capitulo 4

1128 Words
Nikolai se inclinó hacia adelante, su rostro a centímetros del mío. —Porque yo no rompo mis contratos, Elena. Es la diferencia entre un carnicero y un Zar. Mi palabra es la ley en mi territorio. Si te digo que serás libre, lo serás. Pero hasta entonces, me perteneces. No como una esposa, no como una amante... sino como una aliada forzosa. El avión comenzó a descender. Sentí la presión en los oídos y el cambio de inclinación. Miré por la ventanilla y empecé a ver luces, una red eléctrica que se extendía sobre un paisaje que parecía cubierto por un manto de terciopelo oscuro. —¿Dónde estamos? —pregunté. —Islandia —respondió él, levantándose para ponerse su abrigo—. Mi residencia aquí es privada. Nadie sabe que existo en este rincón del mundo. Es el lugar perfecto para que empieces tu nueva vida. El jet aterrizó con una suavidad asombrosa sobre una pista privada rodeada de nieve y oscuridad. Cuando la puerta se abrió, el aire frío me golpeó como una bofetada helada, purificando mis pulmones de la calidez artificial del avión. Bajé las escaleras, mis pies ahora protegidos por unas botas que Nikolai me había dado, y sentí el crujir de la nieve fresca bajo mis suelas. Frente a nosotros, una flota de coches negros esperaba con los motores en marcha, sus gases de escape formando nubes blancas en el aire gélido. El paisaje era desolador y hermoso al mismo tiempo. No había árboles, solo extensiones de roca volcánica y nieve bajo un cielo estrellado que parecía estar al alcance de la mano. Nikolai me guio hacia el coche principal. Al subir, me di cuenta de que no había vuelta atrás. Nueva York, mi boda, mi familia... todo eso pertenecía a otra persona. —Bienvenida a mi fortaleza, Elena —dijo Nikolai mientras el coche se ponía en marcha—. Aquí, el invierno no termina nunca. Espero que te guste el frío. Miré por la ventana. A lo lejos, en la cima de una colina, se alzaba una estructura de cristal y acero que parecía nacer de la misma roca. Era moderna, agresiva y majestuosa. Mi nueva prisión. O mi nuevo tablero de ajedrez. El trayecto fue silencioso. El coche subía por una carretera serpenteante, y con cada curva, la mansión se hacía más grande. Cuando finalmente llegamos a la entrada, unas puertas automáticas masivas se abrieron, revelando un patio interior iluminado por antorchas que bailaban con el viento. Varios hombres armados se cuadraron al ver bajar a Nikolai. Él asintió con la cabeza, una señal de autoridad natural que no necesitaba palabras. Me tomó del codo, no con fuerza, sino con una firmeza que indicaba que no tenía otra opción que seguirlo. El interior de la casa era un contraste absoluto con el exterior. Era minimalista, con paredes de hormigón pulido, chimeneas de gas que recorrían toda una pared y obras de arte que probablemente valían más que mi antigua mansión. Pero a pesar del lujo, se sentía vacío. Era la casa de un hombre que no necesitaba a nadie. —Maia te mostrará tu habitación —dijo Nikolai, señalando a una mujer de mediana edad con el rostro impasible que apareció de la nada—. Mañana empezaremos a trabajar. Te sugiero que descanses. El jet lag es el menor de tus problemas. Él se alejó por un pasillo lateral sin mirar atrás. Me quedé allí, en medio del gran salón, sintiéndome como un naufrago que acababa de llegar a una isla desierta. Maia me hizo un gesto para que la siguiera. Subimos por una escalera de caracol de cristal que parecía flotar en el aire. Mi habitación era enorme. Una de las paredes era completamente de cristal, ofreciendo una vista panorámica de las luces de la costa y el océano embravecido. La cama era inmensa, cubierta con pieles y sábanas de seda gris. —Si necesita algo, presione el botón junto a la cama —dijo Maia con voz monótona antes de retirarse y cerrar la puerta tras de sí. Me acerqué al ventanal. El frío del exterior parecía filtrarse a través del cristal. Apoyé la frente contra la superficie fría y cerré los ojos. En menos de veinticuatro horas, mi vida se había desmantelado por completo. Estaba a miles de kilómetros de todo lo que conocía, en la casa de un hombre que me veía como una herramienta financiera y un seguro de vida. Pero mientras miraba la inmensidad del paisaje islandés, sentí algo que no esperaba. No era miedo, ni tristeza. Era una extraña sensación de alivio. Por primera vez en veintitrés años, nadie esperaba que fuera la "perfecta Elena Bianco". Nadie esperaba que me casara con un idiota o que sonriera en las fotos de sociedad. Me quité la sudadera de Nikolai y me quedé en camiseta. Me metí en la cama, hundiéndome en el colchón. El silencio de la casa era absoluto, solo interrumpido por el silbido ocasional del viento contra el cristal. Antes de quedarme dormida, pensé en la mirada de Nikolai en el avión. Había dicho que me respetaría. Había dicho que me daría libertad. Eran promesas peligrosas en boca de un hombre como él. Pero en este momento, eran las únicas que tenía. De repente, escuché un ruido suave. Como si alguien caminara por el pasillo exterior. Me quedé inmóvil, con el corazón martilleando en mis oídos. El sonido se detuvo justo frente a mi puerta. Contuve el aliento, esperando que el pomo girara, esperando que el monstruo decidiera que la cortesía se había acabado. Pasaron los segundos, que se sintieron como minutos. La sombra bajo la puerta permaneció allí, inmóvil. Y entonces, tan suavemente como había llegado, se alejó. Me quedé mirando el techo en la oscuridad. Nikolai Volkov no era un hombre predecible. Y eso era lo que más me aterraba... y lo que, en el fondo, me hacía sentir más viva de lo que jamás había estado en Nueva York. Mañana empezaría el juego. Mañana tendría que demostrar que era útil, que era inteligente y que podía sobrevivir en este mundo de lobos. No iba a ser la presa de nadie. Si Nikolai quería una aliada, iba a descubrir que yo tenía mis propias condiciones. Me acurruqué bajo las mantas, el frío de Islandia fuera de mis paredes, y el fuego de la venganza empezando a arder, muy lentamente, en mi interior. Mi padre pensó que podía sacrificarme. Moretti pensó que podía poseerme. Nikolai pensó que podía usarme. Todos estaban equivocados. El sueño me venció finalmente, pero incluso en mis sueños, veía ojos azules de hielo y el reflejo de un anillo de diamantes abandonado sobre una mesa de nogal, un recordatorio de la mujer que ya no existía.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD