Escuchar su nombre

2007 Words
Santiago dormía profundamente, su pequeño pecho subía y bajaba con ritmo pausado, y su mano descansaba en la de su madre. Carla, aún sentada en la silla junto a la cama, no había cerrado los ojos en toda la noche. No podía. El miedo de perderlo la mantenía en vilo, el recuerdo de la crisis reciente aún fresco en su mente. Cuando sintió un leve movimiento, su corazón se aceleró. Los párpados de Santiago se agitaron y, poco a poco, sus ojos—tan parecidos a los de Damián— se abrieron lentamente. —Mami… —dijo con voz rasposa y débil. Las lágrimas llenaron los ojos de Carla de inmediato. Se inclinó sobre él, acariciándole el cabello con ternura. —Aquí estoy, mi amor. Santiago parpadeó varias veces, tratando de enfocarla. —¿Dónde estamos? —En el hospital, cariño. Tuviste que quedarte un ratito más para que los doctores puedan cuidar de ti. El pequeño hizo un leve puchero. —No me gusta el hospital… Carla estaba aliviada de escucharlo quejarse. Si tenía fuerzas para hacer un puchero, significaba que estaba mejor. —Lo sé, amor, pero es importante. Quiero que te pongas fuerte otra vez. La puerta de la habitación se abrió y un doctor entró con paso seguro. Era un hombre alto, de facciones amables, con una bata blanca y una tableta en la mano. —Buenos días, señora Rivera. Carla se giró hacia él. —Doctor. —Me alegra ver que Santiago está despierto y con buen ánimo. —Se acercó con una sonrisa profesional y miró al niño—. Hola, campeón. ¿Cómo te sientes? Santiago ladeó la cabeza en la almohada y murmuró algo ininteligible. Carla se inclinó más cerca. —¿Qué dijiste, mi amor? —Cansado… El doctor asintió. —Es normal después de lo que pasó anoche. Pero eres muy valiente, Santiago. Carla sintió que su cuerpo se relajaba. El tono del doctor no indicaba alarma. Lo peor parecía haber pasado, al menos por ahora. —Queremos hacer algunos análisis de sangre para asegurarnos de que todo esté estable —continuó el doctor, mirando a Carla—. La enfermera traerá el equipo en unos minutos. —Lo que haga falta—dijo la madre. Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron el momento. La enfermera entró con un carrito y comenzó a preparar los instrumentos. Carla miró a Santiago con dulzura. —Cariño, la enfermera necesita sacarte un poquito de sangre. No dolerá mucho, lo prometo. Pero apenas vio la aguja, los ojos de Santiago se llenaron de lágrimas. —¡No! ¡No quiero! ¡No! Carla suspiró, sabiendo que esto pasaría. —Mi amor, solo será un momento. Santiago sacudió la cabeza con vehemencia. —¡Quiero al doctor sonrisa! —sollozó. Carla parpadeó, confusa. —¿El doctor sonrisa? —Rodrigo… —susurró Santiago, temblando—. Quiero que él lo haga. Carla cerró los ojos un instante. El lazo entre su hijo y Rodrigo era innegable. —Mi amor, Rodrigo tiene otros pacientes. Además, también necesita descansar. —¡No! —insistió Santiago con la voz temblorosa—. No quiero que me pinchen si no es él. Carla se mordió el labio, sintiendo el peso de la situación. —Rodrigo no está aquí ahora, pero yo sí, amor. Y sé que eres un niño fuerte. El pequeño miró a la enfermera con desconfianza, sus labios temblando. Pero Carla acarició su mejilla y le dio un beso en la frente, transmitiéndole calma. —Solo un poquito, Santiago. Lo prometo. A pesar de su tristeza, el niño asintió con lágrimas en los ojos. La enfermera tomó su brazo con cuidado y procedió a extraer la muestra de sangre. Santiago sollozó, pero no se movió. Cuando todo terminó, su tristeza seguía allí. —Lo hiciste muy bien, mi amor. —Carla lo besó de nuevo, acariciándole el cabello—. Estoy muy orgullosa de ti. Pero Santiago no dijo nada. Solo desvió la mirada, su expresión sombría. Antes de que Carla pudiera hacer algo más, alguien tocó la puerta. Se giró y vio a Karen entrar con paso rápido y decidido. —¡Carla! Su amiga apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta cuando Carla corrió hacia ella y la abrazó con fuerza. Karen sintió cómo el cuerpo de Carla temblaba contra ella. —Shh, estoy aquí. —susurró, frotándole la espalda. Carla se escondió en el cuello de su amiga, conteniendo los sollozos para que Santiago no la viera llorar. Después de unos segundos, Karen se separó con suavidad y miró a Santiago con una sonrisa. —¡Hola, campeón! El niño levantó la mirada y trató de sonreír. —Hola, tía Karen… Karen le guiñó un ojo. —Veo que sigues tan guapo como siempre. Santiago dejó escapar una pequeña risa y Carla sintió un alivio momentáneo. Karen volvió su atención a Carla y le indicó que salieran al pasillo. Cuando estuvieron fuera, Karen cruzó los brazos. —¿Qué ha pasado? Carla dejó escapar un suspiro tembloroso y le contó todo. La crisis, la fiebre, las convulsiones… el diagnóstico. Cuando terminó, Karen la miró con una mezcla de compasión y determinación. —Carla… —bajó la mirada, mordiéndose el labio—. Sabes lo que significa esto, ¿verdad? Carla asintió con el rostro tenso. —Sí. Y sé lo que tengo que hacer. Karen inspiró hondo. —Vas a verlo. Carla apretó los puños. —Voy a hablar con Damián en persona. Su amiga se quedó en silencio por un momento antes de suspirar. —No me gusta esto, Carla. —A mí tampoco, pero Santiago no tiene otra opción. Karen bajó la mirada. —Te apoyaré en lo que sea, lo sabes. Pero… —volvió a levantar la vista, con una sombra de preocupación en los ojos—. Ten cuidado. Carla le sostuvo la mirada. —No importa lo que cueste. Haré lo que sea por mi hijo. Karen asintió, finalmente aceptando lo inevitable. —¿Cuándo te vas? Yo me encargo de Santiago, puedes irte tranquila. […] Damián salió de la sala de juntas con el ceño fruncido, el nudo de su corbata ligeramente suelto y una tensión pulsante en sus sienes. La reunión había sido un infierno. Durante dos horas, había soportado a empresarios ambiciosos que intentaban presionarlo para cerrar un trato que, aunque lucrativo, no le convenía del todo. Apenas cruzó la puerta de su oficina, su teléfono vibró en su bolsillo. Miró la pantalla y soltó un suspiro al ver el nombre de Regina. No tenía ganas de discutir, pero sabía que lo haría de todos modos. —Damián, ¿dónde estás? —La voz de Regina sonó cortante, cargada de molestia. —En la oficina. Acabo de salir de una junta. —Te llamé tres veces. ¿Por qué no contestaste? Damián cerró los ojos con paciencia forzada. —Porque estaba ocupado. —Siempre estás ocupado. Pero cuando necesitas algo, ahí sí encuentras tiempo, ¿no? Apretó los dientes. —¿Para qué me llamabas? —Para recordarte que hoy tenemos la cena con mi padre. Damián maldijo en silencio. Había olvidado por completo ese compromiso. Siempre olvidaba todo lo que tenía que ver con Regina y sus planes. —Regina, esta semana ha sido una locura. —Siempre lo es, Damián. Siempre. ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos un día sin que me pongas una excusa? Damián sintió la presión aumentar en su pecho. —¿Puedes dejarlo para después? Estoy agotado. —No, Damián, no puedo “dejarlo para después”. —Regina soltó una risa amarga—. Tú nunca tienes tiempo para mí, para nosotros. Ni siquiera puedes responderme el teléfono sin sonar como si te estuviera fastidiando. —¡Porque siempre estás exigiendo algo, Regina! —espetó, su paciencia agotándose. Del otro lado de la línea, hubo un silencio helado. Luego, la voz de Regina sonó quebrada. —Y tú nunca das nada, a menos que yo lo pida. Damián pasó una mano por su rostro, sintiéndose