Emergencia

1933 Words
Carla estaba sentada frente a su ordenador, la luz de la pantalla iluminando su rostro cansado. Había pasado horas buscando información sobre Damián, tratando de entender cómo acercarse a él después de todos estos años. Las imágenes que encontró no la ayudaron a tranquilizarse. Damián y Regina aparecían en fotografías, sonriendo junto a figuras importantes, en eventos de gala, inauguraciones y cenas de alto perfil. Él lucía más seguro que nunca, con un traje impecable y una expresión de triunfo en cada imagen. Regina, a su lado, era la imagen perfecta de una esposa elegante y poderosa. Parecían felices, exitosos, invencibles. Carla se frotó las sienes, sintiendo cómo el dolor de cabeza que la había acompañado todo el día se intensificaba. No sabía cómo abordar el tema con Damián. ¿Cómo aparecer en su vida después de tanto tiempo? ¿Cómo pedirle que tuviera otro hijo con ella, cuando él ya tenía una vida estable y aparentemente perfecta? La última vez que lo vio, la había rechazado sin miramientos, echándola de su vida como si nunca hubieran compartido algo importante. Y ahora, ella tenía que volver, no por ella, sino por Santiago. Se levantó del escritorio, alejándose de la pantalla que le recordaba lo lejos que estaban sus mundos ahora. Necesitaba un respiro, un momento para pensar en algo que no fuera Damián o la enfermedad de su hijo. Caminó hacia la habitación de Santiago, donde el pequeño dormía profundamente. Al entrar, vio su rostro tranquilo, sus mejillas sonrosadas y su cabello desordenado sobre la almohada. Carla se acercó lentamente, sintiendo cómo el amor por su hijo llenaba su corazón y le daba fuerzas para seguir adelante. —Buenas noches, cariño —susurró, inclinándose para darle un beso en la frente. Pero al tocarlo, notó algo que la hizo retroceder. Santiago estaba caliente, demasiado caliente. Carla colocó rápidamente la mano sobre su frente, confirmando lo que ya sospechaba: fiebre. Su corazón comenzó a latir con fuerza mientras buscaba el termómetro en el cajón de la mesita de noche. Con manos temblorosas, lo colocó bajo el brazo de Santiago y esperó, contando los segundos en su mente. Cuando el termómetro emitió un pitido, Carla lo miró y sintió que el mundo se le venía encima. 39.5 grados. Demasiado alto. Demasiado peligroso. —Santi, despierta, cariño —dijo, sacudiéndolo suavemente—. Mamá está aquí. El niño abrió los ojos, desorientado, y apenas tuvo tiempo de girar la cabeza hacia un lado antes de vomitar. Carla reaccionó rápido, sosteniéndolo en sus brazos mientras le acariciaba la espalda. —Está bien, está bien —dijo, tratando de calmarlo—. Ya pasará, mi amor. Pero Santiago no se calmaba. Entre lágrimas y sollozos, seguía vomitando, su pequeño cuerpo temblaba, y Carla sentía cómo el pánico se apoderaba de ella. Cuando creía que Santiago estaba estable, ahora pasaba esto. ¿Era una simple fiebre? No, con Santi nada era simple. Tomó su teléfono y marcó el número de Rodrigo, pero el tono de llamada sonó una y otra vez sin respuesta. Maldijo en voz baja, sabiendo que no podía esperar. Santiago necesitaba ayuda, y la necesitaba ya. —Vamos, cariño —dijo, levantándolo con cuidado—. Vamos al hospital. Santiago, débil y asustado, se aferró a su cuello mientras ella lo cargaba. Carla tomó su bolso con una mano y salió corriendo de la casa, sin importarle que fuera de noche o que no tuviera un plan claro. Lo único que importaba era llegar al hospital lo más rápido posible. Carla condujo con las manos temblorosas, mirando por el retrovisor cada pocos segundos para asegurarse de que Santiago estaba bien. El niño, pálido y sudoroso, apenas podía mantenerse despierto. —Ya llegamos, mi amor —dijo Carla, tratando de mantener la calma—. Aguanta