XIX

2233 Words
Marinette Mis ojos siguieron, distraídos, los dibujitos de la espuma que flotaba delicadamente sobre el agua. Notaba mi cuerpo sin fuerzas y mis ánimos por los suelos. No quería salir de aquellas cuatro paredes. No quería ver a nadie, tan solo quería quedarme allí, en aquel baño de agua caliente, ajena a los problemas, a los miedos y a la tristeza. Suspiré con desánimo y me sumergí un poco más en el agua. El contacto con el calor fue todo un alivio después de haber estado más de una hora esperando bajo la lluvia, sin embargo, ni siquiera el confort podía aliviar el frío que se había instado en mi corazón. Desde fuera, escuché los pasos intranquilos de Adrien caminar de un lugar a otro. Estaba preocupado. Lo sabía, lo había puesto en un compromiso al aparecer así en su casa y para colmo llegaba de una cena con Kagami. Lo estropeé todo y si ahora estaba preocupado, luego estará enfadado por haber ido a su casa en mitad de la noche. Lo menos que podía hacer era darle una explicación y sinceramente, no quería hablar de ello, no quería hablar de mis padres porque entonces, volvería a derrumbarme. Respiré hondo y con desgana me puse en pie para salir de la bañera. Tomé una toalla que me había dejado preparada Adrien y la enrollé alrededor de mi cuerpo mientras que mis ojos se posaban sobre la camisa blanca que había colgada en la percha. Mi vestido estaba empapado por la lluvia y estaba claro que Adrien había dejado una camisa suya mientras se secaba. No hacían falta palabras para saberlo. Si de por sí ya era vergonzoso haber aparecido repentinamente en su casa, ponerme su camisa ya pasaba de nivel. En otras circunstancias, seguro que me hubiera negado, y conociéndome, hubiera preferido ir como una sopa antes que aceptar su ayuda. No obstante, ese día estaba tan deprimida que mi aspecto y la vergüenza pasaban a formar parte de un segundo plano. Tomé la camisa entre mis manos y su tacto suave impregnó mi piel. La estreché contra mi pecho y la abracé, como si así pudiera sentir la presencia de Adrien junto a mí. Olía a él y su aroma me reconfortó por un momento. Aparté la toalla y con torpeza me coloqué la camisa. Me arremangué las mangas hasta las muñecas y me abroché los botones hasta el cuello. Me quedaba muy muy muy grande, por no decir que me llegaba por las rodillas. «Bueno, al menos así no parecerá tan indecente» Cogí aire y me coloqué enfrente de la puerta mentalizándome de lo que vendría a continuación. Llevé mi mano al picaporte y cerrando los ojos, abrí la puerta. Adrien Eché otro par de troncos de madera a la chimenea. Quería calentar un poco el cuarto para ella. Después de haber estado dios sabe cuánto tiempo bajo la lluvia, lo menos que podía hacer era tener el ambiente caliente. Le di al ama de llaves la noche libre y la casa se había quedado más fría que un témpano de hielo. Arrejunté la leña para que la fogata creciera y suspiré con pesar. Definitivamente, la velada no había salido como pensaba. Quien me iba a decir a mí que justo cuando pensaba darme el lote con mi novia, una alumna iba a interrumpirnos llorando como una magdalena. Pero, aunque lo pareciera, la cita fallida no era lo que más me preocupaba. Ya habría más citas y veladas románticas. Lo que me estaba carcomiendo era saber qué demonios había llevado a Marinette hasta mi casa en ese estado. Ella era fuerte y sobre todo muy orgullosa y digamos que llorar delante de los demás no era para nada su estilo. Nunca la había visto llorar de esa forma, ni siquiera cuando su tía la regañaba y la castigaba con algún que otro castigo que me costaba tolerar. Una voz de alarma apareció en mi cabeza y la idea de que mi padre pudiera tener algo que ver con el tema provocó que un nudo apareciera en mi garganta. ¿Y si había pedido alguna pedida de mano? Mi padre era un tipo exigente y cuando algo se le metía en la cabeza, lo conseguía a cualquier precio. Y conociendo a la tía de Marinette, no le supondría mucho problema que un hombre rico e influyente quisiera formar parte de la