Aprovechando de que Drew seguía en la escuela y Tristan cubría mi turno en el trabajo, atravesé media ciudad por metro para llegar al hotel que administraba Jonathan en Bonaventure. Mi llamado no le hizo nada de gracia. Es más, aprovechó de inmediato para decirme que si aceptaba que yo fuera hasta allá no era por mí, sino que por la memoria de su hija que desgraciadamente se había fijado en alguien como yo. Lo reconozco, nunca esperé la aprobación de los padres de Alice porque lo único que me importaba hace seis años atrás era que mi novia y yo estuviéramos bien. Pero, ahora, cuatro años después de que no nos habíamos visto la cara con los señores Bruce realmente pensé que ellos habían olvidado ese patético e injustificado odio contra mí.
Me bajo del autobús y meto las manos en el interior de los bolsillos de mi chaqueta, caminando en dirección recta, esquivando a las personas que iban en dirección contraria a la mía. No he querido venir en coche porque conozco a Jonathan muy bien y sé que él busca cualquier excusa para recriminarme y recordar nuestras clases sociales. Alguien como él, con el ego tan alto, siempre pensó que me fijé en su hija sólo por su dinero. El caso es que Alice nunca me habló de su familia hasta que hicimos planes de irnos a vivir juntos.
Me detengo frente al majestuoso edificio y suspiro, sacando mi teléfono. Lo desbloqueo y llamo directamente a Jonathan.
—Estoy afuera. —digo nada más él responde.
—Bajaré en un minuto.
Él corta la llamada y no me sorprende que no quisiera invitarme a entrar. ¿Cómo alguien como yo iba a pisar el fino piso de un hotel cinco estrellas? Sonrío de forma sarcástica, dándome cuenta que estas absurdas discriminaciones entre las clases sociales nunca van a terminar. Siempre, el más rico mirará hacia abajo al más pobre.
Un hombre vestido con traje hecho a medida sale del edificio y mira de izquierda a derecha. La arrogancia está presente en todos sus movimientos y la manera en que su ceja bien definida se arquea cuando me ve me asquea.
Cruzo la calle y me planto frente a él, mirándolo fijamente, sin dejarme intimidar. Él no dice ni una palabra. Sus labios se mantienen juntos en una fina línea.
—Buen día. —le digo. No lo saludo porque me agrada hacerlo. Lo saludo porque mi madre me enseñó que, a pesar de todo, los modales siempre tenían que estar presente.
—¿Qué deseas? —escupe Jonathan con desagrado— Pensé que no volvería a verte después que me negaste ver a mi nieto.
Mi mandíbula se tensa. ¿Cuán hipócrita pueden llegar a ser las personas?
—Me gustaría que usted supiera que, no estoy aquí porque me agrada la idea. Hay otra razón.
—¿Y esa es?
Cruzo mis brazos sobre el pecho para lucir un poquito más intimidante, pero fallo en el intento. El cuerpo de Jonathan me hace lucir como un insecto a su lado. Su espalda es ancha, sus brazos bien formados y sus piernas casi atléticas.
—Vine por Drew.
La mención de su nieto lo descoloca por un breve segundo, pero de inmediato su semblante vuelve a ser el mismo.
—¿Le ha pasado algo? —me pregunta. Intenta mantener su voz irritable, sin embargo, su tono demuestra una leve preocupación.
—No —aclaro—. Le han dado una tarea en la escuela y debe hacerle una entrevista a sus abuelos. Desgraciadamente, no hemos podido posponerla.
Él se demora en responder. ¿Cree que yo estoy haciendo esto por gusto? ¿Doblando mi orgullo por alguien como él? Su mera presencia me hace querer vomitar y marcharme lejos, pero las malditas palabras de la maestra Rixon taladran en mi cabeza sin parar. Si esto no fuera importante para la vida de mi hijo, nunca habría cruzado la ciudad para venir a ver a alguien que sólo me vio como una amenaza en la vida de su hija. Además, estoy seguro que Jonathan aún me culpa por la muerte de Alice.
—Está bien —dice finalmente—. Pero, me gustaría aclararte que esto no lo hago por ti sino por mi nieto.
Una sonrisa sarcástica curva mis labios —No piense que para mí es agradable venir hasta aquí. Lo hablé con la maestra de Drew, y sino fuera realmente importante para él, jamás lo habríamos molestado. Comprendo que usted no quiera nada que ver con nosotros, por...
—No estoy interesado en ti —interrumpe—. Nunca me has parecido alguien suficiente. Eres mediocre y no me agradas. He aceptado por Drew sólo porque es hijo de Alice.
La lengua me pica por responder su agresión, pero me tragó los insultos. Lo que él quiere es provocarme.
—¿Cuándo nos puede atender? —ignoro su comentario.
—¿No querrás decir "cuándo lo puedo atender?"
—Sí, como sea. ¿Cuándo?
Él sonríe sin gracia —Mañana. Los invito a comer. ¿Recuerdas dónde vivo?
—¿Cómo olvidarlo?
—¿Eso es todo lo que tenías que decir?
