1. Después de tanto tiempo

4635 Words
                                                                                 PRIMERA PARTE  Mi hermana no le temía a la muerte, a ella le gustaba la piel fría, el cuerpo sin alma y un inmortal por el cual estaba dispuesta a abandonar su humanidad. Yo en cambio prefería la piel cálida, un corazón vivo y una vida corta y feliz.                                                                                              2009 En el condado de Clallam, situado en el estado de Washington, hay un pequeño pueblo de 3,666 habitantes llamado Jennings. Con un manto de nubes que lo cubre casi todo el año, una playa tenebrosa y un extenso bosque a sus espaldas, es el lugar más lúgubre del país. Mi hermana Tessa y yo nacimos ahí. Mi padre se esforzó por criarnos los primeros años de nuestras vidas, sin embargo la barrera entre Tessa y yo se reforzaba con el tiempo y dejamos de vernos. Tessa era hija de Jessica Taylor, una mujer de Orlando, Florida, que por causas que desconozco fue a vivir a Jennings y conoció a nuestro padre, Charly Olson. Estuvieron siete años juntos hasta que Jessica quedo embarazada y aunque los dos últimos años de su relación habían sido catastróficos, no creo que haya merecido que mi padre se enamorara de mi madre, Sara Rivera. Mi madre comenzó siendo una amante, no sé cuál fue la desesperada pasión que los unió, pero cinco meses después fui engendrada. Tal como se esperaba, Jessica dejó a Charly y se fue con Tessa devuelta a Orlando. Mi madre se casó al año y medio con mi padre y estuvieron juntos hasta que cumplí seis. Una mañana que no recuerdo -pero que aun así duele- mi madre falleció en un accidente automovilístico. A partir de ahí viví con papá hasta los ocho años, pero el dolor y el vacío que mi mamá había dejado fue demasiado abrumador, y se descarriló, no supo cómo continuar con su vida y mi abuela materna tomó mi custodia. No lo culpo y jamás lo he juzgado. Apuesto a que si pudiera recordarla hubiera odiado vivir sin ella al igual que él. A partir de esa instancia pase mis años en Miami, Florida. Nos encontrábamos cada verano los tres en Jennings, hasta que Tessa decidió que lo mejor era hacer las visitas en Orlando –como no, ella siempre buscando lo que más le convenga-. Fue duro, tuve que ver a Jessica varias veces y déjenme confesarles con total sinceridad que esa mujer me odia más que su hija. Solo fui un verano, y desde entonces no veo a ni a papa ni a Tessa, ya pasaron tres años desde la última vez. Ahora estaba ahí, de camino al aeropuerto, con el corazón en la boca y un revoltijo de emociones que me generaba regresar a Jennings y ver a mi hermanastra. —Linn. —Me llamó mi abuela desde el asiento copiloto, por décima vez. Desvié pesadamente la mirada de la ventanilla hacia ella. —No estas forzada a hacerlo si no te sientes cómoda. Naomi Rivera era una mujer de sesenta y tres años, con el cabello teñido de n***o y una obsesión con las plantas, que además de abuela, era como  mi madre. Por lo tanto su preocupación por mi bienestar era extrema, siempre buscaba la manera de hacerme feliz. Supongo que eso está bien, sin embargo era la décima vez que me decía que no era demasiado tarde para pegar un volantazo y volver a casa. Una parte de mi deseaba decirle que sí, la otra en cambio se rehusaba a escucharla una vez más. Su idea a medida que avanzábamos por la carretera era peligrosamente tentadora. —Quiero ir. —Le mentí. Siempre se me ha dado bien mentir, nunca he tenido problemas para engañar a los demás diciendo algo cuando siento lo contrario. Y hubiera funcionado perfectamente si tan solo mi abuela no me conociera tan bien. —De verdad quiero ver a papá. —Bien, salúdalo de mi parte. —Me dijo estirando sus arrugados cachetes hacia arriba en una dulce sonrisa. Decir que quería ver a mi padre no era ninguna mentira, y eso convenció completamente a mi abuela. Ella sabía la falta que me había hecho estos años, y justamente por ello se creyó de mi mentira a medias y lo recalcó porque me parece necesario aclarar que extrañaba a mi padre, no a Tessa y que verla a ella arruinaba casi por completo mi emoción de ir a Jennings. —Claro, lo hare. —Le devolví la sonrisa. —No te preocupes por mí. Sabía que lo haría de todos modos, pero quise recordárselo. Como ya mencione, mi abuela tenía una preocupación extrema por mí, no quería pensar que era por ser la hija de su hija fallecida, y que perderme o que algo me sucediera le aterrorizaba. Pero era la única respuesta que tenía, más que nada porque su inquietud había aumentado a niveles anormales desde que le avise que Tessa y yo volveríamos con papá. Eso me daba miedo, era como si no quisiera dejarme ir por miedo a algo. No soy de la clase de personas que creen en los presentimientos, si algo no me es claro lo dejo en duda, no doy vueltas para encontrarle un sentido. A pesar de ello, esta sensación me incomodaba enormemente. Al llegar al aeropuerto, me despedí del viejo amigo de mi abuela que se había ofrecido amablemente a traernos, y saqué mi maleta negra y la mochila del baúl. —Nos veremos pronto. —Me dijo ella abrazándome por sorpresa. Suspiré sobre su cabello con el mentón apoyado en su cabeza, mi abuela era pequeña, y tan cálida que me daban ganas de abrazarla por horas. Estuvimos así durante un minuto, sin querer despegarnos una de la otra. —Vuelve conmigo Linn. ¿Si? —Lo prometo, regresare contigo. —Le respondí separándome de ella, bajo una inquietante duda de porque sonaba tan insegura. —Si algo pasa, la casa estará abierta para ti. —Me acarició las mejillas y las apretujó ligeramente. —Trata de vivir sin mi ¿Okey? —Le dije con un tono juguetón, para aliviar la atmosfera gris y triste que comenzaba a formarse. Sus ojos negros y caídos por la avanzada edad, se clavaron en los míos, manifestando más de diez mil palabras en ese dulce gesto—Te quiero abuela. —Te quiero. Me apretó con fuerza entre sus brazos por última vez; luego me marche, subí al avión y me distraje con un folleto de viajes los primeros minutos del vuelo. Lloviznaba cuando el avión aterrizó en Port Ángeles, aspiré el fresco aroma a bosque y tierra, sin duda lo había extrañado. Lo consideré una buena bienvenida, porque el frio y la lluvia jamás me habían desagradado. Lo prefería un poco más que el calor, así que ni me gaste en lamentarme que no vería el sol cálido sobre mis hombros los próximos meses. Bajé de la escalerilla del avión aferrándome a la baranda para no pisar en falso, debido a que las piernas me temblaban por estar tanto tiempo en la misma posición. Dejé de mirar mis pies y alargue la vista a mi alrededor, al girarme a la izquierda me topé con otro avión que parecía haber aterrizado al mismo tiempo que el mío, y vi una figura delgada, con los hombros encogidos, y una cabellera oscura bajar por las escalerillas. La reconocí rápido, si bien Tessa era la típica chica promedio, y su presencia podía ser fácilmente desapercibida, la manera en la que había trastabillado en el anteúltimo escalón, casi desequilibrándose y yendo de redondo al suelo, me decían en luces rojas que era ella. No existía nadie en el mundo con pies más torpes que Teresa Olson. Me tomé la libertad de burlarme de ella, y llegué al suelo soltando inevitables risas.  Charly nos esperaba apoyado de espaldas contra su vieja camioneta. Un Chevrolet color gris que tenía desde que tengo memoria. Mis manos sudaron de la emoción. Papá tenía una belleza juvenil que lo hacía lucir como si tuviera treinta años, aunque ya pasara los cuarenta. Con el cuerpo conservado de sus años en la marina, la piel suave y sin arrugas y su sedosa y brillante cabellera oscura, todo eso perfectamente sincronizado y congelado en el tiempo. Extendí una gran sonrisa cuando sus ojos negros me encontraron, y vi como su rostro se iluminaba completamente a pesar de mantener su típico semblante casi carente de emociones. Mis botas negras militares chapotearon en un charco, salpicando mis jeans. Corrí hacia él y abandone la maleta un metro atrás, para posteriormente abrir los brazos como aquella niña que fui.  