un poco más. Cuando finalmente llegaron al hospital, Carla estacionó el coche de cualquier manera y salió corriendo con Santiago en brazos. Las luces brillantes del servicio de urgencias la deslumbraron, pero no la detuvieron. Corrió hacia la recepción, donde una enfermera la vio y se acercó rápidamente. —Mi hijo tiene fiebre muy alta y acaba de vomitar —dijo Carla, con la voz entrecortada—. Necesito que lo vean ahora. La enfermera asintió y llamó a un médico, quien se acercó rápidamente y tomó a Santiago de sus brazos. —Vamos a revisarlo —dijo el médico, con calma—. Por favor, espere aquí. […] Rodrigo salió del quirófano con la respiración todavía agitada. La cirugía de Peter había sido un éxito, pero el cansancio pesaba en cada músculo de su cuerpo. Se quitó los guantes, los dejó en el contenedor correspondiente y, sin perder el ritmo, se dirigió a los lavabos para desinfectarse las manos y el rostro. El agua fría lo despertó un poco más, pero no le quitó la sensación de agotamiento. Se miró en el espejo mientras se secaba con una toalla desechable. Las ojeras eran cada vez más pronunciadas, pero estaba acostumbrado. Con un suspiro, se desabrochó la bata quirúrgica y la dejó en el depósito de ropa sucia antes de cambiarse a su uniforme habitual. Cuando revisó su teléfono, su cuerpo se tensó de inmediato. Una llamada perdida de Carla. De inmediato se sintió inquieto. Algo debía haber pasado. Sin pensarlo dos veces, presionó el botón de llamada y se llevó el teléfono al oído. —Carla, buenas noches. Acabo de ver tu llamada, ¿todo bien? La voz de ella le respondió al instante, pero estaba cargada de angustia. —Estoy en el hospital con Santiago. Tiene fiebre alta y estaba vomitando. Llegamos hace poco. Rodrigo se enderezó de inmediato. —¿En qué área están? —En emergencias. —Voy para allá enseguida. Cortó la llamada y salió de la sala de descanso con pasos apresurados. Su fatiga quedó en el olvido. Atravesó los pasillos del hospital con prisa, ignorando las miradas de algunos colegas que lo vieron pasar como un vendaval. No le importaba nada más que llegar hasta Santiago y Carla. Cuando entró en el área de emergencias, sus ojos buscaron con rapidez entre las camillas hasta encontrarlo. Allí estaba Santiago. Una enfermera lo atendía, ajustando su vía intravenosa y revisando sus signos vitales. El pequeño lucía pálido, con el rostro cubierto de un sudor frío. Rodrigo se acercó de inmediato. —Es mi paciente —anunció con firmeza. La enfermera levantó la vista y le entregó la tabla con los datos que ya habían registrado. —Ha estado con fiebre alta y vómitos. Ya le administramos suero para la deshidratación y estamos monitoreando su temperatura. Rodrigo tomó la tabla y revisó los valores con atención antes de desviar la mirada hacia el niño. Santiago lo observó con los ojos pesados por el cansancio, pero cuando lo reconoció, su pequeña boca dibujó una sonrisa débil. —Estoy aquí, Santi —susurró Rodrigo, inclinándose hacia él. El niño levantó los brazos con esfuerzo. Rodrigo se acercó y le permitió abrazarlo con sus manitas pequeñas y temblorosas—. ¿Seguimos con el pijama amarillo? —preguntó con una sonrisa suave, buscando tranquilizarlo. Santiago asintió con un movimiento de cabeza. —Sí… amarillo patito —susurró con voz ronca. Rodrigo soltó una leve risa, sin apartar su mano de la cabecita del niño. —Eso es porque eres el patito más valiente que conozco. —Rodrigo se giró hacia la enfermera—. Dígale su madre que pase, por favor. —La enfermera los observó con una sonrisa y luego asintió a la solicitud de Rodrigo. —Voy a llamar a su madre. Rodrigo permaneció junto al niño mientras esperaba a que Carla entrara. El peso de la preocupación se hizo más fuerte en su pecho. Santiago no