaurante.
—E-Era a cerca de... — y quedé en blanco, no supe que contestarle, cualquier pensamiento cuerdo había abandonado mi cabeza dejando un vacío total con todo lo referente a Kagami.
—Como lo imaginé — mencionó aborrecida, suspirando frustrada.
La miré agarrarse la cabeza con ambas manos para luego soltar un resoplido de enojo.
—¡No entiendo como eres capaz de traerme a una cena romántica y no prestar ni un poco de atención a lo que te estoy diciendo! ¡¿Es que no es suficiente con pedirme que retrasemos nuestra boda?! ¿Qué te sucede Adrien?
Para estas alturas, la gente que estaba dispersa en las otras mesas del restaurante comenzaba a girar las cabezas en dirección a nuestra mesa, para luego cuchichear entre ellos sobre lo que estaba pasando.
Miré con pavor a mi alrededor y tragué fuertemente alzando las manos en dirección a mi novia, tratando en vano de calmar su enojo.
—K-Kagami, por favor...— la enfrenté —tranquilízate, estas llamando la atención.
—¡No me importa! ¡Qué todos aquí sepan que eres un desconsiderado, insensible que no puede sentar cabeza como el hombre adulto que es! — gritó encolerizada.
—¡Ya basta! — sentencié logrando que se sentara y se mantuviera quieta un segundo, más su semblante apático me decía que no estaba para nada contenta con esta pequeña discusión de pareja.
—Nunca antes habías estado tan extraño en una cena, siempre que salíamos a algún lado, me decías palabras dulces al oído y me ayudabas a tirar de la silla para sentarme... ahora ya nunca haces ese tipo de cosas — murmuró con melancolía — ¿Acaso ya no me amas? — preguntó con temor.
Suspiré pesaroso y tomé una de sus manos para entrelazar nuestros dedos de manera delicada.
—No es eso — dije exhalando un suspiro — es solo, que...— traté de buscar las palabras exactas para disculparme crédulamente — tengo mucho trabajo en la academia y con todo eso en la cabeza, apenas tengo tiempo de respirar y eso me tiene muy estresado — me justifiqué — por eso ando tan distraído, y lo he estado pagando contigo, en serio cherie, perdóname. — supliqué apretado el agarre de nuestras manos.
Ella suavizó su rostro y suspiro derrotada colocando su mano libre en la mesa.
—Entiendo lo de tu trabajo y lo agotador que puede llegar a ser — exteorizó — pero quería que esta fuera una velada especial — murmuro mordiendo su labio inferior.
Acaricié su palma y llevé su mano a mis labios para besar su dorso.
—No te preocupes por eso — comenté — la noche aún no acaba, haremos de esta una velada completamente única, ya lo verás... — le prometí sonriendo de manera traviesa.
Ella sonrió de igual forma y se levantó a la par conmigo para poder salir del restaurante y subirnos al coche tan rápido como pudimos. Había comenzado a llover a cantaros afuera, la ayudé a acomodarse en el asiento del copiloto y cerré la puerta antes de treparme en mi propio asiento para conducir directo a mi casa.
Marinette
La lluvia caía torrencialmente sobre París. No había nadie por las calles, todo estaba desierto, como si la ciudad se hubiera convertido en una ciudad fantasma.
Las gotas de la lluvia se entremezclaban con mis lágrimas y el frío se iba apoderando de mi cuerpo a medida que mi vestido se pegaba empapado a mi piel.
Aquella imagen... aquella escena representaba a la perfección mi vida. Una vida solitaria, sin nada ni nadie que se preocupara por mí. Mi tía había demostrado lo poco que le importaba, mi tío ni siquiera hablaba conmigo por culpa de sus negocios y mis padres... Mis padres jamás volverían a estrecharme entre sus brazos.
Con este pensamiento, llegué a una mansión situada en el centro de la ciudad, un lugar que conocía a la perfección y donde vivía mi última esperanza.
Subí los escalones y llamé al timbré. Una vez y luego otra.
—Adrien...—supliqué sollozando, como si así pudiera oírme. —Adrien por favor, abre.
Pero nadie abrió. Todo parecía estar en silencio, en completa calma.
—Adrien...—me dejé caer impotente al suelo y me senté a los pies de la puerta, dejando que la lluvia empapara mi cuerpo por completo.
Adrien
Bajé del coche cubriendo con mi brazo de la cortina de agua que formaban las gotas que caían repetidamente por todo mi rostro. Rodeé el coche y me paré delante de la puerta para abrirle la puerta a Kagami. Le tendí la mano y la impulsé hacia mí, aferrándola a mi cuerpo con posesión.
Iba a entrar a casa con ella y pasar una velada de lo más tranquila y romántica, tal y como había prometido.
—Te voy a demostrar que puedo ser la clase de hombre que necesitas en tu vida—murmuré contra su oído, con un poco de travesura para animar el ambiente.
—¿A sí? —bromeó ella, esbozando una sonrisa burlona. —Pues estoy impaciente de ver como lo haces.
Correspondí a su gesto y le devolví la sonrisa a la vez que me inclinaba para besarla. El sabor de nuestros labios se entremezcló con el agua de la lluvia y el gemido deseoso que se le escapó a Kagami de los labios me hizo abrirle la boca y meterle la lengua hasta la garganta. Sentí sus manos desplazarse desde mis hombros hasta mi pelo, allí las enterró y cogió con suavidad algunos mechones, incitándome a profundizar ese beso y a hacerlo más insistente.
Pero nada pudo salir de acuerdo a lo previsto.
Una figura salió de la entrada de mi casa arrastrando los pies y sacudiendo los hombros con violencia debido al llanto que emitían sus labios.
—¿Marinette? — musité sorprendido mirando como esta se abrazaba a si misma como si estuviera consolándose, y la espesa lluvia caía sobre ella empapándola, no podía notarlo debido a que la lluvia había mojado por completo su rostro, pero sabía que había estado llorando debido a que sus ojos estaban enrojecidos.
—A-Adrien — sollozó aún más fuerte acercándose cada vez más lento, como si dudara en avanzar.
Joder, parecía destrozada.
Mis alarmas se dispararon y rápidamente quise ir con ella, pero Kagami me atrapo del brazo impidiéndome realizar mi cometido. La miré con sorpresa y luego con enojo por haberme detenido.
—¿Qué crees que haces Adrien? — murmuró en un tono bajo con amargura impregnada en su voz.
La miré señalando a Marinette como si fuera algo obvio.
—Ayudarla, ¿es qué no lo ves? — contesté con sarcasmo queriendo zafarme de su agarre, más este se mantenía firme como el acero.
—¡La cena de hoy se arruinó por culpa tuya! — reclamó — Y ahora que hemos llevado la fiesta en paz hasta aquí, todavía pretendes cancelar lo de nuestra noche, ¿es en serio? — preguntó con cara de no estar creyendo lo que escuchaba.
Ya me tenía harto con sus berrinches y caprichos.
—Escucha: grita, golpéame si quieres. Me va a dar igual lo que digas o lo que hagas, porque voy a ayudarla. Y vale, siento no ser el hombre que ahora mismo quieres que sea, discúlpame por eso... pero pienso hacer lo correcto. Puedes armar el mayor de tus dramas si quieres, pero no me vas a hacer cambiar de opinión — expresé sin vacilar ni un segundo.
Ella abrió la boca sorprendida al igual que sus ojos por mi manera de hablarle, nunca le había hablado así. Pero reaccionó en cuanto me vio acercarme a Marinette y quitarme mi chaqueta para ponerla en sus delicados hombros.
—¡Adrien Agreste! ¡Ven aquí ahora mismo o te arrepentirás! — gritó Kagami a lo lejos con sus nudillos apretados a cada lado de su cadera.
Hice caso omiso a sus palabras a la vez que me ponía enfrente de Marinette. Bajé un poco mi cabeza a la altura de Marinette y la tomé de la barbilla para levantarle el mentón, instándola a mirarme.
—¿Estas bien? — pregunté en un murmullo suave para que solo ella me escuchara.
Escuché las zancadas furiosas de Kagami al igual que sus gruñidos, para acercarse a donde había dejado su propio coche y abrir con fuerza la puerta. Luego de eso las luces se encendieron y el coche avanzó hasta llegar a la calle. Sabía que sería difícil arreglar las cosas con ella ahora, pero tenía cosas más importantes que hacer que tolerar una de sus peleas.
Mi concentración en ese momento se dedicó solo a observar la fragilidad en la que Marinette se encontraba en ese momento.
Su mirada pesarosa se conectó con la mía, y al ver esos ojos azules empañados con lágrimas, supe que algo grave había pasado. Ella era una chica fuerte, debió haberle pasado algo muy malo para que este así de rota.
La acerqué a mi cuerpo sin importar que mi traje se mojara y la escuché sollozar contra mi torso inconsolable. Mis brazos se enroscaron en su pequeña cintura, apresándola y murmurando sobre su húmedo cabello que todo estaba bien, que se tranquilizara porque yo estaría con ella.
Los lloriqueos no cesaron, pero al menos estaba más tranquila que hace unos momentos. Se abrazó más a mi cuerpo como una tabla que estaba en el mar a la deriva.
No planeaba soltarme. Y sinceramente yo tampoco planeaba hacerlo.