familia, aunque tuviese treinta años más que ella. La idea de ver a mi padre cortejando a Marinette me revolvió las tripas y si estaba en lo cierto, y ese era el motivo que a había traído hasta mi casa, tendría una conversación muy larga con él. El sonido de la puerta de la habitación abrirse, captó mi atención. Ladeé mi rostro y entre la penumbra vi la silueta de Marinette desde el umbral de la puerta. No podía ver bien su rostro y noté que le daba un poco de vergüenza entrar. Respiré hondo y me pasé una mano por el pelo, echándolo hacia atrás. No entendía muy bien a qué se debía todo ese comportamiento, ni por qué la chica fuerte e inquebrantable de sonrisa eterna estaba ahora echa trizas. Lo que veía ahora era a una niña frágil, insegura, que no dejaba de llorar. Caminé hacia ella, tomando la iniciativa para que entrara en el salón. Al menos allí entraría en calor. Cuanto más me iba acercando, más vulnerable se veía. Ya estaba más tranquila, pero, aun así, sus ojos estaban irritados y algunas lágrimas silenciosas recorrían sus mejillas. —Venga, ven—extendí mi mano y tomé una de las suyas. —Adentro se está más calentito. Ya verás cómo te sientes mejor. No me respondió, tan solo se dedicó a asentir y a seguir mis pasos. La llevé al sofá que había justo enfrente de la chimenea y le indiqué que se sentara. Tomé un manta y la arropé, extendiéndola por sus hombros, algo que pareció hacerla sentir mejor, pues enseguida agarró los extremos con las manos y se envolvió en ella. La examiné durante unos segundos, asegurándome de que estaba bien y no tenía ningún rasguño. Viniendo de su tía, me esperaba cualquier cosa, y la verdad, no era la primera vez que llegaba a clase con la alguna marca en la cara. Tomé asiento a su lado y cogí aire. Quería saber quién la había hecho llorar, quería que me lo contara todo para poder ayudarla. Escuché un sollozo ahogado y supe que de nuevo estaba llorando. —Mira, no voy a obligarte. Si no quieres hablar, está bien. Pero no puedo ayudarte si no sé por qué estás llorando — la miré de reojo y noté que se tensaba al escuchar mi voz—y créeme, me está matando no poder hacer nada. —Lo siento—sollozó y sinceramente esa no era la respuesta que esperaba. —Lo siento tanto. Sus sollozos se hicieron más audibles y de nuevo esa sensación angustiosa se apoderó de mí. j***r, verla llorar era una maldita tortura. —Si te estás disculpando por lo de Kagami, no te preocupes. Ya se solucionará más tarde—le aseguré, posando una de mis manos sobre las suyas. —No—Apartó su mano como si mi contacto la hubiera quemado y se refugió entre la manta de forma que solo asomara su cabeza. —No es eso. Es que... siento que te he fallado, Adrien. Te he fallado a ti y a mí misma. Y-Yo... creía que era fuerte, creía que la esgrima me ayudaría a ser una persona independiente, que no se deja derrumbar por más difíciles que parecieran las cosas. Yo... yo quería valerme por mí misma y... me equivoqué... No valgo nada, no puedo hacer nada por mi propia cuenta, ahora... cuando más tengo que demostrar, me encuentro con que soy un don nadie que no tiene ni un techo en el que resguardarse de la lluvia. La miré con cara de no entender nada y sin poder evitarlo esbocé una mueca de desagrado. Verla desvalorarse de esa forma no era algo muy bonito de escuchar, menos aún después de haberla visto trabajar tan duro y esforzarse tanto por conseguir lo que siempre había querido. —Marinette...—me acerqué a ella y desplacé una de mis manos hacia su mejilla para que me mirase. —Dime lo que ha pasado, por favor. Necesito escuchar una razón lo suficientemente convincente para justificar todo lo que dices, porque ahora mismo, lo que tengo delante es una mujer fuerte, decidida y que no se deja vencer ante nada. —Soy huérfana—confesó y sentí la amargura y el dolor en su voz. —Mis padres han muerto y mi tía en lugar de lamentar su muerte, se lamenta por tener que cargar conmigo el resto de su vida. Su voz se quebró en las últimas palabras y ante un recuerdo así volvió a echar a llorar. —Nunca le he importado lo más mínimo, siempre me vio como un estorbo del que deshacerse cuando mis padres regresaran—ocultó su rostro entre sus rodillas y prosiguió martirizándose. —Por eso fue tan cruel conmigo, por eso me trataba con tan poca estima y si... si ella, la única familia que me queda me ve de ese modo no sé... no sé qué va a pasar. El mundo se me vino abajo y sus palabras fueron como espinas que se e clavaron en el pecho. No podía creer en todo lo que estaba escuchando, no podía creer que existiera gente tan mezquina como para tratar de esa forma a una sobrina. La rabia y la desesperación se fueron apoderando de mí y por un momento, las ganas de ir a esa maldita casa y enfrentar a esa mujer se me pasó por la cabeza. —No... No tengo a nadie—sollozó y parecía decirlo más para ella misma. —No queda nadie a quien le importe... Estoy sola. —No—la interrumpí de golpe. Me puse en pie y me coloqué de cuclillas en frente de ella para quedar a su altura. — Me tienes a mí, Marinette. Estoy aquí contigo y no pienso abandonarte. Me da igual lo que esa vieja loca diga, y me da igual lo que el resto del mundo piense, no voy a dejarte, ¿me oyes? Sus ojos me contemplaron con sorpresa y a la vez admiración. La capa de lágrimas que los rodeaba los hacía verla más brillantes, más bonitos y más intensos. Tenía unos ojos preciosos y hasta ahora apenas me había percatado. Me incliné un poco y la envolví con mis dos brazos, acurrucándola contra mi pecho, como si de esa forma pudiera protegerla de ese condenado dolor que la estaba abrasando por dentro. —Si es necesario te quedarás en esta casa—murmuré contra su cabello. Sentí el contacto de sus brazos corresponder a mi abrazo y pronto noté sus manos sobre mi espalda, aferrándose a mí con fuerza. Era el único que le quedaba y aunque solo fuera su profesor de esgrima no iba a hacerme el desentendido. Iba a ayudarla, costara lo que me costase. Estuvimos en esa posición durante horas, soportando momentos de todo, desde la tranquilidad hasta momentos de llano descontrolado que tenía que consolar con un abrazo más fuerte. Y así hasta que se quedó completamente dormida y lo supe por como sus brazos aflojaban el agarre sobre mi espalda y por como su respiración se tornaba más calmada. Me tomé unos segundos para contemplar su rostro sereno y calmado. No era la primera vez que la tenía tan cerca, pero si la primera vez que se veía tan vulnerable y desprotegida. Le había hecho mucho daño y por poco esa vieja consigue destrozarla por dentro. Pero... no lo iba a permitir, no iba a dejar que eliminasen a la chica alegre, espontánea y dulce que había conocido y de eso me encargaría yo. Colé un brazo por debajo de sus rodillas y el otro lo posé sobre su espalda para cogerla en volandas y llevarla a mi cuarto. La deposité sobre mi cama y la arropé con todas las mantas que había encima. «Solo te tiene a ti», dijo una voz en mi cabeza. Mis ojos volvieron a reparar en su rostro. Dormida se veía preciosa. Quizás lo notaba más porque ahora que estaba dormida podía apreciar sus rasgos con más claridad. Y vale, lo confieso, Marinette era preciosa y aunque siempre lo había pensado, un sentimiento que me golpeó por dentro me hizo apreciar esto con más claridad. No supe en qué momento me acerqué tanto... Tan cerca que apenas unos centímetros separaban mi rostro del suyo. Me fijé en sus labios, de un tono carmín natural que se veía genial en ella sin necesidad de maquillaje. Estaban entreabiertos, dispuestos a dejar atravesar una barrera que hasta entonces no había tenido necesidad de atravesar. Tragué profundo y un intenso calor se apoderó de mi cuerpo, provocando que mi pulso se volviera más fuerte y que los latidos de mi corazón fueran más insistentes. Algo dentro de mí me incitaba a probar esos labios. Unos labios que tentaban como mil demonios. «Joder, Adrien, ¿en qué demonios estás pensando?» Me separé de golpe, con aquella misma sensación extraña en el pecho. «Pero, ¿qué me está pasando?» 
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