podía seguir así por mucho más tiempo. Cada crisis lo debilitaba más. Cuando la puerta se abrió, Rodrigo levantó la mirada. Carla. Apenas la vio, sintió un impulso visceral de acercarse y abrazarla, de calmar esa angustia reflejada en su rostro. Pero no lo hizo. Se obligó a mantenerse profesional. Pero sus ojos… Sus ojos siempre la buscaban. Carla caminó hacia ellos con rapidez, sin apartar la vista de su hijo. —Gracias por estar aquí, Rodrigo. —La voz de Carla era un susurro cargado de agotamiento. —Siempre estaré aquí—dijo con media sonrisa. Santiago los miró con atención, alternando su mirada entre su madre y el doctor. Sonrió con picardía. —Mami, el doctor también te está cuidando a ti. Los ojos de los adultos se miraron en silencio, sin responder a las palabras del pequeño. Rodrigo mantuvo su mano sobre la frente de Santiago mientras revisaba su temperatura. Estaba caliente, demasiado. El pequeño respiraba con dificultad, y su cuerpo lucía exhausto. Carla se acercó aún más, sentándose junto a la camilla y acariciando la mejilla sudorosa de su hijo con ternura. —¿Cómo te sientes, cariño? Santiago entrecerró los ojos y murmuró con cansancio: —No sé, mami… siento mi pancita rara. Rodrigo compartió una mirada rápida con Carla antes de volver su atención al niño. —¿Tienes muchas náuseas, campeón? —le preguntó. —Un poquito… pero no me gusta vomitar. Rodrigo esbozó una sonrisa tranquila para calmarlo. —Lo sé, Santi, pero a veces el cuerpo necesita sacar lo que le hace daño. No te preocupes, aquí estoy yo para ayudarte. El niño extendió su mano débilmente y tomó la de Rodrigo. Aquel gesto tan inocente hizo que su determinación se afianzara. Pero la calma solo duró unos segundos. El pequeño se removió inquieto en la camilla, frunciendo el ceño con una expresión de malestar creciente. —Mami… —susurró, su voz temblorosa. De repente, su cuerpo se tensó. —Rodrigo… algo no está bien… —dijo Carla con la voz cargada de preocupación. Entonces, sin previo aviso, Santiago se incorporó levemente y comenzó a vomitar. Carla reaccionó al instante, sujetando su espalda y sosteniendo su pequeño cuerpo con desesperación. —¡Cariño, tranquilo, mamá está aquí! Rodrigo tomó una gasa rápidamente y la colocó en la boca del niño, asegurándose de que pudiera respirar mientras la enfermera se apresuraba a traer más material. —Despeja su vía respiratoria —ordenó con calma a la enfermera—. Necesitamos estabilizarlo. Pero el cuerpo de Santiago comenzó a temblar. Un espasmo repentino recorrió su cuerpecito. Rodrigo supo en ese instante que la situación estaba a punto de empeorar. —No… no, por favor… —susurró Carla, sintiendo cómo la desesperación la consumía. Santiago dejó de responder. Su cuerpecito se arqueó, sus pequeños brazos se tensaron y su rostro adquirió un tono azulado. —¡Está convulsionando! —exclamó la enfermera. Rodrigo reaccionó de inmediato. —¡Código azul! ¡Necesito una vía libre ya! Carla dejó escapar un grito ahogado, el horror reflejado en su rostro. —¡Santiago! ¡No, no, mi amor, no! Intentó acercarse, pero Rodrigo la detuvo, colocando las manos en sus hombros con firmeza. —Carla, tienes que salir de aquí. Espera fuera, por favor. Ella negó con la cabeza con desesperación, lágrimas rodando por su rostro. —¡No me pidas eso! ¡Es mi hijo, Rodrigo! —Y lo sé, Carla, pero necesito que confíes en mí. Déjanos trabajar, haremos todo lo posible por él. Las enfermeras intervinieron con suavidad, tomándola de los brazos y guiándola hacia la puerta mientras ella seguía forcejeando. —¡Santi! ¡Santi, mi amor, mami está aquí! Las puertas se cerraron frente a ella y Carla quedó del otro lado. Separada de su hijo. Sola. Temblorosa. Y muerta de miedo.
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