Mi padre me rodeó con sus brazos, y dejé mi nariz inhalar el perfume de su hombro. Madera y cigarrillos, una combinación única de él. El me estrujó contra si dejándome en claro lo mucho que me había extrañado, y yo hice lo mismo que él. Al recorrer su rostro, me percate de sus gotas de cansancio, y las arrugas de expresión que ahora surcaban sus ojos, mejillas, y comisuras. Caí en cuenta que la vida había pasado rápido. El chirrido de unas ruedas me hizo voltear, y vi a una tímida e incómoda Tessa mirarnos sin saber que hacer o decir. Mis ojos la examinaron de arriba abajo, ya no era la preadolescente de trenzas, pero tampoco un gran lujo, se había dejado crecer más el cabello, y ahora vestía con colores neutros. Los otros detalles ni hacían falta mencionarlos. Fue papá quien se aproximó a ella y la abrazó con un brazo sujetándola por unos segundos con torpeza. Tessa le correspondió como si fuera un cristal, porque apenas lo tocó cuando ya lo había vuelto a soltar. Me mordí la lengua para no decir nada fuera de lugar, aunque por dentro moría de ganas de decir “Un poco más de emoción por ver a tu familia no vendría mal Teresa”. Ella odiaba que le digan por su nombre completo, argumentaba que era un nombre de anciana. —Me alegro de verte Tessa. —Dijo papa con una sonrisa. Ella le sonrió devuelta. —A las dos. Creo que ese fue el detonador para hacer ver mi existir, porque mi hermana pasó sus ojos cafés hacia mí y formo algo que se llamaría sonrisa, pero se veía como una mueca deforme y sin gracia. Tessa era el intento de copia mío con la mezcla de su madre. Tenía el cabello n***o largo y lacio hasta los debajo de los hombros, tan lacio que remarcaba la forma de su rostro ovalado y resaltaba su puntiaguda barbilla. La forma de sus ojos, grandes y redondos, como si quisieran tragar el mundo, eran iguales a los míos. El resto era similitud de Jessica, la estatura de 1,65, los labios pequeños, y la piel blanca, algo raro porque venía de una zona calurosa y soleada. Como dije, esos eran los rasgos de su madre, y yo gracias a la mía, saque el cabello ondulado, los ojos negros, la piel trigueña, los labios gruesos, y la altura de 1,74. Aunque en parte le debía la participación a mi padre, quien compartió en ambas la redondez de los ojos, el color oscuro en los míos, la tez clara en Tessa y el cabello n***o que nos unía. Sin embargo esto último podía diferir en mí, puesto que mi madre lo tenía azabache y brillante, igual que papá. Colisión. Eso paso cuando nos vimos. Todo debió ocultarse para sobrevivir esos tres años, lo que negamos, lo que anhelamos que no existiera e incluso lo que sabíamos que estaba. El odio creciente y la peligrosa sombra que atentaba con consumirnos, era hora de dejar de huir y enfrentarlo. —Han crecido. —Habló nuestro padre tras escanearnos a las dos brevemente. Miré a mi hermana con una sonrisa de lado algo soberbia y ella me observó un poco para después quitar la mirada, despreciándome. —Sobre todo tu Linn, creí que serias de la misma estatura que Tessa. —Suerte que no. —Contesté con falso alivio, como si fuera una ofensa. De reojo atisbé como mi hermana soltaba el aire por sus labios provocando un sonido de fastidio. Molestarla era posiblemente lo único que extrañaba de ella, ver como refunfuñaba y se tomaba cada broma mía de forma literal a tal punto de perder los estribos, era divertido. —He estado ahorrando. Dijiste que querías un coche Tessa y conseguí uno a buen precio.  —Anunció una vez los tres nos abrochamos los cinturones. Miré a papá con interés, y bajé un poco la ventanilla para que entrara algo de aire.  —Gracias pero no tenías que hacerlo, iba a hacerlo yo. —Me costó averiguar si estaba siendo amable o despreciativa. Bufe en cuanto recordé con quien trataba, por supuesto que no lo sabría.  Papá encendió el motor, y acomodó el espejo retrovisor por donde luego la miró. —Ya lo compre, te gustara. Lo prometo. —Le dijo con calma, con su habitual tranquilidad.  — ¿Barato dijiste? Me mantuve a la línea de la conversación, o hacia lo posible para no entrometerme. — ¿Te acuerdas de Bobby y Jeffrey? —Hubo un silencio y  agregó. —Bobby Evans y Jeffrey Denson. — ¿Bobby Evans? ¿El jefe de la estación de policías? —Y Jeffrey Evans, el padre de Jacob con quien paseábamos en La Push. —Me metí en su charla tratando de sonar desinteresada. Aunque siendo sincera escuchar el apellido Denson me removió las entrañas. Un aire de nostalgia me abrazo cuando recordé a Jake. Sentí la intensa energía de los ojos de Tessa que me penetraban la nuca, y me volteé simuladamente hacia atrás buscando el motivo de su negativo sentimiento. —Esos mismos. Me han ayudado a repararlo, y déjame decirte que esta como nuevo. —Afirmó papá con una sonrisa. Regresé la mirada al frente cuando comprobé que mi hermana había dejado de lanzarme cuchillos invisibles. Agaché la vista a mi brazo izquierdo y fruncí el ceño al ver la manga de mi camiseta negra sobresalir del límite de mi chaqueta, con los dedos metí para adentro la tela. Eran detalles que no causaban ningún peligro ni modificación relevante, pero irritables a mi parecer. —Como nuevo, pero no nuevo. ¿Estás seguro que no me traerá problemas? Sabes que no sé nada de coches y si se avería ¿A quién recurriré? En momentos como ese, Tessa me hacía perder la paciencia. Doblé el cuello para mirarla, ella ubicada detrás del asiento de papá, tironeaba la tela de la camisa a cuadros violeta que vestía debajo de la campera negra, me miró y afilé la mirada. — ¿Puedes solo ser agradecida y ya? Si no quieres el coche me lo quedare e iras a pie al instituto. Deja de poner escusas baratas. —Le dije agotada de oírla. Tessa tenía ese algo que a primera vista me incomodaba, esa postura inocente y la falsedad de fingir que estaba todo bien. Aborrecía eso de ella, y más aún cuando le agregaba que cada cosa que decía me parecía estúpido e innecesario. ¿Por qué papa le regalaría algo de lo que esta mínimamente seguro que no funcionara? Él era un hombre precavido, y pensaba mil veces más rápido que cualquiera. No le daría algo que sabía que era más perjudicial que efectivo. —No tienes licencia. —Me respondió y regresé a la realidad. Rodé los ojos exageradamente, con toda la voluntad de hacerle ver que me exasperaba. —Eso no me impedirá dejarte varada en la calle si sigues así de insoportable. La tos de papá atrajo mi atención y me obligue a calmarme. Regresé a mi asiento y apoyé mi codo contra la ventanilla, de modo que deje reposar mi mentón en mi mano. El viaje continúo en silencio, debido a la incómoda posición del brazo alzado y que mi codo resbalaba cada tanto, distraía mi mente en acomodarlo en vez de darle vueltas al capricho de Tessa —Es lo suficientemente bueno como para moverte sin problemas Tessa. —Siguió el tema. Le observé y vi como arrastraba por el puente de su nariz los anteojos rectangulares de marco n***o que estaba obligado a usar casi todo el tiempo. —No tenías que molestarte. —Empezó diciendo mi hermana y estuve a punto de volver a girarme. —Pero agradezco que te hayas preocupado por mí, gracias papá. —Me sorprendí cuando lo llamo así, porque siempre le decía Charly. Contemplé a papá por el rabillo del ojo, y vi como pasaba su mano por su cabello n***o largo hasta cubrir sus orejas. Ese gesto solo lo hacía cuando estaba nervioso o avergonzado, y lo confirme cuando dijo con voz temblorosa. —De nada, esa es tu bienvenida. Sonreí de lado un poco enternecida con la actitud de papá. El aguante que tenía para tenerle paciencia a mi hermana, era envidiable. Tessa y yo no somos las únicas que tenemos una complicada relación, a mi padre también le cuesta entenderse y entablar una conexión con ella, pero lo hacía mejor que nosotras, y eso nos dejaba en jaque mate. Me gustaba llamarle “El efecto Tessa”, un don que solo ella poseía para hacer todo más problemático. Después de esa breve y tensa charla, decidimos intercambiar algunos comentarios del clima y el perro que papá había adoptado hace dos años. El resto del trayecto nos rodeó el silencio, y yo por dentro agradecí tener el tiempo de disfrutar el paisaje con tranquilidad. Todo de un fresco y brillante verde, con altos pinos que se alzaban forzándote a echar la cabeza muy pronunciadamente para ver como tocaban el manto gris. Cubierto de una niebla blanca que dependía del día ser más ligera o espesa, te hacia tener escalofríos por lo aterrador que lucía. Los troncos a los costados de la larga e interminable carretera estaban podridos y viejos, con una cubierta de moho verde, inundando el aire con su aroma a tierra. Llegamos a la casa de papá. Una casa pequeña de dos pisos, con tres dormitorios, un baño en planta baja y un jardín delantero que nos recibía con un angosto sendero de cemento, hasta el porche del tamaño de la mitad de la