—¿Quiere oír algo más?
—Los estaré esperando mañana al mediodía —ignora mi pregunta—Ni un minuto más, ni un minuto menos.
—Aquí estaremos.
Él me lanza una última mirada desafiante y se marcha, caminando de aquella forma que tanto odio. Estoy tentado a hacer un par de morisquetas obscenas, pero no me rebajo.
Me devuelvo hasta la parada del autobús, sintiendo un sabor amargo en la garganta. ¿Realmente a Alice le hubiera gustado que nuestro hijo tuviera algún contacto con personas como él? Lo dudo.
Mi mente es un huracán de pensamientos mientras voy viajando de regreso a casa en el metro. Son muchas las estaciones que debo recorrer hasta Beaubien y mi mente lo sabe. ¿Estoy haciendo bien? Froto mi rostro sin saber qué hacer ni qué pensar. Ahora que he acordado una reunión con Jonathan, estoy dudando de que si he hecho bien.
Alice me hace tanta falta. Ella sabría qué hacer en casos como estos. Ella podría solucionar estos inconvenientes sin problema.
*
Al llegar a casa, cocino el almuerzo y ordeno la habitación de Drew antes de salir de camino a la escuela para ir a buscarlo. Él grita de felicidad cuando me ve porque está acostumbrado a que Tristan venga a buscarlo y corre hasta llegar a mi lado. De regreso a casa, habla sin parar, demasiado enérgico. Salta sobre el asiento, contándome lo que ha hecho hoy en la escuela, pero su voz suena como ecos dentro de mi cabeza. Intento colocarle un poco de atención, sin embargo, no puedo.
—¡Papá! —Drew zarandea mi chaqueta y yo le lanzo una rápida mirada— ¿Me estás escuchando?
—Sí. No. Es decir, sí.
—¿Sí o no, papá? —farfulla, cruzándose de brazos.
Suspiro —No, lo siento. ¿Podemos hablar en casa? Papá tiene muchas cosas qué pensar en este momento.
Drew me lanza una mirada herida y se sienta de forma correcta en el asiento. Mira hacia el frente con el ceño fruncido y antes de poder darme cuenta qué estoy haciendo, mi dedo índice aplasta su ceño, desapareciéndolo.
—No frunzas el ceño —le ordeno—. Te saldrán arrugas.
—No me toques —golpea mi mano. Su tono de voz es de pura irritabilidad—. Estoy muy enfadado contigo.
—No te enojes conmigo, ¿sí? —le pido. Aparco el coche en nuestro garaje y lo miro— Es solo que no he tenido un buen día...
—Pero, papá... —Drew desabrocha su cinturón de seguridad y se sienta sobre sus piernas, mirándome fijamente—. Tú ni siquiera me estabas escuchando. Yo estaba feliz porque has sido tú quien me fue a buscar al colegio y no el tío T.
Su protesta me remueve el corazón. Alboroto su cabello y luego acaricio su rostro.
—Lo siento, ¿sí? No volverá a pasar. ¿Me disculpas? —susurro y Drew asiente, la mueca no desaparece de sus labios. Beso su frente y abro la puerta del copiloto— Bájate y ve a abrir la puerta.
La efusividad de todos los días no aparece en su cuerpo. Camina hasta la puerta arrastrando sus pies e ingresa a casa luciendo derrotado. Muerdo mi labio inferior y tomo su mochila antes de salir del coche.
Al ingresar a casa, encuentro al melocotón sentado en el sofá todavía con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—¿Sigues enojado conmigo? —le pregunto. No me gusta jugar con su mente de esta manera, pero me horroriza pensar que él se puede enfadar conmigo. Drew es lo único que tengo en la vida.
—Sí.
—Qué pena. He cocinado tu comida favorita. ¿Quieres que se la regale a los vecinos?
—No te creo.
—¿De verdad? —él asiente. Dejo su mochila sobre el sofá y hago un ademán con mi cabeza— Acompáñame.
De forma desconfiada, él se coloca de pie y camina a mi lado hasta la cocina. Abro el horno y saco una pequeña charola donde reposa el plato de coches de Drew. Le enseño el simpático diseño que le he dado a su comida y el enfado se disipa con rapidez de su rostro dándole paso a la admiración.
—¡Un oso de arroz! —señala y me mira con los ojos bien abiertos— ¡Y está durmiendo sobre el plato! ¡Y cubre su cuerpo con una mantita de huevo! ¡Oh, por Dios, papá! ¿Puedo comerlo ahora? ¿Puedo, puedo, puedo?
Río por su reacción y asiento —Por supuesto. Pero, tienes que ir a lavarte las manos primero, ¿vale?
Él no contesta. Drew sale corriendo de la cocina y yo dejo su plato sobre la mesa. Saco un tenedor del mueble y lleno un vaso con zumo de naranja. Mi hijo regresa en seguida y se sube a la silla de un salto. Yo me siento frente a él, preparándome para darle la noticia que mañana no irá a la escuela porque su abuelo nos ha invitado a comer.
Finalmente, Drew conocería al padre de Alice.