una mierda. No quería discutir con ella. Regina tenía razón en parte. Ella siempre era la que intentaba mantener su matrimonio en pie, la que hacía esfuerzos por mantener la ilusión de una relación estable. Él solo seguía el juego. Respiró hondo y trató de bajar el tono. —Lo siento. —¿Lo dices en serio? Damián cerró los ojos. —Sí, Regina. Lo digo en serio. No quiero pelear contigo. He estado tenso y descargué mi frustración contigo, y eso no es justo. Haré un mejor esfuerzo. Del otro lado, Regina suspiró. —Te agradezco que lo digas. —Hubo una pausa, luego su tono fue más suave—. Almorcemos juntos hoy. Damián dudó un segundo, pero luego asintió. —Está bien. —Nos vemos en el restaurante de siempre a la una. —Nos vemos allí. Colgó la llamada y dejó el teléfono sobre su escritorio. La culpa le pesaba, pero la verdad era que no podía obligarse a sentir algo que no estaba allí. Sacudió la cabeza, tratando de enfocarse en el trabajo. En ese momento, su secretaria, Priscila, apareció en la puerta con un montón de documentos en mano. —Señor Fernández, estos son los informes de la licitación en Barcelona. Damián extendió la mano y tomó los documentos. —Gracias, Priscila. Ella vaciló un segundo antes de agregar: —También quería informarle que tiene una visita no agendada. Damián ni siquiera levantó la vista. —Dile que no estoy disponible. —Señor… —Priscila dudó un momento—. La señora insistió encarecidamente. Además de que… Damián alzó la vista con impaciencia. —¿Además de qué? La mujer respiró hondo antes de soltar las palabras que lo congelaron en su lugar. —Es su exesposa, Carla Rivera. Los documentos que tenía en la mano resbalaron lentamente sobre su escritorio. Su corazón se detuvo. Damián levantó la cabeza de golpe, sintiendo cómo el aire se le escapaba de los pulmones. —¿Qué has dicho? —La señora Carla Rivera está aquí. Damián sintió un golpe en el pecho, como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones. —¿Dónde está? —preguntó, levantándose de golpe. —En la sala de espera. No esperó a escuchar más. Salió de la oficina prácticamente corriendo. No podía ser. No podía ser ella. Su respiración se volvió errática mientras avanzaba con pasos largos y rápidos por los pasillos. Sus manos estaban frías, su pecho se apretaba con una mezcla de ansiedad y emoción. "¿Está realmente aquí?" Dobló la esquina, atravesó la recepción, empujó la puerta de la sala de espera… Vacío. Damián frunció el ceño, su respiración aún acelerada. Miró a su alrededor, buscando la silueta de la mujer que había marcado su vida. No había nadie. Se pasó una mano por el cabello, confuso. ¿Dónde estaba? Giró sobre sus talones y caminó por la sala, buscando en cada rincón como si de algún modo hubiera pasado desapercibida. Pero no había rastro de Carla. Finalmente, se detuvo en seco, sintiendo cómo la adrenalina se disipaba poco a poco. Se llevó una mano al rostro y soltó una risa amarga. —Qué imbécil. Se dejó caer sobre una butaca, apoyando los codos en las rodillas. Se sintió un completo estúpido. Había corrido como un loco, desesperado por verla. ¿Para qué? Para recordar que ella ya no formaba parte de su vida. Ella nunca regresaría a él. Eso era lo que él mismo había querido, ¿no? Alejarla. Pero ¿por qué carajo entonces había sentido esa punzada en el pecho cuando creyó que la tenía a unos pasos de distancia? Soltó un suspiro y dejó caer la cabeza hacia atrás, observando el techo. Estaba perdiendo el control de sí mismo y lo odiaba. Porque, aunque lo negara, su corazón había latido con fuerza al escuchar su nombre. Y ahora, ese mismo corazón se sentía más vacío que nunca.
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