casa y unas masetas viejas sin flores colgando del techo. Las paredes tenían la misma pintura beige y el tejado ya estaba descolorido. Al otro lado de la calle, una cabaña vacacional. Papá estacionó el auto en la entrada del garaje y bajamos del coche. Apenas mis botas tocaron la tierra arenosa, giré la cabeza hacía mi izquierda, a la dirección oeste, el viento salado y el ruido del mar me trajo buenos recuerdos. —No ha cambiado nada. —Dijo Tessa con su maleta marrón en la mano. Dejé salir un exagerado suspiro y estiré mis brazos hacia arriba, dejando que toda la energía del lugar me diera la bienvenida. —Eso lo hace aún mejor ¿No es así Tessa? —Le pregunté aproximándome a papá para cargar con mi maleta, aunque al segundo de intentar tomarla, la levantó y la cargo por el mango. —Creo. —Dijo ella simplemente. Subimos por las escaleras al pasillo que daba las tres puertas, la primera habitación en el lado este era de papa, la segunda era la de Tessa, y la mía al final en la cara oeste. Mi hermana se detuvo en su dormitorio y yo seguí dos pasos más adelante para girar el pomo de la puerta blanca y entrar a mi pequeño rincón de paz. Conocía esa habitación como la palma de mi mano. Las paredes gris claro, la cama de una plaza y media de acolchado gris oscuro, apegada a la ventana de cortinas blancas –o el intento de blanco-, el suelo de madera, que probé para ver si seguía rechinando –sorpresivamente descubrí que no- y la mesita de luz al lado izquierdo de la cama, con esa vieja lámpara de osito. Todo aquello pertenecía a mi infancia. Solo con la única diferencia de que ahora tenía una laptop sobre el escritorio en la pared derecha. Mi rio de nostalgia se vio cortado cuando oí unas patitas hacer ruido contra la madera y luego una mancha amarillo oscuro filtrarse por la puerta y volar hacia a mí, a duras penas pude sujetarlo y termine por caer sobre la cama sintiendo mi rostro humedecido por una lengua. Agarré su cabeza para tirarla hacia atrás y alejarla de mí, era el perro de papá, grande, de ojos azules, y una línea delgada blanca que cruzaba por su frente hasta hacerse más finita en el hocico, y las patitas blancas, como si fueran calcetines de distintos largos. Era joven, un cachorro y desprendía una alegría que me hizo sonreír. —Hola muchacho. —Lo saludé rascando la parte de atrás de sus orejas. Un silbido hizo que se bajara de mí y se sentara sobre la cama, con la cola agitándose de un lado a otro. Clavé la vista en papá, que estaba apoyado en el umbral y le sonreí. —Es una bola de energía. ¿Cómo se llamaba? —Su nombre es Ares y aún está en etapa de entrenamiento. Hasta hace unas semanas no ha respondido a mis silbidos hasta ahora. — ¿Ares? —Observé al cachorro. Feliz y rebosante de inocencia y bondad. — ¿No es algo rudo para un algodón de azúcar como él? —Era Ares o perro. Nunca fui bueno con los nombres y lo sabes. —Te has esmerado en elegir el mío en ese caso. —Dije, viendo como Tessa se acercaba a papa y se colocaba a su lado, clavó sus ojos recelosos en Ares y el cachorro le ladró con felicidad sobresaltándola. —Si le hubieras elegido el nombre a Tessa, quizás ahora no odiaría su existencia. —Eres una busca problemas. —Me contestó y me encogí de hombros despreocupada. —Corrección, esa eres tú. Yo solo aprovecho tu mala suerte para abusar de ella. —Dejen de pelear niñas. —Intervino papa. Alcé las cejas con burla hacia Tessa y ella rodo los ojos para posteriormente volver a su habitación. —Linn no la provoques, serás su nuevo motivo para fugarse de aquí a Orlando en mitad de la noche. Y eso que ya tiene muchos. —Creo que soy su segunda razón, odia este lugar más de lo que me odia a mí, y en el milagroso caso que fuera al revés, aleluya. —Le respondí y me tiré a la cama. Ares se acurruco apoyando su cabeza en mis costillas, y deslicé mis dedos en su pelaje corto. — No sé ni siquiera porque está aquí. Sonara cruel, pero Tessa representaba en mi vida la amargura pura. A ella jamás le había gustado Jennings, lo odiaba, odiaba el lugar, la gente, y los recuerdos. Y sospecho que su vida ha sido más complicada que la mía, y era por eso que me culpaba, me odiaba por haber arruinado a su familia. Pero la responsabilidad no la tenía yo, ninguna de las dos había tenido el poder de controlar el enredo amoroso del pasado y no iba a maldecir a mi madre y odiarla por algo que solo la dañaba a ella. Quizás era egoísta, pero no podía hacerme cargo de sus sentimientos ni de sus problemas, no me pertenecían. Y como nunca fue buena para mentir ni para ocultar sus sentimientos se le veía lo mucho que quería regresar a Orlando, detestaba fingir ser la hermana e hija perfecta con nosotros, porque a mí no me reconocía como familia y a papá aun le tenía rencor por haber dejado y engañado a su madre. Entonces me odiaba, yo era el fruto maldito que derribo lo que deseaba tener y jamás tuvo. Vaya uno a saber lo que pasa por la mente de Tessa, era completamente un laberinto de secretos y mareos. —Hay que tratar de hacerla sentir bien Linn. Lo más cómoda posible, y confió en que me ayudaras. Suspiré resignada. —Si tú me lo pides lo intentare. —Sé que tampoco te agrada, pero quisiera que lo intentemos y si no funciona, son libres, no las voy a retener. Lo dijo con pesar, sus palabras decían una cosa y sus ojos me enseñaban lo contrario. En ese sentido nos parecíamos, nuestra habilidad nata de ser despreocupados con la vida, esquivando y mintiendo, todo para no pensar demasiado. Le dolía, le había dolido nuestra ausencia todos estos años, pero papá era la persona que respetaría tu espacio y se alejaría con solo pedírselo, porque no quería ser una molestia, ni presionar las cosas. Fue por ello que jamás reclamó mi custodia cuando se rehabilitó, por eso asintió con la cabeza cuando le dijimos que no volveríamos a verlo. Si Tessa se iba, el no haría nada, pero verlo sufrir seria doloroso para mí. Y ya había padecido demasiado, así que le sonreí tratando de transmitirle la calma que necesitaba. —Ella no se ira papá, confía en mí. —Le prometí. —Entonces no tengo porque preocuparme. Iré abajo a preparar algo de cenar y te dejare tranquila. —Me dijo y acto seguido cerró la puerta, dejándome sola con Ares y una ropa que organizar. Me levanté de la cama, y fui hasta el armario, costó deslizar la madera puesto que ya tenía años de desuso, me di la vuelta, abrí la maleta y empezar a acomodarla en las repisas. No había traído mucho, no era como si tuviera motivos para tener ropa abrigada a montones haya en Miami, así que traje lo que usaba haya y ropa comprada. Después de haberla guardado cerré el armario y le eché un vistazo a mi dormitorio pensando en que debía hacer ahora. Un paseo en la playa no vendría mal, así que abrí la puerta, llamé a Ares y crucé el pasillo. Al doblar la cabeza a mi derecha vi la cocina y papá asando unas verduras a la sartén con un delantal amarillo con dibujos de patitos, estiré una sonrisa y me acerqué a él, cuando pase por el segundo pasillo que llevaba al baño, oí la ducha, seguramente mi hermana bañándose. —Iré a caminar un rato por la playa, llevare a Ares conmigo. —Le avisé a papá robando unas galletas de la canasta sobre la mesa redonda, que establecía el comedor. Papa alzó la mirada un segundo de la comida y asintió. —Te llamare cuando esté lista la cena. Salí de la casa, caminé al oeste con Ares jugueteando entre mis piernas, el camino era de arena y tierra, con pinos y arbustos por todos lados, escondidos por la mitad de la densa niebla blanca. Para llegar a la playa debías cruzar un laberinto de troncos y árboles caídos, al estar en la zona menos poblada no limpiaban la entrada como si lo hacían en el sector del centro, a quince minutos de aquí yendo al sur donde se situaba el puerto. El centro de Jennings estaba muy próximo al rio Quillayute a su lado norte, cruzándolo estaba La Push. Una vez que llegas a la playa, hay una zona de piedras donde sentarse, cerca de la orilla, aunque también puedes usar los troncos que hay esparcidos por ahí. Lo más maravilloso son los islotes que están en la orilla y metros más lejos al norte, el acantilado. Una vista espectacular. Mientras disfrutaba la calma ruidosa del mar pacifico, me reí por lo bajo. Me parecía gracioso ver como estaba aquí, devuelta con mi inestable familia, cuando hace un mes atrás aun creía que seguiría cursando tercero en el mismo sitio, con la misma gente. 
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